En menos de tres meses, Atham ha pasado de tener 1.000 a 24.000 habitantes. Este pueblo sursudanés a solo cinco kilómetros de la frontera con Sudán, plagado de casas de paja y adobe, se ha convertido en refugio de dos colectivos que cuentan la historia reciente de la región. Unos son los sudaneses que, desde abril de 2023, sufren una guerra civil que les ha empujado a huir hacia el sur. El otro grupo son los sursudaneses que sufrieron su propia guerra civil años atrás, en Sudán del Sur, y ahora vuelven a casa.
Sudán del Sur, el país más joven del mundo, ha pasado de ser país en guerra —aunque siga habiendo combates esporádicos— a país de acogida. Pero la vida no es fácil para los recién llegados.
Como Stevo Martin, un joven de 22 años que se siente deprimido en Atham, donde no hay letrinas, ni agua potable, ni fruta, ni un lugar donde aprender idiomas, ir a llorar o hacer el amor. Stevo está cansado de este lugar donde el tiempo se precipita por el abismo. Está cansado de ir y volver, de buscar una vida mejor. Teme que los fantasmas de la guerra recorran de nuevo su país, que se independizó en 2011 de su vecino del norte, Sudán. Aunque por el momento se mantenga en una relativa calma.
“Incluso mi padre hizo la guerra para que Sudán del Sur lograra la independencia”, dice Stevo. “La vida en Sudán y en Sudán del Sur parece un juego. Es solo un juego. Un día la gente está jugando a fútbol y de repente sube la tensión… Un día deciden vivir en paz y otro luchan entre ellos. ¿Cuál es el beneficio de todo esto?”
Una vida de ida y vuelta
Stevo nació en 2003, cuando Sudán era el país más grande de África. Por lo tanto, nació sudanés. En 2011 se convirtió en sursudanés cuando su país se independizó. En 2013 huyó de la guerra y se convirtió en refugiado sursudanés en Sudán. Luego volvió a Atham, en Sudán del Sur. Luego decidió irse a estudiar a Jartum, algo habitual entre la población del norte de Sudán del Sur: podríamos decir que se convirtió en un migrante en el país vecino. En 2023 volvió de nuevo a Atham, pero más allá de la ausencia de conflicto se halló con la nada. Porque en Atham no hay números, ni listados, ni estadísticas, ni cuestionarios, ni repartos por nacionalidad, ni información, ni cámaras, ni papeles para firmar.
Pero sí hay un punto de ayuda humanitaria. El glucómetro, el termómetro y el esfigmomanómetro —un aparato para medir la presión— han dejado de funcionar en Atham: hace demasiado calor para estos instrumentos médicos básicos de la clínica móvil que Médicos Sin Fronteras ha instalado aquí.
Medio centenar de mujeres esperan su turno, sentadas en el suelo de la carpa de primeras consultas. Este es el único punto de atención sanitaria en un radio de cientos de kilómetros, y está abierto solo por las mañanas, antes de que los cooperantes vuelvan a Renk, la ciudad donde MSF tiene su base de operaciones.
Allí está Stevo —que precisamente nació en Renk—, sentado en un banco de madera junto a su inseparable amigo Steve. Ante ellos, una septuagenaria delgada y temperamental da gritos mientras se coloca bien una falda confeccionada con un trozo de tela colorida. “No me han dado nada de nada”, maldice. Un señor le explica que esto es un centro médico, que las medicinas no son comida, que este servicio es solo para quien está enfermo y lo necesita. La mujer se va refunfuñando. Es refugiada sudanesa y ha venido con otras mujeres. Una de ellas lleva un pañuelo naranja con tulipanes estampados de color violeta: es la madre de Ahmed, un chaval que ronda los diez años a quien, al contrario que a los otros niños, no le gusta ni el fútbol ni el baloncesto.
“A mí me gusta la leche de Bieich”, dice Ahmed.
Bieich es el nombre de la vaca de su rebaño que da la leche más deliciosa. Ahmed era pastor en su país, Sudán. Ahora se ha refugiado en Sudán del Sur.
“Es un niño, tú lo ves así de pequeño, ¡pero es rico, eh!”, interviene Stevo. “Tiene unas 400 vacas y además es un experto, porque te puede explicar cómo ayudar a parir a una vaca”.
Al pequeño le brillan los ojos como si fueran de cristal. Pese a su corta edad, derrocha experiencia y sabiduría. Ahmed vive junto a su madre y su abuela refunfuñona bajo unos árboles cerca de Atham. El rebaño de vacas es su sustento.
La guerra de Sudán
“La diferencia entre Sudán y Gaza es que a la comunidad internacional Sudán le es indiferente”, dijo en una entrevista el exjefe de ayuda humanitaria de la ONU Martin Griffiths.
En diciembre de 2024, las Fuerzas Armadas Sudanesas, lideradas por el general Abdelfatah al Burhan, lanzaron una ofensiva en el sur de Sudán, en las regiones del Nilo Azul y Sennar, para expulsar a milicianos de las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), liderados por el general Hemedti. Son las dos facciones que luchan en Sudán desde abril de 2023 y que han hecho que esta sea una de las peores crisis humanitarias del mundo. El movimiento militar en Nilo Azul y Sennar provocó un desplazamiento masivo de personas en la zona. Según datos de Médicos Sin Fronteras, solo en una semana de diciembre 80.000 personas cruzaron la frontera desde Sudán hacia la región sursudanesa del Alto Nilo.
Este movimiento de población desbordó los centros de acogida gestionados por la ONU en la ciudad de Renk: estaban preparados para unas 7.000 personas, pero tuvieron que acoger a más de 16.000. Los pueblos fronterizos con Sudán están haciendo un esfuerzo adicional: los propios vecinos, con escasos recursos, están abriendo sus puertas a los recién llegados.
Las organizaciones humanitarias se esfuerzan en publicar informes, datos, infografías, fotos, vídeos de Instagram, stories, newsletters y vídeos cortos para que la crisis humanitaria que sufre Sudán no caiga en el olvido. Pero no lo consiguen.
Según Oxfam, es la primera vez en la historia que en un solo país al menos 30 millones de personas necesitan ayuda humanitaria. Es una de las crisis humanitarias recientes con menos atención y recursos: Naciones Unidas solo ha recibido un 10% de la financiación necesaria. La desnutrición ha alcanzado niveles históricos, la hambruna ha golpeado varias partes del país y millones de personas corren el riesgo de morir a causa de la desnutrición.
Una crisis que nació después de un momento de esperanza: las protestas que acabaron con el régimen del longevo dictador Omar al Bashir.
Ahmed, el niño de ojos cristalinos, es una de los 12,4 millones de personas que han huido de sus casas en Sudán. Stevo mira a Ahmed como si fuera su reflejo. Como si el mundo fuera un juego de espejos. Como si las vidas se repitieran. Como si hubiera enclaves del mundo donde las vidas se duplicaran. Stevo también tenía diez años cuando se refugió junto con su madre y sus dos hermanos en Sudán, en el campo de Kashafa, en la ciudad de Jabalan, a unos pocos kilómetros de Sudán del Sur.
Pero la última vez que le tocó a Stevo moverse fue una de las más duras. Estudiaba en Jartum con su amigo Steve. Huyeron de allí cuando los milicianos de las FAR tomaron la capital del país. Cuando recuerdan su travesía hasta Atham, ríen.
“Casi nos quedamos sin pantalones, tuvimos que ir vendiendo nuestras cosas por el camino para superar los puestos de control”, dicen, como si explicaran una aventura.
“Yo creía en el futuro, en elegir un buen camino para aprender, juntarme con buena gente, y pensaba que mi país podría aprovecharse de mi conocimiento algún día… Por eso me había ido a estudiar a Jartum”, se justifica Stevo.
Atham queda lejos de todo menos de la frontera con Sudán. Es un rincón del mundo donde no hay electricidad, el agua proviene de un lago artificial que a la vez depende de las lluvias e internet ha llegado de la mano de Starlink, empresa del millonario estadounidense Elon Musk. El paisaje es plano, pero hay una colina donde los hombres, vestidos con túnicas blancas, levantan el brazo hacia el cielo intentando conectarse a la red sudanesa.
En el mercado de Atham se pueden buscar recursos para cargar el móvil en una tienda hecha de paja y que dispone de una placa solar. El comerciante tiene un enchufe largo con al menos doce tomas, cada una con un cargador distinto, e hilos de todos los colores que caen hacia todos lados. En Atham no hay que preocuparse por el formato de la clavija del cargador del móvil. Pero conseguir carne fresca sí es un problema, porque prácticamente no existe. Tan solo a unos pasos de la tienda de móviles cuelga un hilo de pescado seco que vende otro hombre: la escasa proteína que se consume en este enclave olvidado.
La guerra no resuelta de Sudán del Sur
“No habrá paz en Sudán si no hay paz en Sudán del Sur, y no habrá paz en Sudán del Sur mientras no haya paz en Sudán”, dice el académico sursudanés Edmund Yakani, líder de la organización Community Empowerment for Progress Organization (CEPO) en Juba, la capital de Sudán del Sur.
Una rueda gira en toda la región. Hay un movimiento de población lleno de contradicciones, pero también de solidaridad. Los que un día fueron refugiados ahora acogen a sus vecinos, y quienes fueron población de acogida ahora son refugiados.
Lo confirma un trabajador humanitario sursudanés en el puesto fronterizo de Joda, situado a unas tres horas de Atham en coche, que prefiere no dar su nombre. “Antes Sudán se quedaba parte de nuestro pan”, dice con desdén. Se refiere a las disputas entre ambos países, y a la histórica situación de inferioridad económica y social de su país. Protegido por la gorra con las iniciales de su oenegé, el trabajador humanitario dice que ahora la historia ha cambiado: son los sudaneses los que “piden ayuda” a sus vecinos del sur. En total, más de un millón de sudaneses han cruzado a Sudán del Sur.
Sudán del Sur puede haberse convertido en país de acogida, pero no es un remanso de paz. La incertidumbre política se adueñó del país más joven del mundo después de que el presidente, Salva Kiir, acusara al vicepresidente, Riek Machar, de un intento de desestabilización y ordenara su arresto domiciliario en marzo de 2025.
Ellos fueron, precisamente, los protagonistas de la guerra civil que arrancó a finales de 2013, cuando el mismo Machar se alzó contra Kiir. La guerra terminó, al menos sobre el papel, en 2018, con la firma de un acuerdo en el marco del cual se hizo famoso el beso en los pies que el papa Francisco dio a ambos líderes para implorarles la paz. Kiir —de la etnia dinka— y Machar —nuer— acordaron gobernar juntos hasta unas elecciones que Kiir ha pospuesto ya tres veces, en una pugna política y económica que trasciende los odios entre sus respectivas comunidades. Sudán del Sur es un país que depende casi al completo del petróleo de su subsuelo y es uno de los mayores exportadores de crudo de África.
A causa de esa guerra que se cerró, aunque siga reverberando, en 2018, 2,32 millones de personas huyeron de Sudán del Sur y 2,22 millones se vieron desplazadas dentro del país. Miles de sursudandeses están volviendo ahora a casa, porque se toparon con la guerra en el país vecino. Y miles de sudaneses están huyendo hacia el sur, hacia el país con el que tenían tanta rivalidad en el pasado. Según la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), el 70% de las personas que están cruzando actualmente a Sudán del Sur son del primer grupo, mientras que el 30% pertenecen al segundo. Un palimpsesto repleto de paradojas.
En la frontera de Joda está una de esas personas que han vuelto a su país. La joven sursudanesa Marjwok Oriak Pupit lleva unas botas negras de piel, unas medias granates, un vestido beis hasta las rodillas y un bolso pequeño color caqui. Luce una peluca larga que le llega hasta los riñones. En medio del caos fronterizo —maletas, catres y bultos de ropa— ella se mantiene serena, esperando, y sujeta el bolso con decisión.
“Mi padre está muerto. Lo mataron en Jartum. Yo quiero seguir mis estudios”, dice.
Un hombre alto se acerca y la interrumpe. Solo con su presencia dispersa el grupo de mujeres alrededor de Pupit. La joven clava su mirada en mis ojos para cerrar la conversación. El hombre se va y Pupit insiste: “Voy a ir a la escuela. Hasta la próxima”. Pupit sigue abrazando su bolso y se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja. Le espera un camión de la OIM que la va a llevar hasta la ciudad de Renk, a unos 60 kilómetros, para seguir su ruta hacia un lugar donde pueda ir a la escuela.
La diferencia entre “retornados” y “refugiados” se hace en la frontera, ese umbral que fija dónde empieza y dónde acaba un país, una guerra e incluso un idioma. La frontera de Joda es una carretera a medio asfaltar dividida por unos neumáticos viejos, unos troncos y una bandera sursudanesa a media asta custodiada por un perro callejero. Antes esta carretera conectaba un mismo país; ahora separa dos países y categoriza a las personas.
Al activar desde aquí Google Maps, a veces el punto azul de geolocalización se queda en Sudán del Sur, otras se pierde y se va a Sudán. Antes de la separación, esta localidad se llamaba Joda. El país recién nacido la rebautizó como Wanthou, pero la población nunca se acostumbró, así que la sigue llamando Joda. Pero no a secas: en realidad la llama Joda Sur, porque Joda Norte es lo que ha quedado al otro lado, en la parte sudanesa.
Desde Joda Sur o Wunthou se ven tres banderas sudanesas y un minarete blanco: la puerta a Sudán.
La frontera que Stevo atravesó una y otra vez.
Stevo se va a Egipto
Steve es nuer, como el actual vicepresidente Riek Machar. Stevo es shilluk, una comunidad que habita las orillas del Nilo Blanco y que es la tercera más importante del país. Estas dos etnias se unieron durante la segunda guerra civil de Sudán (1983-2005) para ganar la independencia del Sur bajo el paraguas del Movimiento de Liberación del Pueblo de Sudán (SPLM, en sus siglas en inglés).
Pero la unión duró poco.
En 2013, un grupo liderado por el actual vicepresidente, Machar, se escindió del SPLM y creó el Movimiento de Liberación del Pueblo de Sudán en la Oposición (SPLM-IO en sus siglas en inglés). Machar también organizó y armó a las milicias conocidas con el nombre de Ejército Blanco. Miles de combatientes que habían luchado por la independencia de su país empezaron a luchar entre ellos.
La mayoría de los shilluk a lo largo de la historia se han alineado a un bando u otro (dinka o nuer), siempre en contra de quien intente controlar lo que ellos conocen como el Reino Shilluk, del cual consideran su capital Kodok, antes conocida como El Fashoda. Este enclave no solo ha sido epicentro de disputa en la actualidad, sino que marcó uno de los acontecimientos históricos de la época colonial. Fue aquí donde británicos y franceses se disputaron la continuidad de sus imperios entre 1897 y 1898, lo que terminó con la victoria del Reino Unido, empeñado en unir por vía terrestre la ciudad de El Cairo con el extremo meridional del continente.
Stevo tiene claro que este es uno de los problemas de Sudán del Sur.
“Hay demasiados problemas de tribalismo aquí. Incluso cuando vas a buscar trabajo te preguntan de qué tribu eres. Muchos jóvenes se van del país y otros se quedan y se convierten en borrachos, abandonan su futuro y sus sueños, pero el país no puede avanzar mientras seguimos luchando entre nosotros. Son muchas cosas. Ya lo sabes, viste nuestra vida”.
Al pertenecer a la comunidad nuer, los parientes mayores de Steve formaron parte del SPLM-IO, el grupo que mató al padre de Stevo, miembro del SPLM, cuando empezó la guerra civil en Sudán del Sur. Los dos amigos lo saben.
“¡No somos hermanos de sangre, pero como si lo fuéramos!”, dicen, y destacan que, aunque no pertenezcan a la misma comunidad, se llaman casi igual.
Pero hay otra cosa que sí los enfrenta.
“¡Visca el Barça!”, dice Steve.
“¡Hala Madrid!”, le responde Stevo entre risas.
Pero pronto Steve y Stevo se separarán. Cansado de la falta de perspectivas, Stevo tomó poco después una decisión definitiva: emprender un viaje de más de 2.500 kilómetros a pie hasta El Cairo, cruzando Sudán. Desde allí me escribe muchas de las reflexiones que aparecen en este reportaje.
“Naciones Unidas me dio unos papeles para protegerme de los egipcios”, ironiza en uno de los mensajes que me escribe desde El Cairo. No lo hace a través de la pantalla, sino escribiéndolos con bolígrafo azul en una libreta pautada, y haciendo una foto de la página.
“No es que no quiera vivir en mi país; de hecho, quiero a mi país, pero allí la gente está muriendo, la gente está sufriendo, no hay hospitales, no hay medicamentos, no hay escuelas, por eso me fui. Mi padre era un soldado del SPLM y lo mataron durante la guerra en 2013, al final no pudo hacer nada por nosotros, yo sí quiero hacer algo por mi familia y mantener la cabeza alta, quiero hacer algo bueno”, escribe Stevo desde El Cairo.
Allí trabaja cargando cajas por 12 euros a la semana. Pero dice que es mejor que estar en Sudán o en Sudán del Sur.