El cielo se abrió

Así cayeron las bombas atómicas sobre Japón. Un libro recoge testimonios de Hiroshima y Nagasaki.

El cielo se abrió
Photo12 / Ann Ronan Picture Library / Alamy

Este es un extracto del libro Hiroshima: testimonios de los últimos supervivientes (Kailas Periodismo), de Agustín Rivera.

Los libros son el mejor abrigo de los viajeros solitarios. Oler el papel del ejemplar recién comprado. Hojearlo y ojearlo. Percibir su tacto. Doblar una esquina, redondear la página con un lápiz negro y amarillo. Subrayar frases. Y dedicar la última página a anotar ideas sobre lo que estás leyendo o sobre otras historias que aún te quedan por contar.

En el viaje “te despojas de prejuicios”, o eso creía Descartes. Sientes libertad, crees que podrás detener el tiempo y retienes mejor cada sensación. El viaje es un territorio vecino a la inmortalidad, te provoca la felicidad fugaz de un cometa, el destello de la imaginación deseada. La aventura de transformarse en otro sin dejar de ser tú mismo. Y en Japón percibes las ventajas de viajar en tren a paisajes que jamás pensaste que ibas a disfrutar: horizontes en verde, arrozales eternos, casitas bajas en medio de un remolino de cables. Escenas de un país que recién estrenaba el milenio, justo un mes antes del 11-S, que sufrí en una jaula de oro en Taiwán cuando el tifón Nari asolaba Taipéi, durante las mayores lluvias de la antigua Formosa desde 1930. Pero esa es otra historia.

Me detengo en páginas que viajan conmigo entrelazadas con conversaciones indescifrables, risas incontenidas y miradas a los extranjeros que no son ellos. Algún mochilero occidental que sonríe con cara de a dónde vas, de si sabes dónde te has metido, joven. Y sí, eres tú. Al menos, esta vez sí que eres tú. ¿Soy yo? No, no lo sé. Quizá no lo sabré nunca. Juan Ramón Jiménez le dedicó un poema a este dilema:

“Yo no soy yo.

Soy este

que va a mi lado sin yo verlo,

que, a veces, voy a ver,

y que, a veces, olvido.

El que calla, sereno, cuando hablo,

el que perdona, dulce, cuando odio,

el que pasea por donde no estoy,

el que quedará en pie cuando yo muera”.

Y no olvido que con el Shinkansen ahora puedes llegar en menos de tres horas. Una ventura gratuita al sur de este archipiélago paciente. El Japón rendido en la búsqueda interior, el que nunca acabaré de descifrar. Rudyard Kipling se ha convertido en un leal compañero de viaje entre Kokura y Nagasaki. Y se lo debo a Manuel, mi librero de la calle Ferraz, 22. El Aleph atesora el mejor escaparate de literatura asiática de España. Cada vez que remonto Ferraz desde la Plaza de España o desde Argüelles, o bajando por la calle Luisa Fernanda, con el Templo de Debod, que irrumpe en lo alto del lugar donde se ubicaba el desaparecido Cuartel de la Montaña, temo encontrarme con la pesadilla de un cartel de “Se vende/Se alquila/Se traspasa/En liquidación/Cerrado”. Con un adiós.

Esta vez me quedo mirando el escaparate con el nombre de la librería en letras verdes. Y observo, de espaldas, a Manuel, una silueta de bondad. Se ajusta las gafas muy despacio y lo veo revisando las estanterías de arriba de su hogar de libros, entre haikús y Kawabata, entre Borges y Martín Gaite, entre periódicos y revistas. Y me recomienda Viaje al Japón. 960 pesetas. El precio, escrito con lápiz, todavía figura en el ángulo superior derecho de la primera página.

Si Kipling describe cómo Nagasaki “yace entre las colinas, y su rostro comercial (un muelle mugriento) estaba enfangado y desierto”. Si Kipling se pregunta: “¿Puede la gente contenerse de reír?”. Si Kipling creía que Nagasaki estaba habitada “íntegramente por niños”. Si…

***

La bella, elegante y delicada Nagasaki es la Ítaca japonesa, conocida antes de la bomba por ser el escenario de la ópera Madama Butterfly. El tranvía atraviesa la ciudad con jóvenes que sonríen, conversan y sueñan. Vidas que no intuyen un desgarro. Y se bajan en la parada del centro comercial para pasar la tarde leyendo mangas en silencio, todos juntos, sentados en paralelo. De vez en cuando fijan la atención en una viñeta que les llama la atención y se ríen tapándose la boca. Por vergüenza, por educación, por decoro.

Nagasaki es Dejima, una isla artificial de quince mil metros cuadrados fundada por los holandeses y que durante dos siglos se convirtió en la avanzadilla de los avances científicos y tecnológicos que llegaban de Occidente. Pero, sobre todo, Nagasaki no se puede disociar de su ADN cristiano. Porque también está conformada por el barrio de Matsuyama-machi, que hace tres cuartos de siglo era el asentamiento católico más importante de la ciudad. Aquí se puede ver la iglesia de Urakami, reconstruida en 1959 después que la bomba atómica la destruyera completamente. Nagasaki es tierra de peregrinación para los católicos japoneses, su particular Meca.

La ciudad pasó a la historia de la Humanidad cuando se convirtió en el objetivo de aquella explosión a causa de los astilleros y de las fábricas de acero y maquinaria de Mitsubishi, que más tarde se transformarían en unas factorías de armamento militar que se ubicaban en la zona portuaria y producían piezas adaptables para misiles. Fue el llamado buen tiempo —la luminosidad, un cielo despejado, sin nubes— el que condujo a la muerte. Ojalá hubiera aparecido la niebla, como en Kokura. Ojalá no hubiera hecho falta ninguna bomba. Y mucho menos una segunda. Ojalá la humanidad hubiera aprendido la lección de la Primera Guerra Mundial. Porque hubo una segunda. Y luego Corea. Y el apocalipsis de Vietnam. “El horror, el horror”. Vietnam, el infierno que Michael Herr retrató en Despachos de guerra: “Hasta los muertos empezaban a contarme historias, las oía como si vinieran de un espacio remoto, pero accesible”.

Las guerras solo sirven para crear la semilla de la venganza.

Charles W. Sweeney, que tenía veinticinco años, se había quedado durante el lanzamiento de la bomba de Hiroshima en un puesto de observación, de “carabina” del Enola Gay. Pero Nagasaki, al igual que Kokura, también estaba nublada. Y Sweeney, el piloto de la aeronave Bock’s Car,* decidió darse la vuelta y regresar a la base de Tinian, en las islas Marianas, a dos mil quinientos kilómetros de distancia. Pero el cielo se abrió de repente y soltó el artefacto.

Fat Man, como se llamaba el explosivo atómico, cayó en paracaídas, como si lo hubieran disparado con una pistola con silenciador, sin prisa, desde el Bock’s Car hasta el objetivo. Un viaje infernal que duró 47 segundos. La bomba erró: explotó a quinientos metros de altura y tres kilómetros más tierra adentro de lo previsto. En parte debido al tiempo. En Hiroshima se arrojó sin paracaídas.

La bomba de Nagasaki era de plutonio y fue más devastadora que la de Hiroshima, Little Boy, que estaba fabricada con uranio, pesaba 4,4 toneladas y medía 3,25 metros de longitud. La de Nagasaki pesaba cinco toneladas y provocó una temperatura interna de más de trescientos mil grados centígrados. La nube atómica llegó a los tres kilómetros y eclipsó el sol. En menos de tres segundos se alcanzaron temperaturas de hasta cuatro mil grados centígrados y se generaron vientos de hasta quinientos kilómetros por hora. El estallido rompió ventanas a diez kilómetros de distancia.

Fue la última bomba atómica arrojada sobre seres humanos.

* Charles W. Sweeney fue también un católico devoto que realizó donaciones para la ciudad y le pidió al papa Juan XXIII que intercediera por las víctimas de Nagasaki.

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