Durante muchos años he evitado, en la medida de lo posible, acudir a tanatorios. Me temo que no es una manía original: la llegada a la recepción con los números de las salas y el nombre del difunto, el gentío agolpándose frente a las puertas, ese pasen y vean del duelo. Todo resulta deprimentemente intercambiable.
Pero el padre de Ana, una amiga muy querida, murió. Una amiga de la universidad con la que me pasé media vida viajando, hablando y, en definitiva, siendo feliz. Su padre era un personaje arrollador. Aunque yo solo era la amiga de su hija mediana, me regaló momentos absolutamente delirantes que luego fui relatando a los míos, contribuyendo así a engrosar su leyenda.
Coincidió que apenas dos días antes otra amiga muy cercana había dado a luz a su primer hijo y fui directa, con prisas y rebosante de alegría, al hospital. A esas visitas sí es fácil ir. Conversamos largo rato sobre el parto, sobre los consejos de las comadronas, sobre el bebé que dormía ajeno a la cháchara. Esa escena se me apareció al entrar en la salita del velatorio. Los sofás eran idénticos.
Ana me recibió emocionada y me contó que su hermana y ella habían pasado allí toda la noche. Sentí un escalofrío. Me señaló una botella de vino vacía bajo el mueble de los cafés. No querían dejar a su padre solo. Nos sentamos y me narró su muerte: las palabras, las despedidas, las risas. Yo regresaba mentalmente al recién nacido y comprendí que nacer y morir, en el fondo, se parecen mucho más de lo que creemos: son otros quienes ponen las palabras y nosotros atravesamos el relato para acompañarlos.
Fue la primera vez que me senté de verdad en esas dichosas salitas. Me olvidé de que estábamos velando a alguien que ya no estaba. Como si rodeáramos un fuego —el de la vida, ¿o era el de la muerte?—, solo intercambiábamos historias. Cuando miré el reloj habían pasado dos horas y tenía que marcharme para coger un tren de vuelta. Entonces hice algo que nunca habría hecho: entré en la otra sala, donde estaba el padre. Las coronas de flores, la foto de aquel hombre tan querido que sonreía con ligereza apenas unos meses atrás. Le dije adiós. Me santigüé, yo que no soy creyente. Fue mi manera de decirle que me tomaba muy en serio estar allí: una mujer de 41 años que detesta los tanatorios y que, por primera vez, no tenía miedo.
De regreso a Barcelona, en un tren lleno de gente que volvía a casa por Navidad, pensaba en principios y finales. Quizás por eso, cuando doy clases en la universidad, insisto tanto en la importancia de empezar bien. “Las primeras oraciones son puertas que abren mundos enteros”, escribió Ursula K. Le Guin en La hija de la pescadora.
Esas puertas se nos aparecen como un golpe, como un destello. Los inicios deben conjugar un deseo; es ese el impulso que sostiene al lector.
Nacer. Morir. Cuando un año se termina, no pienso tanto en balances como en umbrales. Casi nada se acaba de golpe. Se cruza. Sin saber cómo, pero siempre, como al empezar, de la mano de un deseo.