Esta no es la perspectiva habitual de nuestros reportajes. Pero cuando nos llegó esta propuesta de publicación, valoramos que podía dar una visión diferente, y desde dentro, sobre lo que está ocurriendo en la frontera entre México y Estados Unidos. Hemos tratado el texto con el mismo rigor de siempre —comprobación de datos, etc.—, pero manteniendo en lo esencial el punto vista del autor, que es un soldado estadounidense de origen colombiano. Su opinión no representa la del Ejército de Estados Unidos ni la de ninguna otra institución.
La primera vez que vi a alguien cruzar el río fue una tarde calurosa de 2024. La unidad del Ejército de Tierra de Estados Unidos en la que sirvo acababa de llegar para ejecutar un relevo entre el maíz, los manglares y las lagunas del sector de Brownsville, Texas, justo frente a Matamoros, México, separados ambos por un río; Grande para los gringos, Bravo para los mexicanos.
Fue en el lugar que nosotros llamamos Washout y del otro lado conocen como “La Playita”. Los mexicanos van allí los fines de semana a bañarse o pescar. En algunos lugares es tan poco profundo que atravesarlo es como cruzar la calle un día de lluvia. Es, también, un paso hacia Estados Unidos controlado por traficantes.
Era mi primer día de trabajo. La sargento que me estaba haciendo la inducción me dijo, señalando al otro lado:
—¿Ves esos que se tapan la cara con la camiseta? Esos son los coyotes. Graban con el celular para probar que han hecho su parte y cobrar.
Uno de ellos, flaco y sin cubrirse, sacó un neumático de camión y empezó a preparar el viaje del día: un niño de unos siete años y quien parecía su abuela.
Del lado estadounidense estábamos cuatro soldados y varios agentes de la patrulla fronteriza. Me sorprendió la normalidad del saludo. Uno de ellos, con un español medio gringo, preguntó:
—¿Cuántos más? ¿Y a qué horas?
—Tres más a las ocho —respondió el coyote, como quien agenda una cita más.
La situación era absurda. El agente notó mi desconcierto y, casi con resignación, me dijo:
—Sí, igual los tengo que detener. Ellos se quieren entregar. ¿Qué es peor? Si ya me están diciendo a qué hora regresan con más gente, mejor; me facilitan el trabajo.
Yo seguía sin entender cómo se había normalizado esa situación.
—Mire, las decisiones políticas están muy por encima de mi rango de pago. Yo solo soy un patrullero. Si hay un puerto aquí y otro allá, y alguien cruza por el medio, ilegalmente, mi trabajo es detenerlos. Eso es todo.
El coyote cruzó al niño y a la abuela con dos bolsas negras de basura que les servían de maleta. Cuando llegaron, se cambiaron la ropa mojada ahí mismo, sin pena. La sargento y yo éramos los únicos que hablábamos español fluido. Cuando el niño y la señora se dieron cuenta, fue como si les hubieran devuelto el aire. Con acento venezolano, nos empezaron a contar su historia. Una historia dura que he escuchado ya tantas veces que siempre es la misma: pobreza, violencia, miedo, esperanza… el norte como única salida. La historia de media Latinoamérica en el siglo XXI.
Mientras los escuchaba, con el fusil colgado, chaleco y casco a prueba de balas y una pistola 9mm, armado como si patrullara Bagdad en lugar de un río a pocos kilómetros de mi casa, sentí que la escena —el cruce, el saludo informal entre el coyote y el agente, el proceso casi automático de recepción— no era una excepción. En esa época, era la norma. Los civiles no son una amenaza y el cártel no busca invadir Estados Unidos, sino ganar dinero pasando personas. Eran los últimos meses del Gobierno de Joseph Biden y la frontera funcionaba bajo una lógica no escrita pero clara: apenas tocaban suelo estadounidense, lo importante era entregarse. No importaba si cruzaban por un puerto legal o entre los matorrales. Apenas pisaban tierra estadounidense, se activaba el sistema. Ese acto —el de “rendirse”— ponía en marcha toda una cadena de procedimientos. Los migrantes entregaban su identificación, sus pertenencias, y eran llevados a estaciones de procesamiento. Ahí les tomaban huellas, fotos y si declaraban que su vida corría peligro en su país, se abría una solicitud de asilo. En pocos días, eran enviados a un refugio y luego liberados con un papel que decía que tenían un proceso migratorio pendiente.
Ese papel, aunque temporal, era prácticamente un salvoconducto. Con él, muchos podían pedir un número de seguro social. Un permiso de trabajo. Una licencia de conducir. Las tres claves básicas para moverse, integrarse y empezar de cero. En teoría, el sistema era humanitario. En la práctica, era muy fácil de usar —o de manipular. Había historias reales, sí. Pero también muchas armadas, ensayadas, repetidas. Sabían qué decir. Y Estados Unidos había tomado la decisión política de cubrir el costo de los refugios, el transporte, los sueldos de los agentes, los programas sociales. Todo.
La llegada de Trump
Con la llegada de Trump, el sistema cambió de un día para otro. El flujo se detuvo casi por completo. Rendirse ya no era suficiente. Solicitar asilo tampoco. Las órdenes eran otras: no escuchar. Detener con la intención de expulsar. La actitud también. El nuevo discurso es que durante la era Biden se fue demasiado blando. Que se abrió la puerta a todo el que dijera “tengo miedo”. Que eso colapsó el sistema y alentó la llegada de millones. Con Trump volvió la línea dura. Ya no se creen sus historias. Ya no hay garantía de ser liberado. Ni de quedarse. Y eso se siente. En el terreno, en el ambiente, en la cara de los que cruzan, con miedo, muchos menos.
En ciudades como McAllen, Brownsville o Laredo, donde antes se veían migrantes por todas partes —en supermercados, estaciones de autobuses, restaurantes— ahora se siente el silencio. Los que cruzaron antes de que cambiara el Gobierno han adoptado un perfil bajo. No quieren salir, no quieren llamar la atención. Temen una redada, una revisión, una deportación. Se esconden. Y esa tensión se respira. No es solo un cambio político. Es un ánimo congelado. La frontera sigue estando ahí, sí. Pero el río ya no se cruza igual. La puerta —por ahora— se cerró.
Yo nací en Colombia. Vine a Estados Unidos como tantos otros: buscando algo más. Navegué el sistema migratorio paso a paso, con papeles, con paciencia, y también con miedo. Me hice ciudadano a través del Ejército, y hoy sirvo en uniforme como soldado del U.S. Army, asignado a una frontera que antes solo conocía por noticias o películas.
Ya llevo casi quince años viviendo en este país. Y aunque visito Colombia de vez en cuando, lo cierto es que hoy ya soy más turista que local. Pero no por eso he perdido la empatía. Al contrario: entiendo perfectamente por qué alguien tomaría el riesgo de cruzar ese río. Yo tuve la suerte de llegar por medios legales, pero el deseo es el mismo: buscar una mejor vida, dejar de sobrevivir. Eso no cambia.
Todavía tengo amigos y familia allá. Algunos me hacen bromas. Me dicen cosas como: “Pasaste de ser inmigrante a ser la migra ahora, ¿no?” o: “Mi tío va a cruzar… y me debe plata… haceme el favor y arrestalo”. Me río, pero por dentro sé que no están tan lejos de la realidad. Porque esa línea entre el que cruza y el que patrulla a veces es más delgada de lo que parece. Un poco más acostumbrado a mi posición de trabajo, navegando con más soltura entre las carreteras destapadas, los manglares y las plantaciones de maíz que rodean la parte del muro que me toca vigilar, siempre tenía que estar pendiente del mismo sector: el Washout, que cada día ofrece un escenario distinto.
Una mañana, mientras hacía una inspección de rutina, vi de nuevo a los coyotes del otro lado del río. Esta vez no venían a negociar ni a cruzar a nadie. Me estaban gritando, agitados:
—¡Hay un niño! ¡Hay un niño! ¡Está perdido!
Señalaban hacia una parte más densa de la manigua, donde los arbustos crecen espesos y la visibilidad se pierde a los pocos metros. Yo no entendía bien si me estaban diciendo la verdad, si era una trampa, o si simplemente no querían cargar con la responsabilidad de lo que pudiera suceder. Pero los gritos eran insistentes, y la dirección que señalaban tenía sentido. Así que activamos el protocolo de búsqueda. Asumí que el niño hablaba español, así que empecé a gritar hacia la parte baja del terreno. Yo estaba en algo parecido a una colina, y él debía estar en la zona densa, más abajo. Alcancé a escuchar una voz. Era aguda, delgadita. Me respondió desde abajo, sin miedo.
Le grité a mi compañero —que no hablaba español— que se quedara quieto y estuviera atento, que yo iba a bajar solo hacia el terreno más boscoso. No pasaron más de tres minutos y encontré al niño, que tenía ocho años. Tenía puesta ropa buena, como de salir a visitar a la abuela, pero ya estaba sucia, de muchos días. Tenía ojeras. Estaba despeinado. Y, sin embargo, no se le notaba el susto típico de un niño perdido, sino tranquilidad mezclada con resignación. Como si conociera las reglas del juego. Me sorprendió que no llorara, que no temblara, que no hiciera preguntas.
—¿Dónde están tus papás?
Y me respondió, sin dudar:
—En Honduras.
Inmediatamente seguí los protocolos humanitarios. Mientras lo ayudaba a subir por la escarpada pequeña que nos separaba de la patrulla, mi compañero —que ya había avisado por radio a la Patrulla Fronteriza— me hizo una seña. ¿Agua? El niño me dijo que sí, que tenía mucha sed. Me explicó que los coyotes lo habían retenido durante cuatro días, que su papá no había pagado completo para que lo soltaran. Y aunque se supone que yo no debo hacer muchas preguntas —son nuestras reglas—, no me aguanté. Le pregunté quién lo esperaba en Estados Unidos. Él solo se encogió de hombros.
—De pronto un tío —dijo. Como si eso bastara.
Yo tengo un hijo pequeño. Desde que nació, para mí es inevitable ponerme en los zapatos de los demás padres. Poner a todos los niños en el lugar del mío. Es un reflejo automático que se activa sin pedir permiso. Y esa mañana, mientras ayudaba a ese niño a subir la colina, me hice una pregunta que me sigue persiguiendo: ¿sería capaz de entregarle mi hijo a unos coyotes para que lo crucen, para que lo atrapen las autoridades de un país donde ni siquiera hablan nuestro idioma? La respuesta es: probablemente no, pero prefiero no tener que enfrentarla nunca.
Detrás de ese niño hay necesidad. Pero también hay una organización de tráfico de personas. Los cárteles del tráfico de drogas y personas han obtenido grandes beneficios económicos en la frontera sur de Estados Unidos. Su control de rutas, puntos de paso, vidas y sueños ha sido muy amplio. Casi total. Operaron la frontera como si fuera una franquicia de lujo, cobrando entre 4.000 y 6.000 dólares por paso y persona, en función de edad, nacionalidad, tamaño del grupo y organización responsable del tránsito. Algunos incluían entrenamiento personalizado: cómo entregarse, qué decir, cuándo llorar, a quién llamar “señor agente”. Y lo más absurdo de todo es que nosotros —los soldados— terminábamos siendo parte del “servicio al cliente”. Al menos así es como yo lo he sentido. Ellos los pasaban, y nosotros, en perfecta coordinación involuntaria, completábamos el proceso: agua, primeros auxilios, y entrega a patrulla fronteriza a minutos de distancia. Era como si trabajáramos para ellos. Sin contrato, con uniforme.
Recuerdo las caras de algunos al vernos: felices, aliviados, como quien encuentra la puerta VIP al sueño americano. Y uno ahí parado, en el matorral, con el equipamiento militar, preguntándose en qué momento el sistema se invirtió, y nosotros empezamos a ser los recepcionistas de una maquinaria controlada por los cárteles. Por eso siento que desde que Trump llegó a la presidencia, la historia cambió por completo. Se cerró la puerta. Punto. Ya no se recibe a nadie. Las órdenes que tenemos son claras y las comparto.
Pero la frontera sigue sin estar totalmente cerrada, la situación dista mucho de ser perfecta. Lo único que realmente sigue cruzando es la droga. Los que se atreven a intentarlo ya no vienen buscando asilo ni pidiendo compasión: vienen cargados. Especialmente con cocaína infusionada con fentanilo, el cóctel perfecto para rendirla y generar ganancias rápidas. Cruzan con mochilas repletas de bloques comprimidos de polvo. Los escogen bien: adolescentes de 14 a 17 años, delgados, fuertes, con el cuerpo entrenado por la calle y la mente programada para no temerle a nada. Llegan desarmados, empericados, con el coraje que les aporta la droga.
A veces nadan. Otras veces cruzan en lanchas inflables como de juguete, como si el río fuera parte de un parque temático criminal. Llevan su propia escalera para brincar el muro, como si fueran técnicos del cable. Suben de tres en tres, o en pequeños grupos, como si el mismísimo diablo los persiguiera. Y nosotros, desde nuestras cámaras infrarrojas, los vemos aparecer como fantasmas en la pantalla, figuras rojas con mochilas negras en medio de la noche. Todo ese riesgo tiene sentido cuando lo pones en cifras: un solo kilo de esa mezcla mortal puede valer entre 80.000 y 100.000 dólares en la calle. Por eso suben, por eso corren, por eso no les importa nada. Porque, al otro lado, hay alguien esperando para vender eso en polvo a precio de oro… y en dosis de muerte. Y claro, como son menores de edad, mexicanos, sin fierros encima ni ganas de meterse en pelea, pues el sistema los trata suave. A nosotros nos toca hacer lo de siempre: quitarles la merca, tenerlos 24 horitas y tratar de que suelten algo de información. Pero qué va… ya vienen entrenados para hacerse los bobos. No dicen nada. Ni un nombre, ni un dato, ni una dirección. Nada que sirva para agarrar a los de arriba.
Después, en aplicación de la ley, el consulado mexicano les hace el paseo hasta el puente internacional. Son menores. Lo único que necesitan es que llegue un adulto a reclamarlos, como si estuvieran sacando a un niño de una pijamada. Y listo, caso cerrado. ¿Lo peor? Que a los tres días los volvés a ver. Mismo “escuincle”, dirían los mexicanos, misma cara, misma mochila llena de perico con fentanilo, listo para volver a probar. No es raro agarrarlos una, dos, tres veces. Ya ni se esconden. Y lo peor de todo es que no les da miedo. Les da risa. Como si estuviéramos jugando al gato y al ratón.
Vivimos en un mundo dividido, polarizado. Hay quienes defienden al presidente Donald Trump y quienes están contra él. O estás con todo o estás contra todo. Cualquier matiz ha desaparecido. Pretenden convencernos de que no podemos pensar de manera independiente. El debate político es brutal, la crisis humanitaria continúa —de otros modos— y el narcotráfico sigue campando a sus anchas a través de la frontera. Trump asegura que estas crisis no son nuestras. Que no deben afectarnos. No quiere que se vean, que salgan en cámara. Pero quienes trabajamos en el terreno las vemos. Nos impactan, nos afectan. Los vemos llegar, los cargamos en brazos, escuchamos sus historias, nos sentimos impotentes cuando no podemos hacer nuestro trabajo correctamente y no podemos evitar la acción criminal.
Pero sobre todo, cada día, me preguntan: “¿Cómo podés trabajar para un tipo como ese, bajo su mando?” Y aquí es donde respiro hondo y pienso. Y contesto: “No trabajo para él. Como tampoco trabajaba para Biden. Se cometen errores ahora y se cometieron errores antes. Juré la Constitución y acepté un empleo que funciona según una cadena de mando. No estoy de acuerdo con todo, pero llevo un uniforme. Y eso, hermano, no todos lo entienden”.
A veces uno olvida que detrás del uniforme todavía somos personas, no robots programados para seguir órdenes sin sentir nada. Por eso, aunque cumplo mi misión en la frontera, mi cabeza y mi corazón también están lejos de este río. Pienso en Los Ángeles, donde tengo a alguien que quiero como de la familia, y donde todo este conflicto también pesa y duele.
Tengo una amiga colombiana, madre de dos niñas, que vive en Los Ángeles. Obtuvo su permiso de trabajo y su licencia de conducir gracias a las políticas más flexibles de la Administración anterior y del gobernador de California. Es alguien que quiero mucho, una de esas personas que uno lleva en el corazón, con quien hablo casi todos los días. Me parte el alma verla ahora muerta de miedo, atrapada en un limbo: no es totalmente ilegal, pero sí es blanco fácil para las redadas que están ocurriendo en su barrio. Para colmo, da igual qué canal veas o de dónde venga la información: hoy en día los medios y las redes funcionan como una lupa que concentra la luz del miedo hasta quemarte la cabeza. Ella pasa horas revisando Facebook e Instagram para enterarse de dónde están los agentes federales y quién avisa qué barrio están barriendo, tragándose rumores que la dejan sin dormir. Yo escucho, trato de calmarla, pero por dentro cargo la contradicción: sirvo a la Constitución, patrullo la frontera… y sé que, si un día le toca a ella, no puedo protegerla. Esa es la frontera que de verdad más me cuesta vigilar, la interior, la que tiene que ver con mi conciencia.
Hoy más que nunca, siento que este país está dividido, independientemente de si la Administración actual tiene o no la razón. Vivimos un momento histórico de polarización brutal: aquí no hay matices, todo se compra en combo. Si apoyas a tu político favorito, también tienes que defender lo que no te gusta, porque viene en todo incluido en el paquete. En mi unidad nos recomiendan no entrar a restaurantes mostrando nada que diga que somos Army, para que nadie nos identifique. Temen que algún empleado —quizá sin papeles— se sienta con derecho a vengarse usando un plato de comida. Es triste ver lo que pasa en Los Ángeles: me duele por mi amiga y por tantos como ella, pero también me duele por los oficiales que solo cumplen órdenes. Yo más que nadie lo he sentido en carne propia: sé que entre agentes y soldados, hay quien tiene un hermano, un tío o un amigo en situación migratoria incierta. Es jodido estar en medio. Pero como reza el Warrior Ethos: I will always place the mission first. [La misión siempre es lo primero]. Órdenes son órdenes.