Nos creímos a salvo durante la primera hora de la proyección. Conocíamos la historia del documental Peces sin un ala: las mujeres —madres, hijas, esposas— que buscan a los familiares desaparecidos durante su viaje migratorio. Las buscadoras que, ante el abandono de los Estados, rastrean sus pasos en busca de sus huellas, llaman a todas las puertas en busca de una respuesta, criban la tierra en busca de sus huesos. Seguimos su viaje, físico y psicológico, con una especie de alivio: el cuidado con el que sus directoras, Esperanza Jorge e Inmaculada Antolínez, tratan a las protagonistas nos protege también a los espectadores, reacios a ingerir una nueva dosis de horror, un documental más sobre el sufrimiento extremo, una nuevo capítulo de la guerra que el mundo libra contra la humanidad. Además, la fortaleza de las mujeres, la dignidad con la que ejercen su lucha, la belleza de las ilustraciones que guían el documental nos dan el oxígeno necesario para querer seguir acompañándolas.
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