Mozambique: la memoria de una guerra en el olvido

El paraíso costero de Cabo Delgado es escenario de un conflicto que ha sacado de su hogar a casi un millón de personas. Sus mentes están castigadas por la violencia, pero también por el desplazamiento.

Mozambique: la memoria de una guerra en el olvido
Norata Atanasio Kumwela, de 52 años, escapó de la guerra y ahora no puede dormir. Las pesadillas y la ansiedad le persiguen. Esta es su choza en un campo del distrito de Mueda (provincia de Cabo Delgado). Nuria López Torres

Decía usted que tiene dolor de cabeza, que siente dolor en el pecho… ¿Desde cuándo?

—Desde que murió mi hija. 

—Lo siento mucho. ¿Cuándo fue eso?

—El año pasado. 

Un psicólogo mozambiqueño conversa con una campesina mozambiqueña en un consultorio de salud mental. Daniel César es de Maputo, la capital, y Paula —nombre falso para proteger su identidad— es de Cabo Delgado, provincia del norte de Mozambique afectada por la guerra. Daniel habla en portugués y Paula en kimwani. Daniel quiere conectar con Paula y aliviar su sufrimiento. Paula se resiste.

—¿Nos quiere contar qué pasó? 

—Mi hija tenía hipertensión y falleció después de que sus dos hijas, mis nietas, fueran secuestradas por los shebab

Así se conoce informalmente a la amalgama de grupos insurgentes que han puesto en jaque al Estado en Cabo Delgado. Los shebab: los jóvenes, los muchachos. Al Shabab —el nombre oficial, nada que ver con el grupo homónimo de Somalia— arrasó aldeas y conquistó ciudades enteras. Hasta que una contraofensiva militar con participación extranjera los devolvió a la clandestinidad. 

—Lo sentimos mucho, tanto lo de su hija como lo de sus nietas.

—Gracias.

—¿Cómo se ha sentido desde entonces?

No hay respuesta. Están sentados uno frente a la otra. Ella lleva una camiseta amarilla, un pañuelo multicolor y una capulana —prenda rectangular que sirve para vestir de mil formas y que ella lleva atada a la cintura— a modo de falda, que se manosea de vez en cuando. 

Sus ojos dicen: no podrás arrancarme una sonrisa. 

Él es un pulcro rayo juvenil, con sus bambas y sus tejanos, tierno pero seguro de sí mismo, empeñado en sincronizar sus palabras con gestos que las hagan decir más cosas.

Sus ojos dicen: sé cómo hacerte sentir mejor. 

—Cuando huímos, nos topamos con los terroristas. Se llevaron a varias adolescentes, entre ellas a mi nieta mayor y a la pequeña, que es una niña. Me quedé sola con esta capulana

Se pone de pie Paula y estira unos segundos de la capulana para reforzar la idea. Se la vuelve a ajustar. En la pizarra del consultorio hay escrito este mensaje: “Huir del problema no es resolverlo”. Un calor húmedo consume la diminuta sala. Daniel es el único que prácticamente no suda. 

—Por la forma en que lo cuenta, entendemos que fue algo muy fuerte. ¿Tiene usted un sentimiento de responsabilidad o de culpa? ¿Siente que pudo hacer algo más para que los terroristas no se llevaran a sus nietas? —dice Daniel con melodía, con lenta y perfecta vocalización: hasta la palabra “terroristas” suena dulce cuando sale de sus labios.

Respuesta larga de Paula. Se quita el pañuelo de la cabeza —sopla acalorada cuando lo hace—, lo pone en la mesa, parece que se olvida de él. Sentada al lado de Daniel, la traductora dice que Paula no ha contestado directamente a la pregunta, que ha explicado que ella es campesina, que ahora no tiene fuerzas para ir a sembrar. 

—Es normal, n-o-r-m-a-l que se sienta así —dice Daniel—. Muchas personas que pasan por situaciones similares se ponen tristes, están angustiadas, e incluso piensan que su vida acabó, que no tiene sentido. Sentirse así es normal. 

—Sí —dice Paula y apoya la cabeza en un puño; parece que Daniel la va venciendo, pero ella no quiere, necesita defenderse. 

—¿Qué planta usted? ¿Arroz?

—Arroz y mandioca. Tengo dos machambas [huertos].

—Cuando usted va a la machamba, espera sembrar para luego poder vender, ¿no?

Sonrisa cautivadora de Daniel. Te está liando, Paula. 

—Hacía mis matemáticas. Una parte era para la familia y otra para venderla.

—Imagine ahora que llueve mucho y la lluvia acaba con la cosecha. ¿Qué hacemos? ¿Nos deshacemos de la machamba? —Daniel adopta un teatral gesto pensativo, con los dedos en la barbilla. 

—¡No, no!

—¿Y qué hacemos?

Se ríe Paula, como diciendo: no creas que no me doy cuenta de que me estás embaucando.

—Esperar a la próxima cosecha.

—Exacto, empezar de nuevo. Sembrar de nuevo. 

—Pero mi hija no volverá. 

—No, su hija no va a resucitar. Usted no puede hacer nada sobre eso, está fuera de su control. Pero usted está VIVA y lo que necesitamos es que recupere las ganas de vivir. 

—Pero antes tenía fuerza —Paula sigue la analogía de la siembra— y ahora no.

—No puede conseguir recuperar todo lo que perdió, pero puede recuperar las ganas de vivir y seguir adelante a pesar de todo. Volver a cultivar, no arroz, sino vida, para tener otras motivaciones para vivir. Nos hemos centrado en las cosas que perdió, pero ¿qué cosas podía haber perdido pero no perdió?

Soy el único periodista en la sala, pero no hago preguntas. Estoy asistiendo a una sesión de salud mental y he pedido que se olviden de que estoy ahí. Pienso en las diferencias entre el trabajo de psicólogo y el de reportero. Daniel construye un camino, ataca los sentimientos, se atreve a modificarlos incluso con una suave agresividad que debe repercutir en el bienestar de la paciente. Yo escucho con respeto y a veces de forma pasiva, dejo que la persona marque el camino, intento extraer todo lo que pueda y que eso repercuta en el conocimiento de los lectores. 

—¿Como qué? —pregunta ella, y se vuelve a poner el pañuelo que había dejado en la mesa.

—No perdió su vida. Tampoco la de sus otros hijos. Hay gente que pasó por esta consulta y perdió a todos sus hijos y todos sus bienes.

Paula no parece del todo convencida. En esa duda está la pequeña victoria de Daniel. 

***

Uma terra completamente periférica passou a sentir que era o centro e que vivia bem sem a presença de outros”

— Mia Couto
Provincia de Cabo Delgado desde el aire. Los insurgentes aprovechan el bosque y sobre todo las rías para esconderse. Nuria López Torres

A las guerras que no se oyen se les ha colgado la etiqueta de “guerras olvidadas”. Es un cliché equívoco, porque siempre hay intereses políticos y económicos que las silencian. En el caso de Cabo Delgado, provincia del norte de Mozambique que desde 2017 sufre un conflicto entre fuerzas de seguridad nacionales —y más tarde regionales— y la amalgama de grupos insurgentes bajo el marbete de Al Shabab, muchos actores están atentos a lo que ocurre. Por aquí andan o anduvieron soldados de Ruanda, Sudáfrica y Botsuana, el propio Ejército de Mozambique, Naciones Unidas, organizaciones de ayuda humanitaria, empresas extractoras de recursos naturales como la francesa TotalEnergies, y en su momento el Grupo Wagner. Incluso se ha discutido sobre los lazos entre Al Shabab y Estado Islámico. Son más bien los medios regionales e internacionales los que no se han acordado de esta guerra. 

Muchos no se han olvidado de esta guerra, pero se desarrolla en el olvido de la forma más literal: a Cabo Delgado se la conoce históricamente en Mozambique como Cabo Esquecido. Cabo Olvidado, en portugués.  

Con una superficie de 78.000 metros cuadrados y 1,6 millones de habitantes —algo menos de tamaño y población que la comunidad autónoma española de Castilla-La Mancha—, Cabo Delgado tiene una identidad antigua que incluso desde Maputo, la capital, cuesta descifrar. Su cultura entronca con el mundo suajili, al norte, y siempre ha mirado al mar para recibir la brisa del golfo Pérsico y del sur y el sureste asiáticos. La exclusión política se fue forjando ya durante el periodo colonial portugués: Cabo Delgado era un lugar al que no llegaban el desarrollo o las infraestructuras, pero que era codiciado por la exuberancia de sus recursos naturales. 

Cabo Delgado siguió en la periferia después de la tardía independencia de Mozambique, en 1975, aunque fue un tablero importante en la guerra civil mozambiqueña (1977-1992). Los analistas han hecho un recorrido por su historia reciente para exponer los motivos del conflicto actual. El agravio. La desigualdad. El reparto injusto de los beneficios que generan los recursos naturales. La proliferación de organizaciones criminales al calor de esa extracción de riqueza. La fuerza del yihadismo en el contexto regional. La clave religiosa: los mwani, que habitan sobre todo la costa y son musulmanes; los makonde, que pueblan zonas más interiores y son cristianos. (El presidente mozambiqueño, Filipe Nyussi, es de hecho un makonde de Cabo Delgado). ¿Es suficiente todo eso para contar lo que está pasando? Al escritor mozambiqueño Mia Couto, que como buen biólogo ha visitado en varias ocasiones la provincia, le cuesta dar validez a estas teorías. Cuenta que para uno de sus libros quería escarbar en la memoria de la esclavitud en Cabo Delgado, pero nadie quería hablar, nadie parecía saber a qué se refería. Hasta que un anciano le dijo: “Hay piedras que no se levantan. Bajo ellas moran fantasmas que nunca fueron enterrados”. La violencia actual en Cabo Delgado, infirió Couto, tiene dimensiones históricas, sociales y religiosas que escapan a una respuesta fácil. En esta guerra los fantasmas están bajo las piedras. 

***

Tiene las uñas de una mano pintadas de forma inmaculada. En la otra el esmalte está resquebrajado. Norata Atanasio Kumwela, de 52 años, está apoyada en el muro exterior de su nueva casa, bajo una sombra que se va estrechando a medida que el sol se levanta. Dejó su casa de siempre atrás y ahora se refugia en esta choza fabricada con cañas de bambú en el campo de Nandimba, distrito de Mueda: un altiplano a un centenar de kilómetros del mar. Está inanimada. Sin fuerza. Delgadísima, labios resecos. Dice que no se sienta en un banco porque le duelen las piernas y así, en el suelo, está mejor. Sus pies no quieren caminar. 

—¿Cómo estás?

—Normal —responde con gesto severo. 

Norata Atanasio Kumwela, de 52 años, escapó de la guerra y ahora no puede dormir. Las pesadillas y la ansiedad le persiguen. Esta es su choza en un campo del distrito de Mueda (provincia de Cabo Delgado). Nuria López Torres

Norata es una de las 782.000 personas desplazadas por la violencia en el norte de Mozambique. Llegaron a ser más de un millón, pero centenares de miles están volviendo paulatinamente a casa, o a lo que queda de su casa. Norata no tiene de momento energía para eso. Cuenta que huyó de la guerra junto a sus cuatro hijos y una nieta. Nada más llegar a Mueda, la capital de distrito —a unos pocos kilómetros de aquí—, la ingresaron en el hospital. 

—Tenía dolor de cabeza, me dolía la nuca, el cuerpo —dice mientras se toca el pescuezo y la espalda—. Me pusieron suero. Desde entonces, cuando hace mucho sol no estoy bien, me siento mal. Tuve malaria. 

A nuestro lado, una mujer baña a su hija con energía y un generoso cubo de jabón. Se esmera en que la niña quede impoluta. Norata cuenta que se refugiaron, como tantas familias, en las rías de Cabo Delgado, en esa zona pantanosa cercana a la costa que Al Shabab usa de escondite. Comieron frutos silvestres, enfermaron, tuvieron diarreas. 

—Muchos niños murieron de hambre. En las rías no se podían ni enterrar, porque solo había piedra y agua. Un helicóptero extranjero disparó hacia donde estábamos. Pensaban que éramos insurgentes. 

Hubo ataques en la zona en la que se refugiaron. Y en otros puntos a los que huyeron antes de llegar a Mueda. En uno de esos ataques, mataron a su marido. No da detalles de cómo fue. Tampoco se lo pregunto. Llora y se seca las lágrimas con el borde de la falda. 

En el hospital no solo se ocuparon de su cuerpo, sino también de su mente. Un equipo de Médicos Sin Fronteras que da apoyo al hospital se percató enseguida de que necesitaba ayuda psicológica. Y empezaron las sesiones de terapia, que ahora continúan en este campo. 

—Gracias a las sesiones dejé de pensar en muchas cosas. Me hizo sentir mejor. Me hizo olvidar. Ahora consigo dormir, porque en la consulta me dieron medicamentos.

Pero lo que más recuerda de las sesiones y de la psicóloga que la atiende no son las palabras, sino un objeto. Una pulsera con bolitas que hace rodar de un lado a otro de la muñeca. La psicóloga le ha aconsejado que juegue con ella cuando se sienta mal. Parece una tontería, pero la familia ya ha comprobado su eficacia. 

—Cuando mis hijos ven que estoy mal, me dicen que toque la pulsera. 

Pulsera mágica, pulsera voladora, pulsera de los sueños. O de la anulación de los sueños. 

Una psicóloga de Médicos Sin Fronteras le regaló a Norata esta pulsera para defenderse de la ansiedad. Nuria López Torres

En este campo hay unas 7.000 personas. A ojos extraños el campo se puede parecer a uno en Sudán del Sur o la República Democrática del Congo. Pero no es así. Las tiendas están dispuestas con mucho espacio. La mayoría de las chozas tienen a su lado uno o varios huertos —machambas—. Los habitantes se quejan de la falta de agua —un problema crónico en el altiplano de Mueda—, piden más distribución de alimentos y artículos de higiene. Pese a su desarraigo y dolor, no lo hacen en forma de exigencia, sino casi de deseo. Y entre los deseos hay uno que se repite y que habla de su voluntad de ser autosuficientes: azadas para sembrar el campo. No están acostumbrados a la guerra. Nadie lo está, pero ellos no la habían sufrido antes: el impacto psicológico que producen la violencia y el desplazamiento necesita mitigarse. 

Su voz tan suave, sus chanclas, su polo caqui de doscientas vidas, sus pantalones marrones conquistados por la suciedad. Fernando Rafael Shuk, de 55 años, vive en una gran nave rematada con chapa en una zona del campo en la que se aglomeran los recién llegados, los últimos de la fila, los que aún no pueden arar la tierra. En la nave tiene reservada una habitación de paredes de chapa en la que vive con otro hombre. 

—Este papá me acogió —dice agradecido a un hombre enclenque sentado a su lado. 

Es casi mediodía pero aquí todo es oscuridad. Fernando y su compañero están sentados en un banco de lino trenzado, en su compartimento-habitación, conquistado por arena fina. 

—El problema principal que tenemos es la comida. Al parecer mi nombre no consta en la distribución de alimentos. Me dijeron que tenía que registrarme de nuevo; lo hice, pero sigo sin recibirlos. 

Se expresa con timidez y sin gestos hasta que empieza a contar cómo llegó aquí. Entonces se revela como un gran narrador. Hace pausas dramáticas, se toca los bolsillos, extiende los brazos, señala la puerta del contenedor, hacia la luz. Una y otra vez hace el gesto de cortar el cuello. 

Me salvé. Pese a todo, salí con vida.

Fernando vive con escasa ropa y artículos de higiene personal en el campamento de Nandimba, distrito de Mueda. Nuria López Torres
Fernando huyó de la guerra y fue atacado en varias ocasiones por los insurgentes. Cuando cuenta su historia, la acompaña de teatralidad para romper las barreras del idioma. Nuria López Torres

—Cuando atacaron nuestra aldea, huí con mi mujer y mi hijo. En la bolsa llevaba mi identificación. Llegamos a otra aldea y fuimos acogidos. Construí una casa… hasta que los malhechores atacaron de nuevo. Los vimos llegar y nos fuimos. Volvimos al cabo de un tiempo y vimos que la casa estaba quemada y que había siete cadáveres decapitados. 

Les pasó lo mismo en otras tres ocasiones: llegada a un nuevo pueblo, nuevo ataque, nueva huida. Se refugiaron en el bosque y allí también fueron atacados. Fernando se levanta de la silla, coge un tronco apoyado en la esquina de la habitación, ensaya golpes, se baja el calzón para mostrar cicatrices en la rabadilla y en las nalgas, se tumba en el suelo de arena de esta habitación-contenedor, le toca la manita a su compañero de cuarto. 

—Fuimos atacados en el bosque. “¡Quieto! ¡No te muevas!”, me dijeron. Pero me fui corriendo y me persiguieron, hasta que me metí en una cueva. El tipo iba con un arma, miró adentro sin meterse y disparó contra mí. Me quedé en la cueva quieto, hasta que al cabo de un tiempo abrí los ojos, me habían disparado pero estaba vivo. Vino mi hijo, que se había quedado atrás, y me pidió que no gritara. 

Los mismos hombres golpearon a su mujer, pero la dejaron con vida. Y huyó. 

Padre e hijo —de cinco años— durmieron en la cueva. Fernando casi no se sostenía en pie a causa de las heridas. Vomitaba. Fueron de aldea en aldea hasta llegar a Mueda. Allí recibió atención médica en el hospital. Y también psicológica.

—Me ha ido bien la ayuda. Ahora no pienso en lo que pasó. Sueño mucho con las gacelas, con mi pueblo, con el sustento, con lo que comíamos…

—¿Y dónde está su hijo? ¿Dónde está su mujer?

—Vino su tío para llevarse al niño y que viera a su madre, que había llegado a otra aldea huyendo. Pero la madre murió a los seis días de llegar el niño a causa de las heridas de aquel ataque. Lo sé porque su tío se lo contó a un conocido del campo que tiene teléfono. No sé nada más. Mi mujer murió hace dos meses y mi hijo está con su tío, con la familia de mi mujer, pero no sé nada más. 

Se acabaron los gestos. 

—Desde entonces no he vuelto a ver a mi hijo. Mi amigo del campo ya se ha ido, y él era el que tenía contacto con el hermano de mi mujer. No puedo hablar con él. Como no tengo teléfono, estoy limitado, no sé cómo comunicarme.

La guerra dejó secuelas físicas y psicológicas en Fernando. Su mujer murió. Y no sabe dónde está su hijo. Nuria López Torres

***

Las personas que dan terapia a Fernando y Norata hoy la reciben. O más bien se la dan entre ellas. Es el equipo mozambiqueño de salud mental de Médicos Sin Fronteras en Mueda, formado por psicólogas, consejeros y promotores de salud. 

—Nuestro trabajo es muy difícil, porque a veces sentimos lo mismo que siente el paciente. Incluso lloramos con ellos. Hay casos de tortura, hay gente que ha visto a sus seres queridos morir, y entonces tienen síntomas de ansiedad como dolor de cabeza —dice Carlitos sentado en unos sofás junto a sus compañeros y compañeras. 

—Hemos vivido y escuchado situaciones duras. Para mí es complicado hablar con las pacientes que han sido violadas. Llegaba a casa preocupada e incluso me ponía protectora con mi hija, le decía que no llevaba la ropa adecuada —dice con arrepentimiento Margaret, psicóloga con la cual hicieron terapia muchas de las personas con las que hablé en los campos.

—Los pacientes tienen historias similares, pero en realidad son diferentes. Es difícil porque hay ayuda que no podemos dar. Son historias tristes cada día —dice María, la única que lleva mascarilla. 

—Todo va mejorando con el desarrollo de las sesiones. Se van construyendo lazos de confianza —dice Carlitos, con su camisa negra y su perilla, que exhibe una sonrisa optimista incluso cuando habla de dolor—. Una chica de quince años me dijo: “Cuando duermo se me aparecen imágenes de cadáveres”. No podía dormir. Poco a poco fue mejorando, pero fue difícil. 

—Tienen falta de apetito, dolor de cabeza, palpitaciones… Esos son los síntomas —resume Shelton. 

—Hacemos sesiones en las clínicas móviles y también vamos a casa de los pacientes —dice María.

—Yo los acompaño a casa después de cada sesión —conviene Beatriz, con su camiseta de rayas y una margarita en el pecho.  

—En los campos es fácil localizarlos —constata Carlitos. 

Ahora hablan de la planificación semanal: quién irá al campo de Nandimba, donde les esperan Norata y Fernando y muchos más; quién irá al campo de Lyanda, cómo se repartirán, hasta qué hora…

—Normalmente los problemas de salud mental llevan aparejados un estigma en la comunidad. “Yo no estoy loco”, dicen algunos para defenderse. Con los esfuerzos que hacemos, conseguimos concienciar a la gente —dice Vania. 

—Hablamos con personas que han sido torturadas, que tienen que repetir su historia… —dice Beatriz, que sostiene una mochila roja en el regazo—. La mente a veces no reacciona inmediatamente, sino más tarde.

***

Beatriz. 

Le ha tocado a Beatriz sumarse esta mañana al equipo de decenas de personas que acude en cinco vehículos  al campo de Lyanda, a unas decenas de kilómetros de Mueda, para montar allí una clínica móvil. Y curar mentes.

Beatriz con su camiseta rosa. Beatriz con sus zapatillas negras con lazos rosas y su mochila roja, lista para la acción, colocando cintas de plástico alrededor de las tiendas para ordenar el flujo de pacientes. Beatriz visitando el campo, tienda a tienda, para hablar con la gente e identificar a potenciales pacientes de salud mental. Beatriz conversando con todas las personas que puede para contar qué hace su organización y qué servicios ofrece. 

También lo hace con los pacientes que forman dos colas perfectamente ordenadas para pasar consulta médica. Mujeres que envuelven a sus hijos en la capulana. Una mamá dándole el pecho a su bebé con gorrito blanco. Todo el mundo está sentado en el suelo bajo la espesa sombra de un árbol de mango. Megáfono en mano, Beatriz da la explicación de las ilustraciones en un gran cuaderno cuyas páginas macilentas va pasando una compañera a su lado. 

Un hombre que no puede dormir. (Algunos pacientes asienten). 

Una mujer que oye ruidos porque tiene estrés postraumático. (Sí, eso me pasa, parecen decir algunos con su gesto). 

Un hombre pensativo. (Algunos ríen, pero siguen atentos, porque se lo están tomando en serio).

Un hombre a punto de ponerse la soga al cuello, con un taburete y una botella vacía a sus pies. (Silencio).

En la última página: una consulta psicológica. 

Mientras Beatriz sigue con su explicación, la psicóloga Margaret, apenas unos metros más allá, prepara la tienda de campaña que usa como consultorio. Allí atiende durante toda la mañana a pacientes. No es la primera vez para muchas de ellas, como Aisha, que acude a la consulta de Margaret cuando la clínica móvil se instala en el campo de Lyanda. 

—Es una paciente a la que estoy dando seguimiento —dice Margaret. 

La escasez de agua azota el altiplano de Mueda, provincia de Cabo Delgado. El problema se agrava en campamentos de desplazados como este, situado en la localidad de Lyanda. Nuria López Torres
Margaret es una psicóloga mozambiqueña de Médicos Sin Fronteras que atiende a personas afectadas por la guerra. Esta es la clínica móvil donde hace consultas en el campo de Lyanda (distrito de Mueda). Nuria López Torres

Aisha llegó al campo en enero de 2022 junto a su marido y uno de sus hijos desde Mocímboa da Praia, en la costa, a unos cien kilómetros de aquí. Lo hicieron, como tantos otros, a pie, atravesando la maleza y siguiendo caminos secundarios. Los insurgentes mataron a uno de sus hijos, de 21 años, por el camino. 

—Tengo insomnio y pesadillas —dice Aisha, que lleva un pañuelo rosa chicle, un chal, muchas pulseras de bolitas azules, verdes y blancas.  

Pulseras. Como Norata, la mujer apoyada en los muros de caña de bambú de su casa, la mujer que no podía ni levantarse. 

—Le doy herramientas para combatir el estrés —dice Margaret dirigiéndose a mí—. Desde que tiene las pulseras se siente mejor. 

Margaret es la psicóloga que receta pulseras para quienes huyen de esta guerra en el olvido. 

***

—La pesca va bien. 

Sentado en la arena de la playa, Alí Muedine, pescador de 35 años, con su bañador verde bien cortito y sus piernas bien largas, dice que lo tiene claro: desde que volvió a Mocímboa da Praia, hay más gambas y langostas. El mar está poblado de lanchas que pescan de forma desenfrenada. Al principio me desconcierta que la vida le vaya mejor ahora: cuando Al Shabab conquistó Mocímboa, en 2020, Alí huyó hasta Mueda, hasta el altiplano con miles de personas desplazadas, y al cabo de dos años, cuando las fuerzas de seguridad mozambiqueñas y regionales retomaron Mocímboa, volvió. Su caso no es único. La ciudad, de algo más de 100.000 habitantes, prácticamente se vació. Aquí todos fueron desplazados, y ahora son eso que llaman “retornados”. La vuelta siempre es dura, y por eso esperaba quejas de Alí. Pero la pesca suntuosa es la mejor metáfora del vacío creado por la guerra. Casi todos los pescadores se fueron, así que la pesca se detuvo. Ahora el mar se ha regenerado, en una especie de efecto pandemia. 

—Cuando volví, no tenía barco para pescar y mi casa estaba destruida. La situación era pésima. Pero pronto mejoró. ¡Ahora la pesca es mucho mejor que antes! Mi familia está bien. Ahora la puedo alimentar bien. Estoy en casa, sé cómo ganarme la vida. Cuando estaba desplazado, no sabía cómo hacerlo. 

Milamba es un barrio de pesca en la ciudad costera de Mocímboa da Praia, que fue conquistada por los insurgentes y luego recuperada por las autoridades mozambiqueñas. Nuria López Torres

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“Quando queria saber do mundo, aquela gente olha para o oceano. É ali que mora o grande caminho, é por esse grande mar que se encontra o grande cordão que os mantém ligados a uma identidade antiga e coletiva”

— Mia Couto

Cabo Delgado sufre desde 2017 un conflicto que arrancó con la insurrección de Al Shabab. Las zonas costeras de la provincia son las más afectadas. En 2019 Al Shabab proclamó su lealtad a Estado Islámico, aunque la implicación real sobre el terreno del movimiento internacional yihadista está en entredicho. Lo que está fuera de toda duda es que a partir de entonces Al Shabab atacó con más fuerza: Mocímboa da Praia cayó en junio de 2020, y Palma, más al norte —donde TotalEnergies tiene un proyecto de exploración de gas—, en marzo de 2021. La respuesta no se hizo esperar. Aunque Mozambique al principio se resistió a recibir apoyo externo, unas 3.000 tropas de Ruanda y de países de África austral (Sudáfrica, Zimbabue, etc.) se desplegaron en el norte del país para ayudar al Ejército de Mozambique a recuperar ciudades como Palma y Mocímboa y a aplastar a la insurgencia. Lo fueron consiguiendo poco a poco. 

Al Shabab sigue lanzando ataques pero no domina las grandes ciudades y dormita sobre todo en las zonas de marismas. Los shebab (“los jóvenes”) quizá es irónicamente la forma más adecuada de referirse a ellos, porque no tienen un mando único y a menudo actúan de forma independiente y desordenada. En todo caso, su estrategia está cambiando. Los testimonios de la guerra hablan una y otra vez de decapitaciones y otras horribles violaciones de los derechos humanos desde el principio de la guerra (las fuerzas militares también son criticadas). Pero en esta nueva fase del conflicto, Al Shabab no solo usa las armas, sino también la persuasión, aunque de momento las tropas mozambiqueñas y regionales mantienen el control sobre los puntos más importantes. Aunque Mozambique es un país de mayoría cristiana, en la provincia de Cabo Delgado más de la mitad de la población es musulmana y se concentra sobre todo en la zona litoral. 

En Cabo Delgado hay minas de rubíes y grafito. Hay oro. Y hay gas. El descubrimiento de una enorme cantidad de gas natural en 2010 hizo que muchas empresas se relamieran. Para explotar esta reserva en 2019 se formó el consorcio Mozambique LNG, cuyo accionista mayoritario es TotalEnergies (26,5%). Hay tres petroleras indias (NGOC Videsh LTd, Bharat Petroleum, Oil India LTD) que controlan el 30%. La japonesa Mitsui, el 20%. La guerra obligó a TotalEnergies a paralizar el proyecto. Los shebab llegaron a instalar su base en Palma en la de TotalEnergies. Fueron expulsados de la ciudad, pero la inseguridad reinante no ha permitido a la petrolera francesa reemprender el proyecto. 

Gasolinera de la petrolera francesa TotalEnergies en Pemba, la capital de la provincia de Cabo Delgado. Nuria López Torres

En Cabo Delgado hay fantasmas enterrados bajo las piedras, como decía el pescador con el que habló Mia Couto. Pregunté a muchas de las personas desplazadas por el expolio de recursos naturales. Nadie contestó. Evasivas. Es algo de dominio público, sí, pero no nos afecta, al menos directamente, al menos aparentemente. La fractura social en el norte de Mozambique y la irrupción de los shebab son difícilmente imaginables sin la explotación de esos recursos y las consecuencias económicas en la población: la injusta distribución de la riqueza. TotalEnergies tiene programas “humanitarios” para la población cerca de la zona donde actúa (o actuaba). La interrupción de sus actividades también le dará tiempo para, a su vuelta, repensar la estrategia a seguir.

La inversión inicial en el proyecto gasístico fue de 20.000 millones de dólares.

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La educación y la sanidad sufren con la guerra. 

La educación.

Escuela de la aldea de Mumu, en el distrito de Mocímboa da Praia. Fue ocupada y destruida por los insurgentes. Pese a todo, aún se siguen dando clases aquí. Nuria López Torres

La aldea de Mumu está a media hora en coche de Mocímboa da Praia. Por el camino se ve un paisaje discontinuo de esqueletos de edificios, casas tiznadas, otras destruidas, muchas intactas. Lo mismo se ve en Mumu: chozas incólumes junto a techos de chapa con agujeros, resquebrajados, quemados. La escuela de este pequeño pueblo, hecha de adobe y cañas, ha sido vandalizada. Es imposible estudiar aquí. Por el techo de chapa doblado entran haces de luz. Hay tres salas. En la delantera, un caballete desnudo para pizarras sugiere que un día lejano aquí se dio clase. En la trasera, otro caballete y un banco de madera sugieren que un día lejano aquí hubo alumnos. Toda la escuela está conquistada por arena fina, palos y suciedad. Una decena de niños juegan bajo un árbol al lado del edificio.

¿Es imposible estudiar aquí?

—Mezclamos las clases. En una sala un profesor da primero y tercero de primaria, en otra sala hay otro profesor que da segundo y cuarto. Yo vengo por las tardes para dar quinto y sexto. 

—¿Y dónde se sientan los alumnos?

—En el suelo. 

Amélia Agostinho Mateus, de 32 años, es la directora del centro. Hoy no hay clase, pero dice que en total hay 158 alumnos que vienen a la escuela. Es relativamente nueva aquí, pero trabaja como profesora desde 2009. Estuvo también en Mocímboa, en Mitope, en Awasi, en Chiure: localidades de la zona. Cambios de centro, en muchos casos, propiciados por la guerra. También por el Gobierno de Mozambique, que al ir recuperando terreno pedía a los funcionarios que volvieran o fueran a zonas recién liberadas. Como le pasó a ella. 

—Cuando llegué aquí, a Mumu, encontré la escuela tal y como está ahora —dice Amélia mientras cruje los nudillos—. Para ser justos, las lluvias han destrozado esta pared. Lo demás está igual. 

No sé a qué pared se refiere. Todo está en ruinas. 

—Es muy triste ver tantas escuelas atacadas o quemadas. Muchos niños además perdieron sus documentos. Antes había un registro en los ordenadores y los niños podían ir de una escuela a otra sin problemas. Ahora no saben ni en qué año están ni qué tienen que estudiar. 

Las escuelas han sido un objetivo recurrente en esta guerra. La destrucción física es evidente, pero el daño psicológico en profesorado y alumnado es igual de terrible. 

—Los niños van con miedo a la escuela. Los profesores intentamos motivarlos para que no abandonen la escuela. Tienen miedo, como si la guerra aún estuviera presente… Muchos niños de Mumu vieron cómo degollaron a un comerciante. Ese asesinato marcó a muchos niños. La guerra es difícil de olvidar. En la escuela hacemos muchas actividades al aire libre para que se olviden de eso. 

Amélia Agostinho Mateus es la directora de la escuela de Mumo, una localidad en el distrito de Mocímboa da Praia. No quedan ni sillas ni pupitres después de que fuera atacada. Nuria López Torres

Los niños que juegan al lado de la escuela están ahora con Basilio, del equipo de salud mental de Médicos Sin Fronteras. Basilio lee el cuento del monstruo de los colores. Cuando acaba, da unos folios a los niños para identificar su estado emocional a través de colores: el rojo es la rabia, el azul la tristeza, el amarillo la alegría. La mayoría elige el amarillo. Un niño pinta con el color azul, porque ya ha usado el amarillo. Al final, pintan con todos los colores. 

***

La educación y la salud sufren con la guerra. 

La salud.

Los ‘shebab’ conquistaron la localidad de Mocímboa da Praia, en la costa nororiental mozambiqueña, e instalaron sus bases en lugares que acabaron destruyendo, como este hospital. Nuria López Torres

Diaca está a medio camino entre Mueda y Mocímboa da Praia. A medio camino entre el lugar al que miles huyeron y el lugar al que miles volvieron. El centro de salud —no llega a hospital— de Diaca fue destruido por los insurgentes. Lo presenció Victor Jaime, de 31 años, técnico de medicina general, un paso intermedio entre médico y enfermero. Lleva camiseta verde, pantalones cortos, chanclas y unos auriculares colgando del cuello. 

—Ya estábamos alerta porque sabíamos que atacarían —dice Victor señalando la carretera que parte en dos el pueblo—. Cuando oímos disparos, huímos. Pero no por la carretera, sino por esas aldeas. 

Ahora señala en la dirección contraria. Estamos sentados en la veranda de su casa, pegada al centro de salud, que fue rehabilitada con la ayuda de Médicos Sin Fronteras. Antes vivía aquí con su mujer y tres hijos, pero luego, al volver a petición del Gobierno, prefirió hacerlo solo para proteger a su familia. 

—Perdí todo lo que había conseguido en mi vida con esfuerzo. Estuve seis meses sin trabajar. Los primeros cuatro días no podía dormir, porque revivía el ataque —dice mientras las gallinas corretean por el patio—. Esto es empezar de nuevo. Empezar todo de nuevo. 

—¿Querías volver o te obligaron?

—En un primer momento fue difícil, pero nosotros los sanitarios estamos comprometidos a servir a la población y a desempeñar nuestro papel —dice con una sonrisa—.  Ningún hospital o centro de salud escapó a la violencia. Todos fueron saqueados y destruidos. Es difícil de entender. 

***

El hospital general de Mocímboa da Praia era el único de todo el distrito, el que daba servicio a lugares como Diaca o Mumu, donde viven la profesora Amélia y el médico-enfermero Victor. 

El hospital fue saqueado y destruido cuando los insurgentes conquistaron la ciudad y lo convirtieron en una de sus bases. Ahora parece irreformable. Escombros en la escalinata de entrada. Cartelitos con letra elegante que ya son historia: “Triagem Pediatria, Recepção e Arquivo”. Techo de chapa destrozado, que crea una estética de la destrucción: ceniza mezclada con luz. Estanterías carbonizadas, un tronco quemado sobre un lavadero, paredes despellejadas, algunas blancas, otras tiznadas, la mayoría carbonizadas. Vidrios, vegetación que empieza a apoderarse del edificio. Un extintor en el suelo, una pared que quiere derrumbarse. En la sala de administración, un libro sobre VIH, documentos con los bordes quemados, archivadores rojos y verdes, dosieres sobre consultas prenatales. Tornillos. Una botella de refresco. Telarañas. 

El quirófano está en un edificio cercano: una mesa grande atravesada, las luces y los cables colgando, los paneles del techo desconchados, un escritorio, una máquina de esterilización. Unas páginas del Corán despedazadas, algunas quemadas. Un mensaje en la pared que Al Shabab también escribió en otras partes de la ciudad: “Prohibido entrar, quien lo haga irá a la cárcel”.  

He quedado en este yacimiento arqueológico de la guerra con Daniel César, el joven psicólogo de Maputo que cautiva con su palabra tranquila y su sonrisa, el joven psicólogo que ayudó a Paula, la mujer que perdió a su hija y sus nietas y decía que solo le quedaba su capulana. Lo veo aparecer con sus bambas y su pantalón oscuro, su chaleco de Médicos Sin Fronteras; impoluto, como siempre. Bajo el brazo lleva un libro de poemas de José Craveirinha: Karingana ua Karingana. Me dice que también le gustan Pessoa, Victor Hugo, Paulina Chiziane, Mia Couto. Ahora está leyendo un autor español cuyo nombre no recuerda. “El médico inverosímil o algo así”. El doctor inverosímil, de Ramón Gómez de la Serna.

Daniel César, psicólogo de Médicos Sin Fronteras, en el hospital destruido de Mocímboa da Praia, situado en la provincia mozambiqueña de Cabo Delgado. Nuria López Torres

Nos sentamos en el banco exterior que rodea el hospital. Hay mosquitos y suciedad. No se oye nada. 

Dice Daniel que de pequeño quería ser piloto. Que empezó a estudiar ciencias pero que pronto se dio cuenta de que le interesaba más “comprender las cosas que hacerlas”. Después de secundaria hizo un curso de informática y empezó a trabajar en el sector. Pero su amor por los libros —Platón, Engels, Marx— pronto lo llevó a estudiar Psicología Clínica en la Universidad de São Tomás. Cuando acabó la carrera, pasó un tiempo de profesor asociado. Luego trabajó en una clínica que trataba a personas que sufrían depresión. Lo fichó la organización Douleurs sans Frontières, que trabajaba con pacientes diagnosticados con VIH. 

—Intentaba que se recuperaran. Ese trabajo me tocó mucho —dice mientras se señala el corazón—.  Supe que mi lugar era el trabajo humanitario. Médicos Sin Fronteras se convirtió en un gran objetivo para mí. 

Logró su objetivo, pero lejos de casa. Dejó la capital y se trasladó al norte de Mozambique, a la provincia de Cabo Delgado, que nunca había visitado, para incorporarse como psicólogo a los equipos de Médicos Sin Fronteras. Es su primera experiencia tratando a víctimas del conflicto. Pero ha pensado mucho en cómo gestionarlo. Parece que lo lleve haciendo toda la vida. 

—La mayor parte de las iniciativas están dedicadas a la ayuda médica, a curar las heridas físicas, pero hay heridas más profundas que nadie ve, que son traumas, y cuando no son curadas pueden producir problemas enormes. Por eso el apoyo psicológico hay que ponerlo en primera línea, como uno de los pilares de la atención humanitaria. Si no, los traumas pueden ser traspasados a los niños y a la comunidad. Pueden estar presentes a largo plazo. 

En la guerra solo importan las cosas inmediatas. Pocos se plantean lo que puede pasar al cabo de un tiempo. Pero Daniel trabaja con esa idea en la cabeza. 

—De aquí a veinte años, ¿cómo será Mocímboa? ¿Será un lugar donde la gente no quiera suicidarse, donde no haya problemas de agresividad? Eso depende del trabajo que hagamos ahora. La salud mental desempeña una función fundamental para ayudar a las personas a recuperarse, resignificarse y proyectarse hacia el futuro. 

A solo unos centenares de metros del hospital destruido está el nuevo lugar en el que recuperarse. Es una escuela de formación médica que ha sido reconvertida de forma provisional en un hospital, a la espera de construir otro que supla al destruido. Tiene más de 50 camas y todo tipo de servicios, entre ellos el de salud mental, en el que trabaja Daniel. 

—Tenemos muchos pacientes, cada vez más. La gente está volviendo a Mocímboa, pero lo hace con sus problemas. Perdieron a familiares. Fueron torturados. Los que sobrevivieron cargan con muchos traumas. Muchos de los casos que veo están ligados a la exposición a la violencia: asesinatos, decapitaciones o secuestros de seres queridos. Sufren traumas, ansiedad y depresión, lo cual puede llevar a tentativas de suicidio. Hay pacientes que vieron cómo degollaban a su marido. ¡Eso no es común! Estos casos demandan mayor capacidad técnica de intervención. 

—¿Y cómo abordas esos casos?

—Lo primero que hago es intentar tranquilizarlos y normalizar sus emociones. Es normal que experimentes esta angustia y este sufrimiento. Lo segundo es que vean la otra cara de la moneda. Que no solo vean que perdieron la casa o que perdieron algún familiar, sino que amplíen el campo de visión, que identifiquen puntos positivos por sí mismos. Intentamos conseguir el restablecimiento de la resiliencia.

—El desplazamiento a causa de la guerra también causa traumas por sí solo, al margen de la violencia. ¿Cómo gestionas eso? 

—Cuando vuelven están hipervigilantes. Tienen dificultades para confiar en la gente. O tienen perturbaciones psicosomáticas. Todo lo que sufrieron afectó a su salud mental. Están contentos de volver, pero su casa está destruida. Es una sensación ambivalente: se alegran de estar de vuelta, pero sufren la incertidumbre de la falta de trabajo y perspectivas. Hay una imposibilidad de hacer planes de futuro. 

***

—Estaba muy debilitada. Ha mejorado mucho. Hemos explorado sus habilidades sociales mediante juegos. Es una niña introvertida —dice el psicólogo Daniel cruzando los brazos, en señal de protección. 

Zara Rashidi, de ocho años, es una de las pacientes de Daniel. Va con una falda de cuadros negros y blancos, una camisetita azul oscuro y una bolsa colgada al cuello. Tiene diabetes y ha venido a este centro reconvertido en hospital para recibir su tratamiento, como cada día desde que llegó. Está sentada en una silla de plástico verde junto al médico; su abuelo está sentado en otra silla a unos metros, esperando, moviendo las piernas nerviosamente. 

Le inyectan la insulina. 

Zara, de 9 años, en casa de sus abuelos, sus tutores legales. Sufre diabetes y necesita atención médica constante. Poco a poco va mejorando. Nuria López Torres

La acompañamos a su casa, en un descampado pegado a las vallas del aeropuerto de Mocímboa da Praia. Ella lidera el grupo, sola y tranquila, caminando hacia su casa de forma decidida. Allí vive con sus abuelos. 

—Antes no comía, ahora sí. Vivíamos los tres con sus padres en Nankidunga [al sur de Mocímboa]. Nos separamos cuando empezó la guerra —dice su abuelo, Aldi Qiwana, de 68 años—. Un día mi nuera fue a la machamba y la secuestraron. No hemos vuelto a saber nada de ella desde entonces. 

El hijo del abuelo Aldi —el padre de Zara— se fue con otra mujer y uno de sus hijos a otro lugar. 

—Zara suele hablar de sus padres. Sabe lo que pasó.

Las gallinas picotean y corren una detrás de la otra en el patio de la choza. 

—Ahora vivimos de prestado en casa de mi sobrino, nuestra casa fue quemada. Médicos Sin Fronteras da tratamiento a Zara y nos ha ayudado con algo de comida —dice Aldi—. Nos hace felices verla alegre, como ahora.

A nuestro lado, ajena a la conversación, Zara rellena con colores las figuras dibujadas en unos folios extendidos sobre una esterilla.

Una ‘capulana’ —tela usada por las mozambiqueñas para envolver el cuerpo— en el hospital de Mocímboa da Praia, destruido por los insurgentes. Imagen intervenida por la fotógrafa. Nuria López Torres

Esta crónica se enmarca en El camino está en mi cabeza, un proyecto de Nuria López Torres y Agus Morales sobre salud mental, migraciones y refugio que ha recibido el apoyo de Médicos Sin Fronteras y del Ayuntamiento de Santa Coloma de Gramenet. 

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