Aún hoy, siete años después, Stanislav Voitsekhovsky recuerda aquella mañana en la que conoció la nieve negra. Fue el jueves 11 de enero de 2018. El sol ya iluminaba la casa cuando Stanislav se despertó. Todavía somnoliento, regresó a la habitación donde dormían su esposa y su hija pequeña, Veka, de dos años. Toda la estancia olía a huevos podridos, era un fuerte hedor a sulfuro de hidrógeno. Su hija tenía sudor en la frente y los copos de nieve que caían al otro lado de la ventana eran de color negro. Ese día Stanislav comenzó su particular cruzada como activista, harto de limpiar las ventanas de su casa de hollín tóxico y cenizas magnéticas.
“¡Esa situación me indignó profundamente! No sabía qué hacer, así que fui a la planta de ArcelorMittal y grabé un vídeo de protesta”, explica. La casa de Stanislav está a tan solo 500 metros de una de las mayores fábricas siderúrgicas del planeta, en la ciudad kazaja de Temirtau. Allí se levanta un monstruoso complejo minero e industrial con chimeneas descomunales que lleva en funcionamiento desde 1958 y que emplea a más de 30.000 trabajadores. Hasta diciembre de 2023, esta factoría había pertenecido al gigante internacional ArcelorMittal, pero en 2024 fue nacionalizada por el Gobierno kazajo, harto de los numerosos accidentes y muertes. Lejos de mitigar su frenética actividad, la nacionalización de la fábrica ha significado más bien lo contrario: el último año aumentó su producción de acero en un 14%, hasta alcanzar los 3,9 millones de toneladas.
Además del complejo siderúrgico, la ciudad de Temirtau está rodeada por diez minas de carbón y cinco plantas termoeléctricas. Y hasta hace apenas unos meses operaba también la única planta de carburo de calcio de Kazajistán, que llevaba desde 1942 quemando en altos hornos eléctricos millones de toneladas de una mezcla de óxido de calcio y carbón a más de 2.500 grados de temperatura. Toda esta pesadísima actividad industrial deja un venenoso miasma flotando en el ambiente que asfixia a la ciudad.
Esa densa niebla de aires tóxicos es claramente visible aún a muchos kilómetros de distancia. También las chimeneas de la planta siderúrgica, que se levantan por encima de los edificios residenciales. Muchos de ellos, como el apartamento de Stanislav, son humildes bloques de viviendas de cuatro alturas, típica arquitectura del desarrollismo soviético de los años 60. En estas casas, según cuenta Stanislav, es difícil mantener las ventanas abiertas: los vientos adversos llenan inmediatamente las habitaciones de gases sofocantes y el polvo negro brillante se queda en los alféizares, el suelo y los muebles.
Pasar un fin de semana en Temirtau permite ser testigo de un siniestro espectáculo meteorológico. A medida que el ciclo combinado de la factoría va expulsando óxidos a la atmósfera —óxidos de azufre y nitrógeno, de carbono, sulfuro de hidrógeno o sulfatos—, el horizonte se va tiñendo de distintos colores según la hora y el gas predominante: a cada rato el cielo se torna rojo, gris, rosáceo, morado, blanco o negro. También el fenol, que es altamente irritante, impregna el aire a menudo. Un aire tan pesado que hace que los mocos se petrifiquen y se vuelvan negruzcos. Al llegar la noche, sonarse la nariz es como quitar el hollín a un tubo de escape.
El propio nombre de la ciudad, que en idioma kazajo significa “montaña de hierro”, es un indicativo de su naturaleza. Atrapada entre las montoneras de escorias, escombros y efluvios de ríos pestilentes, Temirtau es descrita a menudo como uno de los enclaves más insalubres y tóxicos del planeta. Aunque es difícil establecer un ranking claro porque hay muchas ciudades candidatas a ostentar este deshonroso título.
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“Temirtau es una ciudad hermosa, acogedora y compacta, con todo cerca y muy cómoda para vivir. Su principal problema es su pésimo medioambiente, el peor no solo de Kazajistán sino del mundo”, apunta Stanislav, que nació y creció aquí.
Los índices de contaminación por sulfuro de hidrógeno en el aire de esta ciudad industrial de 170.000 habitantes superaron 11 veces los límites establecidos por el propio Gobierno kazajo justo antes de que la nieve se tiñese de negro, según informó la agencia meteorológica nacional. Un estudio realizado por la Universidad Estatal de Karagandá estableció que por cada habitante de Temirtau se emiten 2,1 toneladas de contaminantes al año y polvo en suspensión. El valor de referencia nacional es de unos 200 kilos por persona. Eso significa que la ciudad multiplica por diez la media nacional en emisión de agentes contaminantes.
Estos datos coinciden con los de la empresa suiza IQAir, que registra en tiempo real la calidad del aire a través de una extensa red de más de 80.000 monitores gubernamentales y sensores propios validados. Entre 2017 y 2024, la región kazaja de Karagandá —a la que pertenece la ciudad de Temirtau— fue la tercera más contaminada del mundo, según este ranking. Tan solo por detrás de las ciudades indias de Byrnihat —otra urbe industrial— y Delhi, la capital.
“La vida cotidiana se complica por tener que lavar ventanas, marcos y cortinas con más frecuencia. También los coches. La pintura de un automóvil nuevo se desgasta más rápido debido a la cantidad de partículas abrasivas en el aire. Se recomienda usar ropa gris y negra, sobre todo para los niños en invierno, ya que hay mucho polvo de fábricas en verano y mucha nieve sucia en invierno. Además, es muy molesto no poder ventilar la casa por la noche, porque uno podría no darse cuenta del cambio de viento mientras duerme y acabar intoxicado por gases”, detalla Stanislav.
“Durante la época soviética, la ciudad estaba mucho más limpia. La nieve era blanca. Las instalaciones de la planta siderúrgica aún no se habían desgastado. Los indios —en referencia a Lakshmi Mittal, el multimillonario rajastaní propietario de ArcelorMittal— simplemente tenían que haber modernizado y actualizado los equipamientos y todo habría ido bien”, añade.
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En la confluencia de la avenida de la República y la avenida de los Trabajadores, tres perros callejeros hambrientos y de color pardo deambulan como hienas. Allí se abre una plazoleta donde han instalado unas letras gigantes y horteras que anuncian el nombre de la ciudad. Al lado, como un platillo volante de color azul, se erige el Centro Histórico y Cultural del Primer Presidente, Nursultán Nazarbáyev. Una especie de museo-mausoleo, un homenaje propagandístico a quien manejó este país con mano de hierro entre 1990 y 2019. Pero Nazarbáyev también forjó aquí su propia leyenda de hombre fuerte y líder: él mismo trabajó como obrero fundidor y guardián de altos hornos entre 1960 y 1969.
Un poco más adelante, tras el museo presidencial, el Palacio de la Cultura de los Trabajadores Siderúrgicos exhibe una hilera de fantásticas cabezas esculpidas en estaño plateado. Allí, unos jóvenes con un dron y patinetes eléctricos matan el tiempo cerca del monumento a los trabajadores de la metalurgia. Sobre un pedestal de mármol rojo se levanta un colosal obelisco de acero, y dos estatuas de trabajadores de semblante severo se yerguen en perfecta armonía para celebrar una profesión que ha mermado la esperanza de vida de los hombres de esta región en casi 20 años. Según la Oficina Nacional de Estadística en Kazajistán, la media de la esperanza de vida en el país es de 74 años; en cambio aquí, en la región de Temirtau, los hombres fallecen hacia los 57 años. Las calles, las plazas y hasta los monumentos parecen construidos para recordar constantemente que vivir aquí es una forma de sacrificio.
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Stanislav se ha convertido casi sin quererlo en un referente del activismo contra la contaminación en esta ciudad. La familia de Voitsekhovsky es originaria de Polonia, pero él nació aquí, en Temirtau. Se graduó en la Universidad Metalúrgica de Karagandá y se especializó en ingeniería de energía térmica industrial. Regentó una pequeña tienda de informática y consumibles electrónicos en el centro de la ciudad, pero su afición a la historia y su pericia para localizar antigüedades religiosas rusas le han hecho dedicarse desde hace unos años al pintoresco oficio de marchante de arte sacro ortodoxo. Aunque la tarea a la que dedica más horas al día ahora, a sus 49 años, es incordiar en las redes sociales y divulgar contenidos sobre medioambiente. Su entusiasmo es arrollador, casi tan grande como sus espaldas.
El vídeo que grabó Stanislav aquella mañana de 2018 se hizo viral muy rápidamente. Periodistas y televisiones de medio mundo reprodujeron su extraordinario testimonio porque la “nieve negra” era hasta ese día un imposible. Un sinsentido. Pero, sin embargo, ocurrió y fue real aquí, donde la contaminación alcanza formas inimaginables.
“La nieve negra fue, sin duda, un suceso desagradable y ofensivo. Mucha gente indignada se reunió espontáneamente en un gran centro comercial de la ciudad para protestar y firmar una petición para proteger a la población del genocidio ambiental. Queríamos solicitar a Aliya Nazarbayeva, la hija menor del expresidente Nursultán Nazarbayev y presidenta de la Asociación de Organizaciones Ecológicas de Kazajistán, que investigara y multara a la fábrica. Yo también estaba allí. Pero entonces llegó el alcalde con el jefe de Policía y nos pidió a todos que nos dispersáramos; las manifestaciones están prohibidas por ley. Hablaron con cortesía, pero con firmeza. Así que nos marchamos”, recuerda.
En aquel momento, ArcelorMittal —que aún gestionaba la fábrica— hizo un comunicado público en el que argumentaban que la coloración de la nieve se debía a la ausencia de viento, que normalmente dispersaría la contaminación. Aseguraban también que ellos no eran los únicos causantes, tan solo “uno de los muchos factores que afectan al medioambiente de la región, como el creciente número de automóviles y los sistemas de calefacción domésticos”.
Sin embargo, el episodio de la nieve negra de 2018 despertó la atención de muchas personas en todo el mundo y puso la actividad de la planta siderúrgica de Temirtau en cuestión. Y eso no gustó nada a los directivos de la empresa. Así que el gigante del acero interpuso demandas por difamación a varios periodistas locales, también al propio Stanislav y a Zhanibek Zhanabayev, otro usuario que subió vídeos a YouTube. La empresa ofreció a Stanislav un acuerdo en virtud del cual tenía que disculparse públicamente y borrar sus vídeos. Él lo rechazó.
La misma mañana en la que Stanislav salía de la Audiencia Provincial después de declinar el acuerdo con ArcelorMittal, unos desconocidos lo atacaron y le propinaron una brutal paliza hasta dejarlo inconsciente. “Milagrosamente, la policía me encontró tirado y desmayado a las afueras de la ciudad”, recuerda escuetamente Stanislav. Rebusca en su teléfono móvil y muestra unas fotografías suyas de aquellos días en el hospital con la cara completamente hinchada, amoratada, magullada y abrasada por las heridas. “La verdad es que prefiero no volver a hablar de este tema”, dice.
A pesar de las presiones y la violencia, Stanislav no se rindió y siguió colgando regularmente vídeos en internet como último resquicio de protesta y denuncia. Primero en su canal de YouTube y en Instagram después, donde llegó a acumular más de 53.500 seguidores. En esos vídeos, Stanislav muestra las columnas de humo de colores que emite la factoría, explosiones y accidentes en los reactores, ríos con peces muertos, bosques con escarcha tóxica en las hojas, ropa recién lavada que queda mugrienta al tenderla al aire, ceniza sobre los automóviles, reuniones vecinales, entrevistas en la televisión y apuntes sobre la historia de la ciudad.
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Finalmente, las autoridades medioambientales de Karagandá obligaron en 2018 a la empresa ArcelorMittal de Temirtau a pagar una multa de 600 millones de tenge (1,3 millones de euros) por el incidente de la nieve negra.
Un exhaustivo estudio publicado en 2024 por el Centro de Investigación sobre Energía y Aire Limpio estimó que, entre los años 1996 y 2023, la contaminación atmosférica de la actividad de la industria pesada en la región de Temirtau —y en especial la planta de ArcelorMittal— fue la responsable de más de 3.000 muertes por cardiopatía isquémica, ictus, infecciones de las vías respiratorias, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, cáncer de pulmón y diabetes. Además de 190 partos prematuros y 2.600 casos de asma infantil, así como numerosas enfermedades que provocaron 326.000 días de baja laboral y pérdidas económicas superiores a 3.000 millones de euros.
Esta oenegé finlandesa que investiga la energía y la contaminación atmosférica en todo el mundo también señala que la actividad siderúrgica de Temirtau fue el principal foco de contaminación industrial de Kazajistán. La magnitud de estos impactos convierte al caso Temirtau en uno de los mayores desastres de salud ambiental documentados en Asia Central. Y quizás, en el mundo.
De hecho, las ratios de mutaciones y tumores hormono-dependientes, como el cáncer de mama, ovario, endometrio y próstata tienen niveles tan rocambolescos en esta región que parecen increíbles.
Eso lo sabe bien la doctora Nailya Dyussembaeva, jefa del Laboratorio de Epidemiología Ambiental del Centro Nacional de Salud Ocupacional y Enfermedades Profesionales de Karagandá.
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Hace 20 años, cuando Nailya Dyussembaeva estaba realizando su tesis doctoral sobre la prevalencia de estos tumores en la salud reproductiva femenina y el estado de los recién nacidos, obtuvo cifras tan alarmantes y escandalosas que sus supervisores no se la tomaron en serio, le dijeron que no podía ser real, que debían ser invenciones. “También me lo dijeron porque yo era mujer, joven y no podían creer lo que veían”, apunta.
“La verdad es que había trabajado por todo Kazajistán y jamás había visto niños tan enfermos, ni siquiera entre los nacidos en territorio de pruebas nucleares. Los niños y niñas de esta región padecían afectaciones cromosómicas a un nivel tan alto como si estuvieran trabajando en un alto horno”, relata la doctora.
Rechazaron su estudio, le devolvieron la investigación y le dijeron que si de verdad creía que eso era así tenía que obtener más datos. La desacreditaron y ningunearon. Ella volvió al laboratorio y tardó ocho años, pero no cedió en su empeño, recabó más pruebas, colaboró con científicas de otros países como Suiza, Francia y Alemania. Finalmente, en 2003 publicó su tesis y sus revisores se rindieron ante la evidencia: todas las estimaciones de Nailya eran ciertas. En los años siguientes, la doctora consiguió varias becas internacionales para financiar sus investigaciones.
La doctora Dyussembaeva demostró entonces, basándose en estudios de campo en Temirtau y Karagandá, que las mujeres que vivían o trabajaban en entornos industriales contaminados presentaban una mayor incidencia de complicaciones obstétricas, partos prematuros y alteraciones endocrinas, así como efectos visibles en la salud neonatal: bajo peso, hipoxia perinatal, ictericia y retraso en el desarrollo.
Ese estudio pionero fue uno de los primeros en el espacio postsoviético en plantear con rigor científico la idea de que la contaminación ambiental no es solo un problema ecológico, sino un factor de salud pública estructural, capaz de afectar la fertilidad y el desarrollo de las generaciones futuras. La contaminación industrial estaba degradando la vida desde dentro, célula a célula.
“Recogí polvo de jardines de infancia, alféizares y parques infantiles, y lo traje de vuelta al laboratorio. Lo trituramos, lo convertimos en un polvo fino, disperso y envenenamos cuatro grupos de roedores. Estos ratones tuvieron descendencia y estudiamos a esa nueva generación, les tomé muestras de los testículos, ovarios, sangre y todos los indicadores necesarios para toxicología. Así pude demostrar que el polvo que respiran los bebés es de donde provienen esas alteraciones cromosómicas”, explica la doctora.
En cuestión de semanas, las ratas perdían peso, fuerza y reflejos; se volvían apáticas, lentas, con signos de daño neurológico. La contaminación, observó, no solo afectaba a la respiración o la sangre: entraba en el sistema nervioso, alteraba el comportamiento, erosionaba la vitalidad.
En 2016 hubo una reunión regional donde Dyussembaeva presentó los resultados de sus investigaciones. Entonces, uno de los gobernadores se le acercó y le dijo que no necesitaban que esa información fuera pública.
—¿No la necesitaban o no la querían? —le pregunto.
—No la querían. Porque temían revueltas populares. Así que trataron de ocultar los resultados —replica la doctora—. Detuvieron temporalmente la producción de la industria que causaba la contaminación para reducirla. Pero había un lugar donde almacenaban ese material contaminado. Una zona muy tóxica, que no está aislada. El polvo de ese lugar se esparce por todas partes. Para evitar eso, necesitan al menos inundarlo, cubrir ese lugar con agua. Pero no lo hacen. Cuando digo “ellos” me refiero a la propia Kazajistán o al gobierno de la ciudad. Porque, como suele ocurrir aquí, están todos conectados entre sí: gobernadores, grandes empresas privadas, etc.
—Entonces, ¿la presionaron para que no publicase más? —pregunto de nuevo.
En ese momento, Olga, que me ayuda con la traducción del ruso al inglés, se gira hacia mí y me dice algo indignada:
—Daniel, ¿ves a esta señora? ¿Crees que realmente pueden amedrentarla?
—Pues la verdad es que no —le contesto algo avergonzado a mi traductora.
—No, nunca sentí miedo, ni peligro, ni presiones —confirma Dyussembaeva, que hoy tiene 64 años y sigue trabajando en su laboratorio e impartiendo clases a pesar de que se podría haber jubilado hace cinco años—. Lo más difícil fue no conseguir financiación, no tener el dinero necesario para los investigadores.
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Uno de los más fieles aliados de la doctora Nailya Dyussembaeva es Dimitry Kalmykov, director del Museo Ecológico de Karagandá, un pionero espacio sin ánimo de lucro que realiza estudios, promueve investigaciones, forja alianzas internacionales y consigue financiación para concienciar sobre las amenazas tóxicas y medioambientales que acechan al planeta y más concretamente a Kazajistán.
Kalmykov es un científico ucraniano, bioquímico especializado en hidrogeología, que ha dedicado su vida a eliminar los desastres ambientales. En Chernóbil fue uno de los técnicos liquidadores que quedaron expuestos a la radiación. Obtuvo en reconocimiento la insignia militar soviética y la medalla otorgada a los liquidadores civiles, ingenieros y técnicos que se arriesgaron para salvaguardar un desastre mayor. Hoy, Dimitry Kalmykov es una voz incómoda, crítica y respetada.
“En general, todos conocen nuestros problemas, especialmente con las enormes fábricas a las que permiten que contaminen el aire. Reciben multas, las pagan y luego les permiten volver a hacerlo. No detienen la contaminación. No hacen nada para proteger a la gente. Solo pagan multas. En Alemania o España, por ejemplo, también hay fábricas de acero, pero allí cumplen con todas las normas estrictas y no generan tanta contaminación como aquí”, concluye.
“Cada año prometen solucionarlo, reducirlo, pero no lo hacen. Falsifican todos los informes. En nuestra opinión, todos los informes sobre el nivel de emisiones son falsos. El aire está contaminado, la nieve es negra en invierno y la situación sigue igual. Es un sinfín de palabras, pero en realidad nada cambia”, explica Kalmykov.
De hecho, antes de que en 2024 la planta siderúrgica de Temirtau fuese nacionalizada y comprada por la Corporación de Inversiones de Kazajistán para pasar a llamarse Qarmet, los anteriores propietarios —ArcelorMittal Temirtau— habían prometido modernizar la producción e invertir 1.000 millones de euros los próximos años. En un comunicado, anunciaron que estaban también planeando proyectos de energía eólica en Temirtau y que plantarían un millón de árboles para 2026.
“Todo esto fueron solo palabras, un infinito blablablá. Plantaron varios cientos de árboles y muchos de ellos no sobrevivieron. Desde que la planta fue comprada por inversores kazajos, la situación ha empeorado. Los trabajadores están descontentos. Pero hay aspectos positivos: se han renovado varios talleres y se han mejorado las fuentes de energía. Pero ahora Qarmet pretende aumentar las emisiones al aire y al agua entre 80.000 y 100.000 toneladas al año”, explica Stanislav.
Qarmet es un fondo privado controlado por algunos oligarcas como Andrey Lavrentyev, multimillonario empresario del sector del automóvil y amigo de una de las hijas del expresidente Nazarbayev. En una visita reciente del actual presidente del país, Kasim-Yomart Tokáev, la empresa anunció que para 2028 planea alcanzar un volumen de producción de cinco millones de toneladas de acero, extraer nueve millones de toneladas de carbón y producir cinco millones de toneladas de concentrado de mineral de hierro, lo que representará un crecimiento promedio del 66% con respecto a las cifras de 2023.
“Veo el futuro con pesimismo. Creo que la situación medioambiental empeorará aún más. Espero poder irme de Temirtau con mi hija en los próximos años”, se resigna Stanislav.
“Mi ciudad es una de las más contaminadas del planeta. ¿Cómo se puede cambiar esta situación tan grave? En el contexto del capitalismo salvaje en el que vivimos, nos sentimos impotentes ante los grupos de oligárquicas y de poder. ¿Es posible persuadir a estos capitalistas para que tomen medidas reales que mejoren la situación ambiental? No lo sé. Por eso, en mis vídeos muestro la lucha y el poder que ejerce la sociedad civil organizada. Los poderosos ignoran a los activistas como si fuésemos moscas molestas, sin considerar al menos dialogar con las personas cuyas vidas impactan significativamente al envenenar el medioambiente. Sigo protestando y subiendo vídeos porque creo que toda esta historia también tiene interés para el resto del mundo… ¡Solo tenemos un planeta!”.
A pesar de esta impetuosa proclama, Stanislav está agotado. Las presiones no cesan. Ese mismo otoño de 2025, Instagram suspendió y eliminó el canal de Stanislav tras recibir una queja formal del servicio de prensa de Qarmet, con la excusa de que el activista estaba usando indebidamente la imagen corporativa de la empresa.
La realidad más cruda, según Stanislav, es que en sus últimos vídeos subidos a Internet aparecían reuniones ciudadanas con responsables de la siderúrgica. Vecinos y vecinas pedían explicaciones sobre un posible fraude en auditorías públicas de emisiones de gases y sobre incidentes recientes que están afectando a la salud en Temirtau.
“Tenía 53.500 suscriptores en ese canal. Y tenía la motivación y la ilusión de trabajar para esa audiencia. Ahora ni siquiera tengo ganas”, dice, desilusionado. Sin embargo, Stanislav ha abierto una nueva cuenta en esta red social, ha vuelto a publicar esos mismos vídeos y ha empezado de cero. Pero reconoce sentirse desolado. Es una lucha sin fin.
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En ocasiones, Stanislav me escribe y me dice que está de buen humor “porque hace buen tiempo y no se nota mucho la contaminación”. El domingo 2 de noviembre de 2025, recibo un mensaje suyo en WhatsApp:
“Anteayer estábamos a 16 grados centígrados. Hoy ya estamos a 6. Pero este calor no es habitual en esta época; mañana habrá heladas y nieve. Hemos salido al parque a dar un paseo con nuestro perro Bob. Así está el tiempo ahora”.
Stanislav adjunta un vídeo en el que su perrito se afana en desenterrar algo en la tierra húmeda del parque. Al fondo, sobre Temirtau, se desplazan unos nubarrones rojizos, como una luz enferma suspendida en el aire.
“De la fábrica emana un hedor terrible a sulfuro de hidrógeno”, añade Stanislav en su mensaje.
Otra vez.
A veces el alivio dura unas horas, un día. Luego cambia el viento, cae la noche, y la ciudad vuelve a despertar bajo el mismo polvo oscuro. Entre mensaje y mensaje, cada cierto tiempo, vuelve a caer nieve negra sobre Temirtau.
Así es la vida respirando cenizas.