“Durante 300 días estuve acompañada por Anya, mi cámara y mi única buena amiga, la única que sabía captar las cosas, tomar las fotos que yo quería. Durante 300 días, mis hermanos y yo hemos sido asesinados en esta masacre. La sangre ha corrido por el suelo, y he empezado a temer el momento en que la sangre de mis hermanos llegue hasta mí, me alcance, me manche. Durante 300 días, solo hemos visto negro y rojo, hemos sentido el olor de la muerte, hemos comido manzanas amargas, solo hemos tocado cadáveres”.
Con esta crudeza describía Fátima Hassouna la ofensiva israelí en Gaza. Eran los meses previos a su muerte. El 16 de abril de 2025 fue asesinada por el impacto de un misil israelí contra su vivienda. Un crimen que se suma a los más de 250 periodistas asesinados en Gaza desde el inicio de la ofensiva israelí.
Hassouna fue una fotoperiodista y escritora palestina graduada en Audiovisuales por la Universidad de Ciencias Aplicadas de Gaza (UCAS). En Gaza nació y se crio. En su último año de vida, se había convertido en la protagonista del documental Put Your Soul on Your Hand and Walk, de la iraní Sepideh Farsi.
El ataque que la mató se produjo apenas un día después de que se anunciara la selección de ese documental en el Festival de Cannes de 2025. El ataque israelí que acabó con su vida mató también a diez miembros de su familia, entre ellos su hermana, que estaba embarazada. Fátima tenía solo 24 años.
La joven describía Gaza como “una pequeña habitación en la gran casa del mundo”. Una habitación que para el resto del planeta resulta lejana, reducida, casi invisible, pero que para ella lo era todo; el único espacio que había habitado, el umbral estrecho desde el que el resto de la casa —vasta, abierta, inalcanzable— solo podía imaginarse.
Durante 18 meses de asedio resistió junto a su cámara en Gaza. Por eso decidimos incluir una de sus fotografías en la solapa de nuestro número 11 en papel, Resistencia. En ella se ve a dos hombres esperando que lleguen dos aviones de ayuda humanitaria, sentados en la playa de Al-Sudaniya. “El avión nunca llegó y todos regresaron con las manos vacías”, cuenta Fátima en su diario.
Nos adentramos ahora, con la ayuda de Plan International, organización con la que trabajaba, en ese diario fotográfico. Un diario que escribió durante las semanas previas a su muerte y que abre una puerta para descubrir su mundo a través de su ojo y su pluma. Su diario fotográfico se convierte así en su último acto de resistencia, en el testimonio del legado de muerte y destrucción de Israel en Gaza.
“Es la primera vez que experimento una pérdida tan grande; he perdido a 11 familiares ya, los más cercanos a mí. Aun así, nada puede pararme. Vago por las calles cada día sin ningún plan en concreto. Solo quiero que el mundo vea lo que yo veo. Tomo fotos para tener un archivo de este periodo de mi vida”, escribió.
Publicamos aquí sus fotografías y sus reflexiones en primera persona sobre Gaza.
Una calle en ruinas
Esta es mi ciudad, y así es como se ve tras 18 meses de brutal conflicto: calles cubiertas de arena, casas arrasadas, servicios inexistentes. Cada lugar que amábamos se ha convertido en un inmenso vacío, y la ciudad se ha convertido en una ciudad fantasma.
En la foto se ve la calle Al-Mukhabarat, en el norte de la Franja de Gaza. Antes era una de las más vivas: te llevaba hasta este mar tan bonito, pasando por el hotel Al-Mathaf y otros rincones donde la gente se reunía. Hoy, en cambio, solo quedan las cicatrices de la destrucción tras las oleadas de fuego que arrasaron esta calle, antaño tan transitada y ahora tan irreconocible; tardé un rato en darme cuenta de dónde estaba.
Todos los lugares emblemáticos de esta ciudad han cambiado. ¡Nos han quitado todo lo que amábamos!
Color en medio del polvo: el puesto de juguetes
Mi Gaza es uno de los lugares más contradictorios del mundo. Entre la devastación más brutal aparece este puesto lleno de juguetes de colores, en contraste con los tonos grises de la devastación y la muerte: un gesto de resistencia frente a la opresión. Todavía puede haber esperanza por un futuro mejor.
Hice esta foto porque me recuerda que, incluso si matan a todos los niños, otros nacerán, sostendrán estos juguetes y algún día vivirán su infancia como les corresponde.
La vida diaria de esta ciudad nunca deja de sorprenderme: la resiliencia de su gente, la vida que vuelve a las calles pocos días después de los bombardeos. Personas a las que el riesgo constante de morir no les impide salir y vivir.
Una generación marcada por el sufrimiento
Nada resulta más triste de ver aquí que la situación de los niños de esta ciudad.
No siempre me alegra tomar este tipo de fotos. Al contrario, estas escenas me entristecen profundamente y me van desgastando por dentro. Los niños de esta ciudad no pueden soportar tanto agotamiento. Mi único consuelo es pensar que algún día esta generación se alzará contra la injusticia y que las escuelas y los parques volverán a ser como eran.
El santuario que me arrebataron
Este lugar es el Centro Cultural Rashad Al-Shawa, uno de los centros culturales más importantes de Gaza y uno de los lugares más profundamente grabados en mi memoria.
En estas fotos se puede ver la sala principal, donde siempre se celebraban veladas de poesía, fiestas y obras de teatro. A veces incluso se convertía en un cine, ya que en Gaza no hay. Era un lugar que hacía realidad los sueños de quienes amaban el arte.
La primera vez que entré tras el bombardeo, sentí ganas de llorar: me habían arrebatado algo que no tenían derecho a arrebatarme.
La artista olvidada, Mahasen
Se llamaba Mahasen Al-Khatib. Era una artista con mucho talento y amiga mía que fue asesinada en los bombardeos. Mahasen fue un referente para mí y para muchos otros: no permitió que la guerra detuviera su trabajo, siguió adelante. Se sentaba en el ático de su casa, que aparece en la foto —dañado tras unos bombardeos—, y dibujaba imágenes preciosas, utilizándolas como su voz: la voz de los palestinos hablándole al mundo.
El lugar donde se tomó esta foto ya no existe. La casa ha desaparecido, el ático ha desaparecido, y Mahasen y sus sueños han desaparecido. Pero su deseo se cumplió: su arte sigue vivo, y ahora mucha gente en todo el mundo sabe que Mahasen murió persiguiendo su sueño.
El mar que nos da fuerza
Cuanto más intento explicar nuestra relación, como gazatíes, con el mar, menos sentido parecen tener mis palabras.
El mar ha sido nuestra única vía de escape durante toda nuestra vida. Y aunque intentaron alejarnos de él, no lo consiguieron. Nada puede interponerse entre nosotros y el mar. Aquí, cada vez que alguien necesita respirar, va al mar. Solo ver esta inmensidad te hace sentir que puedes volver a respirar, que puedes seguir adelante, al menos con un poco más de paz de la que tenías al llegar.
El regreso a casa
Esta escena sobrecogedora permanecerá en mi memoria hasta que muera. Esta imagen será un recuerdo eterno para toda la generación que viene después de mí, y les permitirá entender el significado de volver a casa, el significado del hogar y la dulzura de la llegada tras una larga y ardua espera.
Después de la muerte
El día antes de perder la vida, Fátima aprobó que su fotodiario se compartiera públicamente. Después de su muerte, Plan International recibió consentimiento de su familia para publicar su trabajo.
“Si muero como mártir, no enterréis mis fotos. Dejad que hablen por mí, que cuenten mi historia, que muestren todo lo que vi y todo lo que no pude salvar”, deseó Fátima.
Y esto escribió su marido, Motaz, en una elegía en forma de carta: “Tu legado no será olvidado. Tus fotos seguirán vivas. Y tu memoria no desaparecerá, porque no viviste como los demás… y tampoco te irás como los demás”.