No contábamos con vivir una realidad en la que el odio campara a sus anchas. Pero es la realidad que nos ha tocado: la de un mundo cada día más hostil. Un mundo en el que el odio es de todo menos silencioso: ocupa espacios, revienta convivencias y copa titulares. Un odio que es consciente, pero que no es algo nuevo ni un sentimiento exclusivo de nuestro tiempo.
El odio limita la posibilidad de pertenecer a ciertos grupos, niega el derecho a existir. El odio les dice a las mujeres que su único lugar en el mundo es la clandestinidad. El odio les dice a grupos minoritarios que existan en silencio y sin alzar la voz. Les dice que siempre serán personas de segunda, ciudadanos de segunda… El odio señala a todo aquello que no sea heteronormativo; mira a los ojos y dice que ciertas existencias no son naturales.
El odio tiene mucho protagonismo. Pero hoy queremos quedarnos con la otra cara de la moneda: la de la resistencia. Con la esperanza, la resiliencia, la lucha, la solidaridad, los cuidados y las comunidades que se enfrentan día sí y día también al odio.
Sin banalizar las fuentes del odio, optamos por poner el foco en otro lugar. En nuestro nuevo número en papel, Resistencia, aparecen testimonios de personas y colectivos que resisten porque, a menudo, es su única opción. Protagonistas que defienden con uñas y dientes su existencia y su derecho a vivir.
Resistencia como única opción
“La resistencia para nosotras [las mujeres afganas] es la única opción que tenemos. No es algo que hayamos elegido”, dijo la activista afgana Zuhal Sherzad en el acto de presentación de la revista en Barcelona. Sherzad es protagonista de la crónica La revolución silenciosa, de Txell Feixas, a través de la cual viajamos a un Afganistán en el que nacer mujer es verse relegada a la clandestinidad.
Son mujeres que resisten para seguir formándose y formar a otras. Mujeres que resisten incluso cuando no pueden tomar ninguna decisión sobre sus cuerpos. Mujeres que resisten mientras sortean prohibiciones. Mujeres que resisten por sus hijas. Mujeres que resisten mientras ven sus derechos desaparecer.
Resistir en Afganistán son sótanos, patios, edificios vacíos o habitaciones de casas particulares que se han convertido en centros educativos clandestinos. Sherzad, de 22 años, llegó a gestionar desde Kabul 15 de estas instalaciones distribuidas en cinco provincias del país para cerca de un millar de chicas. Había diseñado con otras compañeras un protocolo para despistar a los talibanes: las alumnas llegaban a los espacios habilitados en grupos pequeños, nunca de golpe para no alertar, y camuflaban las clases bajo la apariencia de talleres permitidos, como los de costura o religión.
Resistencia como vacuna contra el odio y la opresión
“He aprendido que la resistencia es una reacción forzosa, obligada, de quienes lograron sobrevivir al genocidio y salir adelante a pesar de las gravísimas secuelas; y después es una actitud que se transmite a las siguientes generaciones: una especie de vacuna contra el odio y la opresión que no sé durante cuántos años es efectiva”, nos dice Ander Izagirre cuando le preguntamos sobre los aprendizajes en relación con la resistencia tras escribir Tres ciclistas atraviesan el genocidio de Ruanda.
El campeón que se escondió tres meses en los bosques, el niño que sobrevivió a la masacre de su familia y llegó a olímpico, y su discípula que disputa mundiales son las voces que resisten en esta crónica. Una crónica atravesada por la pasión: la pasión del periodista y de los ciclistas por un mismo deporte. Un texto que es un ejercicio de memoria e historia. La historia de un genocidio, de un país y de un deporte contada por tres voces y a lo largo de varias décadas.
Historias en las que, según el autor, el odio solo aparece en el “contexto histórico del reportaje, pero no en los discursos actuales de los protagonistas de manera explícita, aunque todo el rato funciona como contrapunto invisible”.
Resistencia como forma de reclamar un lugar en la sociedad
Labios de color rojo fuego, ojos pintados, purpurina, brillos, cuero, vestidos, tacones, peinados y pelucas son algunas de las formas que tiene el colectivo queer keniano de explorar su identidad. Una serie de fotografías nos sitúa en pasarelas, centros comunitarios y bares donde el colectivo LGTBIQ+ de este país resiste y celebra su existencia.
Un país en el que ser parte del colectivo no es ilegal, pero en el que sigue vigente una ley colonial que prohíbe las relaciones homosexuales. Esta crónica visual de Laia Ros y Myrto Vogiatzi documenta cómo estas comunidades utilizan la performance como forma de resistencia.
Al odio no hay que temerlo. Hay que mirarlo a los ojos. Es importante hablar de él —por ello le dedicamos un número ya hace seis años—. Pero qué importante es también conocer las historias de quienes, tanto si lo deciden como si no les queda otra, resisten.
Estos son solo algunos fragmentos de resistencia que llenan las páginas de nuestra nueva revista en papel. Si te ha gustado y quieres leer más, puedes hacerte con un ejemplar aquí o puedes suscribirte aquí para recibirla en casa, además de acceder a todos nuestros contenidos exclusivos para socios y socias.
Así nos ayudarás a resistir.
Odio aparece en este texto 17 veces, resistencia 24. Porque ojalá la resistencia siempre prevalezca.