Náufragos sin relato

Esta barca con 300 personas a bordo se hundió frente a las costas de Senegal y no a las puertas de Europa. Por eso cayó en el olvido incluso mucho antes que otros naufragios.

Náufragos sin relato
Restos de la barca que naufragó el 28 de febrero en las costas de Saint Louis, en el norte de Senegal. Anna Surinyach

5W envió a un equipo para reportear sobre el naufragio de una barca en las costas de Senegal que se produjo el 28 de febrero. Hoy, cuando la noticia ya ha quedado enterrada en el olvido, publicamos el resultado de esa investigación. Si quieres que sigamos haciendo este periodismo de larga distancia, suscríbete a 5W

*Con la colaboración de Mohammed Camara y Keba Diedhiou

Los cadáveres están envueltos en plásticos negros. Son cinco y yacen dentro de un gran camión frigorífico aparcado al lado del Hospital Regional de Saint Louis. El sol cae a plomo en este rincón del noroeste de Senegal, en la frontera con Mauritania. Algunos peatones que pasan por allí aflojan el paso y miran con curiosidad esta morgue improvisada. 

Con un chirrido, una plataforma mecánica sube a tres hombres hasta la puerta trasera del camión. El que lidera el pequeño grupo abre la puerta e invita a los otros dos a seguirlo adentro. Se mueven pegados a la pared blanca de la cámara, con cuidado de no pisar los plásticos negros de los que asoman algunas manos sin vida. Los rostros de los cadáveres están al descubierto y los hombres los inspeccionan. Son de chicos muy jóvenes: el primero, el que está más cerca de la puerta, es casi un niño. Cuando llegan al último, el hombre más alto sacude la cabeza. Los rostros le son desconocidos: el familiar al que buscan tampoco está ahí. Aún no sabe si eso es bueno o malo. 

Por ahora, engrosa la lista de desaparecidos del último naufragio en las costas de Saint Louis.

En el camión frigorífico ha llegado a haber una veintena de cuerpos. Lo enviaron desde Dakar cuando el mar empezó a escupir cadáveres, porque la morgue del hospital regional apenas tiene sitio para media docena. Por esta cámara mortuoria han desfilado decenas de personas buscando a los suyos después de que una embarcación que iba a las islas Canarias naufragara a pocos metros de la playa. A bordo viajaban cerca de 300 personas, muchas senegalesas, pero también de Mali, Sierra Leona, Gambia, Liberia o Guinea. Se recuperaron 28 cuerpos, según la Policía. El número exacto de supervivientes y desaparecidos es, hasta hoy, un interrogante.

Los cuerpos sin vida de varios jóvenes ahogados en el naufragio del 28 de febrero yacen en un camión frigorífico al lado del Hospital Regional de Saint Louis. Anna Surinyach
Tras el naufragio se recuperaron veintiocho cuerpos. El número de desaparecidos y supervivientes sigue siendo una incógnita. Anna Surinyach

Los naufragios en las rutas por mar hacia España han dejado de ser una noticia excepcional. El año pasado, más de 6.000 personas murieron en el océano entre las costas occidentales de África y las Canarias, según un informe de la organización Caminando Fronteras: es una escalofriante media de 18 personas al día. Cuando las grandes tragedias ocurren cerca de las costas europeas, como pasó en Crotone (Italia) hace un año o en Pylos (Grecia) el pasado junio, las condolencias y reacciones políticas se encadenan durante unas horas, el suceso llega a ocupar portadas y se agita brevemente el debate público sobre las fronteras blindadas de la UE. Si ocurren en las costas africanas, la información apenas trasciende —habitualmente en forma de números y de una lista de nacionalidades sin nombres ni historias—, antes de caer en un pozo sin fondo de estadísticas migratorias. 

¿Qué pasa cuando hay un naufragio al inicio de la ruta? ¿Cómo se recuperan los cuerpos? ¿Se pone nombre a los cadáveres? ¿Se informa a las familias? ¿Qué dinámicas mueven a las miles de personas que, pese al riesgo, se echan al mar para tratar de llegar a Europa? Senegal, un país con más de 700 kilómetros de costa, es el principal punto de partida de quienes emprenden la ruta canaria. Cada naufragio, visible o invisible, es una herida más en una sociedad atravesada por la migración. Esta es la historia del que tuvo lugar el pasado 28 de febrero en la playa de Saint Louis.

En la playa

La playa frente al barrio de pescadores de Goxu Mbacc, en las costas de Saint Louis. Anna Surinyach

El aviso llegó poco después de las 8 de la mañana. 

—Había una gran barca en el mar, cerca de la playa. Las olas eran muy grandes y el viento hacía que la barca fuera dando bandazos. 

Assane Fatim Diop es pescador. Tiene 30 años y vive en el barrio de Goxu Mbacc, un enjambre de casas bajas pegadas a la playa donde reposan decenas de pirogues, los botes de pesca de colores vivos característicos de esta región. Enfundado en un mono azul y una camiseta roja, Assane extiende el brazo para señalar un punto hacia el norte, al lugar donde encalló la barca. Fue en la frontera con Mauritania, a solo dos kilómetros de aquí. Esta costa, dice el pescador, es traicionera. 

La barcaza de madera había partido cinco días antes de Joal, al sur de Dakar, en dirección a las islas Canarias. Pero cuando llegó a aguas controladas por Marruecos sufrió un problema: algunas versiones dicen que se quedó sin la gasolina suficiente para llegar al destino; otras, que el navegador GPS dejó de funcionar. El patrón decidió dar la vuelta y regresar. En cuanto llegó a aguas de Senegal, intentó alcanzar la playa. 

—La barca tenía unos veinte metros [de eslora]. Iban más de 300 personas ¡y eso no puede ser! Era demasiado pesada. 

El bote encalló en un banco de arena antes de alcanzar la orilla. Las olas furiosas, el viento y el nerviosismo generalizado después de haber pasado cinco días en el mar engrasaron el pánico: muchas personas se lanzaron al agua pensando que podrían hacer pie. Pero más allá del banco de arena que atrapaba a la barca, el mar se volvía profundo. 

—Si bajas a la arena [en esa zona] te hundes, y si no sabes nadar, mueres. Esas personas no sabían nadar, no estaban acostumbradas. Había gente de Togo, Nigeria, Burkina Faso, Gambia… Muchos nos metimos en el mar vestidos. Avanzamos hasta tener el agua a la altura del pecho para ayudarlos a llegar a la orilla. 

Assane Fatim Diop, pescador de Goxu Mbacc, camina por la playa en la que tuvo lugar el naufragio. Anna Surinyach

Pese a ser una zona de pesca, el mal tiempo, el tamaño y la posición de la barca impidió que las pequeñas pirogues pudieran acudir al rescate. Hasta la playa llegaron también la policía y los bomberos, pero para muchos ya era tarde. El mar empezó a escupir cuerpos sin vida. Algunos supervivientes fueron trasladados a hospitales y otros —por lo menos sesenta, dice Assane— huyeron para evitar ser detenidos, porque en Senegal la migración irregular está criminalizada: ni siquiera un naufragio te libra de la amenaza de hasta tres meses de prisión. Quienes sobreviven por lo general se esconden y es muy complicado obtener sus testimonios, lo que dificulta aún más recuperar los nombres de las víctimas. 

En el barrio de Goxu Mbacc no recuerdan un suceso así, asegura el pescador. Pero ni los muertos ni los relatos sobre la durísima travesía acaban con la aspiración de muchos jóvenes de emprender la ruta atlántica a Canarias, que ven como su mejor alternativa. También Assane, 72 horas después de haber sido testigo del mortal naufragio, asegura que entiende a los que se van.  

—¡Sí! No está bien. Pero es que aquí no hay manera. Podría ver a 50.000 personas morir en la orilla del mar para ir a España, que al día siguiente, si tuviera los medios [para hacerlo], yo también me marcharía. 

El pescador se va agitando a medida que habla. Su gran frustración es que tantos se vean empujados a emigrar de un país lleno de riquezas. Las enumera: arena —se agacha para coger un puñado, luego la suelta poco a poco—, oro, diamantes, gas, petróleo, fosfatos… El discurso de Assane desprende cada vez más indignación.

—¡Aquí hay de todo! Pero yo no he visto el dinero. En la radio y la televisión dicen todo el rato que en Senegal hay muchos recursos. ¿Pero dónde está el dinero? Yo no lo he visto.

En realidad sí lo ha visto: lo ve todos los días a lo lejos, sobre el mar, en forma de una estructura offshore cuya silueta se recorta en el horizonte. Es parte del proyecto Gran Tortuga Ahmeyim (GTA) para explotar un gigantesco yacimiento de gas descubierto en 2015 en el subsuelo de la plataforma continental africana. Se calcula que contiene unos 425.000 millones de metros cúbicos de gas natural, con grandes pozos a unos 120 kilómetros de esta costa y unos 2.800 metros de profundidad, en la frontera marítima entre Senegal y Mauritania. 

El descubrimiento del yacimiento atrajo de inmediato capital extranjero: el desarrollo del proyecto está en manos de la británica BP (controla el 60%) y la estadounidense Kosmos Energy (el 30%). Senegal y Mauritania se reparten, a través de empresas estatales, el 10% restante. Después de muchos retrasos y una inversión multimillonaria, está previsto que el gas se empiece a extraer este año. Los dos países han depositado gran parte de sus esperanzas económicas en este proyecto.

Pero en el mar hay más que hidrocarburos. Las costas de Senegal guardan otro de los recursos más preciados del país: la pesca. Atraídos por la riqueza de sus aguas, a esta zona de África Occidental llegan numerosas flotas pesqueras extranjeras, especialmente de Europa y Asia. Los buques chinos tienen una enorme presencia, y también la Unión Europea participa en la explotación de los recursos pesqueros de Senegal, con acuerdos que permiten faenar a 43 barcos franceses, españoles y portugueses a cambio de 1,7 millones de euros anuales. 

A las flotas extranjeras se suman los propios buques de bandera senegalesa y pirogues dedicadas a la pesca artesanal, cuyo número se ha disparado en los últimos años. Assane no confía en ver ni el dinero del gas ni el de los acuerdos de pesca, y cada vez le resulta más difícil llenar sus redes. Enfadado, insiste en preguntar. 

—¿Dónde está el Estado? Aquí no está.    

Un grupo de pescadores pasa frente a la casa de Khady Diallo en el barrio pesquero de Goxu Mbacc. Entre ellos está Ahmed Fall, que acogió en su casa a familiares de las víctimas del naufragio. Anna Surinyach
Las "pirogues", las barcas de pesca utilizadas en la región, se alinean en la playa de Goxu Mbacc. Al fondo, la plataforma del proyecto de gas Gran Tortuga Ahmeyim. Anna Surinyach

***

La arena alfombra las calles del barrio pesquero de Goxu Mbacc, al borde de la playa. Assane nos lleva a casa de su madre, una construcción sencilla de ladrillos y cemento con algunas habitaciones en torno a un espacio abierto. En la entrada, al aire libre, la familia come sentada en el suelo, alrededor de una olla. El pescador cuenta que el día del naufragio acogieron aquí a una veintena de supervivientes. La madre cocinó para todos; utilizó el dinero de la tontine, como se conoce al sistema de ahorro comunitario por el que todos depositan una cantidad al mes, y que sirve de salvavidas en emergencias como esta. A falta de protocolos oficiales de búsqueda o identificación, Assane pidió a los supervivientes que escribieran su nombre en un papel antes de irse. 

En la casa situada frente a la de Assane también dieron refugio a varios supervivientes. Pertenece a Khady Diallo, que está sentada sobre la alfombra en una habitación de paredes desconchadas. La acompañan una decena de mujeres con dos bebés. Al fondo, un par de hombres permanecen en silencio. Khady tiene a su alcance un brasero y una mesita con una tetera humeante y varios vasos. En una esquina hay un televisor apagado.

—Aquí se quedaron durante dos noches diecisiete personas: ocho chicos, siete niños y dos mujeres. Diecisiete personas no son pocas. Había dos de Guinea Bissau, otro de Sierra Leona, uno de Guinea Conakry… —dice Khady.

Khady Diallo, vecina del barrio de pescadores de Goxu Mbacc, dio refugio en su casa a diecisiete supervivientes del naufragio del 28 de febrero. Anna Surinyach

—¡Imagínate! No es fácil darles cada día desayuno, comida y cena. Y también ropa —interviene otra mujer. 

—No podían hablar de todo lo que les había pasado. Había gente que estaba sufriendo, y tenían miedo —dice una chica que sostiene un bebé en su regazo. 

—Había uno que había entrado en pánico. Pegaba a los demás —añade una tercera.

Este vecindario es el más cercano al lugar del naufragio. Aquí todos conocen lo que significa la migración, la pobreza y la ausencia del Estado, y lo combaten a base de organizarse en comunidad. No fue solo en esta casa y en la de la madre de Assane: en el barrio atendieron a muchos supervivientes, dicen. Preguntamos si por aquí pasó la policía.

—No. La policía no viene para ocuparse de estas personas. Las buscan para detenerlas y meterlas en la cárcel. 

En la morgue

Estamos en la parte trasera del Hospital de Saint Louis. Han pasado tres días desde el naufragio, es sábado y la calma aquí contrasta con el bullicio de casa de Khady. En una fila de sillas destartaladas se sientan varios familiares de personas que viajaban en la barcaza. Han venido buscando información sobre los suyos, pero muchos no saben muy bien adónde dirigirse para hacer los trámites: aquí tampoco está el Estado. Les ayuda un equipo de la Delegación Diocesana para las Migraciones (DDM) de Senegal. Han viajado a Saint Louis desde M’bour, la ciudad costera donde tienen su base, para dar apoyo psicosocial y logístico a supervivientes y familiares de las víctimas.

Sus integrantes —Mateo Aventín, el coordinador; Patricia Rodríguez, psicóloga voluntaria; Jordi Balsells, responsable de formación; y Mame Katy Faye, psicóloga y la única senegalesa entre este grupo de españoles— hablan con las familias, las acompañan en las identificaciones y les facilitan las gestiones y el dinero para trasladar los cadáveres a sus lugares de origen. Son la única ayuda que, por ahora, los familiares están recibiendo. Hace dos días pasó por este lugar el entonces primer ministro, Amadou Ba. Fue antes de que el presidente, Macky Sall, disolviera el Gobierno y fijara las elecciones presidenciales para este 24 de marzo. En ellas, Amadou Ba es el candidato del partido gubernamental. De su fugaz visita oficial a Saint Louis no quedan más que algunas fotos en los medios y titulares pomposos: “Arrojaremos luz sobre el naufragio”, “Buscaremos a las redes mafiosas”. 

El responsable de la morgue, Mourtalla Mbaye, menea la cabeza y se ríe con una mezcla de resignación y humor cuando habla de la visita hueca del representante del Gobierno. Viste una túnica marrón que le llega hasta los tobillos y a la altura del pecho lleva una identificación que lo acredita como el jefe de este rincón del hospital. Fue él quien pidió a Dakar que mandase el camión frigorífico donde estos días se conserva la mayoría de los cadáveres del naufragio. 

Entramos a las dependencias de la morgue. La base de operaciones de Mourtalla es una sala iluminada por el parpadeo de un fluorescente medio averiado. En el centro hay una cámara metálica con seis compartimentos numerados, cada uno con espacio para un cadáver. Los números dos y tres están ocupados por los cuerpos de dos jóvenes que se ahogaron en el naufragio. Fueron de los primeros en llegar, pero aún no los han identificado. Si nadie lo hace, serán enterrados en un espacio del cementerio de Saint Louis reservado a los fallecidos sin nombre, dice el jefe de la morgue.

El responsable de la morgue, Mourtella Mbaye, frente a la cámara frigorífica del Hospital Regional de Saint Louis. Anna Surinyach
Los cuerpos de dos personas fallecidas en el naufragio en la morgue del hospital. Si no son identificados, serán enterrados en una zona destinada a ello en el cementerio. Anna Surinyach

Sobre uno de los compartimentos mortuorios se lee, en letras negras estampadas sobre el metal, Fondation Servir le Senegal (Fundación Servir a Senegal): la cámara para los cadáveres es una donación de la fundación filantrópica de la primera dama de Senegal, Marième Faye Sall. La mujer del presidente Macky Sall dirigió Servir le Senegal durante más de una década (desde que su marido llegó al poder, en 2012) hasta el verano pasado. Decidió disolverla en agosto, poco después de que Macky Sall renunciara a un tercer mandato tras las protestas más graves en la historia reciente del país.

Uno de los grandes clichés de África Occidental es que Senegal era el país “estable” de la región. Pero la estabilidad se rompió en 2021, cuando la detención del líder opositor Ousmane Sonko —muy popular entre los jóvenes— desató una ola de movilizaciones que acabaron con una quincena de muertos. En los meses siguientes hubo protestas esporádicas, y en junio del año pasado el país se encendió de nuevo: la condena de Sonko a dos años de prisión llevó a miles de personas a tomar las calles de Dakar y otras ciudades. De nuevo, las protestas fueron reprimidas con dureza. 

En el trasfondo de la crisis política estaba la intención de Macky Sall de presentarse a un tercer mandato, algo expresamente prohibido por la Constitución. En julio de 2023, muchos en Senegal respiraron cuando anunció que no concurriría a las elecciones de febrero de 2024. Pero en enero de este año anunció el aplazamiento de esos comicios: de nuevo hubo intensas protestas, que se saldaron con al menos tres muertos y unos 200 detenidos. Poco después, el Tribunal Constitucional anuló el aplazamiento. Las elecciones tendrán lugar este 24 de marzo. Diez días antes de los comicios, Ousmane Sonko y otro miembro de su partido y candidato presidencial, Bassirou Diomaye Faye, fueron liberados gracias a una ley de amnistía, en medio de la euforia de sus seguidores. El mandato de Macky Sall expira el 2 de abril.  

La crisis política se ha sumado a la mezcla de factores —pobreza, crisis económica, deseo de nuevas oportunidades— que empujan a los jóvenes a dejar el país: solo en los ocho primeros meses de 2023 llegaron a las Islas Canarias 2.476 personas de nacionalidad senegalesa, frente a las 398 del año anterior. También son miles las personas de otros países de África Occidental que deciden emprender el viaje desde las costas de Senegal.

Un grupo de pescadores saca su embarcación del mar al terminar la jornada de pesca en la playa de Goxu Mbacc. Anna Surinyach

***

Al Nas es de Sierra Leona, tiene 23 años y acaba de identificar a su hermano, de 25, entre los cadáveres del camión frigorífico. Está sentado en la entrada de la morgue con la cabeza agachada y es la viva imagen del desamparo. Su hermano se llamaba Ballah Conte y partió sin despedirse. No es raro: muchos de los que se embarcan hacia Europa esperan hasta llegar a su destino para avisar a sus familiares. La llamada, a veces, no llega nunca. Un amigo avisó a Al Nas de que su hermano iba en la barca que naufragó en Saint Louis. 

Al Nas y Ballah Conte habían llegado juntos a Senegal hace cuatro años y vivían en Diamniadio, en el sur de Dakar. Un compañero de piso de Ballah ha acompañado a Al Nas hasta Saint Louis y está ahora a su lado, mientras habla con las psicólogas. Le preguntan por el resto de la familia. Al Nas —pelo separado en rastas, jersey azul, pantalones blancos y en el cuello una cadena con una diminuta llave dorada— responde con la mirada colgada en el vacío.

—Están todos en Sierra Leona. Les acabo de avisar. 

Les ha llamado por teléfono nada más bajar del camión, y está deshecho. Cuenta en voz muy baja que sus planes eran abrir un negocio en Senegal de venta de calzado. Ahora solo quiere volver a Sierra Leona. 

Al dolor por la muerte se une el desafío de completar los trámites para gestionar la entrega y traslado del cadáver: son media docena de firmas estampadas en documentos que suponen visitas a la policía, a la gobernación regional, al ayuntamiento, al propio hospital. Además del acompañamiento psicológico, el equipo de DDM Senegal les ha ayudado a costear el traslado del cuerpo a Diamniadio, donde residían. 

—Devolver los cuerpos permite cerrar esa parte tan dura de asumir que tu hijo, tu hermano o tu sobrino se ha ido en una barca buscando una vida mejor y ha acabado en el mar. Es más fácil superar ese duelo, o por lo menos aceptarlo, si están los cuerpos y se les puede rendir homenaje —dice Mateo Aventín, el coordinador de DDM Senegal. También habla del aumento de los naufragios en el último año: los conocidos, pero también los que no se llegan a conocer.

—Este ha sido un caso extraordinario porque ha ocurrido a pocos metros de la costa, ha sido muy visible. Se tenía que afrontar. Cuando hay otros naufragios más lejos, a veces pasan desapercibidos; incluso hay un interés en no explicar lo que pasa, en esconder las cifras, en que nadie se dé cuenta. Porque los cuerpos que no aparecen son vidas por las que no hay que responder.

En Saint Louis empieza a oscurecer. Por delante del edificio colonial del hospital pasa un grupo de turistas montado en un carro tirado por un caballo.

***

Para la mañana siguiente, Al Nas y su compañero ya han conseguido reunir todos los documentos necesarios para llevarse el cuerpo. Sentados en la acera frente al hospital, esperan a que el jefe de la morgue dé el visto bueno final. Muy cerca espera una familia procedente de la localidad de Touba, a unas cuatro horas de Saint Louis: también ellos identificaron ayer a un hermano muerto en el naufragio.  

Por fin, Mourtella Mbaye aparece y acompaña a los familiares hasta el camión frigorífico. A los pies del vehículo hay dos ataúdes: uno metálico de aspecto débil, el otro de madera pintada. Dos destartalados Peugeot 504 están preparados para transportar los cuerpos a su destino. La plataforma mecánica del camión sube a los familiares, al jefe de la morgue y a un ayudante hasta la cámara frigorífica. Entre todos sacan, con alguna dificultad, los cuerpos envueltos en plástico negro y los depositan en los féretros. El hermano de Al Nas reposa en el ataúd de metal, que se dobla como un cartón cuando intentan subirlo al techo del Peugeot blanco. Al final lo consiguen con ayuda de un miembro de la otra familia. Les espera un viaje de unas seis horas bajo un sol despiadado. Antes de cerrar el ataúd, vacían en su interior dos sacos con cubos de hielo. 

Al Nas recibe ayuda para colocar el ataúd con los restos de su hermano, Ballah Conte, sobre el techo del coche que lo trasladará para ser enterrado. Anna Surinyach

Volvemos al patio del hospital. Allí espera un hombre de 30 años originario de Kaffrine, en el sur de Senegal. Se llama Lain y busca a su hermano Mor Talla. Katy se le acerca y le enseña fotos de los cuerpos que aún no han sido identificados, pero Lain no los reconoce. La psicóloga llama entonces por teléfono a Assane, el pescador de Goxu Mbacc, y le da detalles sobre el hermano desaparecido. Y ocurre lo improbable: Assane recuerda a Mor Talla. Pasó por allí y dejó su nombre escrito en la lista de supervivientes que acogieron en casa de su madre. El pescador manda al móvil de Katy una foto en la que aparece el nombre que busca. Mor Talla lo escribió en esa lista de su puño y letra. Lain respira y sonríe. Su hermano no ha dado señales, pero está vivo.

El duelo en el aire

A veces, la mala noticia es que la persona buscada no esté entre los muertos. 

Es lunes y han pasado cinco días desde el naufragio. Aliou, un hombre procedente de la región meridional de Casamance, ha llegado al hospital y pregunta por el cadáver de su sobrino Doudou Diatta. En la mano lleva un teléfono móvil con una funda azul: es el de Doudou. Se lo entregó la policía, que lo recuperó de uno de los cadáveres en la playa en los primeros momentos del naufragio. Por eso sabe, casi con certeza, que su sobrino está muerto. Pero ha revisado los cuerpos que fueron trasladados hasta la morgue y no reconoce ninguno. El número de referencia que le dieron los responsables policiales —el cuerpo 24, le dijeron— tampoco es el de ninguno de los cadáveres que reposan allí: corresponde al de un chico que ya fue identificado por su familia y enterrado en su lugar de origen. No hay registros de su sobrino. Sin otro rastro que seguir, Aliou y sus familiares deberán dar por muerto a Doudou algunos días después y cerrar su duelo sin más cadáver que un teléfono móvil. 

Para identificar a los fallecidos en el naufragio del 28 de febrero, los familiares deben inspeccionar los cuerpos sin vida que se conservan en el camión frigorífico al lado del Hospital Regional de Saint Louis. Anna Surinyach
Aliou, procedente de Casamance, observa un cadáver en la morgue del hospital para comprobar si es el cuerpo de su sobrino, desaparecido tras el naufragio. No logró encontrarlo y desistió en su búsqueda. Anna Surinyach

Las psicólogas Patricia y Katy han vuelto al barrio de pescadores donde se refugiaron los supervivientes. Allí, un chico veinteañero con una sudadera negra está buscando a su hermano. Viene de Gambia y todavía no ha pasado por el hospital. Katy saca su teléfono y le enseña en la pantalla los rostros de los cuerpos aún sin identificar. El chico se derrumba. El cadáver que está en uno de los compartimentos de la cámara frigorífica donada por Servir le Senegal es el de Daouda, su hermano mayor. 

—Si no hubiéramos encontrado el cuerpo, estaríamos siempre pensando en esto. No sabríamos qué ha pasado, sería muy duro. Ahora, al menos, lo sabemos.

Lo dice Adam Keita, tío del fallecido Daouda. Habla castellano porque vivió más de una década en España. Llegó por Ceuta en 1999, y estuvo empleado varios años en una empresa agrícola en Madrid. También pasó por Toledo, Palma de Mallorca y Girona. Cuando sus padres murieron se convirtió en el cabeza de familia y volvió a Farafenni, en su Gambia natal.

En la morgue han certificado que el cuerpo es el de su sobrino. Adam cuenta que era el mayor de cuatro hermanos y había ahorrado para ir a España trabajando en la recogida de maíz y cacahuete. Como tantos otros, no avisó a su familia cuando se fue. Su tío supo de su partida por los vídeos que subieron a TikTok algunos amigos que viajaban con él. Han pasado cinco días desde su muerte y trasladar su cuerpo a Gambia es complejo, así que deciden enterrarlo en Saint Louis. 

En el cementerio de Guet N’dar, las tumbas son montículos de arena. Se levantan muy cerca del mismo océano que se ha tragado la vida de Daouda. El coche con sus restos ha aparcado en una rotonda transitada por carros de caballos, coches, cabras, camiones con cajas de pescado y una multitud que va y viene de la zona del puerto. Allí, a pocos metros, está la entrada a la gran explanada de arena llena de tumbas.

El entierro del joven gambiano es breve y emotivo. Los propios familiares terminan de cavar la tumba en la arena, ayudados por algunas de las personas que han acudido a arroparlos: desconocidos que muestran su solidaridad ante el drama de un fenómeno que este barrio conoce bien. Uno de los naufragios más recordados aquí ocurrió hace un par de años, cuando se hundió una barca con casi un centenar de personas a bordo. Solo se salvaron un puñado que sabía nadar. 

Los familiares de Daouda ponen con cuidado su cuerpo en la sepultura, envuelto en una tela blanca. Por encima extienden una red para evitar que los perros escarben allí por la noche, y luego lo cubren todo con arena. Antes de irse, colocan un palo en cada extremo para marcar el último montículo en esta gran playa de tumbas.

—La vida es muy triste —dice Adam—. Era un joven que estaba empezando a vivir… No podemos hacer nada más. Solo rezar por él.

Tumbas en el cementerio de Guet N’dar, ubicado en la Langue de Barbarie, una lengua de tierra y arena que va desde Mauritania hasta Saint Louis. Anna Surinyach
Badara Keita, con chaqueta negra y capucha, reza ante la tumba de su hermano, Daouda Keita, ahogado en el naufragio del 28 de febrero. Anna Surinyach

Las ausencias y el enfado

Los pescadores de la Langue de Barbarie, la lengua de tierra y arena que va desde Mauritania hasta Saint Louis, se enorgullecen de conocer como nadie las aguas que bañan este trozo de tierra. Pero aquí, más que en ningún otro sitio en Saint Louis, la población vive atravesada por la migración. El anhelo de partir de unos se mezcla con el dolor de otros por las ausencias de quienes se fueron.

—Todos nuestros jóvenes están dispuestos a asumir el riesgo de ir a España. Porque allí puedes encontrar un trabajo. Aquí en Senegal puedes buscar diez, veinte, treinta años. No lo encontrarás.

Doudou Seck se refiere a un trabajo con el que poder ganar dinero. Él ha sido toda su vida pescador en Guet N’dar y sabe que de eso no se vive; si acaso, se sobrevive. A sus 65 años ya no sale con la barca, pero sus hijos sí. Desde la playa, él se encarga de dirigir las maniobras de la pirogue en el momento en que se echan al mar. Su aspiración es conseguir el dinero para poder enviar a su hijo de 15 años a España. Si no encuentra un medio más seguro, lo mandará por la peligrosa ruta canaria. El adolescente conoce bien el mar y ya capitanea la barca de pesca, dice su padre. 

—Tiene toda mi confianza. Lo conozco y sé de lo que es capaz. Es valiente, y aquí no tiene nada que hacer. 

Un grupo de pescadores empuja una barca hacia el mar a primera hora de la mañana en la playa de Guet N’dar. Anna Surinyach

Cerca del mercado y del puerto, donde el olor a pescado lo envuelve todo, los relatos de mujeres que viven las ausencias de los suyos se suceden uno tras otro.  

—Mi hermano Cheikh se fue a España en 2019. No hemos tenido noticias suyas desde entonces. La barca en la que viajaba desapareció, todos desaparecieron. Esperamos un año y ocho meses, luego hicimos un funeral.

—Mi hijo, Ibrahim, lleva cuatro meses desaparecido. 

—Pagué el viaje para mis dos hijos, Ousseynou y Khoulam, de 16 y 17 años. Están en Canarias. Aquí todo es extremadamente difícil. Hice todo lo que pude para darles una oportunidad y para que puedan ayudar a sus hermanas. 

—Mis dos hijos, Ibrahima y Mouhamed, de 15 y 14 años, salieron hace cinco meses. Están en un centro en Madrid. Mi sobrina de 22 años también emprendió el viaje y está desaparecida. 

—No he tenido noticias de mi hijo Makhtar desde que salió hace cinco meses. Creo que está detenido en Marruecos, pero nadie me lo ha confirmado.

—A mi hijo de 17 años, Abdou, lo acusaron de ser el patrón de la barca. Está en una cárcel en Tenerife. No creen que sea menor de edad.

Nos lo cuentan Yacine, Mareme, Oulimata, Meissa, Fatou, Lissoune… Cada una tiene un relato lleno de detalles, particularidades, incógnitas y dolor. Casi todas las que tienen a alguien desaparecido acudieron a un marabú, los líderes religiosos a los que se les atribuyen conocimientos y poderes extraordinarios. Gozan de gran prestigio social y a menudo reciben dinero y regalos de la población local a cambio de, supuestamente, resolver sus problemas. Le dieron todo su dinero; dicen Mareme y Fatou que ellas incluso vendieron sus joyas. No sirvió de nada.

Una pintura en un muro de Saint Louis recoge la expresión “No Barça-Barsak”. En idioma wólof significa “No Barça-Muerte”: llegar a Europa, o morir en el intento. Anna Surinyach

***

Mokhtar y Mame son una pareja que vive en el interior de Guet N’dar, en un apartamento algo alejado de la playa. Él tiene 32 años y un diploma como asistente jurídico, pero no encuentra trabajo. Ella, de 28, hizo bachillerato y luego trabajó un tiempo como empleada de mantenimiento para el Ayuntamiento de Saint Louis. Pero apenas ganaba para vivir y no veían un futuro posible. 

—Tomamos la decisión de ir a España, pero no llegamos. El barco se quedó sin suficiente gasolina y volvimos a Saint Louis. 

Aquello fue el pasado octubre. Viajaban en la barca con medio centenar de personas, entre ellos el hermano pequeño de Mame. 

—¿Hasta dónde llegó la embarcación?

—Me parece que hasta Marruecos. Tenemos un amigo que llevaba con él un GPS, así que te hubiera podido enseñar las coordenadas guardadas… Pero creo que lo ha vendido — sonríe Mokhtar.

Después de cuatro días de navegación, el capitán de la pirogue decidió dar la vuelta y regresar. Mame interviene con energía.

—Esos días no fueron fáciles, era muy duro. Pero si tuviera otra oportunidad, volvería a hacerlo. No, más que eso: vamos a hacer todo lo posible por volver a hacerlo. 

La joven se queja de que en Saint Louis es muy difícil ganar lo suficiente siquiera para comer o para ser atendida en el hospital. Y repite, como muchos otros: el Estado no hace nada. En un país donde la población tiene una media de edad de 19 años, la frustración y enfado de personas como Mame es enorme.

—¡Por eso todos los jóvenes se arriesgan! Salir y morir es mejor que quedarse y morir. Nosotros intentaremos salir de nuevo después de este Ramadán. Ahora no hace buen tiempo, pero si cambia… partiremos.

Para eso, volverán a pedir prestada la cantidad necesaria para el “pasaje” a la ruta canaria. La última vez fueron 500.000 francos CFA (unos 750 euros) por cabeza, explica. Una vez pagas, aunque no alcances el destino, no vuelves a ver el dinero.

—Porque no conoces a las personas que organizan la salida en barca. Hay una cadena de intermediarios: hablas con uno, ese habla con otro… hasta que llegan a los organizadores. Nosotros pagamos a nuestro intermediario. Siempre en metálico —dice Mame, golpeando con los nudillos la palma abierta de la mano. 

La pareja explica que cada vez es más frecuente que las barcas salgan de la vecina Mauritania porque el trayecto hasta las islas Canarias es más corto, así que muchas personas de Saint Louis cruzan la frontera y parten desde las costas de ese país. El precio es parecido, dicen: a menudo depende de con qué intermediario negocies.

En España, Mame tiene familiares: uno de sus primos lleva un mes en Tenerife y su cuñado vive en Barcelona.

—Si alguna vez consigo ir a España, haré cualquier trabajo. Limpiar, cultivar. Estoy preparada para todo. Ahora no trabajo. Lo único que hago —dice esta mujer llena de energía— es dormir. 

Los náufragos en tierra

Cuando el año pasado se disparó el número de salidas irregulares por mar hacia Europa desde las costas senegalesas, el Gobierno de Macky Sall, apoyado por España, intensificó los controles marítimos. El efecto inmediato fue que se multiplicaron las pirogues interceptadas por los guardacostas senegaleses: si en 2022 se informó de solo una interceptación, el año pasado este tipo de operaciones alcanzaron un número récord. En tan solo tres días de septiembre la Marina senegalesa interceptó a más de 600 personas en la ruta canaria. En total, más de 7.000 migrantes fueron interceptados por las autoridades en la ruta atlántica hacia Canarias en 2023, según datos del Ministerio español del Interior. 

Los esfuerzos de España y Senegal en torno a la ruta canaria no se centran en el rescate ni en la asistencia, sino en el control de fronteras. España ha facilitado a Senegal equipamiento de vigilancia fronteriza, y mantiene en el país africano una dotación de efectivos —una treintena de guardias civiles y cinco policías nacionales— con cuatro embarcaciones, un helicóptero y una decena de vehículos todoterreno. El objetivo es patrullar las fronteras senegalesas y, de ese modo, reforzar el blindaje de las fronteras del sur de Europa. En medio de la ola de detenciones, el temor a ser interceptados es cada vez mayor entre quienes emprenden la ruta.  

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Aliou y Diaw vagan por la terminal de transportes de Saint Louis, intentando reunir el dinero necesario para comprar un billete de vuelta a sus ciudades de origen. Están muy delgados, los dos visten vaqueros gastados y sus únicas pertenencias están metidas en una bolsa de plástico. Llevan varios días sin comer, desde que llegaron a esta ciudad después de ser deportados por la Policía de Mauritania. Su odisea empezó el 20 de febrero, cuando zarparon de las costas mauritanas rumbo a Canarias. 

Quienes sobreviven a un naufragio por lo general se esconden y es muy complicado obtener sus testimonios, lo que dificulta aún más recuperar los nombres de las víctimas. Anna Surinyach
Aliou y Diaw intentaron alcanzar las islas Canarias desde Mauritania. No lo lograron. Anna Surinyach

Aliou, de 33 años, cuenta que debían haber llegado a España en cinco días. Cuando llevaban cuatro de navegación avistaron un barco rojo. Era un buque de Salvamento Marítimo, pero el capitán creyó que pertenecía a la Marina de Marruecos. 

—Muchos en el barco reconocimos que era un barco español. Pero él estaba convencido de que eran los marroquíes. Cambió de rumbo y se alejó, aunque le decíamos que se detuviera. 

El buque español los siguió durante un trecho, pero hacía mal tiempo y finalmente desistió. Mientras, el viento empujó la pirogue de nuevo en dirección a las costas mauritanas. El trayecto de vuelta duró otros tres días, esta vez en condiciones aún más extremas, sin agua ni comida. Seis de las personas que iban en la barca murieron, dice Aliou. Finalmente, tocaron tierra en una zona desértica cerca de la localidad mauritana de Lemhaisrat. Diaw —alto y delgado, más tímido que su compañero— dice que estaba tan agotado y tenía tanta sed que llegó a beber su propia orina. 

Al tocar tierra, todo el mundo empezó a correr. Diaw estaba muy cansado y cayó derrumbado al suelo. Aliou lo conocía solo de los días compartidos en la barca, pero al verlo regresó para ayudarlo.

—Al principio pensé que había muerto. Busqué ayuda, pero no había nadie. Así que fui a la orilla del mar. Casi no tenía fuerzas, las olas me tiraban. Vi pasar una barca, grité y se acercó. Nos dieron agua. No podía más y les pedí que avisaran a los guardacostas mauritanos. 

Lo hicieron, y al poco rato llegaron y los entregaron a la Policía. Pasaron diez días en una sala-prisión en la que estaban hacinadas unas trescientas personas de distintas nacionalidades: senegaleses, malienses… Cuando sacaban a un grupo, metían a otro. No tenían retrete y las condiciones eran pésimas. Al décimo día, los metieron en un autobús y los llevaron hasta la frontera senegalesa, a un punto a unos cien kilómetros de Saint Louis. Allí consiguieron tomar un autobús y llegar hasta esta ciudad. 

Están agotados. Los acompañamos a un hotel que les facilita DDM Senegal. Les ofrecemos un móvil y vemos cómo Diaw, por primera vez, relata los detalles del periplo a su familia. Se le escapa, por fin, una sonrisa relajada. Al día siguiente regresan a sus ciudades de origen. 

Durante los días siguientes Aliou mandará varios mensajes por WhatsApp y se conectará por videollamada, ya sonriente. Ha vuelto con su mujer y sus tres hijos y cuenta cómo intenta buscarse la vida vendiendo productos cosméticos por la calle. 

Uno de sus mensajes más recientes es una petición: “Quiero que me invites a España”.

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El sol se pone en la playa de Goxu Mbacc. Caminamos con Assane por la arena en dirección a la frontera con Mauritania. Llegamos hasta la orilla donde permanecen los restos de la barca que naufragó el 28 de febrero. Las olas saltan sobre la madera pintada de azul y amarillo de la pirogue que, durante algunos días, fue noticia en Senegal

Un poco más allá, en dirección al barrio de pescadores, hay una estaca de madera clavada sobre un montículo de arena. Assane nos dice que era la estaca donde colgaban la luz de la barca. Después de dudar un rato, el pescador nos confiesa que está clavada a modo de tributo: allí, bajo el montón de arena, está enterrado un cuerpo que hace tiempo devolvió el mar. Seguramente, dice, fue de algún otro naufragio.

En el horizonte, la enorme plataforma de gas se dibuja sobre el océano.

Un montículo de arena, sobre el que hay una estaca de la barca naufragada el 28 de febrero, marca la tumba donde está enterrado un cuerpo sin vida que devolvió el mar. Anna Surinyach

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