Ni las leyes nacionales o internacionales, ni las normas básicas de civismo o la Constitución de su país, ni desde luego la democracia, son límites para Donald Trump. El propio presidente de Estados Unidos ha asegurado al New York Times que no se siente condicionado más que por “su propia moral”. Y como carece de ella, el resultado es evidente: un presidente sin límites, impune y desatado en la persecución de sus ambiciones autoritarias dentro de Estados Unidos e imperialistas en el exterior.
Pero haríamos mal en quedarnos en la inmoralidad, indecencia y crueldad de Trump, atribuyendo a una sola persona los desastres de su presidencia o la tragedia que empieza a vislumbrarse en el horizonte. El líder de MAGA, el mayor movimiento fascista de nuestro tiempo, cabalga sobre el apoyo de casi 80 millones de votantes y la cobertura (in)moral de un ejército global de cheerleaders que ha otorgado estatus de gurú infalible a una persona que reúne todos los defectos de la naturaleza humana.
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