Misbah

Las jóvenes están transformando la comunidad pakistaní en Barcelona. Esta es la historia de una de ellas.

Misbah
Anna Surinyach

Misbah Yousaf Begum busca el barrio en el que empezó a caminar hace veintiún años. Le han dicho que dando sus primeros pasos casi se electrocutó, que había un charco de agua y cables sueltos y que su abuelo la rescató. Le han dicho que esquivó la muerte por poco. Le han dicho que se enfermó, que en los diecinueve días que pasó en el barrio de su familia paterna tuvo fiebre y diarrea, que esquivó la muerte, de nuevo, por poco. Le han dicho.

Ella no lo recuerda porque la última vez que estuvo allí tenía apenas un año, porque toda esa biografía temprana la ha construido a partir de la transmisión oral, de lo que su familia le ha ido contando a lo largo de los años. Pakistán no entra para ella en el territorio de la memoria, sino en el de las ensoñaciones, en el de las vibraciones lejanas. 

A sus veintidós años, Misbah emana una desconcertante serenidad. Ni siquiera sus gestos tardoadolescentes pueden eclipsar su aura flemática, su amable hieratismo, su temprana madurez. He pasado muchos días con ella y me cuesta descifrarla: esconde sus emociones con una extraña energía. Pero hoy no puede. La coraza no funciona. Misbah está nerviosa. Viaja en el asiento trasero de un coche alquilado para recorrer Pakistán, para pulsar alguna sensación dormida en el fondo de su ser, para cumplir su voluntad. Mueve compulsivamente la pierna derecha. Se muerde los labios. Parece a punto de romper a llorar. Tiene el estómago cerrado. Sabe que en este barrio no la esperan. No sabe si la recuerdan. 

Misbah en coche buscando la casa de su familia paterna en Pakistán.

Estamos en la pequeña localidad de Daska, situada en Punyab, la provincia más poblada de Pakistán y de la que proviene la mayor parte de la comunidad pakistaní en Barcelona. Antes de llegar a nuestro destino, Misbah pide al conductor que pare. Se baja del coche y compra unos dulces que cuestan una fortuna para una estudiante universitaria como ella. No me deja pagarlos: es algo personal. Reemprendemos la marcha y nos cuesta encontrar el barrio de su familia paterna, Rahmat Pura. Los lugareños nos envían de un lugar a otro. 

—Los abuelos son los que más saben —dice el conductor al ver a unos hombres sentados en sillas de plástico a la espera de una brisa que no llega. Les pregunta, pero solo nos hacen dar más vueltas.

En Daska está la familia del padre de Misbah. Sus primos, sus tías, sus tíos-abuelos. No los ve desde que empezó a caminar porque su relación con la familia paterna está rota. Sus padres se divorciaron después de que él agrediera a su madre varias veces. Ella se quedó con Misbah y sus hermanos y él se fue a Inglaterra tras pasar unos años en otro piso del barrio barcelonés del Raval. Misbah sabe que su padre no está aquí, en Daska, pero está nerviosa porque no sabe cómo la recibirá la familia paterna. Le he dicho varias veces a lo largo del viaje que no tenemos que venir aquí. Que tiene otros familiares, aunque más lejanos, en otros puntos del país, y que podemos ir a verlos. Pero ella insiste. Hasta el punto de hacerme entender que esto es lo que da sentido a su viaje. Esto es lo que da sentido a venir a Pakistán. 

—Es mi familia —dice. 

El barrio de Daska, en Gujrat, Pakistán.

Cuando nos empezamos a desesperar, Misbah saca su móvil y le enseña la fotografía de uno de sus primos a un vecino. Reconocimiento inmediato. El hombre señala el final de un camino estrecho, bordeado por una ciénaga en la que bucean búfalas de agua cubiertas con hojas verdes, su particular camuflaje militar. Son los últimos cientos de metros. Misbah pide que paremos el coche y se baja. Un joven en shalwar kamiz (la tradicional vestimenta pakistaní) oscuro camina hacia ella. Se dicen algunas palabras. Aún sorprendido, aún deslumbrado por una revelación, él la abraza y pospone todas las preguntas que tiene. La abraza como diciendo: ya estás aquí, tranquila, no tengas miedo. 

***

Ya llega Misbah con su paso armonioso, con su sonrisa sardónica, con su timidez atrevida. Ya llega Misbah la rebelde, Misbah la deslenguada, Misbah la estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad Pompeu Fabra. Es el primer día que nos vemos: ha venido a la sede de Revista 5W, en el barrio barcelonés del Raval; le queda cerca, su casa está solo a unos quince minutos caminando. 

Estoy entrevistando a muchas personas para escribir sobre la comunidad de origen pakistaní en Barcelona. Misbah es una más. Nos sentamos en el borde de una mesa de reuniones alargada y saco el móvil para grabar sus palabras. Sin que casi pregunte, ella cuenta y reflexiona: cuenta su infancia y su adolescencia en el Raval, reflexiona sobre la educación, sobre el uso del velo, sobre la xenofobia, sobre la inmigración. 

—Los charnegos no cuentan, ¿eh? —me dice para evitar las comparaciones. Y porque sabe que soy hijo de inmigrantes andaluces. 

Yo quería encontrar a alguien para contar la historia que —creía— no se ha contado: la de la comunidad de origen pakistaní, que pese a su fuerte implantación en Cataluña y sobre todo en algunos barrios de Barcelona, es ignorada por la población dominante. Tenía esa obsesión porque había sido corresponsal en Pakistán durante dos años y solo me había dedicado a escribir sobre violencia, pese a que el país y sus gentes me fascinaban. Había aprendido urdu y ahora ya estaba viviendo en Barcelona. Tenía que hacerlo. 

Al escuchar sus palabras, me di cuenta de que lo interesante no era mirar hacia atrás, sino mirar hacia delante. Ella podía contar otra historia: no la de Pakistán —yo había vivido más tiempo en Pakistán que ella—, sino la de Barcelona. La Barcelona del siglo XXI. 

Acabamos la entrevista y empezamos a hablar de verdad. 

Misbah ante el edificio del Raval en el que vivió durante su infancia.

***

Quién eres, quiénes somos, quiénes seremos. 

Kasur es una localidad situada al sur de la megaurbe de Lahore. La abuela de Misbah vivía en una casa de adobe en Kasur. Tuvo dos hijos y dos hijas: la menor es la madre de Misbah, Razia Begum Bibi. Con trece años, salió de Pakistán junto a todos sus hermanos y hermanas. Su destino fue Siria, donde Razia contrajo matrimonio —concertado— con Yousaf, un amigo de su cuñado que era de su misma casta. Razia aprendió árabe y tuvo una hija en Siria. Más tarde, en 1992, la familia —que seguía creciendo— se trasladó a Austria. Allí Razia dio a luz a dos gemelos. Emigraron entonces a Barcelona, donde la comunidad pakistaní cada vez era más nutrida. El 22 de enero de 1997, en el Hospital del Mar de Barcelona, nació Misbah Yousaf Begum, hija de Razia y Yousaf. La familia se instaló en la calle León, número 5, del barrio del Raval, el antiguo Barrio Chino que tantos relatos había inspirado y que ahora estaba en plena transformación y pedía otros relatos.

La infancia de Misbah fue dura. 

Era una bebé cuando el edificio en el que vivía ardió; no era la primera vez, ya que era antiguo y, como la mayoría en esta zona, estaba en condiciones precarias. Pero esta vez la familia estaba en el piso —una cuarta planta— y solo pudo salir gracias a los vecinos, que hicieron un pasillo entre las llamas. 

Cuando tenía solo tres años, mientras volvía con sus hermanos de la mezquita a casa, vio ambulancias y patrullas de policía frente a su portal, pero esta vez no había ningún incendio. 

—Fui corriendo y subí las escaleras, quería saber qué había pasado. Estaban entrando y saliendo muchas personas con uniforme, y entré y fui hacia el salón, aún me acuerdo de la distribución de la casa, era una casa bastante grande, tenía un techo muy alto, y llegando al salón a mano derecha… Yo solía ser una niña que pintaba las paredes con pintalabios o con colores que me encontraba y mi madre se enfadaba mucho… Al llegar al salón vi que había mucha pintura de color rojo, y yo pensaba que era pintalabios, pero vi que no, me di la vuelta porque no encontraba a mi madre, y al verla al final del pasillo, que daba hacia un patio interior, la vi sentada en el sofá, cabizbaja. Fui corriendo, me acerqué a ella y le pregunté qué le había pasado, porque tenía el pelo revuelto y los labios muy rojos. Me dijo que mi padre le había pegado. No sabía cómo tomarme eso, quizá no lo comprendía muy bien, pero fui a buscar a mi padre y vi que se lo estaba llevando una chica policía esposado. La única reacción que tuve fue sacarle la lengua. 

Hubo más agresiones, hasta que Misbah, su madre y sus hermanos se fueron a una casa de acogida. Tras una batalla legal, la madre conseguiría la patria potestad de los menores. Cuando Misbah y sus hermanos se lo encontraban por el Raval, él los ignoraba. El padre acabó yéndose al Reino Unido. 

Misbah estuvo viviendo en aquel piso hasta los diez años. Entonces la familia fue desalojada, porque el edificio se caía a pedazos y necesitaba una reforma. 

—Este edificio —dice Misbah señalando su hogar de infancia— ahora está reconstruido, es más pijo. Están haciendo el barrio más hípster y así venden todo más caro. Ahora en el edificio se entra pulsando unos dígitos, o si tienes llaves puedes entrar con ellas. Pero antiguamente pegábamos un grito a nuestra madre, porque además vivíamos arriba del todo. Y como no funcionaba el timbre, pegábamos berridos. “¡Mamá, ábrenos!” Ella nos tiraba las llaves y abríamos. 

Misbah sigue caminando, recorre su barrio, recupera recuerdos a cada paso.

—Recuerdo que en el año 2000 el lema que se utilizaba mucho en el Raval era el de Papeles para todos. Ahora es Queremos un barrio digno. Me preocupa un poco ver cómo lo van a dejar, porque el Raval está cambiando tanto que ha perdido parte de la esencia que tenía antes. Ahora es más como un parque temático para los turistas. Como ciudadana y vecina del barrio, considero que estamos perdiendo muchas costumbres que eran muy bonitas, como la de conocer a tu vecino y la persona que está viviendo a tu lado. 

La comunidad pakistaní se ha convertido en la más importante del Raval y en una de las más numerosas de Barcelona, solo por detrás de la italiana y la china. En la ciudad condal hay 19.240 pakistaníes empadronados, según el Ayuntamiento. Esta cifra, obviamente, no incluye a Misbah: ella, como muchos otros, forma parte de una generación que se ha criado en Barcelona pero que vive entre dos mundos.

La escuela de primaria de Misbah estaba en la plaza Castella, en pleno corazón del Raval. Cuando Misbah habla de identidad —española, catalana, pakistaní— lo hace de forma desapasionada. Pero cuando habla del Raval, no puede disimular su orgullo de barrio, que tiene su origen aquí. 

—Este cole [el CEIP Castella] es la base de todo lo que soy ahora, de muchos valores, de mucho respeto hacia otras culturas, porque este es un barrio multicultural, y en mi clase y en la de mis hermanos y mi hermana siempre hemos sido alumnos y alumnas y compañeros y compañeras de muchas partes del mundo. Filipinos, latinoamericanos, pakistaníes… Había de todo un poco, y la verdad es que las profesoras siempre nos han tratado de iguales. Cada año hacíamos algo típico de cada país y lo compartíamos. Nadie de este colegio se puede quejar de la educación que ha tenido. Solemos venir a saludar a nuestras exprofesoras y a explicarles cómo nos va la vida y se ponen muy felices cuando ven que estamos en la universidad, o que ya estamos trabajando, muchos tienen hijos… Es un orgullo tanto para ellas como para nosotros volver y explicar cómo nos va la vida. 

Misbah alumna aventajada, Misbah ambiciosa, Misbah soñadora. La mayoría de los alumnos de la escuela no acabarían yendo a la universidad; en la comunidad de origen pakistaní, eran una minoría los que lo hacían. Pero Misbah lo tenía claro, sobre todo gracias a la insistencia del claustro, que veía en ella mucho potencial. Recuerda sobre todo a Leonor, la directora del centro, que le ayudó a mejorar su comprensión lectora y le inculcó el amor por los libros. Y a una profesora de religión, Núria, con la que conectó pese a que nunca la tuvo como alumna. El último día de clase de primaria, mientras Misbah bajaba las escaleras del colegio por última vez, Núria le dijo:

—¡Misbah! ¡Hasta la universidad!

Fue una frase premonitoria. Para Misbah fue una promesa tácita que se empeñó en cumplir. Dos días después de superar la nota de corte para entrar en la carrera que quería, se encontró a Núria en el metro, con más canas y con la misma sonrisa. La profesora parecía no recordar aquel momento exacto, el momento de la epifanía, pero se mostró feliz al saber que Misbah estudiaría Ciencias Políticas. 

—Hace falta cambiar las cosas. Y qué mejor que de la mano de alguien como tú —le dijo.

***

—Con Fajar puedo hablar de todo.

Fajar Butt, de 24 años y estudiante de Medicina en la Universidad Autónoma de Barcelona, es otra de las personas que entrevisté para esta serie de reportajes. Vive en Santa Coloma de Gramanet. Se instaló junto a su madre y sus hermanas en 2008 en esta ciudad del área metropolitana de Barcelona a la cual su padre había llegado unos años antes. Da la casualidad —que no es tanta, porque casi todo el mundo se conoce en la comunidad de origen pakistaní— de que ella y Misbah son amigas, así que propongo que nos veamos los tres para que ellas puedan discutir sobre todo lo que les ocupa y les preocupa. Son universitarias, son vocales, son combativas, son mujeres: son conscientes de que tienen la llave del cambio, de que están transformando lo que las rodea. Creen que tienen una responsabilidad y la asumen con un desparpajo que no se corresponde con su edad. En otras muchas cosas, no se parecen.

Quedamos en la sede de la revista para charlar y, como se nos hace tarde, vamos a comer un kebab a la calle Joaquín Costa, que queda cerca. Cuando entramos en el establecimiento, el camarero intenta descifrar qué relación nos une, e incluso le pregunta a Fajar si soy pakistaní, si soy musulmán. Hablan en una mezcla de urdu y castellano. Nos sentamos en una de las mesas desangeladas del local: Misbah y yo devoramos un kebab, pero a Fajar no le gusta comer fuera y pide que le calienten el táper que trae de casa en el microondas del restaurante. 

No hay mucha gente. 

La gente nos mira. 

Misbah. Fajar. 

Fajar.

Misbah.

Salimos del restaurante y cruzamos la plaza dels Àngels, tomada por los habituales skaters que hacen acrobacias con el emblemático Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba) de fondo. Mientras el sonido de los monopatines nos amenaza por detrás, Misbah me dice con melancolía —la peor melancolía, la melancolía de no haber vivido algo— que nunca ha estado en Pakistán. (Después descubriré que sí, que estuvo con un año, pero casi no se acuerda de nada). De ahí surge la idea de su viaje a Pakistán, de filmarla en su descubrimiento de Pakistán, de hacer un corto documental con su historia. La seguiremos con una cámara, pero el hilo narrativo lo construirá ella grabándose con el móvil, ese aparato que usa de forma compulsiva. A partir de entonces ya no me acercaré con libreta en mano después de que suceda algo para anotar sus impresiones frescas: es ella quien buscará la soledad, estirará un palo selfi y se grabará. Durante las próximas semanas comprobaré, con dolor, que sus confesiones al móvil son más interesantes que mis notas: hay una intimidad incomparable. Me pregunto si estamos enloqueciendo como sociedad (signifique lo que signifique “sociedad”) o si la forma en que hacemos periodismo cada vez tiene menos sentido. No encontraré una respuesta.  

***

Mientras se acerca el día de nuestra partida —en el calendario tenemos rodeado en rojo el 9 de abril—, reviso las notas de Misbah y Fajar: nuestras entrevistas, nuestra conversación en el restaurante pakistaní, las transcripciones de los vídeos que Misbah ya está grabando con el móvil para explicar lo emocionada que está con su viaje a Pakistán. Me doy cuenta de que, sin que apenas yo haya preguntado por ello, hay un tema recurrente: el velo. 

Fajar lleva velo normalmente; Misbah, no. 

Misbah: “Yo me lo pongo cuando voy a ver a mi familia, cuando voy a la mezquita, cuando tengo que ir de visita a casa de alguien que es de la comunidad pakistaní. Hubo un tiempo en que lo llevaba puesto permanentemente, y hace un par de años que me lo quité por razones personales. Fue más difícil quitármelo que ponérmelo”.

Me obsesionó desde el principio que el velo no ocupara un lugar que no le correspondía en esta investigación: no quería abusar de un tema que podía fagocitar toda la historia. Se lo comenté a ambas. Me confirmaron que era un tema habitual de conversación entre ellas. Y entre los demás.

Fajar: “Yo soy hiyabi, llevo hiyab, en mi familia las mujeres no lo llevan mucho, o lo llevan con significado cultural, no como sumisión a Dios. No entienden su significado; yo lo he investigado, me he formado mucho”. 

Misbah: “Me quité el velo en agosto de 2017. Entonces se produjeron los atentados de Barcelona y en la gran manifestación que se hizo me lo volví a poner. Me lo puse como reivindicación. Expresamente. Quiero ir a la manifestación y quiero ir con velo. No quería ir a la manifestación de tres o cuatro días más tarde organizada por las entidades musulmanas. Me lo quise poner en la manifestación de todos. Justo cuando bajé del metro en Passeig de Gràcia, delante de mí había tres mujeres mayores que iban diciendo: ‘Qué poca vergüenza tienen las mujeres que hoy vienen con las cabezas tapadas’”. 

También hablan de educación, de lo que ellas representan. 

Fajar: “Hay gente de la comunidad pakistaní que me tiene como referente y le gusta mi forma de ser, pero le preocupan cosas como que tengo casi 24 años y aún no me he casado. Cuando acabe la carrera de Medicina tendré 28 años. El estilo de vida que escojo parece muy idealista, muy bonito, pero no lo escogerían nunca para sus hijas”. 

Misbah: “Mi familia no está acostumbrada a tener a alguien que llegue a estudiar algo tan elevado, además siendo mujer. Todo esto es como muy nuevo para toda la comunidad. Alguien tiene que dar el paso. Y supongo que somos nosotras. A la vez, es mucho más difícil, porque somos las primeras en lidiar con todos los conflictos que ello conlleva.

Fajar: “Cuando iba a Pakistán siempre quería hacer hiking, cuando los chicos iban en moto yo quería sentarme como ellos [de horcajadas y no de lado, como acostumbran las mujeres en el Sur de Asia], ellos no querían, querían que fuera de lado, eso es muy machista. Las mujeres no pueden hablar. El movimiento feminista me ha inspirado mucho toda la vida… De repente, al ir a Pakistán y ver que los hombres que te quieren son machistas… Ves que el patriarcado existe y está normalizado”. 

Misbah: “Pienso sobre dónde estoy yo como persona, como mujer y como musulmana”. 

Fajar: “Yo soy partidaria de que haya muchos feminismos: afrofeminismo, feminismo islámico… Yo, por ejemplo, sufro discriminación por llevar hiyab, y muchas veces no son los hombres, sino las mujeres quienes me discriminan. Sería mucho más fácil ir sin hiyab, porque me integraría mucho más fácilmente en esta sociedad, pero desconectaría de mi identidad pakistaní. Yo nunca me he puesto el hiyab para satisfacer a mi madre. Y yo no quiero que una mujer blanca piense que me puede liberar; yo estoy capacitada para liberarme a mí misma”. 

***

Estamos en Lestonnac, un colegio del barrio de Sant Roc, en Badalona. En el muro del aula hay pintados un niño de espaldas, un fondo azul con nubes blancas y una cita de Miguel de Cervantes. Un corro de sillas escolares: a un lado, las chicas; al otro, los chicos. Son estudiantes de cuarto de ESO. En medio, algunos profesores del centro, Misbah y varios integrantes de ECOP (Estudiantes Catalanes de Origen Pakistaní), una entidad de la que Misbah es vicepresidenta. 

Hoy han venido para explicar su experiencia a los estudiantes de origen pakistaní y, sobre todo, para que les pregunten todo lo que quieran. ECOP se dedica a dar charlas en barrios e institutos que, como este, cuentan con un importante número de alumnos de origen pakistaní. La idea es que los responsables de ECOP, a menudo con experiencia universitaria, sirvan como referentes. Que expliquen cómo lo hicieron, qué obstáculos tuvieron que superar. Todo nació de un grupo de Facebook creado por una estudiante de Derecho para intercambiar libros e información sobre becas, y acabó en un proyecto que busca soluciones a un problema: los adolescentes dejan los estudios pronto y pocos llegan a la universidad. 

—Me gustaría que hubiera más pakistaníes en la universidad —dice una de las responsables de ECOP.

Al principio cuesta romper el hielo. La profesora les da permiso para que hablen en urdu. 

—Si queréis que llegue el mensaje, hablad en urdu. Y no lo digo nunca en clase, solo aquí. Hay algunos alumnos que no tienen la competencia en catalán o castellano para seguir todo un discurso —dice la profesora. Esto sucede con los niños no nacidos en Cataluña y sobre todo con los que llegaron hace poco.

—¿Qué queréis ser de mayores? —les preguntan los miembros de ECOP en urdu, y empiezan una ronda para que todo el mundo conteste. 

Un estudiante se levanta y se va más lejos para que su turno llegue más tarde. 

Otro dice no lo sé.

Medicina. 

Informática.

Administración y Gestión de Empresas. 

Quiero ser mosso d’Esquadra

Cada miembro de ECOP da una especie de discurso motivacional. Sentada en una silla —al contrario que sus compañeros, que lo hacen de pie—, Misbah es la que menos habla y la que lo hace de forma más pausada. Con autoridad. Sabe que, si un compañero habla, los alumnos acostumbran a callar y escuchar. Cuando lo hace una mujer, los chicos murmullan, son irrespetuosos. Por eso tiene que ponerse seria.

Antes de acabar, se forman varios corros alrededor de Misbah y sus compañeros, y los estudiantes les preguntan un montón de cosas cómo es ir a la universidad puedo ir a la universidad qué les digo a mis padres si quiero ir a la universidad cómo decido qué carrera debo estudiar quizá la universidad no es para mí qué otras opciones tengo si quiero seguir estudiando. 

Salimos del colegio y nos despedimos de los compañeros de ECOP. Misbah y yo volvemos en metro a Barcelona. Reflexiona sobre la labor del colectivo y se alegra de que haya institutos como este que les abran las puertas. Pero cuando echa la vista atrás, se muestra crítica con algunos docentes. Y con la comunidad pakistaní.

—Hemos detectado que los padres y los profesores tienen parte de culpa. Los padres por no estar centrados en lo que le pasa a su hijo o por no saber que lo han expulsado de clase… Y los docentes tiran balones fuera. Cuando yo estudiaba y fuimos a un instituto para hacer un seminario, había algunos alumnos que tenían que bajar de clase y el jefe de estudios le dijo a un chico que estaba espachurrado en una silla en la sala de actos (el lugar donde íbamos a hacer el seminario): “¿Dónde está el resto de tus compañeros?”. “En clase”, dijo él. “Pues sube a buscarlos y siéntate bien, que este no es tu país”. ¡Y eso delante de nosotros! Desde ECOP pedimos a los alumnos que respeten a los profesores, pero los profesores también tendrían que respetar a los alumnos. 

Quedan once días para el viaje de Misbah a Pakistán.

***

Misbah pide el visado pakistaní con su pasaporte español, Misbah consulta el móvil. Misbah habla con su familia para decidir a qué sitios puede ir en Pakistán, Misbah cuelga una historia en Instagram. Misbah está nerviosa, no puede dormir: Misbah revisa sus redes sociales y ahí circulan todas las cuentas que sigue: @mystapaki (Bilal Hassan, viajero y médico de Karachi), @ukhano (Umar Khan, youtuber), @miriamhatibi (consultora de comunicación y activista), @desiree_bela (Desirée Bela-Lobedde, autora de Ser mujer negra en España), @riumbaumarta (influencer), @trevornoah (humorista sudafricano), @hasanminhaj (comediante estadounidense)…

Misbah está ansiosa por partir, Misbah graba un vídeo con su móvil. Misbah repasa los sitios que ha visitado en el extranjero, los otros viajes, que no podrán compararse a este. 

—Quiero ir a Pakistán sin prejuicios. Marruecos fue el primer país musulmán al que fui. Una de mis cuñadas es de allí, me llevó, estuvimos doce días y fue la experiencia más increíble de mi vida. Fue justo entonces cuando me quité el velo. Me quité el velo en un país musulmán. Tenía muchos prejuicios sobre Marruecos, pero qué va. Rabat, Casablanca, Marrakech, Tánger… También me lo pasé muy bien de Erasmus en Alemania, en Mainz. Era la primera vez en mi vida en que llegaba tarde a casa y no había nadie para interrogarme. Pero no fue un cambio radical, porque cuando volví a Barcelona ya estaba montado el tema del compromiso, todo apuntaba a que ese año me iba a casar. 

Misbah, que entonces tenía veinte años, se negó a aquel matrimonio concertado y la familia tuvo que aceptarlo. 

Solo quedan dos días para el viaje de Misbah a Pakistán. Está en casa con su madre y sus hermanos. Ya se ha hecho el equipaje y su madre le da varias maletas más con ropa —para la familia, para la oenegé de una amiga pakistaní—; resoplo de forma egoísta porque no sé cómo vamos a embarcar, siempre me gusta ir ligero de equipaje. 

—Vaya morro tienes —dice a Misbah su hermano Yasín. 

Yasín se casó hace dos años en Islamabad, pero Misbah no pudo acudir. Firmaron los votos, el contrato matrimonial (nikkah), aunque la gran celebración está pendiente porque su esposa está aún en Rawalpindi, ciudad vecina a Islamabad, a la espera de que le den el visado. Parece que esa será la primera visita de nuestro viaje. Conoceremos a Shah Rukh, la esposa de Yasín, la cuñada de Misbah. 

—Yo sigo soltero, ¿eh? —bromea Yasín.

***

Ha llegado el día. La expedición está formada por Anna Surinyach, que además de la fotografía se encargará de dirigir el corto documental, Misbah y yo. Contamos con un cámara que la sigue en Barcelona y otro en Pakistán. Además, claro, de su móvil y su palo selfi, con el que ella misma se sigue todo el día. Me abruma el dispositivo desplegado, no estoy acostumbrado a trabajar con una película en la cabeza; tampoco me gusta la idea de que las reflexiones más jugosas, probablemente, salgan de los vídeos del móvil de Misbah y no de mi libreta. Pero me compensa la idea de que, como el texto parece secundario, puedo trabajar agazapado, metido en mí mismo, ensimismado, que es como me gusta escribir. 

Anna y yo esperamos en el aeropuerto de El Prat. Misbah llega con su madre y con su hermano. Antes de pasar por el control de seguridad, Anna y yo nos echamos atrás, le pedimos a ella y a su familia que hagan como si no estuviéramos. Gélida, Misbah le hace un gesto a su madre y ni siquiera la toca para despedirse. Se suma a la cola de control de equipajes y nosotros nos metemos detrás. Entonces la madre reacciona, zigzaguea a través de los pasillos formados por las cintas e intercepta a Misbah antes de que pase por el control.

Su madre le da un abrazo y se va llorando.  

—Pobre… —dice Misbah cuando su madre ya no está, con ese gesto siempre flemático; Misbah podría tener dieciocho años o treinta: la experiencia y la ilusión se marcan a la vez en su rostro.

Ya estamos en el avión. Misbah va sentada en la fila de al lado. Está viendo una película y a menudo comprueba el mapa, la trayectoria del avión, los países que sobrevuela. Duerme y despierta. ¿Qué estará pensando? Lo mejor del sistema que hemos montado es que lo puedo saber, porque Misbah graba vídeos de sí misma con sus reflexiones en todas partes. También en el avión. 

“Hay muchas cosas que se me han pasado por la cabeza desde que estábamos en el aeropuerto haciendo el check-in hasta que embarcamos. Yo no soy de despedidas y las personas que me conocen saben que odio las despedidas porque lo paso… No me gusta nada el momento, la situación se me hace muy tensa. Y vi que mi madre se emocionó mucho y ¡jo! a veces me duele no ser tan cariñosa… Pero bueno, espero que me lo perdone”. 

Misbah en el avión con destino a Islamabad.

“Hay la opción en el asiento de ir viendo la ruta del avión y es muy interesante. He visto que estamos pasando por la altura de Siria, evitando un poco pasar por encima de Siria, me he fijado en que el avión ha dado un poco de vuelta… Y estaba pensando que mi madre pasó por Siria en su momento… Cómo han avanzado las cosas, ahora en un avión te puedes ver dos películas de dos horas en un viaje de cinco horas y se pasa volando, pero en su momento debía de ser muy complicado viajar junto a una familia en una aerolínea que no tenía tantos avances como ahora. Todo para una mejor vida, al final yo estoy viajando otra vez de vuelta allí donde empezó todo y es como… Sí, seguramente no me vaya a encontrar las carreteras de barro como había antes, supongo que habrán cambiado mucho las cosas…”. 

“Uaaajaaa… Tushh. Downnn. Bufff, ¡Islamabaaaddd!”. 

Misbah ríe. 

***

Reporteamos o no reporteamos. Reportea ella o reporteamos nosotros. O reporteamos todos, el mundo se reportea.

—No me imaginaba aterrizar en una pista con vacas al lado, con ovejas al lado. No es lo mismo que aterrizar en un país como Alemania, que tú ves allí toda la infraestructura bien hecha y todos los carros de las maletas… Aquí había como campo y un poco de asfalto.

Misbah y yo somos como niños en Pakistán. Yo estoy emocionado de volver, la última vez que estuve fue hace siete años, cuando era corresponsal para la agencia Efe. Misbah está emocionada de visitar el país por primera vez como adulta, veintiún años después de que empezara a caminar. Yo busco calles y memorias de noticias que cubrí. Ella busca la confirmación de los relatos de su familia y sus amigos. Yo pienso cómo ha cambiado todo, ya no hay atentados terroristas a diario como antes, no hay tanta tensión. Ella piensa qué peligrosas son las carreteras, no hay señales de tráfico, los coches tienen trayectorias erráticas, los conductores pitan para pedir paso. 

Los primeros días los pasamos entre Islamabad, la verde y apacible capital rodeada de montañas, y Rawalpindi, a una media hora en coche, sede del Ejército y más concurrida. Las llaman las ciudades gemelas, aunque se parezcan en poco. 

Cuando ya hemos descansado, ideamos el típico plan de la gente bien de Islamabad: por la mañana iremos montaña arriba para comer en Monal, un conocido restaurante desde el que se ve toda la capital; y por la tarde bajaremos y disfrutaremos de la caída del sol, en este caso visitando la mezquita Faisal. 

Nos acompaña Shah Rukh, la tímida cuñada de Misbah. Empezamos la jornada en un mercado de Islamabad para que Misbah recargue su móvil. Nos cuesta bastante encontrar una tienda. Después Misbah ve la franquicia de una marca de ropa que su hermana suele comprar en internet. 

—Le envían los vestidos desde Londres —dice. 

Entra con su cuñada en la tienda, hay aire acondicionado, miran esos vestidos que la mayoría de la población pakistaní no se puede permitir. 

Cogemos un taxi para subir al famoso restaurante Monal. Tras salir de la capital, las primeras curvas se empinan como si estuviéramos de camino al Tibidabo de Barcelona. Pero el coche empieza a carraspear y se queda clavado en una cuesta. No arranca. No arrancará. Estamos en medio de la nada, no hay más taxis, pero a los veinte minutos un hombre se ofrece a subirnos en su coche hasta el primer recodo. Misbah empieza a conocer Pakistán: los coches averiados, la generosidad de los extraños.

Comemos en el restaurante, temperatura moderada, pedimos tanta comida que nos sobra. Después bajamos en coche —brisa del Tibidabo— hasta detenernos en la mezquita Faisal. Misbah, Shah Rukh y Anna entran en la sección de mujeres de esta mezquita contemporánea que domina el paisaje de Islamabad. Se mezclan bodas, móviles, hombres en shalwar kamiz, paseos, más fotos: con el móvil sí, con la cámara no. Hace dos años Shah Rukh se casó aquí con su hermano: Misbah, que no fue a la boda porque estaba de Erasmus, ahora lo puede visualizar.

Por su acento, nadie piensa que Misbah no sea pakistaní. Habla perfectamente urdu y punyabí. Parece una más. Habla con la gente como si hubiera estado allí toda la vida. Dice que no se había imaginado cómo sería Pakistán, que no había hecho ese ejercicio. Pero le habían hablado tanto, que parece familiarizada con muchas cosas. No hay sorpresas, o parece que solo se presentan poco a poco, mientras una cortina invisible se descorre. Acaba la jornada y nos metemos en dos taxis de vuelta a casa. 

—Había visto la mezquita en fotos y, claro, la estructura me la imaginaba así, lo que no me imaginaba es que iba a ser tan grande. Está envuelta en montañas y se ve lo fresca que es, no hace mucho calor y se está muy bien. Pero estas mezquitas que son tan grandes, que son tan bonitas, ahora con toda la era de los smartphones y de las cámaras y de todo… se pervierte el sitio que se supone que es una mezquita, que es sagrado; tú tienes que ir allí a rezar, a encontrarte a ti mismo, encontrar a Dios. Muchas parejas se quieran casar en esa mezquita simplemente por el hecho de ser la mezquita que está en la capital. No me extraña que quieran prohibir el tumulto de cámaras y de gente haciéndose fotos.

Misbah junto a su cuñada Shah Rukh en su casa de Rawalpindi.
Después de un problema técnico, Misbah y su cuñada esperan otro coche que les ayude a subir la montaña.
Misbah y su cuñada en un parque de Rawalpindi. El espacio público está fundamentalmente ocupado por los hombres en Pakistán.
Tras salir de la mezquita de Faisal, Misbah y su cuñada hablan con un taxista para que las lleve de vuelta a Rawalpindi.

***

Visitamos la casa de Shah Rukh, en una calle angosta de Rawalpindi. Allí viven también su hermana, el marido de su hermana, un hijo de la pareja y el patriarca de la familia, el abuelo, con barba blanca recortada y cara afable, dicen que fue soldado; me lo imagino destinado a un puesto militar en algún pueblo perdido en la montañosa frontera entre Pakistán y Afganistán, donde la insurgencia talibán sigue activa. 

Nos sirven refrescos, galletas y otros aperitivos. Solo como yo. Shah Rukh dice que de Barcelona no conoce nada, solo el Barça y poco más, pero que está deseando ir y reunirse con su marido. La visita de Misbah le sienta bien. 

—A ninguna de las dos nos gusta forzar los temas o preguntar por preguntar —dice Misbah—. En persona es todo distinto. Nos hemos quedado muchas horas hablando después de cada vuelta que hemos ido a dar por la ciudad. 

Shah Rukh saca el álbum de boda y Misbah parece descubrir más en esas fotos —en el rostro de su hermano, en su aparente alegría— que en la visita a la mezquita y en todas sus conversaciones. 

—No lo había visto hasta ahora, había visto algunas fotos sueltas… Nosotros normalmente en casa somos un poco fríos entre nosotros y no vemos esta parte de cada hermano. Por ejemplo, mi hermano es como más frío, muy entero, y verlo así, en esta situación, en una nueva fase de su vida, con su pareja… Es distinto y me alegra mucho ver que está bien. Veo una parte de él que no había visto hasta ahora. 

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Anna y yo vestimos en Pakistán con la habitual falta de decoro de los europeos cuando salen de Europa. Misbah se cambia a diario de vestido: cada día es una ceremonia, un ritual, y hay una indumentaria concreta que sirve para consagrar y recordar la jornada. Se mira en el móvil constantemente, ya no solo para grabar sus impresiones, sino para mesarse el pelo, para ser coqueta, para ser presumida, para ponerse el velo, para quitárselo, para recolocárselo. 

Misbah está impaciente. Sabe que estar en Rawalpindi y sobre todo en Islamabad significa que todavía no está en el Pakistán de su familia. Que aún no hace falta que haga caso a los consejos de su madre, básicamente dos: ponte el velo y evita decir ciertas cosas. Sabe que la situación cambiará cuando entremos en el interior de Punyab, donde tienen unas costumbres más conservadoras. Es la parte del viaje que más espera y desea. ¿Encontrará a la familia de su padre? 

La última visita en Rawalpindi, antes del viaje rural, es obligada: Liaquat Bagh, el parque donde fue asesinada en un atentado la ex primera ministra Benazir Bhutto, un icono en la región. 

—Yo estaba en Barcelona y me enteré por las noticias. Creo recordar que su último discurso fue en esa terraza de allí, que es como de color amarillo. Se subió a la parte de arriba del coche y empezó a saludar a la gente, porque era una mujer muy querida por la población pakistaní (…). Le dispararon, casi como a Kennedy. Luego hubo una pequeña explosión [un ataque suicida] y el caos. Me acuerdo de ver eso. 

El parque es verde y extrañamente silencioso —en Pakistán todo es bullicio—, solo se oye el paso del tren y el lejano ruido de la carretera. Hay pakistaníes tumbados en la hierba, sentados en los bancos. A mí no me llama la atención, pero a Misbah sí. 

—Esto está lleno de hombres. No hay familias, no hay mujeres. El espacio público, en general, está dominado por los hombres, pero no me imaginaba que en un parque solo me iba a encontrar a hombres.

Misbah descubre a unos chicos que, piensa, han montado una especie de ludoteca al aire libre. Se acerca. Extrañados, ellos la miran. Son en realidad estudiantes que dan clase gratis a niños pequeños. Empiezan a repartir bolsas de patatas, zumos y galletas entre los pequeños. También libretas y bolígrafos. Uno de los estudiantes ofrece a Misbah que sea ella quien los reparta. 

—Me he dado cuenta de muchas cosas que tengo por el hecho de haber nacido en el sitio en el que he nacido, por el hecho de que mis padres hayan hecho un viaje tan largo —dice Misbah después del encuentro—. Aquí hay otro tipo de pobreza, aquí la pobreza no se vive con vergüenza, aquí la gente si es pobre tú lo ves y ayudas en lo que puedas, en cambio nosotros vivimos la pobreza con mucha vergüenza, como si nos diera vergüenza decir que recurrimos a la seguridad social, o que recurrimos a un comedor social, o que recurrimos a cualquier otro tipo de ayuda que recibimos de cualquier otro lado… La ética del trabajo. 

Así será el viaje pendular de Misbah: en muchos momentos se camufla, parece una pakistaní más, habla urdu y punyabí, entiende las costumbres, los gestos, la cultura; en otros, su mirada es la occidental: recorre Islamabad como si fuera Pekín o Tokio. Con sorpresa, con extrañeza, con una mirada sedienta de exotismo. Porque esto es un viaje de ida y vuelta a casa: Barcelona. 

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Viajamos en coche hacia el interior de Punyab. Llegamos a Gujrat, el distrito del que proceden la mayoría de pakistaníes que viven en Barcelona. Misbah no tiene familiares aquí, así que visita a un amigo de la familia. Nos colamos en una boda, damos vueltas en coche, nos divertimos. Es el preámbulo del momento decisivo para Misbah. El momento en que dejamos Gujrat atrás y nos acercamos al distrito de Sialkot, donde hay una pequeña localidad llamada Daska. 

Misbah Yousaf Begum busca el barrio en el que empezó a caminar hace veintiún años. Le han dicho que dando sus primeros pasos casi se electrocutó, que había un charco de agua y cables sueltos y que su abuelo la rescató. Le han dicho que esquivó la muerte por poco. Le han dicho que se enfermó, que en los diecinueve días que pasó en el barrio de la familia paterna tuvo fiebre y diarrea, que esquivó la muerte, de nuevo, por poco. Le han dicho.

Ella no lo recuerda porque porque la última vez que estuvo allí tenía apenas un año, porque toda esa biografía temprana la ha construido a partir de la transmisión oral, de lo que su familia le ha ido contando a lo largo de los años. Pakistán no entra para ella en el territorio de la memoria, sino en el de las ensoñaciones, en el de las vibraciones lejanas.

Misbah está nerviosa. Ha encontrado el barrio de su familia paterna. Acompañamos a Misbah y a su primo, que la ha abrazado al saber quién era, a través de un callejón estrecho. Entramos en una casa de cuatro plantas, cuyo recibidor es un enorme patio islámico. Es la casa de su prima. Nos sientan en una cama y hablamos con ella. La familia no sabe nada de la historia del padre de Misbah, solo saben que desapareció, que quizá está en el Reino Unido. No nos dejan grabar. Misbah se queda a dormir y nosotros nos vamos. Hay un laberinto de emociones, de relaciones cruzadas; hay un ovillo —la historia familiar— de cuyo hilo Misbah se encargará de tirar.

Volvemos al día siguiente y subimos a una terraza para que Misbah nos cuente el (re)encuentro: aquí sí podemos grabar. Pasamos varias horas allí, el panorama se va aclarando: empiezo a reconocer a sus tías, a sus primos… Un vendaval de chavalines nos sigue a todos lados. Hay uno que no para de hacerme preguntas, me dice que si en Barcelona hay pájaros, que si en Barcelona hay campo, que si en Barcelona hay todas las cosas que hay aquí. 

Misbah está abrumada. Dice que le ha contado a la familia todo lo de su padre. Son muchos años, pero hay algunas primas y tías que se acuerdan de que en Pakistán aprendió a andar en estas calles rodeadas de ciénagas, mezquitas de cúpula verde y basura que se reproduce. 

—Hacía veintiún años que no tenía ningún tipo de relación con esta parte de la familia. Mi padre no está aquí. Ha sido muy raro al principio. No lo he asimilado hasta quizá esta mañana, cuando estaba con ellos, y ellos tampoco, están terminando de asimilar que la hija pequeña de uno de sus hermanos está aquí después de veintiún años… Me han dicho que es de ser muy valiente.

¿Recordabas a alguien? 

—No me acordaba de casi nadie, salvo de alguien por alguna foto y porque sé su nombre, porque mi madre me ha hablado un poco de ellos. Ha sido bastante emocionante, pero no en el sentido de qué alegría, sino un cúmulo de muchas cosas del pasado que en un momento se abrieron. Me empezaron a preguntar sobre muchas cosas, yo expliqué algunas y me enteré de otras. Los familiares que tenían muy buena relación con mi madre fueron los que desde el primer momento me vieron y empezaron a llorar… Fue un momento delicado y muy profundo, pero no lo sabría explicar, porque es la primera vez que veo a esta familia, se supone que compartimos sangre, fue un cúmulo de muchos sentimientos. Cuando me decían que se acordaban de mí, de cuando era pequeña, de las cosas que hacía, entonces pensaba… Sí que son familia, se acuerdan de mí. 

Misbah procesa su experiencia, la funde con su pasado en Barcelona, se imagina qué habría pasado si…

—Mi madre siempre nos ha dicho que si no fuera porque ella terminó luchando por nuestra custodia, nuestro padre nos habría traído aquí y seguramente estaríamos pidiendo en la calle… No es que los niños estén aquí pidiendo por la calle, pero la situación que tienen es distinta a la que yo he tenido en Barcelona. La forma en la que visten, en la que salen a la calle, en la que juegan y se socializan es muy diferente a la que yo he tenido. Y es muy fácil imaginarme que yo podría estar en esta situación. 

Niños de la calle juegan en el parque de Liaquat Bagh (Rawalpindi) después de unas clases impartidas por voluntarios universitarios.

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Misbah pakistaní, Misbah turista europea. El viaje pendular termina en Lahore, una de las ciudades más bellas del Sur de Asia, a unas tres horas en coche de Daska. La madre de Misbah la ha conectado con la responsable de la oenegé Lagar Khana, Zaiba-un-Nisa, de 51 años, que nos recibe en su casa con un té, dulces y galletas. Aquí dejamos por fin varias de las maletas llenas de ropa que hemos cargado durante todo el viaje.

Acompañamos a Zaiba-un-Nisa al barrio de Babu Sabu, donde tiene una especie de comedor social para niños. “Entre 30 y 50 personas comen cada día aquí”, dice. Atienden las necesidades de la población en la medida de sus posibilidades: ofrecen medicamentos cuando pueden, ayudan a financiar operaciones quirúrgicas…

Babu Sabu está en una zona polvorienta de las afueras de Lahore. Entramos en una pequeña finca. Una de las trabajadoras de la oenegé tiene una olla grande de la que va sirviendo platos de latón con un guisado: caldo, una patata, un pedazo de carne. Ahora reparten roti (pan) y Misbah ayuda a las trabajadoras a hacerlo. Me pregunto qué piensa Misbah en esos momentos. 

Los niños comen sentados en una esterilla. 

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Misbah liberada, Misbah que ya echa de menos el Pakistán profundo, Misbah viajera en un país lejano que siente, de alguna forma, suyo. El resto de los días en Lahore los dedicamos a visitas turísticas. La gran mezquita Badshahi y la famosa Food Street, universidades, la biblioteca Quaid-e-Azam, la mezquita Wazir Khan… Insisto en ir al bello santuario sufí de Datar Darbar, que hace unos años sufrió un atentado terrorista. Es uno de mis lugares favoritos en Pakistán. Misbah se niega, prefiere otros templos. 

(Una semana después, cuando ya no estábamos en el país, un ataque suicida contra un vehículo policial a las puertas del santuario mató a cinco personas). 

La atracción turística que menos le gusta a Misbah es el zoo de Lahore. 

—Ninguno de nosotros somos fans de los zoos, pero en Barcelona me dijeron que tenía que venir, que tiene animales vivos, no como los de Barcelona… Pues aquí es un poco de lo mismo, me está entrando un bajón increíble, porque vaya mierda, se están muriendo, había un rinoceronte que estaba como cerrando los ojos, ay, qué pena, qué mal, además aquí hace muchísima calor, ahora mismo es la una y veinte y yo creo que estamos antes estábamos a unos 32 grados, ahora a 34… A quién se le ha ocurrido recomendarme que venga al zoo, ni que sea, me da igual… Pero es que está muerto… A ver. Vamos a ver. Mira, un león. Mira, mira, mira. Allí. Un león.

Misbah camina por el zoo y se graba con el móvil. 

—No tienes que ser activista ni animalista, es simplemente tener un poco de sentido común y ver que esto no es normal, ellos están acostumbrados a vivir en libertad, porque muchos dirán que en el zoo están controlados y tienen sus vacunas y todo lo que necesitan, pero… Nos estamos cargando todo, el ecosistema, la flora, la fauna, todo. 

Salimos del zoo y seguimos con nuestra visita a la ciudad. A Misbah le llama la atención que muchos pakistaníes nos pidan a Anna y a mí que nos hagamos fotos con ellos. Asumen, claro, que Misbah es pakistaní, que es nuestra guía o intérprete. A uno de ellos les digo que Misbah también es europea: los tres somos exóticos. El joven parece extrañado, como si no se lo acabara de creer. 

Me asombran los cambios alrededor del casco viejo, sobre todo en la Food Street, donde antes solo había un restaurante-terraza con vistas a la gigante mezquita de Badshahi y ahora hay más de cinco. Veo que en las inmediaciones del edificio hay incluso un bus turístico de Lahore que hace que los tres, de forma telepática, pensemos en el de Barcelona.

Nos subimos a la planta superior del autobús, el lugar perfecto para que el aire contaminado de Lahore entre con dulzura en nuestros pulmones.

—Hace mucho calor, mucho calor, se me va el velo para atrás… El guía es bastante majo, nos está intentando entretener.

Misbah disfruta y critica.

—Es muy chulo Lahore, qué chulo, ¡oh! ¿Qué hace toda esta gente aquí? Creo que están protestando. Vaya, solo hay hombres, qué raro… Qué chulo, ¿eh? Muy verde, mola mucho. 

Misbah ironiza.

—Este es un hotel de cinco estrellas. Increíble, eh. Te enseñan hasta los hoteles de cinco estrellas.

Y Misbah lanza un mensaje a su ciudad. 

—Sobre este bus turístico, si esto lo ve alguien de Barcelona [permíteme, Misbah: si alguien lo lee], por favor, no os enfadéis conmigo. Yo soy la primera que estoy en contra de la gentrificación, pero necesitamos rodar [leer], hemos optado por utilizar un bus turístico para que nos dé una vuelta por los sitios más importantes con más rapidez… Esto empieza así, empieza poco a poco, hace cinco o seis años no había autobús y ahora sí, seguro que tal y como va el crecimiento aquí en Lahore y cómo está prosperando, seguramente sea como Barcelona, y es muy malo porque yo soy la primera que critico la gentrificación y el encarecimiento de la ciudad en la que vivimos.

Misbah viaja por Gujrat con el triciclo motorizado típico del Sur de Asia ('autorickshaw').
Misbah cena en un restaurante con Shahista, una amiga que ha hecho en Lahore.
Misbah escucha la llamada a la oración en el pueblo de su familia paterna, en Daska.
Misbah en una de las terrazas que dan a la espectacular mezquita Badshahi de Lahore.

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Volvemos a casa, donde la gentrificación ya empezó hace muchos años. 

—Acabamos de aterrizar en el aeropuerto del Prat, ya estamos en Barcelona oficialmente, se terminó cagar en letrinas. No, es broma, al final he aprendido, se hace y ya está. Vamos a recoger las maletas. Estoy muy cansada, tengo mucho sueño. 

Hemos aprovechado la Semana Santa para hacer el viaje y que así Misbah no perdiera muchas clases. Ahora se le acumulan los deberes y los seminarios. Vuelve a clase en la Universidad Pompeu Fabra, con algo de jet lag. Reparte regalos entre sus amigas. Le cuenta a su madre el viaje. Le habla de la familia de su padre. Les cuenta a sus hermanos el viaje. Le habla a su hermano Yasín de su esposa. 

—Estos veinte días han sido increíbles, han pasado muy rápido. Justo ayer estaba… Es como si estuviese yendo al aeropuerto de El Prat y al día siguiente ya estuviera volviendo. Ha sido prácticamente como un sueño. 

Quedan las mismas preguntas que antes del viaje. 

Quién eres, quiénes somos, quiénes seremos. 

—Yo no me siento de ningún lado. Es muy difícil que te hagan elegir, que tengas que ser de un sitio u otro. El hecho de que yo diga que soy de dos sitios hace que yo tenga una riqueza que otros compañeros de mi clase no tienen. Es algo muy positivo para mí. No puedo renunciar a ninguna de las dos partes. 

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