Bajo una fina lluvia nocturna, casi un centenar de magistrados escuchan a uno de los suyos homenajear a Ramón Lafarga, juez del Tribunal Supremo fusilado por los golpistas casi un siglo atrás, en 1936. Lo hacen en el mismo sitio en el que el represaliado pasó encarcelado sus últimos días, el patio de la antigua cárcel de Ávila, convertida ahora en el Archivo Histórico Provincial. Minutos después, el grupo, convocado para celebrar la Asamblea anual de Juezas y Jueces por la Democracia, se traslada al salón de actos para escuchar a Juan Carlos Mestre masticar verdades:
“Son los mismos que en la Edad Media tiraban piedras a los leprosos”.
Los cristalinos ojos del poeta incendian las palabras que buscan el sentido a siglos de enamoramientos y fusilamientos encadenados. A la izquierda del escenario, Cuco Pérez acaricia su acordeón, que le responde con latidos de erotismo y dolor. Durante la siguiente hora, los juristas se entregan al relato del juglar, sucesor de la estirpe de artistas que durante la II República imaginaron la mejor España que podíamos llegar a ser.
“No hay escuelas en los cementerios”, repite Mestres, arrastrándonos hasta dejarnos caer en medio de La Desbandá, del gueto de Varsovia, del cerco de Sarajevo, de la hambruna de Darfur, del genocidio de Gaza.
“Las palabras fueron creadas para construir el templo de la verdad. ¡No para destruirlo!”, clama entre quienes creemos en la ley porque profesamos la fe en la palabra, la que tiende puentes entre las diferencias frente al lenguaje del poder y de las armas, que dinamita la convivencia, que nos aplasta.
Un cónclave de justicia (po)ética urdido por Luis Carlos Nieto García, un hombre bueno y sabio que ejerce el derecho para luchar por los derechos, un juez que dicta sentencias, pero que, sobre todo, siembra justicia allá por donde pasa. Como ahora, que en lugar de organizar una asamblea gremial al uso, ha invitado a sumarse a especialistas de distintas ramas para reivindicar, conjuntamente, el derecho internacional como una herramienta para frenar a quienes quieren imponer un régimen de la crueldad. O como en Motril, donde a la vez que velaba por que los náufragos africanos que llegaban a sus costas fuesen tratados como lo que son, seres humanos, creó las Jornadas de Derechos Humanos y Migraciones, un fondeadero donde, desde hace veinte años, recalan quienes saben dotar de sentido a la vida dedicándola a que sea digna y gozosa también para todas las personas. Profesionales de distintos continentes que entienden que no hay pensamiento fértil sin acción, ni transformación posible sin reflexión e imaginación. Activistas que nos enseñan que fueron las personas idealistas, utópicas, rebeldes, soñadoras las que siempre consiguieron lo que les repetían que era imposible: derechos, avances civilizatorios. Las mismas a las que siempre llamaron y siguen llamando ilusas, ingenuas e incautas quienes se lucran con la infamia y quienes arreglan el mundo desde el sofá de sus casas.
Uno de esos pioneros que nos recordó que se puede crear decencia, incluso cuando todo tu ecosistema está construido para disciplinar en la inmundicia, es Ramiro García de Dios.
Como juez de control del Centro de Internamientos de Extranjeros de Aluche, el mayor de España, marcó la diferencia cuando obligó a los policías que lo gestionaban a que respetaran los derechos mínimos de los cientos de personas que eran encarceladas allí sin haber cometido ningún delito, solo la falta administrativa que entraña no tener un permiso de residencia. Gracias a sus instrucciones, les tuvieron que permitir ir al baño de noche o informarles con, al menos, 24 horas de antelación de que iban a ser deportadas. Que no se nos olvide: para los migrantes, las políticas siempre fueron de extrema derecha. No se les llamaba así porque las aplicaban todos los gobiernos, indistintamente del signo político, y porque no nos afectaban a las personas blancas. Esta es también nuestra memoria racista histórica.
Yo misma fui testigo de cómo García de Dios recriminó a los policías que debían velar por el bienestar de las personas migrantes que fuesen pertrechados con equipos antidisturbios, con armas de fuego, con cascos y con chalecos antibalas “como si tuviesen que protegerse de criminales”, les espetó. El enfrentamiento le costó una queja del cuerpo policial ante el Consejo General del Poder Judicial. También una mayor admiración entre quienes conocíamos a la mayoría de quienes se atrevían a plantar cara a los que ya entonces sembraban el odio contra la inmigración en España.
De personas como Luis Carlos y de Ramiro muchas otras aprendimos a sacar la voz y a decir no. En su valentía y generosidad nos seguimos inspirando para vencer el miedo a las consecuencias de defender los derechos humanos. Porque las tiene, y porque como escribió Juan Carlos Onetti en El Astillero en 1961: “En esta época, es triste, hay que llamar triunfo a un acto de justicia”.
A los idealistas no nos mueven las victorias. Somos conscientes de que suelen llegar cuando ya no podremos ser testigos de ellas. Nos alienta ser parte de quienes luchan para acabar con esa tristeza por la injusticia que atraviesa los siglos y que nunca se extingue porque a medida que avanzamos y conquistamos nuevos derechos, también se ensancha el horizonte de todo lo que queda por hacer.