En esta jungla en la que se ha convertido el “orden internacional”, con Estados Unidos presidido por un narcisista autoritario, Israel cometiendo un genocidio con absoluta impunidad y los tiranos del planeta envalentonados, Europa podría ser un halo de esperanza. Un referente moral. Un muro contra el fanatismo y la deriva imperialista que ha contagiado a Washington, Moscú o Pekín. Los líderes europeos, de forma cobarde e inexplicable, han renunciado a ejercer ese papel.
El resultado de esa dejación es un mundo cada vez más caótico y vulnerable a los abusos, donde los débiles están desprotegidos y los fuertes se sienten impunes. Es el resultado natural cuando ninguna acción tiene consecuencias y los crímenes son escondidos bajo la alfombra del deeply concerned (“profundamente preocupados”), el eufemismo con el que nuestros dirigentes limpian su conciencia. Y, sin embargo, podría hacerse mucho si hubiera un mínimo de voluntad.
Europa cuenta con algunas de las democracias más arraigadas del mundo, pero sobre todo con un mercado de consumidores de 450 millones de personas del que dependen muchos de los perpetradores de los peores crímenes del momento. Pongamos Israel. La Unión Europea es el mayor inversor en la economía israelí, doblando a Estados Unidos. Bastaría imponer la mitad de las sanciones económicas que se aprobaron contra Rusia tras su invasión de Ucrania para que Netanyahu sintiera la presión. Pero los europeos, liderados por una Alemania presa de su sentimiento de culpa por el Holocausto nazi, se niegan a hacerlo.
Por eso es importante que España se haya desmarcado y anunciado medidas unilaterales, sin esperar al consenso europeo, para tratar de poner freno a los crímenes israelíes. El resto de países deberían seguir la senda española.
Uno de los motivos que obligaron al régimen supremacista blanco en Sudáfrica a terminar con el apartheid fueron las sanciones económicas. Tras décadas tolerando el racismo de la minoría blanca en el país africano, europeos y estadounidenses endurecieron su postura y aceleraron el aislamiento de los líderes sudafricanos, convertidos en parias de la comunidad internacional. No fue solo el impacto económico, sino el hecho de enfrentar a los perpetradores al escarnio público lo que forzó el fin del apartheid.
En el caso de Gaza, los europeos han decidido mirar a otro lado y seguir haciendo negocios con Israel como si nada. Ninguna sanción o embargo de armas. Solo declaraciones vacías y retórica inútil. La historia condenará al continente como cómplice de la limpieza étnica de los palestinos, porque cómplice es el que, pudiendo hacer algo para detener un crimen, decide cruzarse de brazos.
La renuncia de los líderes en Londres, Berlín o París a utilizar su peso geopolítico y económico para detener la barbarie les perseguirá hasta el final de sus días. No es consuelo para las víctimas y tampoco detendrá los planes de expansión de Israel, decidida a llevar adelante su estrategia de hacer inhabitables las tierras palestinas, forzar la expulsión de los supervivientes de los bombardeos y quedarse con todo.
Mientras se fragua la solución final contra los palestinos, víctimas también del fanatismo de Hamás, entre los escombros de Gaza y Cisjordania yacen los restos de humanidad de esta Europa sumida en la irrelevancia y la connivencia con el horror.