Afganas bajo la sombra talibán

Anna Surinyach

La mera existencia de las mujeres en el Emirato Islámico de Afganistán es activismo político

Les han arrebatado el futuro. Para las mujeres, la llegada del nuevo régimen talibán no solo se traduce en lo cotidiano, en las decisiones del Emirato Islámico de Afganistán que poco a poco se van conociendo. Lo que duele más es saber que ya no tienen un horizonte, que si había algún motivo para la esperanza, ya se ha desvanecido. 

Tras la toma de Kabul el 15 de agosto de 2021, los talibanes dijeron que las mujeres tendrían “derechos” dentro del marco de la sharía, la ley islámica. Que es lo mismo que decir que estarán a merced de lo que decidan los talibanes. Por el momento, las mayores de 12 años no pueden estudiar. El Emirato solo deja trabajar a las mujeres cuyo concurso es imprescindible para el funcionamiento del Estado, y ha pedido a la mayoría que se quede en casa. Es la gran paradoja de este régimen: depende de las mujeres para su subsistencia, y a la vez son su enemigo, el elemento que pone en cuestión su totalitarismo. 

Hemos visto imágenes de mujeres que se manifiestan contra los talibanes, pero no son las únicas en desafiar al Emirato. La mera existencia de las mujeres —de toda procedencia, condición y carácter— en el Emirato es activismo político. Cada mujer, por el hecho de serlo, interroga al Gobierno talibán. Por eso son quienes más miedo tienen, quienes más sufren, quienes sienten que su futuro se ha borrado por completo. 

Los precedentes son horribles, y eso ahora mismo pesa más que los decretos o las leyes. Los talibanes gobiernan a través del miedo que infunden. En el anterior Emirato, entre 1996 y 2001, había lapidaciones públicas a mujeres acusadas de adulterio, desaparición de la vida pública y prohibición absoluta de estudiar y trabajar. La intervención militar de EEUU hizo que las cosas cambiaran, pero no lo suficiente. Las mujeres se incorporaron a la escuela, la universidad y el mercado laboral, pero más en las ciudades que en el ámbito rural. Las violaciones de los derechos de las mujeres continuaron. Pero había un horizonte, una esperanza tímida. Con la llegada de los talibanes, se ha borrado de un plumazo.

Durante nuestra cobertura en Afganistán, centré mi trabajo fotográfico en ellas. En las afganas que huyeron, que se quedaron atrapadas, que decidieron luchar. O que aún no saben qué hacer. 

Ellas existen, luego resisten. 

Vista de Kabul desde la colina Bibi Mahru, cerrada al público. 22 de septiembre de 2021.

Las mujeres desaparecen lentamente de la vida pública. No es algo súbito, sino paulatino. El burka, por el momento, no es obligatorio, no hay tampoco una prohibición expresa de salir a la calle, pero desde la llegada de los talibanes las mujeres son más discretas, intentan no estar en la vía pública por la noche… No temen tanto lo que pasa ahora —la retirada militar de Estados Unidos es muy reciente, los talibanes buscan reconocimiento internacional y meditan antes de dar según qué pasos—, sino lo que pasará. Sienten que el país es una cárcel. 

Islamabad. 15 de septiembre de 2021.

Abida, de 60 años, se refugia en la habitación de un hotel en Islamabad, la capital de Pakistán, con su hija Someya. Ambas huyeron de Afganistán tras la llegada de los talibanes. La frontera con Pakistán está cerrada salvo para personas con visados humanitarios, médicos, de estudios… Madre e hija lograron salir porque Abida tenía problemas de salud. Vivían en Mazar-e Sharif, en el norte de Afganistán. Pertenecen a una de las minorías más perseguidas de Afganistán, la hazara, que profesa el chiísmo y que ha sufrido atentados por parte de Estado Islámico y de los talibanes. 

El marido de Abida fue asesinado a puñaladas en el patio trasero de su casa durante el anterior régimen talibán (1996-2001). Desde entonces, Abida se dedicó a dar sustento, casi en solitario, a toda la familia: tiene otras tres hijas y un hijo. Su hija Someya, con la que ha huido a Pakistán, es ahora su principal apoyo. 

“Escapé de Afganistán porque no quería quedarme atrapada. Llevamos un mes en este hotel”, dice Someya, la hija de Abida. “Cuando alguien me pregunta cuál será nuestro destino, le contesto que no lo sé. No sabemos cuál será nuestro futuro. No sé qué hacer. Fui a registrarme a la oficina de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur). Estamos esperando. No quiero volver a Afganistán”. 

Islamabad (Pakistán), 15 de septiembre de 2021. 

Pakistán acoge a 1,5 millones de personas refugiadas procedentes de Afganistán. De las que hay registro: se calcula que hay centenares de miles más sin identificar. El éxodo empezó en la década de 1980, durante la invasión soviética de Afganistán, y ha habido diferentes picos desde entonces (la guerra civil de principios de la década de 1990, el régimen talibán posterior, la invasión de Estados Unidos…). Gulmina fue una de las que huyó en la década de 1980. Posa de espaldas porque su marido no está y dice que no sabe si le permitiría mostrar la cara. “Vine a Pakistán cuando era como este niño”, dice señalando a su hijo, de 12 años. Primero se refugiaron en Peshawar, cerca de la frontera con Pakistán. Fue pasando por diferentes ciudades, por diferentes campos. Hasta que llegó a una kacha abadi (barriada) en las afueras de Islamabad. Décadas después, los refugiados viven en condiciones insalubres en Pakistán. 

Anna Surinyach

Algunas de las afganas con las que hablé dijeron haber viajado cientos de kilómetros para buscar refugio en Pakistán. Hay dos puntos fronterizos importantes: el más concurrido, en Spin Boldak-Chamán, donde hubo gente que logró cruzar de forma irregular; y más al norte el de Torkham, donde pudimos ver que la fuerte presencia militar evita que haya tantas incursiones. En estos largos periplos hay numerosos puestos de control talibanes, que ya controlan todo el país, aunque en la carretera de Jalalabad, cerca de la frontera con Torkham, Estado Islámico ha colocado varias bombas. Las afganas se exponen en estos viajes de huida a ser descubiertas, sobre todo si son activistas, políticas o han participado en la vida pública. Muchas recurren al burka para pasar desapercibidas. 

Kabul (Afganistán), 21 de septiembre de 2021. 

Los talibanes quieren borrar la imagen de las mujeres en las calles del Emirato. Pintaron de negro muchas de las entradas a los salones de belleza en Kabul. En este tipo de lugares se observa la voluntad de los talibanes de eliminar cualquier tipo de representación de las mujeres, tanto fotográfica como pictórica. 

Kabul (Afganistán), 21 de septiembre de 2021. 

Maryam Sayedzadah es de la provincia de Tahar, en el norte de Afganistán. Huyó a Kabul ante la llegada de los talibanes, pero allí se los encontró de nuevo. Se siente amenazada a causa del trabajo que ha hecho hasta ahora. En Kabul ha intentado apoyar a las personas desplazadas en un campo del barrio de Sarai Shamali. “He luchado por los derechos de las mujeres y de la infancia. Nos fuimos a Kabul cuando los talibanes llegaban a nuestra provincia, y me puse un burka para que no me reconocieran. No pensé que el Gobierno afgano fuera a derrumbarse tan pronto. Nadie pudo prever una situación tan dura”. 

Durante toda la cobertura no pude dejar de pensar: yo puedo coger un avión y salir de aquí, pero ellas no, están atrapadas. Tras la evacuación exprés de miles de personas por parte de los países occidentales, la mayoría colaboradoras, el movimiento en el aeropuerto de Kabul se limitó a algunos vuelos militares a Doha y al puente Islamabad-Kabul, que se reabrió de la mano de Pakistan International Airlines (PIA) a unos precios desorbitados —más de 1.000 dólares por un trayecto— y en vuelos fletados. Pero el problema ni siquiera es el dinero, sino que haya posibilidades de huir. Pakistán exige visado para dejar entrar a los afganos, Irán tampoco lo está poniendo fácil, y las oficinas de emisión de pasaportes han estado cerradas desde la llegada de los talibanes a Kabul hasta ahora —esta semana se anunció su reapertura—, por lo que todo aquella persona sin pasaporte o con los documentos caducados no podía viajar. 

Miles, cientos de miles, millones de personas creyeron que podría construirse un país mejor con las tropas internacionales desplegadas en Afganistán. No era un objetivo ambicioso: el régimen talibán anterior había puesto el listón muy bajo. El sentimiento generalizado es de abandono y decepción. A mucha gente le gustaría huir en avión de Afganistán.

Islamabad (Pakistán), 16 de septiembre de 2021. 

Hay refugiadas afganas que llegaron a Pakistán hace cuatro décadas. O en la década de 1990, durante la guerra civil y el posterior régimen talibán. O después de la invasión de Estados Unidos en 2001. O incluso en los últimos años, ante el recrudecimiento de la guerra en algunas zonas del país. Zulqaeda, de 35 años, es de Kunduz (norte de Afganistán), y llegó a Islamabad junto a sus cuatro hijos hace dos años. Su marido murió por un disparo de mortero en un mercado de Kunduz. En Pakistán viven de la caridad. Zulqaeda no puede trabajar y sus hijos no van a la escuela. “Para mí el futuro no existe”, dice. 

En este hotel de Islamabad vi a muchas mujeres que habían huido del Emirato. Sería injusto hablar en un contexto como el afgano de “privilegio”, pero fui consciente desde el principio de que la mayoría de mujeres que querían escapar no tenían medios para hacerlo, de que las que habían llegado hasta aquí eran una minoría. 

Ninguna mujer me dijo durante la cobertura que se quisiera quedar en un Afganistán bajo los talibanes. Ninguna. Casi todas me pidieron ayuda para salir. 

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