Mi abuelo Carlos, carpintero donostiarra, regaló a mi abuela Pepi una arqueta de madera labrada. Decía que era el trabajo con el que se había licenciado en la Universidad de Deusto, un chiste amargo que yo de niño no entendía. Muchos años después de su muerte supe que aquella universidad había sido un campo de concentración: entre 1937 y 1940, los militares golpistas encerraron allí a 5.000 republicanos. Según la historiadora Ascensión Badiola, murieron 187 por hambre, enfermedades, palizas y torturas.
—En Deusto nos trataban como a animales —me contó a sus 99 años el bilbaíno Luis Ortiz Alfau—. Nos amontonaban en las aulas y nos tenían a pan y agua. Cuatro veces al día sonaba la campana y teníamos que salir, formar y cantar el “Cara al sol”. Si no cantabas fuerte, porrazo en los riñones.
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