Mi abuelo Carlos, carpintero donostiarra, regaló a mi abuela Pepi una arqueta de madera labrada. Decía que era el trabajo con el que se había licenciado en la Universidad de Deusto, un chiste amargo que yo de niño no entendía. Muchos años después de su muerte supe que aquella universidad había sido un campo de concentración: entre 1937 y 1940, los militares golpistas encerraron allí a 5.000 republicanos. Según la historiadora Ascensión Badiola, murieron 187 por hambre, enfermedades, palizas y torturas.
—En Deusto nos trataban como a animales —me contó a sus 99 años el bilbaíno Luis Ortiz Alfau—. Nos amontonaban en las aulas y nos tenían a pan y agua. Cuatro veces al día sonaba la campana y teníamos que salir, formar y cantar el “Cara al sol”. Si no cantabas fuerte, porrazo en los riñones.
A Luis, que se alistó con 19 años como miliciano “para defender una república democrática”, le tocó sufrir la batalla de Elgeta, el bombardeo de Gernika, la caída de Santander, la derrota en Cataluña, la huida a Francia, el campo de concentración de Gurs y una detención en la frontera cuando intentaba volver a casa. Lo mandaron a Deusto. En enero de 1940, un guardia del campo le anunció que debía presentarse inmediatamente en la oficina de la Guardia Civil.
—Se acabó. Estos han descubierto que llegué a sargento republicano y me van a fusilar. Entré a la oficina… y un teniente me preguntó si sabía escribir a máquina.
Supieron que Luis había sido administrativo y lo realojaron, como a otros presos oficinistas, en la capilla de la Universidad. Allí dormían en el suelo entre ratas y comían poco, pero al menos no recibían palizas.
—Yo tendría que levantar un monumento a la máquina de escribir, porque me salvó la vida. Eso sí, me tocó ver barbaridades. A Deusto llegaban informes de la Falange, de la Guardia Civil o del alcalde de cualquier pueblo de España: que este preso era marxista, que el otro era del sindicato y no iba a misa… Traían al preso a la oficina y a mí me tocaba escribir las declaraciones. El teniente Cifuentes preguntaba y el guardia Sánchez daba bofetadas, patadas y porrazos, era un salvaje.
Luis descubrió su propia ficha. Figuraba como “desafecto, hijo de republicano”. No tenían nada más de lo que acusarlo pero daba igual. Lo enviaron al campo de Miranda de Ebro, que estaba supervisado por Paul Winzer, jefe de la Gestapo en España, y desde allí, como a miles de “desafectos”, lo mandaron con un batallón de trabajos forzados a construir carreteras con pico y pala durante dos años, primero al valle navarro del Roncal y luego a la montaña guipuzcoana de Jaizkibel.
El pasado 3 de febrero murió Carlos Hernández, autor de Los campos de concentración de Franco, un libro enciclopédico que documenta los planes de castigo y liquidación, con asesoramiento nazi, en 300 recintos de toda España. En Esclavos por la patria, Isaías Lafuente demostró que algunas constructoras actuales se enriquecieron gracias a la mano de obra esclava y que el Estado franquista se ahorró así 780 millones de euros. Hubo víctimas en el bando ganador, también los perdedores cometieron crímenes, pero afirmar como hacen algunos ahora que “todos perdimos la guerra” es una trampa argumental que exonera a quienes dieron el golpe, establecieron una dictadura, impusieron sus ideas por la fuerza y se forraron. La arqueta que talló mi abuelo sigue en casa, tan testaruda y tan obvia como que los franquistas no perdieron la guerra: en ese nivel andamos.