El sueño de la democracia se desvanece en Sudán

Los enfrentamientos entre Ejército y milicias alejan la esperanza de volver a un Gobierno civil y siembran la incertidumbre en la región

El sueño de la democracia se desvanece en Sudán
Manifestación con motivo del aniversario del levantamiento de 2019. Jartum, 6 de abril de 2023. Mohamed Nureldin Abdallah / Reuters

Sudán es una nación rica, aunque no lo parece ni por el número de ciudadanos que intentan abandonarlo y huir a Europa, ni por su dependencia de la ayuda exterior o su población empobrecida después de tres décadas de dictadura. En Sudán hay oro y minerales, recursos naturales y tierra agrícola muy fértil con potencial para alimentar a los países que la rodean… y a las grandes potencias. Los ingredientes perfectos para que Occidente, los países del Golfo y también Rusia y China se fijaran en este país mucho antes del enfrentamiento entre dos generales, que por el momento ha causado la muerte de más de 400 personas y ha herido a unas 3.500.

El sueño de democracia que en 2019 empezaba con un alzamiento civil que hizo caer la larga dictadura de Omar al Bashir muere entre el fuego cruzado de las milicias paramilitares de Hamdan Dagalo y las Fuerzas Armadas Sudanesas de Abdelfatah al Burhan. Ninguno parece dispuesto a retirarse para dar paso a un gobierno civil. La batalla por el poder se libra en las calles del tercer mayor país de África. En Jartum, la capital, se enfrentan tropas a pie mientras se bombardea desde el aire, los sudaneses huyen y los gobiernos extranjeros se apresuran para intentar evacuar a sus ciudadanos. Entre ellos España, que lo ha hecho por aire a pesar de que el espacio aéreo está cerrado. En la medianoche del lunes 24 entró en vigor un alto el fuego de 72 horas acordado por los dos bandos, aunque pronto quedó roto por nuevos episodios de violencia. Hasta ahora, ninguno de los sucesivos alto el fuego declarados han sido respetados.

Ocurra lo que ocurra, la población sudanesa, que se precipita a una guerra y afronta una crisis humanitaria sin horizontes de cambio, ya ha perdido. 

WHAT: La crisis

En una semana, el enfrentamiento entre dos generales ha dejado al menos 420 muertos en todo el país, según la OMS, y hecho descarrilar un plan respaldado internacionalmente para la transición a un gobierno civil después del derrocamiento en 2019 de Omar al Bashir, el dictador islamista que tomó el poder en un golpe de Estado en 1989. La actual explosión de violencia se produce después de un incremento de las tensiones entre el jefe del Consejo gobernante de Sudán y general de las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF, en sus siglas en inglés), Abdelfatah al Burhan, y su segundo en dicho consejo, Mohamed Hamdan Dagalo, que comanda a los paramilitares de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, en sus siglas en inglés), y que se pretendía que se integraran en el Ejército regular. Los generales negociaban un acuerdo respaldado internacionalmente para incorporar a las RSF al SAF y conducir a un gobierno civil. Pero pronto todo eso derivó en un cruce de sables. La sociedad sudanesa lleva años advirtiendo que era inevitable la lucha por el poder entre el Ejército y las RSF.

La historia se repite. Tras derrocar a Bashir, los sudaneses alcanzaron un acuerdo por el que un consejo militar se encargaría de la dirección del país durante los primeros 21 meses de transición. Una administración civil gobernaría el consejo durante los 18 meses siguientes, pero Burhan, con el apoyo de Mohamed Hamdan, dio un golpe de Estado en octubre de 2021, cuando debía ceder el control del consejo soberano a un líder civil, y aseguró que celebraría elecciones en julio de 2023 para que tomara el poder un “gobierno representativo, independiente y justo”.

WHO: Dos generales

Sobre el tablero se enfrentan los generales Abdelfatah al Burhan y Mohamed Hamdan Dagalo, más conocido como Hemedti. El primero es el jefe del Ejército: asumió el cargo en abril de 2019 durante el levantamiento que acabó con el Gobierno de Bashir. Ambos trabajaron juntos y llevaron a cabo un golpe de Estado en 2021 con la excusa de evitar una guerra civil. Hemedti, mandamás del grupo paramilitar más importante de Sudán, las RSF, se convirtió en su segundo. La batalla por la supremacía de ambos está destrozando ahora a Sudán.

Desde el comienzo del enfrentamiento, Hemedti ha tratado de justificar sus acciones como un intento de salvar la transición democrática, acusando a Burhan de ser un islamista radical antidemocrático que está utilizando fuerzas extranjeras para matar a civiles sudaneses. El Ejército sudanés duplica en tropas a las RSF y tiene de su parte la fuerza aérea y armamento pesado; sin embargo, no están tan bien entrenadas para la guerra de guerrillas urbana como las fuerzas lideradas por Hemedti. Las RSF son particularmente controvertidas, ya que surgieron de las milicias Janjaweed, acusadas de genocidio en Darfur a principios de los 2000, y fueron responsables de la masacre de más de un centenar de manifestantes durante las protestas para derrocar a Bashir en 2019. Las RSF de Hemedti han construido un imperio económico que engloba no solo una gran parte de la industria del oro del país, sino que tiene intereses en muchos sectores de la economía sudanesa. En diciembre de 2019, la oenegé anticorrupción Global Witness publicó un informe sobre las redes financieras que hay detrás de las RSF y su comandante, el general Hemedti, que les han permitido la adquisición de armamento y vehículos.

La sociedad civil y los activistas sudaneses son los damnificados del enfrentamiento. Se quejan de que llevan tiempo advirtiendo de la presencia excesiva de grupos paramilitares y del uso de fuerza letal. En una semana hay más de 400 muertos y 3.500 heridos. Entre los muertos hay cinco trabajadores humanitarios en un país que depende de la ayuda externa.

WHEN: La democracia que no llega

Los enfrentamientos entre las RSF y el Ejército estallaron en Jartum el 15 de abril. Ese día, las fuerzas de Hemedti emitieron un comunicado afirmando haber tomado el control del aeropuerto de Jartum, el palacio presidencial, la televisión estatal y otros lugares clave de la ciudad. Al choque de fuerzas militares le habían precedido algunos indicios de que las cosas no iban como esperaba la comunidad internacional, algo que ya vieron venir los activistas prodemocracia sudaneses: el 6 de abril cientos de manifestantes tomaron las calles de la capital cuando las conversaciones para hacer traspaso de poder a un gobierno civil se estancaron. El principal escollo era la integración de las RSF en las Fuerzas Armadas y, sobre todo, la decisión de quién comandaría esas tropas. Las protestas fueron reprimidas por la fuerza. Era la segunda vez en una semana que fracasaban las negociaciones para una transición pacífica a un gobierno civil. Una semana después, el 13 de abril, el Ejército advertía de que los paramilitares habían desplegado tropas en Jartum y otras zonas de Sudán sin su autorización, y consideraba que había riesgo de enfrentamientos. 

Cuando el choque entre ambas fuerzas militares estalló el día 15, los sudaneses vieron disiparse una vez más la esperanza de devolver el país a un gobierno civil. La guerra se instalaba en el corazón de Sudán. Los enfrentamientos han seguido y el número de víctimas no deja de aumentar a pesar del alto el fuego de tres días que se acordó el 21 de abril por el Eid el Fitr, la celebración con la que culmina el mes de Ramadán. “Nadie puede predecir cuándo y cómo terminará esta guerra”, dijo Burhan a un canal saudí. “Ahora mismo estoy en el centro de mando y solo lo abandonaré en un ataúd”. El 21 de abril, en su primer discurso público desde que el conflicto arrancó, Burhan dijo que las Fuerzas Armadas prevalecerían y asegurarían la “transición segura a un gobierno civil”. Para muchos sudaneses, la afirmación de Burhan es una promesa vacía un año y medio después de que se uniera con su actual rival para tomar el poder en un golpe que dejó de lado a las fuerzas prodemocráticas de Sudán.

WHERE: Una región volátil

Aunque Sudán no es ajeno al conflicto, esta vez la lucha está destrozando la capital en lugar de golpear un rincón remoto de la nación, como ocurrió con Darfur. Los enfrentamientos empezaron en Jartum y desde allí se han extendido a todo el país. Los regímenes militares se han sucedido en Sudán desde 1956. Potencias extranjeras como Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Estados Unidos o Arabia Saudí están presentes de un modo u otro en la actual crisis. Sudán se encuentra en una región volátil, con fronteras en el mar Rojo, el Sahel y el Cuerno de África. Cinco de sus siete vecinos (Etiopía, Chad, República Centroafricana, Libia y Sudán del Sur) se han visto afectados por recientes trastornos políticos o conflictos. También los ha habido, no hace tanto tiempo, dentro de sus fronteras: solo en el siglo XXI, a partir de 2003, en Sudán han estallado conflictos en Darfur, Kordofán del Sur y el Nilo Azul. En conjunto, estos conflictos han desplazado a más de 3,7 millones de personas, según Acnur. A ello se suma el flujo de refugiados de países vecinos, principalmente República Centroafricana, Eritrea, Etiopía, Siria y Sudán del Sur. 

Quizá sea precisamente el de Sudán del Sur uno de los episodios que ha marcado más al país en las últimas décadas. Con la independencia de su vecino del sur, en 2011, Sudán dejó de ser el mayor país de África. Tras una larga postindependencia de enfrentamientos entre el norte árabe y el sur negro, ambos países se separaron. Alejada de la democracia, Sudán siguió en la senda militar. Tras un referéndum masivo que hizo que la euforia se desatara, Sudán del Sur cayó en una guerra civil a finales de 2013 de la que va saliendo muy poco a poco.

WHY: El poder del Ejército

El conflicto actual no es fortuito y tiene muchos factores subyacentes, incluida la creciente presión para que las milicias comandadas por Hemedti, las RSF, se integren en las Fuerzas Armadas sudanesas y se ceda el control del país a un gobierno civil. Pero ese solo es el detonante de una bomba de relojería que empezó su cuenta atrás en 2019, cuando decenas de miles de manifestantes forzaron el fin de 30 años de dictadura, algo que se había estado gestando durante décadas. La caída de Omar al Bashir permitía soñar con un futuro democrático que muchos llevaban años esperando, pero los generales no iban a dejar escapar el poder y riqueza adquiridos. El Ejército ha sido una fuerza dominante en Sudán desde la independencia en 1956, librando guerras internas, dando golpes de Estado y acumulando posesiones económicas. Para los sudaneses, la revolución de 2019 abría una ventana a la libertad. Para las potencias extranjeras, significó nuevas oportunidades para perseguir sus intereses en un país ubicado estratégicamente en el Nilo y el mar Rojo, rico en terreno agrícola y recursos minerales naturales. Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, por ejemplo, buscan aprovechar ese vasto potencial agrícola que necesitan para aliviar sus preocupaciones sobre el suministro de alimentos, pero también quieren sacar de escena a los islamistas Hermanos Musulmanes, que consideran que aún tienen gran influencia en el país a pesar de la caída de Bashir. Egipto necesita estabilidad en Sudán para hacer frente común ante Etiopía y lograr un acuerdo sobre la gestión de la llamada Gran Presa del Renacimiento. Turquía también tiene alquilados terrenos agrícolas en Sudán, mientras que Estados Unidos quiere garantizar la estabilidad y al tiempo minimizar la influencia de Rusia, que no solo quiere establecer una base naval en el mar Rojo, sino que ha sido acusado de tráfico ilegal de oro. Sudán es el tercer mayor productor de oro de África y uno de los más importantes del mundo.

Todos niegan la injerencia en el conflicto actual, pero los intereses son muchos y van más allá de la lucha por el poder de dos generales. 

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