Somos la historia de Afganistán

El exilio en Pakistán cuenta las últimas cuatro décadas de guerra y caos

Somos la historia de Afganistán
Asentamiento de refugiados afganos a las afueras de Islamabad. Septiembre de 2021. Anna Surinyach

La frontera está cerrada. Nosotros queremos cruzarla para volver a casa tras hacer una cobertura periodística en Afganistán, pero ellos, la multitud a nuestro alrededor, quieren huir de la que fue su casa. Son la historia viva de la región, los que consagran uno de los movimientos de población más recurrentes desde la década de 1980: escapar de la última invasión militar extranjera de Afganistán, de la última guerra civil, del último régimen talibán, para refugiarse en un país en el que el futuro es incierto. 

Esto es Torkham. 

Al oeste del puesto fronterizo de Torkham hay una carretera repleta de controles talibanes que enlaza con Jalalabad, capital de la provincia afgana de Nangarhar, donde Estado Islámico sigue teniendo su base de operaciones. Más al oeste el paisaje empieza a verdear hasta adentrarse en las llanuras de Surobi, que pronto dan paso a la garganta de Tang-e Gharu, que empequeñece al individuo y que inspiró algunos de los versos del poema de Octavio Paz Viento entero, escrito en la década de 1960. Detrás de las montañas y los desfiladeros está Kabul, la capital del Emirato Islámico de Afganistán, rebautizado así en agosto después de que los talibanes llegaran al poder. 

Al este de Torkham, una carretera serpenteante recorre las abruptas montañas hasta llegar al paso de Khyber, un arco que inaugura el bullicio tan surasiático: los mercados, el tránsito, el vaivén. Pronto el viajero topa con Peshawar, ciudad emblemática pastún, límite histórico del Imperio británico, el cuartel desde el que se organizó la resistencia muyahidín a la invasión soviética de 1980 —y casa de tantos refugiados que llegaron a Pakistán huyendo de las bombas. 

A uno y otro lado de Torkham se habla el mismo idioma y predominan las mismas costumbres.

La frontera está cerrada. Estamos a unos 300 metros del puesto fronterizo y el coche debe quedarse ya aquí. Nos asalta una marabunta antes de bajarnos. No porque seamos extranjeros —no es algo tan evidente a primera vista—, sino porque venimos en coche y vamos con equipaje. Hay niños y adultos haciendo rodar rudimentarias sillas metálicas, los particulares carritos de aeropuerto de esta frontera terrestre. Avanzamos hasta la frontera y allí sí nos encontramos con la multitud que quiere cruzar a Pakistán. O más bien que quiere intentarlo, porque no está segura de conseguirlo. En este primer control solo dejan pasar a personas con visado humanitario o de estudiante, que tengan necesidades médicas… casos excepcionales. Los demás, que son la mayoría, se quedan fuera. 

Después del primer control hay decenas de personas bajo el sol, sentadas en carritos, en piedras, en el suelo. Familias con bebés, trabajadores humanitarios, estudiantes, ancianos. Todos esperan a que Pakistán se decida a abrir la frontera. Aquí manda Pakistán: cierra y abre la frontera a su antojo para demostrar a la gente y al nuevo régimen vecino que ellos son los que decidirán quién, cómo y cuándo podrá cruzar. Hoy la gente lleva horas esperando, pero nadie pierde la paciencia, porque llegar hasta aquí es estar más cerca de la victoria. Dos guardias talibanes vigilan el claro en el que la gente se aburre y resopla de calor. Justo encima hay un promontorio con alambre de espino desde el que nos observan varios soldados pakistaníes. Pakistán está ahí, a pocos metros, pero es inalcanzable. El inalcanzable otro lado.

—Los odio —dice un estudiante afgano mientras mira a los soldados, resumiendo el sentir general. 

Uno de los ornamentados camiones típicos de la región que transporta suministros cruza desde el lado afgano, señal de que pronto se va a abrir la frontera también a las personas. Se forman colas. Las sillas metálicas golpean los tobillos del que está delante. Los padres tienen miedo de que los niños queden aplastados. Los guardias talibanes dispersan con una correa y a golpe de fusil a la gente que mete barullo. Se forma un embudo: los que han llegado hasta aquí deben pasar ahora por un pasillo vallado. Empiezan a cruzar los primeros. El proceso es tedioso. Pakistán no tiene prisa. Una humillación más para los que huyen, que sin embargo están contentos, porque lo van a conseguir —o al menos eso parece. 

Como millones de personas desde hace cuatro décadas, buscarán refugio en Pakistán.

***

Pakistán no puede soportar la carga de más refugiados afganos. El ministro pakistaní de Exteriores, Shah Mahmud Kureshi, trasladó este mensaje al secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Aguantar, soportar, acoger: los verbos cambian pero es la misma idea que han repetido todos los estamentos de Pakistán —primer ministro, Ejército— desde que los talibanes llegaron a Kabul el 15 de agosto. El cruce de Torkham está bajo control absoluto: solo pasa quien Pakistán quiere que pase. Más al sur, en el puesto fronterizo de Spin Boldak-Chamán, que conecta la provincia afgana de Kandahar —cuna espiritual de los talibanes— con la provincia pakistaní de Baluchistán —una de las regiones más inaccesibles para la prensa extranjera—, se vieron imágenes de multitudes intentando cruzar a toda costa. Por allí ha habido más entradas irregulares. Pero la realidad es que el éxodo masivo que muchos vaticinaban aún no se ha producido. 

A finales de agosto, la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) calculó que hasta medio millón de personas podría huir de Afganistán a los países vecinos en 2021 por la vía terrestre. Tienen dos rutas. Una es la que pasa por Irán y Turquía para intentar llegar a Europa. Acnur asegura que tan solo un 17% de las personas afganas que optaron por entrar en Irán llevaban documentación en regla, lo cual confirma que la mayoría cruzó de forma irregular. La otra ruta, más accesible para la mayoría de afganos, sobre todo los que viven en el sur y el este, empieza y acaba en Pakistán, a no ser que deshagan el camino o entren en un programa de reasentamiento en un tercer país, algo excepcional. 

Acnur calcula que un total de 37.800 refugiados afganos han llegado a los países vecinos desde principios de año, 11.650 de ellos a Pakistán. “Hasta el momento no hemos visto un éxodo masivo de afganos a los países vecinos. Hay gente entrando y saliendo, hay gente que tiene visados, por motivos médicos, por motivos de trabajo, y también gente que llega debido a la situación en Afganistán, pero el movimiento es el habitual”, nos dice un portavoz de Acnur en Pakistán, Babar Baloch, durante nuestra visita en septiembre. Pero dentro de Afganistán sí hay desplazamientos forzados de envergadura: 665.182 personas solo en 2021, el 80% de ellas mujeres y niños. Y lo más importante: un simple intercambio de palabras con personas aleatorias que aún están en Afganistán pronto confirma que es una olla a presión, que muchos huirán cuando puedan. Se están haciendo preparativos, dice Baloch, para el eventual caso de que lleguen muchas más personas —algo que no percibimos durante la cobertura, ni por parte del Gobierno pakistaní ni de las organizaciones internacionales que allí trabajan. 

***

Brasa, humo. Puestos de cordero cocinado de todas las maneras posibles. Sastrerías, hostales y hostales, agencias de viaje, hostales, tiendas de ropa, salones de belleza, ópticas, carteles luminosos, hostales. En una calle-mercado de Islamabad nos cruzamos con un joven con un shalwar kamiz —el camisón típico de la región— celeste e impecable, perfectamente abrochado hasta el cuello. Nos confirma que es afgano, que es hazara: la minoría chií más perseguida de Afganistán, que sufrió y sigue sufriendo atentados contra sus barrios y mezquitas. Es de la provincia de Ghazni, al sur de Kabul, pero trabajaba como funcionario en la oficina de emisión de carnés de identidad de Kandahar: territorio comanche para un hazara, incluso antes del mes de agosto. 

—Sentía que mi vida estaba amenazada, porque soy chií y trabajaba para el Gobierno. Cuando Kandahar cayó en manos de los talibanes, me fui. Crucé la frontera a través de Spin Boldak-Chamán y estuve 15 días cerca de Quetta [la capital del Baluchistán pakistaní], hasta que llegué aquí. 

Husein era funcionario en Afganistán y huyó a Pakistán. Septiembre de 2021. Anna Surinyach

Husein tiene 28 años. Tenía solo ocho cuando Estados Unidos invadió Afganistán tras los atentados del 11-S. Es un producto perfecto de los que pudieron medrar, o al menos albirar un futuro, durante el Gobierno instalado por Occidente en Kabul. Es, también, el perfil típico de los que quieren huir. Estudió Información, Comunicación y Tecnología en la Universidad de Kabul. Trabajó en una empresa de cámaras de seguridad y después logró el puesto de funcionario en Kandahar. Era un trabajo de transición, un primer peldaño para labrarse un futuro prometedor. Husein proviene de una familia humilde y cree que los estudios lo distinguen, que son su trampolín a una nueva vida. O lo eran. 

—Quiero una vida cómoda y hacer un doctorado, que mis hijos vayan a la escuela y que tengan un futuro. Trabajo en un hotel aquí en el que me pagan 5.000 rupias [25 euros] al mes. Pero yo no estudié para estar lavando platos en un hotel. 

Su mujer está en Quetta y están intentando conseguir dinero para que se reúna con él en Islamabad. Sus padres y su hermano siguen en Ghazni. Pese a su juventud, la historia reciente de Afganistán puede rastrearse a través de su vida. 

—¿Te acuerdas del régimen talibán? 

—¡Sí que me acuerdo! Cuando tenía siete años, diez tipos con turbante y kaláshnikov entraron en casa y se llevaron a mi padre esposado. Estuvo diez días en comisaría, hasta que varias personas intercedieron y consiguieron liberarlo, pero volvió con marcas de tortura en los pies. 

—¿Y de la invasión de Estados Unidos?

—Después del 11-S recuerdo los bombardeos aéreos. Teníamos miedo, pero estábamos contentos porque los talibanes habían matado y torturado a mucha gente y ahora los echaban. Nos dieron un carné para votar en las elecciones. Pero mi familia no ha estado bien durante estos 20 años de guerra. Estados Unidos se gastó mucho dinero, estuvo mucho tiempo, pero no logró ofrecer paz y desarrollo a Afganistán. No sé qué puede hacer el mundo por Afganistán, pero ahora mismo el país va hacia más destrucción.

Husein se casó en 2012. Hizo la selectividad afgana y en 2013 empezó la universidad. Nos enseña incluso sus notas. Tiene un sobresaliente en Radio y en Ética. Se muestra orgulloso de que se lo subrayemos.

—¿Y adónde quieres ir ahora?

—A Australia o a Canadá. 

—¿Y a Europa?

—No. A Europa no. 

En la misma calle nos encontramos con un empresario afgano. Se dedica a la energía solar. Tiene ganas de hablar, pero prefiere conservar el anonimato: nos hace entender que es un hombre importante. Huyó en el último vuelo comercial que salió de Kabul. No hay un ápice de drama en sus palabras. Es todo pragmatismo. 

—Ahora no se puede trabajar con los talibanes, porque entonces nadie querrá trabajar contigo a nivel internacional. Pero si los talibanes son reconocidos, ¿por qué no volver? 

***

Durante las primeras semanas del Emirato, toda la atención se puso en las evacuaciones aéreas. Estados Unidos dijo haber evacuado a más de 130.000 personas en la ventana que se abrió entre la toma talibán de Kabul, el 15 de agosto, y la fecha prevista para la retirada militar aliada, el 31 de ese mes. Los países aliados evacuaron también a miles. Fue una operación mediática y centrada en lo más inmediato, los colaboradores afganos, aunque también acabaron entrando personas amenazadas por distintos motivos. Se hablaba —se habla— de las listas, por definición injustas, que tenía cada país para localizar y evacuar a personas escogidas. Durante las últimas semanas, los países occidentales siguen manejando esas listas y evacúan a gente que llega a Pakistán, porque obviamente ya no tienen la capacidad de hacerlo desde Afganistán, donde ni siquiera tienen embajadas. Una dura realidad para los que se quedaron atrapados: deben cruzar por su cuenta la frontera, con los riesgos que ello implica, y después pedir auxilio. 

Debido a este panorama, Pakistán no está exactamente en el centro de atención mediática, pero sí en el centro de atención diplomática. Los países occidentales, que durante los últimos años han ido perdiendo su confianza en Pakistán debido a su histórico apoyo a los talibanes y su comportamiento en la región, ahora dependen de Pakistán para poder sacar a sus colaboradores. Islamabad tiene vía directa de comunicación con los talibanes y es el Gobierno que mejor sabe lo que se está cocinando en Kabul. Hay satisfacción en las altas esferas de Pakistán. Esa satisfacción que, tantas otras veces, se giró en su contra, como cuando en 2007 una amalgama de grupos talibanes, el Tehrik-e-Taliban Pakistan (TTP), nació en su territorio y organizó una campaña de atentados terroristas que mató a miles de personas al año en Pakistán.

Las evacuaciones dejaron en segundo plano la experiencia de la mayoría de personas que quieren salir de Afganistán: las que no entran en ninguna lista ni aspiran a ello, las que aparecen en esta crónica. ¿Por qué no ha habido una huida en masa? En Bruselas se temía por un éxodo como el de 2015, durante la mal llamada crisis de los refugiados, cuando un millón de personas, la mayoría de Siria, entró de forma irregular en Europa. Pero Afganistán está más lejos y, sobre todo, la situación económica de los afganos no es la misma. El Gobierno talibán tampoco está interesado en que se produzca un éxodo que le reste piezas valiosas en el funcionariado y en otros ámbitos como el empresarial. Son motivos importantes. Pero el actor fundamental a partir del cual se explica este freno es Pakistán, que acoge ya a casi 1,5 millones de refugiados afganos con registro: se estima que hay centenares de miles más, si no millones, en el país. Desligar el factor humanitario del político es imposible, y menos aún en esta región. Pakistán lee los movimientos en la frontera como un elemento estratégico con dos vertientes: el interés de los países occidentales de evacuar a colaboradores afganos a través de su territorio, que le sirve como palanca para lograr otros objetivos, y la compleja evolución de los grupos insurgentes activos a un lado y otro de la frontera, de la cual ahora quiere hacerse dueño. El objetivo es una de esas piruetas que tan mal salieron en el pasado: Pakistán quiere que los talibanes gobiernen en Afganistán, pero no que gobiernen o tengan influencia en Pakistán. 

***

Un cuarto en un hotel de Islamabad. Maletas, un ventilador, un armario, la luz que se cuela por las cortinas, dos camas separadas. Este es el refugio de Someya, de 27 años, y de su madre Abida, de 60. Son, como Husein, hazaras, pero originarias de Mazar-e Sharif, una de las principales ciudades de Afganistán, en el norte, famosa por su mezquita azul. En la familia son, además de la madre, cuatro hermanas y un hermano. El padre fue asesinado en el patio trasero de su casa por unos hombres armados con cuchillos cuando Someya tenía solo cuatro meses de edad. La madre, Abida, se convirtió en el principal sostén de la familia. Se dedicaba a cocinar y vender bolani, un pan afgano relleno de patatas, espinacas o lo que toque, a estilo y semejanza de las quesadillas. Someya creció. Fue a la Universidad de Balkh dos años, pero no acabó la carrera. Se casó hace cuatro años, pero su marido no tenía trabajo y se fue solo a Irán, luego a Turquía… hasta que le perdió la pista. No ha vuelto a recibir noticias de él.

La familia estaba en una situación económica complicada, pero ella y su madre se decidieron a huir cuando llegaron los talibanes. Los veían por todos lados. Tenían miedo. 

—En la zona donde vivimos mataron a muchas personas. ¿Qué regla islámica dice que hay que hacer eso? Eso no es islámico. El islam no tiene una norma que diga que hay que matar a mujeres, o que si no vas cubierta te van a cortar las manos, o a deshonrarte en la calle. Dicen que son el islam…

Someya tenía un visado válido para viajar a Pakistán antes de la llegada de los talibanes. Decidió usarlo. Su madre, que tiene problemas de salud, no tenía visado, pero al llegar a la frontera de Spin Boldak-Chamán, Pakistán las dejó entrar después de que la madre mostrara su historial médico.

Someya en el hotel en el que se refugia en Islamabad. Septiembre de 2021. Anna Surinyach

Madre e hija no tienen ahora una hoja de ruta clara. La prioridad era salir de Afganistán. Son realistas y saben que refugiarse en un tercer país es complicado. Someya dice que tiene un dolor de cabeza que no se le va aunque beba mucha agua. Solo puede mirar a lo más inmediato. Quiere encontrar algún trabajo. Lo que sea. En el hotel les cobran 2.000 rupias (10 euros) por noche y ya llevan semanas aquí. Se les acaba el dinero. 

—No tengo hijos. Si los tuviera, ¿cómo los habría traído hasta aquí? A veces le digo a mi madre que tuvo demasiados hijos. Nuestro destino es desconocido… Cuando me preguntan qué será de nuestro futuro, digo que es incierto. Esta es la vida que nos ha tocado vivir. 

***

En 1973, el teniente general Mohamed Daud Khan, primer ministro del rey Mohamed Zahir Shah, protagonizó un golpe de Estado que convirtió al Reino de Afganistán en la República Popular de Afganistán. Cinco años después, con apoyo soviético, la llamada Revolución de abril derrocó a Khan e instaló al partido marxista (PDPA) en el poder. Pero las rencillas aparecieron en el seno del PDPA y Hafizulá Amín asesinó al secretario general, Nur Mohamed Taraki, para hacerse con el poder. Ante la escabechina y el caos en un país limítrofe y estratégico, la Unión Soviética lanzó una intervención militar a finales de 1979 e inició una guerra en la que murieron millones de personas. La guerra se alargó hasta finales de la década de 1980. Fue el Vietnam de la Unión Soviética —y uno de los últimos clavos en su ataúd. Unos cinco millones de afganos se refugiaron en los países vecinos, sobre todo en Pakistán (tres millones) y en Irán (dos millones). Fue el inicio de una era en la que, durante décadas, Afganistán fue el país del que más refugiados habían huido, hasta que en 2015 fue superado por Siria. En paralelo, Pakistán se convirtió en el país que más refugiados acogía del mundo, hasta que fue superado por Turquía. 

La resistencia muyahidín contra la Unión Soviética, embrión de los movimientos islamistas armados que arrasarían Afganistán años después, tuvo su trampolín en Peshawar y fue financiada por Pakistán, Arabia Saudí y Estados Unidos. Ese fue el contexto en el que Osama bin Laden fundó Al Qaeda. Pero en aquel momento todo valía para acabar con el enemigo soviético. Las consecuencias de aquella guerra, en la que murieron millones de civiles —las estimaciones varían—, aún se dejan sentir hoy. Muchos refugiados aún la recuerdan. Otros no la recuerdan, pero son hijos o nietos de los que la recuerdan.

***

Los katchi abadis son asentamientos inhabitables. Son, también, el destino final de afganos que llegaron a Pakistán décadas atrás —y de las siguientes generaciones. 

Mugre, moscas, aguas fecales, casas de adobe. En este katchi abadi de las afueras de Islamabad hay barro, caminos intrincados, baches y una soledad que solo rompen los niños desarrapados que nos persiguen. Cuando hablas con alguno de ellos descubres una de las grandes paradojas del exilio afgano: todos te dicen que son afganos, pero todos te dicen que nacieron en Pakistán. Son refugiados afganos de nacimiento y siempre lo serán, como los palestinos en Siria: el tiempo no corre para las generaciones sucesivas. 

Una barriada en las afueras de Islamabad poblada por personas refugiadas de Afganistán. Septiembre de 2021. Anna Surinyach

No vemos adultos. En un callejón encontramos a la primera: una mujer que se llama Gulmina. Hablamos a distancia y aparece una vecina que dice: “Si yo hablo, mi marido me pega”. 

Gulmina nació en Afganistán, pero lleva cuarenta años en Pakistán. Tiene diez hijos. 

—Cuando llegué a Pakistán, era como este niño. 

Se refiere a su hijo de doce años, que merodea por ahí. Ella es de Jalalabad, en el este de Afganistán. Estuvo refugiada en Peshawar, en Nasirabad —provincia de Baluchistán— y ahora en Islamabad, si es que a esta barriada se le puede llamar refugio. 

—Yo ya he malgastado mi vida, ahora quiero que mis hijos estudien, pero aquí no hay escuelas. Los niños se pasan el día aquí jugando. 

No hay agua, no hay electricidad. Gulmina dice que hay unas 350 casas de adobe en el asentamiento, aunque yo apenas cuento un centenar. Nos despedimos y seguimos recorriendo el katchi abadi, hasta llegar a una explanada donde hay unos altavoces que escupen música religiosa. Allí hablo con Mohamed Din, cuya historia es parecida a la de Gulmina. 

—Llegamos hace 40 años, cuando los muyahidines lucharon contra Rusia. Somos de Tahar, en el norte de Afganistán. Estuvimos primero en el campo de Jalozai [en las afueras de Peshawar, ya cerrado], luego en Peshawar y al final en Islamabad. Tengo siete hijos. Llegué aquí con doce años. Éramos muy pequeños… Me acuerdo de que se hablaba de la guerra, pero poco más… 

—¿Habéis pensado en volver a Afganistán en algún momento?

—Con los Gobiernos de Karzai y Ghani [los dos últimos presidentes afganos] no había paz. Había bombardeos y atentados suicidas. Si ahora hay paz, volveremos a Afganistán. Allí aún tenemos propiedades, aquí no tenemos nada. Nadie nos ayuda. 

Apunto a toda velocidad sus palabras en la libreta entre la llamada a la oración del muecín. Le pregunto si puedo grabar lo que diga a partir de ahora. Es para un podcast de 5W y para poder traducirlo con más detalle. 

—No puedo, me tengo que ir a rezar. 

Y se va. 

***

El refugio pakistaní se usó para la guerra. Los muyahidines organizaron la guerra contra la Unión Soviética desde Pakistán, y desde entonces la frontera se convirtió en uno de los lugares más peligrosos del mundo. El régimen pakistaní de Zia-ul-Haq incentivó la construcción de cientos de madrasas (escuelas coránicas) a lo largo de la frontera, financiadas en buena parte por Arabia Saudí: el wahabismo regó así la escuela surasiática deobandi e hizo germinar camadas de integristas que marcarían la historia de esta parte del mundo. Fue la semilla de los talibanes. Talibanes: estudiantes, en pastún. 

Tras la retirada soviética, Mohamed Nayibulá, secretario general del partido marxista PDPA, aguantó en el poder hasta 1992, cuando los muyahidines llegaron a Kabul. Se desató una guerra civil que acabó con la irrupción en escena de un nuevo actor. El movimiento talibán, nacido en 1994, prometió acabar con la codicia de las facciones muyahidines y se hizo con el poder dos años más tarde. 

Los relatos de los refugiados recorren todos esos años. Unos recuerdan que sus padres o abuelos llegaron a Pakistán huyendo de la guerra entre la Unión Soviética y los muyahidines. Otros hablan de la guerra civil. Otros de la represión del régimen talibán. O de las bombas después de la invasión estadounidense que siguió al 11-S. No sería exacto decir que la situación de los refugiados se cronificó. Unos se fueron, otros volvieron, otros se volvieron a ir. Poco a poco se fue labrando la historia reciente: familias divididas, viajes de ida y vuelta. No es extraño que, al hablar con un refugiado del actual régimen talibán, te confiese que no es la primera vez que ha huido del país. 

Es difícil entender en qué contexto se da todo esto. La frontera afgano-pakistaní, de más de 2.600 kilómetros, divide a la comunidad pastún, de la cual proceden los talibanes. Es la herencia de la Línea Durand, trazada por el Imperio británico en el siglo XIX. Los pastunes son mayoría en Afganistán, pero son una minoría en Pakistán. La relación de amor-odio entre ambos países —más lo segundo que lo primero— es el telón de fondo de un exilio intermitente y a la vez permanente. Pakistán, esencial en la creación y en el apoyo a los talibanes, está interesado en que haya un Gobierno pastún en Afganistán para poder ganar influencia —y lo ha conseguido—, aunque la cúpula militar y civil está controlada por punyabíes, comunidad mayoritaria en Pakistán. Afganistán percibe a Pakistán a la vez como un hermano mayor —lo supera en población, poderío militar y músculo económico— y un tirano que lleva las riendas de su destino. En el universo pastún muchas de esas diferencias se borran, porque la vida que puede llevar una familia en la provincia afgana de Kandahar no es tan diferente a la de otra en la agencia tribal pakistaní de Khyber. Hay lazos familiares, comunitarios. Hay pastunes que visitan a sus familiares al otro lado de la frontera. Hay gente de Afganistán que va a Pakistán para recibir atención médica y que luego vuelve; o que no vuelve. 

Hay una historia compartida que la frontera no puede destruir. 

La invasión estadounidense de 2001 causó un nuevo trauma en la región, un nuevo éxodo hacia Pakistán que se superponía a los éxodos anteriores, como un palimpsesto. Pero con los años el proceso se empezó a revertir. Acnur trabajó con los Gobiernos de Pakistán y Afganistán para poner en marcha un “programa de repatriación voluntaria” a través del cual 4,4 millones de refugiados afganos volvieron a su país —un país que, de nuevo, está en manos de los talibanes. Hay que tener en cuenta que este número no solo se refiere a las personas nacidas en Afganistán, sino a las que ya nacieron en Pakistán, como los niños del katchi abadi de Islamabad. Este programa explica por qué la cifra de refugiados en Pakistán ha ido bajando en los últimos años hasta situarse en los 1,5 millones. Sigue siendo, eso sí, una de las comunidades en el exilio más importantes del mundo. 

Los movimientos de población a lo largo de la frontera no solo deben leerse en clave de refugio, sino también de comercio, necesidad económica y vínculos humanos. Vidas inextricables que nunca entendieron de fronteras y que siempre tuvieron que lidiar con las fronteras.

***

—Crucé la frontera gateando. 

Mohamed Harron, de 40 años, no tenía silla de ruedas cuando huyó de Afganistán a Pakistán. 

Sufrió una lesión medular en un ataque con mortero en la década de 1990 y perdió la habilidad de caminar. Su casa recibió el impacto durante combates entre los talibanes y el grupo Hizb-e Islami, liderado por el muyahidín Gulbudín Hekmatyar, que antes de la llegada del primer régimen talibán, en 1996, fue primer ministro fugaz en un frágil Gobierno presidido por Burhanuddin Rabbani. 

Los padres de Mohamed murieron en el ataque y un tiempo después se refugió en Pakistán sin ni siquiera poder caminar.

—El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) me dio una silla de ruedas. Ahora estoy mejor, estoy más cómodo. La mayoría de mi familia ya estaba en Pakistán y me apoyó. Me casé. Tengo ocho hijos. 

Mohamed Haroon es un refugiado afgano en Pakistán. Septiembre de 2021. Anna Surinyach

Estamos en Peshawar, en el patio central de una escuela que sirve de sede para la oenegé pakistaní Pak Everbright Development Organization, que da apoyo a personas como Mohamed. En el corro que hemos formado para la charla está el director de la organización, Sahab Ud Din, que da un contexto más amplio a las palabras de Mohamed, que explica lo que sufren los discriminados entre los discriminados. 

—Trabajamos por un desarrollo inclusivo. Yo mismo soy una víctima de la polio desde hace veinte años. Soy usuario de silla de ruedas. Tenemos diferentes programas para personas de Pakistán y para refugiados afganos con discapacidades. En el caso de los que llegan de Afganistán, muchos han sufrido lesiones medulares debido a la violencia. Es la causa principal de la gente con discapacidad que llega aquí. Vemos en las noticias que hay una bomba, un atentado. Hay una cifra de heridos. ¿Pero qué tipo de heridas son? ¿Han perdido un dedo? ¿O han sufrido lesiones medulares? Muchos refugiados tienen discapacidad severa y tienen que cruzar las fronteras. No hay transporte accesible. No hay lavabos accesibles. Se tuvieron que enfrentar a todo eso arrastrándose por el suelo… ¿Dónde está la dignidad del ser humano? 

***

Afueras de Peshawar. Hayatabad. Buscamos un hospital y encontramos el Hayatabad Medical Complex Peshawar. Dentro todo es vaivén y caos y obras en marcha. Hay un patio con la gente sentada al fresco, pacientes y familiares. Encontramos el área de neonatología: una de las pocas donde la gente no usa mascarillas. En una sala pequeña hay más de diez camas con mujeres que acaban de dar a luz. En la del fondo a la derecha está Fátima, de 30 años, que se encuentra débil, está durmiendo, no, despierta, se lleva el dorso de la mano a la frente, se vuelve a dormir. En un rincón está, tapada completamente bajo una manta pese al calor del que todo el mundo se queja, su hija Lubna, recién nacida. Aparece entonces su marido, el padre de Lubna, Shakil Rahmar Gul. 

Uno de los principales hospitales públicos de Hayatabad, cerca de Peshawar. Septiembre de 2021. Anna Surinyach

Fátima y Shakil estuvieron por primera vez en Pakistán en 2012 y después volvieron a Afganistán, pero parte de su familia se quedó en Pakistán. Vivieron en Kabul hasta que este año Fátima se quedó embarazada, y entonces decidieron que se fuera de nuevo a Pakistán, donde estaba su hermana y había mejores servicios médicos. Cuando los talibanes llegaron a Kabul, Shakil trabajaba en el aeropuerto y decidió huir antes de tiempo, porque lo que tenía pensado era ir a Pakistán para ver nacer a su hija. 

—Todo era un caos en Kabul. No había trabajo… Somos gente ordinaria que no puede hacer nada. 

Shakil logró cruzar la frontera y reunirse con Fátima. Vio a su hija nacer después de huir de los talibanes. 

De momento piensan quedarse en Pakistán. 

Pensaron lo mismo los millones que llegaron antes. De momento me quedo aquí.

Hazte socio/a ahora y recibe 'En el fondo la forma'

El nuevo número de la colección 'Voces 5W' es un libro-diálogo entre Leila Guerriero y Ander Izagirre que abre la caja de herramientas que usan para escribir no ficción.

Suscríbete ahora
Ir al principio
Esta web, como todas, usa cookies. Si estás de acuerdo, pincha en 'Aceptar'.