No nos engañemos más. En términos geopolíticos nos encontramos en territorio incierto, en un caos indescifrable, un barrizal. El viejo orden liberal internacional y sus grandes instituciones —las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional— parecen estar desapareciendo bajo nuestros pies. Andamos perdidos, sin pistas, y en momentos así hay que recordar que lo inevitable rara vez sucede, y es lo inesperado lo que suele ocurrir, según Keynes.
Y en esas estamos: una lúgubre línea cartográfica sobre el nuevo paisaje geoestratégico la dan los politólogos Stacie E. Goddard y Abraham Newman, quienes advierten del riesgo de que el mundo se esté adentrando en la era del “neomonarquismo”. La tesis de Goddard y Newman es que esta nueva forma de monarquía —con el precedente de los viejos reyes absolutistas europeos anteriores a la Paz de Westfalia, que inauguró el orden internacional basado en la soberanía estatal y la no intervención de asuntos internos— recupera la lucha abierta y sin miramientos por el poder. Sin más.
Esta nueva realeza estaría formada por una hiperélite, una tupida red de familiares, políticos con ganas de enriquecerse y mirar para otro lado en cuestiones de derechos y deberes, magnates, inversores, mecenas y leales clientes. Y su objetivo común es hacer saltar por los aires antiguos equilibrios y afinidades políticas, sociales y culturales para promulgar un juego de alianzas basado en el poder, el estatus y el interés económico personal.
Es un nuevo orden híbrido, empujado y comandado por el neomonarca Trump —quien en muy poco tiempo ha multiplicado su pasión por el boato y la grandeur—, en el que un grupo de “elegidos” trata de reorganizar la política global a golpe de jerarquías, tributos y favores para obtener recursos materiales, según escriben estos dos académicos estadounidenses en un artículo publicado en la revista International Organization.
Así, con las “gafas” de esta especie de neomonarquía sin linaje —y con el rey de Mar-a-lago en el papel de supervisor real de su propia cohorte de fieles—, se pueden entender movimientos como el acercamiento sin disimulo alguno a rivales históricos como China o Rusia, la declaración frontal de interés por Groenlandia y sus riquezas naturales (petróleo, gas, minerales), las estrechas relaciones, prebendas y donaciones de los grandes CEOs tecnológicos a la Administración Trump o la venta de grandes cantidades de chips estadounidenses a Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudí.
Entendemos entonces, aunque nos dejen sin palabras, los halagos públicos del presidente de Estados Unidos al líder saudí Mohamed bin Salman cuando afirma que lo está haciendo muy bien “en términos de derechos humanos y todo lo demás”. Y nos asombra la diplomacia del peloteo en gestos de ciertos aspirantes a formar parte de la corte de esta nueva realeza, como Bernard Arnault, presidente del conglomerado de lujo LVMH (que agrupa marcas como Louis Vuitton, Dior, Fendi, Möet & Chandon, Tiffany o Bulgari), quien, tras asistir en Washington a la toma de posesión del segundo mandato de Trump, dijo: “Acabo de regresar de Estados Unidos y he sido testigo de los vientos de optimismo que soplan en ese país”. Este mismo mes, Gianni Infantino, presidente de la FIFA, ensalzaba al magnate por “promover el diálogo y la desescalada de numerosos conflictos” y le entregaba el Primer Premio FIFA de la Paz.