*Esta es una era de resistencia. Esta columna habla de eso, de resistir, y a este tema hemos dedicado también nuestro nuevo volumen anual en papel: Resistencia. Si aún no lo eres, hazte socio/a: lo recibirás en casa y, además, ayudarás al periodismo independiente a resistir.
La maestra del pueblo, desafiante, cruje los nudillos. Por el techo de la escuela, amasijo de chapa y cañas, entran haces de luz. Un caballete desnudo sugiere que algún día su listón horizontal sostuvo una pizarra, quizá antes de la guerra, quizá antes de las lluvias. Toda la escuela, dividida en tres salas, está conquistada por arena fina, palos y suciedad.
La provincia de Cabo Delgado es un paisaje discontinuo de esqueletos de edificios, casas tiznadas, otras destruidas, hospitales carbonizados, escuelas vandalizadas. Dice la maestra, Amélia Agostinho Mateus, que ahora que las armas han callado en Mumu, un pueblo del norte de Mozambique, 158 niños y niñas han vuelto a las clases.
No me lo creo.
Que sí, me dice. Tendido en el suelo, explica, el alumnado se divide en dos grupos por aula (sic). Un profesor se dirige de forma alternativa a los de primero y tercero de primaria; otro da segundo y cuarto; y ella, que además de maestra es directora del centro, quinto y sexto.
Mi medio tocaya —su segundo nombre viene de su padre; el mío de mi abuelo, le contesto, y así vamos entrando más a fondo en una conversación sobre familias, Mocímboa da Praia, Barcelona, bombas, escuelas, viajes— es profesora desde 2009, pero en los últimos años ha cambiado de centro varias veces: Mocímboa, Mitope, Awasi, Chiure… La última vez se tuvo que ir de este pueblo, de Mumu, porque fue conquistado por Al Shabab, una amalgama de grupos yihadistas. Cuando las tropas mozambiqueñas recuperaron el territorio, el Gobierno le pidió —como hace con todos los funcionarios— que volviera a la escuela. No todos lo hacen, pero ella estaba deseándolo: al contrario que otras personas con las que hablo en esta cobertura en Mozambique, muestra en todo momento su apoyo inquebrantable al Gobierno.
Pero sobre todo es fiel a la gente de Mumu, que la necesita.
Dice mi medio tocaya que la guerra es difícil de olvidar. Que algunos de los alumnos y alumnas de la escuela vieron cómo los yihadistas de Al Shabab degollaron a un comerciante del pueblo, que eso los marcó, y que por eso ella siempre intenta organizar actividades al aire libre, para que piensen en otra cosa, para que se olviden. Me doy cuenta entonces de que la ausencia de la pizarra en la escuela no es tan importante, porque Amélia Agostinho no es la maestra, sino la psicóloga de Mumu. La que, crujiendo los nudillos, ayuda al pueblo a resistir.