Lamine Yamal es el jugador más importante de la selección española. Se calzó los botines rosas y puso, como homenaje, dos pequeñas banderas del país de origen de su mamá (Guinea Ecuatorial) y de su papá (Marruecos). “Polémica”, “Lamine muestra su peor cara”, “Críticas en las redes”, titularon los portales de noticias. La peor cara de todos los territorios de España, sin excepción, es que el 99% de las mujeres que llevan de la mano al hospital a las madres y abuelas de otras personas son migrantes; y que ni el 1% de las y los periodistas lo son. El racismo informativo no es una excepción, sino una centralidad que permite vociferar el odio sin contradicciones.
Es un país que es cuidado, cultivado, servido, limpiado y atendido por personas de distintos orígenes. Pero que no permite hablar, escribir ni decir, salvo como estrellas fugaces (iluminadoras y extrañas), a personas con acentos, pieles, documentos o títulos que llegan desde otras geografías. Es un territorio con una infraestructura montada desde la riqueza generada por la trata de esclavos, el saqueo, la violación y el extractivismo que sobrevive con los brazos, el tiempo y el esfuerzo de la migratoriedad sometida a un silencio inaceptable.
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