“Si te gusta el fútbol, debes dar la bienvenida a los inmigrantes”. La frase, que hoy puede resultar obvia visto lo visto en el Mundial de Fútbol 2026, circula por internet desde hace más de una década y corresponde al título de un artículo del economista Wolfgang Fengler publicado en 2015 en la revista de Brookings Institution. El autor afirmaba que “para seguir siendo competitiva, y no únicamente en el fútbol, Alemania necesita gente talentosa”.
Fengler escribió esas líneas un año después de que Alemania, un país que entonces tenía un 12 por ciento de población inmigrante, obtuviera su cuarto campeonato mundial gracias a una escuadra integrada en un 26 por ciento por inmigrantes o hijos de inmigrantes. Alemania iba a la vanguardia en este asunto: en 2022 el porcentaje de jugadores extranjeros en las ligas europeas alcanzó el 42 por ciento, un aumento en clara sintonía con el pronóstico del economista Fengler.
Lo que vemos en este Mundial 2026 sigue un patrón distinto. Si bien las representaciones extranjeras en grandes selecciones como Alemania, Francia o el Reino Unido suman a jugadores de origen no europeo —de origen indio, marroquí o senegalés, por mencionar algunos—, los reportes que vemos en estos días hablan de un flujo inverso: jugadores nacidos en países europeos —con un pasaporte “fuerte”— que tienen doble nacionalidad y eligen jugar con la selección del país de origen de sus padres en África o América.
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