Hay inteligencias subversivas, imperiales. De esas a las que casi se les oye trabajar afanosamente desde dentro del cráneo —un lugar común, porque ¿en qué no-lugar se ubica la inteligencia?— hacia la intemperie del mundo. Y luego está Elon Musk, tan secretamente enamorado de su extraordinaria capacidad, del fulgor y la potencia de su propia cabeza.
Pero hay en él un ángulo muerto, un espacio ciego en el que no acierta a ver y, lo que es peor, no sabe que no ve. Es la realidad, indomable, soberana, libre de ataduras, tan bohemia y desatada del ovillo de los acerados hilos de pensamiento de Musk, ajena a sus deseos, a sus propósitos, a sus ideas y sus cuitas.
“Wow”, escribió Musk hace unos días en X, su muy majestuosa, desordenada y bastante sucia mansión-red social, al conocer la noticia de la regularización de 500.000 inmigrantes en España.
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