Tres semanas antes de ser asesinado, Adam pidió a un amigo que grabase con el móvil su despedida. “Algún día, Palestina será libre”, terminaba diciendo a cámara. Los malos presagios que lo agobiaban se cumplieron el 3 de enero de 2023 a las cinco de la mañana.
La luna parecía llena, aunque faltaban tres días para que lo estuviese. El frío se metía en los huesos en el campo de refugiados de Dheisheh, cerca de Belén, en los territorios ocupados palestinos de Cisjordania. A sus quince años, Adam Ayyad le había dicho a su madre que dormiría en casa de su padre, del que estaba divorciada. En realidad, había quedado con sus amigos para enfrentarse a pecho descubierto con el Ejército más financiado del mundo en proporción a su población. Cuando los disparos empezaron a atronar en los muros de los edificios de ladrillos de hormigón —viviendas construidas unas sobre las otras para albergar a los hijos y nietos de los primeros palestinos expulsados por Israel en 1948—, los cuatro paramédicos del campo corrieron al lugar de la “invasión”, como llaman en Palestina a las irrupciones de las fuerzas de ocupación. No les permitieron llegar. Los soldados israelíes comenzaron a disparar contra ellos.
Cuatro años antes, en 2019, habían perdido a uno de sus compañeros, Sajed Mizherl, en un ataque similar. La mitad del equipo de paramédicos del campo de refugiados dejó su trabajo entonces. Los cuatro que siguieron jugándose la vida para salvar las de otros tuvieron entonces que ver, agazapados tras un quicio, cómo los francotiradores se cebaban con los niños que se habían resguardado en un coche. Todos fueron heridos. Adam, sangrando, abrió la puerta y, al ver que la balacera no cesaba, se arrastró bajo el automóvil. Allí se desangró mientras llamaba desesperado a su madre. Hasta que se hizo el silencio. Entonces, permitieron acercarse a los sanitarios. Ya en el hospital, certificarían su muerte.
Apenas unas horas después daría inicio el rito que Adam había proyectado para sí mismo y al que tantas veces había asistido —como otros niños, en otros lugares, se crían yendo al fútbol los domingos o de senderismo los sábados—: su cuerpo siendo lavado, amortajado y velado en el salón de la casa familiar, el torrente de hombres y niños discurriendo por las callejuelas transformadas todas en un cortejo fúnebre, los allahu akbar convertidos en un rugir colectivo desembocando en el cementerio, los escapularios con los rostros de otros niños y muchachos muertos golpeando el pecho, tan cerca del corazón, de quienes se empujan para abrir la zanja a paladas.
Contenido solo para socios/as
Otra forma de ver el mundo es posible. Si te haces ahora socio/a, tendrás acceso ilimitado a la web, y recibirás cada año nuestra revista en papel con más de 250 páginas y un libro de la colección Voces.
Suscríbete ahora