¿Qué te llevarías si huyeras de la guerra?

Más de 3,5 millones de personas han salido de Ucrania. Doce de ellas nos enseñan algo que llevan consigo y que les ayuda a seguir adelante.

Un mes después del inicio de la guerra lanzada por Vladimir Putin, más de 3,5 millones de personas han huido de Ucrania en el éxodo humano más rápido desde la Segunda Guerra Mundial. La gran mayoría de quienes han escapado de la invasión son mujeres y niños; a ellos se suman otros 6,5 millones de personas que han tenido que abandonar sus hogares y permanecen dentro de territorio ucraniano, según Acnur. 

Polonia, que comparte una frontera de unos 500 kilómetros con Ucrania, ha recibido hasta ahora más de 2 millones de personas huidas de este país. El resto ha salido por Eslovaquia, Hungría, Rumanía, Rusia o Moldavia. A este último Estado, con cerca de 2,6 millones de habitantes, han llegado unas 370.000 personas: es el país que más refugiados per cápita ha recibido en este conflicto. 

Desde Chisináu, la capital moldava, el fotoperiodista Edu León (Madrid, 1977) ha retratado a algunas de las personas huidas de la guerra, con imágenes que explican parte de lo que han dejado atrás. Lo precipitado de sus huidas queda plasmado en dípticos que, con los colores de la bandera ucraniana, muestran junto a los retratos de las personas refugiadas algunos de los objetos más preciados que se han llevado consigo. Son objetos que condensan memoria, afectos o esperanzas; retazos de vidas robadas por la guerra. 

“Nadie quiere dejar su hogar sin programarlo. Estas personas llevan consigo lo que pudieron coger, y viven bajo la incertidumbre de si van a poder volver. Han huido y no tienen ninguna certeza”, dice el fotoperiodista desde Chisináu. Allí ha fotografiado a mujeres alojadas temporalmente en un hotel o en albergues, junto a lo más importante que se llevaron con ellas en su salida precipitada del país. En imágenes comentadas por el propio fotógrafo y las voces de algunas de estas mujeres, nos adentramos en sus historias.

Ludmila tiene 65 años y huyó con su marido de Dnipró, la cuarta ciudad de Ucrania, en el centro del país; su hijo se tuvo que quedar allí. Dice que el objeto más importante que se llevó consigo es una manta que le dio su abuela cuando ella era pequeña. Va con ella a todas partes: cuenta que aún le transmite el olor de la abuela y le da seguridad y calor en los momentos difíciles. Simboliza todos esos objetos que te trasladan a lugares de encuentro, de sensaciones; es el modo en que Ludmila siente paz y calor dentro de esta guerra. 

Su abuela sufrió la Segunda Guerra Mundial y, como muchos judíos de Ucrania, fue perseguida por el Ejército nazi. Ahora es ella la que ha tenido que huir, esta vez por la guerra con Rusia.

“Mi familia vive en Sumy, cerca de la frontera noreste con Rusia [suspira]. Mi hermana, su marido y su hijo de cinco meses vivían en Kiev, pero se han marchado a Vinitsia, en el oeste del país. Mis padres se han quedado en casa, no querían marcharse. No tienen luz ni conexión a internet. Las tiendas de alimentos están vacías, pero ellos tienen un huerto y hortalizas. Con eso pueden sobrevivir por un tiempo. Aquí en Chisináu también tenemos con nosotros a nuestra gatita. Nos da mucho cariño, mimos y alegría. Pero estoy muy preocupada por mi familia. Yo llevo una semana bajo un cielo con sol, paz y seguridad, pero ellos están en peligro. No quieren marcharse, quieren proteger su casa. Espero que la guerra acabe pronto y podamos volver a nuestra vida normal”.

Alona Makarova salió de Odesa, en el suroeste ucraniano, junto a su marido hace algunas semanas. Tiene 26 años y está embarazada de tres meses. En su huida se llevó a su gata Nissa: dice que no podría haberla dejado abandonada. Los tres viajarán a Israel acogidos por el Gobierno de ese país. Con salida al mar Negro, la ciudad de Odesa —la tercera de Ucrania por población— alberga el principal puerto del país y se considera un punto clave en la estrategia de la ofensiva rusa.  

Cubro migraciones desde hace años, y es la primera vez que veo un éxodo con tantas mascotas. Hay muchas personas que viajan con gatos, perros u otros animales. En los albergues de Chisináu nos contaron que por allí han pasado personas que huían y que llevaban desde hámsters hasta tortugas. 

Dasha Chaikovskaya tiene 31 años y, hasta el inicio de la guerra, trabajaba en márketing. Hace poco más de una semana que salió precipitadamente de la sitiada Járkov, la segunda ciudad de Ucrania, muy cerca de la frontera con Rusia y escenario de ataques desde el inicio del conflicto. En su huida le acompaña una fotografía de sus abuelos y su hermano, fallecido antes de esta guerra pero muy presente en su vida. 

Ella está ahora en un hotel que acoge a refugiados en Chisináu, colabora con una oenegé en la ciudad y es muy activa a la hora de ayudar a quienes huyen. Su madre, Julia, también huyó de Járkov y ambas se reencontraron en Moldavia.

Valentina Daukoskaya tiene 77 años y huyó de Járkov junto con su esposo. Entre los objetos más preciados que se llevó está el carnet de militar del Ejército de la Unión Soviética de su marido, Badym Dennkovsky, que en 1960 formó parte de sus filas. Llevó el documento consigo creyendo que podría servirles como salvoconducto en su huida hasta Moldavia. 

Dice no entender por qué ahora los rusos son los que atacan y rompen la paz; dice que han convivido siempre (Járkov está a unos 50 kilómetros de la frontera rusa), que su propio marido formó parte de su Ejército y que muchos vecinos hablan y tienen origen ruso. Ahora se encuentran perseguidos por el mismo Ejército con el que lucharon. 

“Me fui de Járkov, pero tuve que dejar allí a mi hijo y su esposa. Mi hijo no puede salir del país por la ley marcial, y su mujer se quiso quedar con él. No tuve tiempo de coger casi nada. Llevo la fotografía de mi marido, al que perdí hace tiempo. Ahora, mi única familia son mi hijo y su esposa. Solo tengo fotos, nada más. A mi hijo aún no lo han llamado a filas, pero pueden hacerlo cualquier día. Tengo miedo de perderlo”. 

Serafima Efros también huyó de Járkov. Tiene 64 años y tuvo que dejar a su hijo en la ciudad, sin saber si será llamado a filas para luchar contra Rusia. A causa de la ley marcial, los hombres de entre 18 y 60 años no pueden salir de Ucrania.

Entre lo más preciado que lleva consigo está una foto que guarda en su teléfono móvil y en la que aparece junto a su marido, que murió a causa del coronavirus hace más de un año. Ahora Serafima vive con la incógnita de si volverá a ver a su hijo —o si en un futuro llevará en su móvil otra foto más en la que aparezca ella con alguien que ya no está. 

“No planeábamos venir aquí. Una noche mi marido nos despertó diciendo que podían bombardear Odesa y que había que marcharse. Pasamos dos días en coche, el 3 y el 4 de marzo, de camino a la frontera con Moldavia. El atasco era enorme: había miles de coches y familias con niños que estuvieron hasta tres días sin poder moverse. Dejamos el coche y seguimos a pie hasta Palanca, una ciudad de Moldavia. En Chisináu nos acogieron voluntarios que nos dieron alojamiento y comida. Estamos muy agradecidos. Mi marido nos llevó hasta la frontera, pero tuvo que volver a Odesa por la ley marcial. Los hombres entre 18 y 60 años no pueden abandonar Ucrania. Él está en casa y espero que sobreviva, que no bombardeen Odesa como han hecho con Kiev, Jersón o Mariupol. Espero que la guerra se termine en dos o tres semanas y podamos volver a casa. Si no, iremos a Alemania”.

Ekaterina Mararava, de 33 años, huyó de Odesa junto a su hija Milena, de 5. Fueron acogidas en un albergue para mujeres en Chisináu. Dice que lo más importante que se trajo de Odesa es a su hija, de la que no se ha separado en ningún momento. Entre las pocas pertenencias que, en su huida precipitada, pudo meter en su maleta está un peluche para que Milena juegue. Esta es una migración de mujeres con hijos; hay muchos niños. 

“Mi viaje hasta Moldavia fue bastante sencillo. Íbamos siete personas en un coche eléctrico. Para ahorrar energía fuimos sin calefacción, pasamos frío. Al llegar a la frontera, nos acogieron en un centro. Nos dieron cuatro camas para siete personas, aunque el cansancio nos hizo dormir bien. Nos quedamos cinco días en ese refugio, porque alquilar un piso para siete personas, con niños y ancianos, fue imposible. Mi padre y su hermano se tuvieron que quedar en Mikolaiv por la ley marcial. Mi padre sufrió un aneurisma y camina con dificultad, pero la ley es la ley. Fue él quien nos obligó a marcharnos de Ucrania”.

Maria Lutsenko tiene 16 años y viene de Mikolaiv, en el sur de Ucrania, bajo el asedio de las tropas rusas que salieron de Crimea para controlar esa zona. En su huida, se trajo los apuntes del examen preuniversitario que debería realizar dentro de un año. Para ella es muy importante poder prepararse para este examen y acceder a la carrera de Periodismo. Actualmente está acogida en el albergue para mujeres de Chisináu.

Mikolaiv es escenario de intensos bombardeos rusos; es un lugar estratégico, ya que es la última ciudad para las tropas rusas antes de llegar a Odesa, y hasta ahora ha resistido al asedio. 

El camino hasta aquí fue difícil, tuvimos que salir de repente. Yo no quería marcharme. Pero a las 5 de la madrugada empezó el bombardeo y un cohete golpeó la casa de los vecinos. Mi madre, mi suegra y yo sentimos un gran horror. En dos horas, cogimos lo necesario y nos fuimos. Yo me llevé unos calcetines de lana hechos a mano por mi suegra, que me regaló hace seis años. Los llevo en todos mis viajes. No tuve mucho tiempo para pensar en qué coger, pero entendía que necesitaba abrigarme bien porque nos esperaba un camino largo y desconocido, con temperaturas bajo cero. Mis amigos estuvieron esperando varios días con temperaturas bajo cero para cruzar la frontera. Estos calcetines para mí eran un símbolo de amor y cariño de mi familia. Como un amuleto para los momentos difíciles˝.

Anastasia Koshkovska tiene 29 años y es de Mikolaiv. Huyó a Moldavia con su gato. Su marido, fotógrafo, no pudo acompañarla por la ley marcial impuesta en Ucrania. Se llevó consigo los calcetines que su suegra le tejió a mano: le dijo que le protegerían siempre del frío, no solo en sentido literal, sino también simbólico. Para Anastasia simbolizan la presencia de la anciana, el calor del cariño con que los tejió y de las palabras que le dijo cuando se los entregó.

“Vine a Chisináu hace unos cinco días. Lo más importante que he traído es mi teléfono móvil, porque es lo único con lo que puedo contactar con mis amigos y mi familia, que siguen en Odesa. Toda mi familia se ha quedado en Ucrania. Una parte vive en Israel, aunque de momento no quiero ir allí. Nadie en mi familia está involucrado en la guerra. Solo hay un hombre, mi tío, que tiene 52 años y de momento no ha sido llamado a filas”.

Daria tiene 23 años, y llegó de Odesa a Chisináu como voluntaria para ayudar a sus compatriotas refugiadas. Cuenta que su ciudad se había volcado en montar barricadas, llenar sacos de arena para prepararse ante la previsible invasión, y ella sentía que en eso no podía aportar mucho. Así que se trasladó a la capital moldava, donde ayuda en la logística de un centro de refugiados. Está disponible las 24 horas. Es la que se encarga de recibir a los que llegan, de hablar con los médicos… hace de todo. 

Para ella el teléfono móvil es fundamental, es la herramienta para comunicarse con la familia que dejó en Odesa. En la fotografía, muestra la parte trasera del móvil para reivindicar el mensaje escrito en una pegatina. Es una palabra en ucraniano, con una letra tachada y sustituida por otra, lo que cambia totalmente su significado: la palabra “miedo” se transforma en “luchar”. 

“Al principio no queríamos marcharnos de nuestra ciudad, Járkov. Queríamos quedarnos allí, pero vimos bombas enormes cayéndonos encima; tuve que tirarme a la nieve con las manos en la cabeza. Creí que iba a morir. Después descubrí que aquellas bombas cayeron a dos manzanas de mi casa. La noche siguiente escuché una explosión enorme y vi fuego. Mi hija pensaba que íbamos a morir. Después de aquello, decidimos marcharnos con nuestra documentación y algo de ropa. Ahora estamos en un lugar seguro en Moldavia”.

Julia Poyedinchuk, de 54 años, salió de Járkov sin apenas pertenencias. Hizo su bolsa a toda prisa, sin que le diera tiempo a coger más que los documentos necesarios para viajar. Entre lágrimas, dice que dejó toda su vida atrás. 

Julia es la madre de Dasha, la joven que viaja con la fotografía de sus abuelos. Cuando le preguntamos qué es lo más preciado que tiene consigo en el equipaje, responde que no lleva nada. Toda la vida que construyó durante sus 54 años se quedó en Járkov. Los ataques que ha sufrido la ciudad desde el inicio de la guerra han matado al menos a medio millar de civiles y destruido unos mil edificios, según fuentes oficiales ucranianas.

Lenav, de 63 años, dejó apresuradamente su casa en Mikolaiv cuando cayeron las primeras bombas. Al preguntarle qué pudo rescatar en su huida contesta que apenas nada; cuenta que cogió el chocolate que tenía en la cocina y que eso le recuerda a cuando sus hijos eran pequeños y les daba el dulce. Ella llegó sola a Chisináu pasando por la frontera de Palanca, que une Ucrania con Moldavia. Sus hijos no pudieron acompañarla porque están en edad de ir a filas.

De ella poco podemos decir, salvo que perdió su identificación en uno de los trenes que viajaban repletos de mujeres y niños entre la ciudad ucraniana de Lviv y la frontera con Polonia. Lo básico, lo poco que puedes coger en tu huida, son los documentos de identidad. ¿Qué somos cuando partimos? ¿Qué huella dejamos tras una vida arrancada de las raíces del hogar? Esta fotografía habla de todas esas mujeres que han tenido que huir de la guerra, con los recuerdos aún frescos y dejando a una parte de sus familias atrás.

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