El Papa ha venido a España y ha dicho lo que dijo Jesucristo hace 2.000 años: que hay que dar de comer al hambriento y de beber al sediento, que no hay que hacer la guerra, que hay que acoger al que huye, señalar al que miente, respetar a quien piensa distinto. Nada nuevo bajo el sol. Con matices, y omitiendo sus previsibles declaraciones sobre el aborto y la eutanasia —una posición de la Iglesia que no cuenta con un apoyo unánime entre los propios católicos—, León XIV ha recordado los consensos humanistas que han guiado el progreso desde Grecia, Buda y Confucio, es decir, desde antes de Cristo.
Lo mismo que defendía Olympe de Gouges en 1971 cuando escribió la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, lo mismo que inspiró a los autores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, lo mismo que intentó hacer Salvador Allende en Chile antes de que lo asesinaran los golpistas con el apoyo de Estados Unidos, lo mismo que reclamaron líderes sociales más recientes como Martin Luther King, Nelson Mandela, Berta Cáceres o, ahora, Francesca Albanese.
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