“Vamos a montar un medio para escribir sobre lo que queramos y como nosotros queramos”. Corría 2013 y yo estaba a punto de dar un primer salto al ámbito humanitario. Quien así presagiaba no era otro que Agus Morales, que entonces aún no era el director de 5W. “Revista de información internacional para gente que leía periódicos”, sugería el subtítulo de una propuesta embrionaria que algunos periodistas desperdigados por diferentes rincones del mundo y comandados por Morales estábamos discutiendo. “He optado por un subtítulo que sea algo provocador. La idea es evocar ese espacio (…) en el que poder sentarse para leer una historia tranquilamente”, nos arengaba en un correo electrónico.
Mi camino y el de Agus se han ido entrelazando inexorable y deliciosamente desde aquellas aulas de periodismo post 11-S en la Autònoma de Barcelona en las que soñábamos con un reporterismo en profundidad, con contexto y plagado de matices. El tiempo nos llevó luego a la agencia EFE, primero a él a la India y luego a mí a Pakistán. En esa casa y esa región nos curtimos a base de infinidad de teletipos bajo la batuta de una maestra exigente, Julia R. Arévalo, que nos obligaba a repensar los enfoques y no cedía con la máxima de la rigurosidad. Todo giraba en torno a la fuente. Éramos obreros de la pluma. Escribidores. Juntaletras. Fueron años de juventud y viajes en los que trabajamos muchísimo en un sur de Asia efervescente y descarnado: del asesinato de la ex primera ministra pakistaní Benazir Bhutto en su regreso del exilio y la caída del dictador Musharraf a la muerte de Bin Laden en una operación especial de Estados Unidos, pasando por el ascenso económico y político de la India, el auge de los talibanes en Afganistán y Pakistán o la derrota de los rebeldes tamiles en Sri Lanka.
Cuando tras seis años en la región abandoné la agencia conté que mis iniciales —las que siempre acompañaban el teletipo— habían sellado casi 6.000 noticias y 400 urgentes informativos. Una locura. Vivíamos en una adrenalina continua, sin mucho tiempo para dar un paso atrás y reflexionar. Lo hacíamos con ilusión y sin recursos. La crisis de 2008, que nos sorprendió dando nuestros primeros pasos, dejó al periodismo en punto muerto: salarios congelados, incluso menguantes, e inversiones mínimas, sobre todo en información internacional acerca de contextos lejanos y olvidados. Mirábamos a la generación de las vacas gordas —a los corresponsales con nóminas jugosas y coberturas de película— con admiración y recelo. Eran una especie en vías de extinción. En cambio, nosotros aprovechábamos las vacaciones para hacer reportajes.
La crisis económica y la eclosión de las redes sociales también golpearon a la ética y la rigurosidad. Había más injerencia, había que hacer de todo, cambiaron las jerarquías. Todavía me escuecen episodios en que algunas informaciones, como la de un desastre de la industria textil en Bangladesh u otra sobre el futuro de los intérpretes afganos del Ejército español, fueron paradas o intervenidas. Muchos se reinventaron en esos años y Agus, cómo no, fue pionero: primero, buscando un espacio alternativo en Médicos Sin Fronteras, al que luego nos sumamos otros, y al cabo de poco tiempo haciéndose freelance y lanzando una revista.
“En MSF seguirás haciendo periodismo”, me dijo desde ese lado, cuando yo estaba a punto de hacer las maletas, sobre una organización humanitaria que pone en el centro el testimonio, aunque en ella los dilemas son otros y se debe congeniar el ímpetu periodístico del breaking news con las prioridades operacionales. Y en ese afán de reinvención el proyecto 5W siguió su curso, lento pero firme. En la primavera de 2015 un puñado de locos estábamos listos para arrancarlo. El éxito de la acogida inicial, con un crowdfunding meteórico que nos impulsó a tener 1.600 socios en el primer año de vida, nos dejó perplejos y espoleó para sentar las bases de lo que hoy es un referente de las pequeñas historias y las grandes explicaciones, uno de nuestros mantras. Un medio de nicho, tal vez, pero con una masa social leal, crítica y comprometida.
Ese arranque me agarró ganándome la vida como freelance en tierras bangladesíes y en aquellos momentos iniciales llegamos a bromear con que 5W era el medio que más espacio le dedicaba a Asia en general y en concreto a un país, Bangladesh, casi siempre alejado de los titulares salvo por algunas grandes tragedias. Aprendí a valorar poner pausa en las historias, a rehuir a veces de la inmediatez para cultivar la confianza y los detalles. Junto a estos compañeros de aventura comprendí la importancia de regresar a los lugares y de volver a entrevistar a los mismos protagonistas para no ser solo un astronauta o turista fugaz en la vida de la gente. Los reportajes y crónicas que publiqué en 5W sobre la comunidad homosexual bangladesí, el yihadismo, el cambio climático o los rohinyás se convirtieron más tarde en un libro sobre Bangladesh. El colectivo nació con una fuerza editorial por contar historias que hoy, a pesar de los desafíos, sigue intacta. Es, en esencia, El viejo periodismo que Agus Morales y Martín Caparrós describieron en el número 5 de la colección Voces en 2020. Y aunque mi rol actualmente está alejado del día a día de 5W, sigo refugiándome aquí cuando puedo, ya sea para hablar de la paz en Colombia, la migración en México o la guerra en Etiopía. Lo hago para abrazar de nuevo las crónicas de larga distancia, esa pausa y profundidad que tanto escasean hoy en día en nuestras pantallas. Cuando lo hago, siempre viene Agus con su tijera, esa misma que Julia nos enseñó a afilar.
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