Abordar un avión, bajar en el aeropuerto, pasar migraciones, subir a un transfer, ostentar una pulserita de free pass en la muñeca como un pasaporte de consumo, tomar todo lo que la garganta profunda ordene, comer lo que está servido en bandeja, imitar con pasos de baile torpes y rectangulares danzas circulares y ancestrales, adueñarse del mar prohibido para los que viven y no dejar vivir, caminar de la habitación blanca a la arena blanca, dejar propina (a lo mucho), comprar souvenirs, pasar migraciones, subir al avión. En Punta Cana la mayoría de la gente no veranea, solo entra a un territorio privado en el que se priva hasta del goteo capitalista por el que pagan para mojarse en el Caribe.
El turismo en España gentrifica sus ciudades. El turismo en República Dominicana saquea sus playas. La idea de las vacaciones todo incluido se traslada a las mujeres. Se contrata a quien barre, friega, limpia y cocina. No se les pone pulserita, pero se da por hecho que su sexo viene todo incluido. La necesidad es una correa fluorescente. La isla que Cristóbal Colón llamó “La Española” —como si llegar diera derecho a colonizar una y quinientas veces— es un lugar donde pagar (muchos menos) impuestos, pero esclavizar la lengua para que se mueva como sedante y se atragante de silencio o se muerda de miedo.
Es enero, pero ya le decimos adiós a julio. El del meme y el que da besos a quien no lo pide a la vista de todos, con cámara prendida: no es machismo, es impunidad. Es un depredador que no frena, no repara, pero que es llamado seductor, galán, mujeriego. Lo hace en todos lados. Pero no lo hace igual en todos los países, ni igual con todas las mujeres, que no son iguales. Un presidente invade el patio trasero como si fuera emperador. Un cantante toca los traseros como si fueran parte del patio de la mansión que supone paraíso.
El migrante millonario no es migrante: es dueño y cree que compra el derecho a los malos tratos sobre trabajadoras caribeñas que fueron tomados, desde el inicio de la Conquista, como parte del oro, del agua, del suelo y del sabor.
“I love latinas”, dice una remera que se vende entre las chucherías de Barcelona con un corazón rojo que sangra como una red flag ante los ojos. En Dominicana no se vende ni eso. La pulserita tiene coartado el sol y la sal, el recuerdo y el trago. Las latinas, todavía, son parte del saqueo. La investigación sobre Julio Iglesias de las periodistas Elena Cabrera y Ana Requena desenmascara lo que estaba a la vista y, sin embargo, sigue en carabela. Un millonario en una isla que necesita dinero y que reproduce la explotación a las más débiles cuando expulsa a las haitianas recién paridas para trasladar el abuso del país que primero se liberó, hoy el último en el que las mujeres pueden ser libres.
El dictador dominicano Rafael Trujillo acosó a Minerva Mirabal. Ella lo rechazó. Él la asesinó junto a sus hermanas Patria y María Teresa. El 25 de noviembre de 1960 el dictador quiso hacer pasar por accidente el triple femicidio.
“Son espeluznantes los comentarios misóginos de la gente acusando a las jóvenes porque han denunciado a este millonario que viene a traer dinero a República Dominicana”, sentencia la filóloga Minou Távarez Mirabal, la hija de Minerva. Cada 25N el mundo se viste de violeta porque las tres hermanas dijeron no. La desigualdad no es una pulserita que da permiso a todo. La dignidad da ejemplo a todas. Minou enmarca el sentido de la denuncia: “Este caso es típico. Apelan, primero, al miedo para que las mujeres no denuncien, y cuando se atreven a hacerlo se las cuestiona, se las descalifica para tratar de naturalizar el abuso y tratar de evitar lo inevitable: el fin del silencio y la impunidad frente a la violencia contra las mujeres”.