Cerdas. Cotorras. Gatos. Perras. Yeguas. Zorras. Lobas. Tigresas. Ratas. Bichas. Víboras. Ballenas. Hipopótamos. Guanacas. Anacondas. Panteras. Babosas. Loras. Vacas. Chanchas.
El insulto no es una anomalía, es la nueva normalidad. La animalidad no es una excepción, es la nueva legalidad. El machismo no es una expresión vintage, es la nueva culturalidad. Los insultos para callar a las mujeres con modales machistas son una espada con sangre incolora y un silencio que parece invisible, justamente porque no hace más ruido.
“¡Silencio, cerdita!”, le ordenó el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a Catherine Lucey, reportera de Bloomberg News, cuando ella le preguntó por las revelaciones que involucran a Trump con Jeffrey Epstein. La orden de “silencio” es tan insultante como tirar al barro. No es novedad. El 73 % de las periodistas ha sufrido violencia online, según el Reporte sobre Ciberviolencia contra las Mujeres de la Unión Europea y el Lobby de Mujeres Europeas. Y lo más grave: el 30 % de las comunicadoras se autocensuró, dejó de opinar, abandonó sus investigaciones, no volvió a postear o bajó comentarios para no ser hostigada o poner en riesgo a sus hijos e hijas. El 37 % evitó realizar notas para no ser doxeadas —que publiquen información personal, su teléfono o dirección—. El 76 % de las mujeres cambió su manera de utilizar las redes sociales después de sufrir ciberacoso y el 32 % dejó de publicar sus opiniones, develó un informe de Amnistía Argentina. El resultado no está por verse, está a la vista: el 44,7 % evita la interacción con la audiencia, el 34, 5% dejó de participar en alguna red social y el 7,10 % cerró sus cuentas. La liberación de la palabra quedó enterrada.
Por supuesto, entre ellos se pelean, pero también se dan la mano, después de insultarse. Conocen las reglas. En cambio, la chanchada de Trump con una periodista no se soluciona con una palmadita por la espalda como le hizo al reciente electo alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, cuando le preguntaron, en una conferencia conjunta en la Casa Blanca, si seguía pensando que el mandatario era un “fascista”, como había declarado durante su campaña electoral. “No pasa nada”, lo perdonó Donald. Él también había dicho que Mamdani era un “chiflado total”. Los muchachos se pelean y se arreglan. Pero no se callan.
“El presidente es muy franco y honesto. Y creo que es una de las muchas razones por las que el pueblo estadounidense ha reelegido a este presidente, por su franqueza. Y él denuncia las noticias falsas cuando las ve. Se frustra con los periodistas cuando mienten, cuando difunden noticias falsas sobre él y su gobierno”, justificó la secretaria de prensa de Trump, Karoline Leavitt. Una mujer que justifica a un hombre violento porque ella lo provocó, lo engañó y le mintió. La misoginia vuelve a su fase 1: ella tenía la pollerita corta y la preguntita rapidita. Y, si ya hablar de violencia está demodé, incluso cuando todavía flamean los carteles violetas del 25N, se retorna a la vieja idea de que un hombre sincero es mejor que un hombre tramposo, aunque la sinceridad brutal sea una trampa. El truco está bien hecho y funciona.
La otra magia (que no es MAGA) es la de un hombre devolviendo con la misma moneda. El comediante Jimmy Kimmel, que sufrió un intento de censura en su programa de televisión, le replicó al presidente: “Si me permite usar una frase suya: ¡Cállese, Cerdito!”. Y ese es el efecto Machopoly: señores que se cachetean y se dan la mano, con el ojo por ojo, pene por pene. Pero no es así como se va a contrarrestar la violencia, porque los que quieren retornar al monopolio de la palabra son hombres que, aunque se peleen, se sienten cómodos en un corral sin especies extrañas que arruinen el ambiente laboral.
Trump insulta porque puede y para que otros puedan. El periodismo se volvió una cochinada. Y la salida no es hablar aunque nos callen, sino escucharnos para no ser calladas.