Sobre las cenizas de Moria

El incendio que devoró el mayor campo de refugiados de Europa ha acelerado la aplicación de la restrictiva política migratoria de Grecia

Sobre las cenizas de Moria

Son las 5 de la mañana, noche cerrada en la isla griega de Lesbos. En medio de la oscuridad, un helicóptero sin luces sobrevuela el brazo de mar que separa Lesbos de Turquía. Es la patrulla de Frontex (la agencia europea de protección de fronteras), que controla la frontera marítima para evitar el cruce de pateras desde las costas turcas a la isla griega.

A pocos kilómetros, en la carretera que bordea la costa norte de Lesbos, hay policías apostados cerca de un pequeño campamento de refugiados que parece abandonado. Es la misma carretera en la que la presencia policial brillaba por su ausencia en 2015, el año en que se produjeron más llegadas de solicitantes de asilo desde Turquía. 

Más al sur, en una zona interior de la isla, otra patrulla restringe el paso a lo que queda del campo de refugiados Moria, el que fuera el mayor de Europa, arrasado por un incendio en la noche del 8 de septiembre. A pocos kilómetros de allí, en el litoral, la entrada al nuevo campo de emergencia al que han sido trasladadas más de 7.200 personas que malvivían en Moria está fuertemente custodiada por la policía y cerrada a los periodistas. Estamos a finales de octubre y en las afueras de la capital, Mitilini, otro pequeño campamento gestionado por una oenegé para los refugiados más vulnerables está a punto de ser desalojado por las autoridades.

Este es hoy el mapa de Lesbos: en su geografía se puede rastrear cómo se materializan los ejes de la actual política migratoria de Grecia y de la Unión Europea: vigilancia y control, fronteras blindadas y la caída en picado de las condiciones de vida de quienes llegan para solicitar asilo. La migración reducida a una cuestión de seguridad.

PIKPA

Libertad, educación, integración. En un desvío de la carretera que lleva al aeropuerto de Lesbos hay un espacio que encarna todo lo opuesto a la política migratoria del Gobierno griego: Pikpa, un campamento en medio de un pinar que empezó a operar en 2012 como un centro abierto de acogida. Inicialmente aquí daban techo y comida a aquellos migrantes que dormían al raso en las calles de Mitilini, sin más alternativa que la detención. Luego empezaron a alojar a personas que no tenían dónde esperar a que se resolvieran sus solicitudes de asilo. Siempre eran personas en situación de riesgo, pero a partir de 2015 se centraron en los más vulnerables de entre los vulnerables: discapacitados, personas con problemas de salud mental o con enfermedades crónicas, embarazadas, mujeres que recién habían dado a luz, víctimas de violencia, de violación, de tortura. Desde su nacimiento, este lugar ha dado apoyo a más de 30.000 personas. 

Hay cabañas de madera repartidas entre los árboles, algunas tiendas grandes de campaña, una casa con flores pintadas en su fachada, una plaza, algunas caravanas, un muro con el sol y el mar dibujados. Una peluquería, un parque infantil, una guardería, espacios donde se dan clases de informática, de griego, de inglés. Escrito en el suelo de la entrada están las palabras que definen la filosofía de este lugar: “Dignidad. Solidaridad”. En 2016 su fundadora, Efi Latsoudi, recibió el prestigioso Premio Nansen entregado por Acnur por crear “un lugar seguro de acogida”.

—La policía ha venido y quiere cerrar Pikpa. 

El mensaje me llega por WhatsApp el 29 de octubre. Es de Mina, una joven afgana solicitante de asilo a la que habíamos entrevistado la semana anterior para esta crónica. Entonces nos habían advertido de que las autoridades municipales querían cerrar Pikpa y llevar a las cerca de 70 personas que en esos momentos estaban refugiadas allí al precario campo de emergencia construido tras el incendio de Moria. Mina, de 21 años y madre de una pequeña de 3, no ocultaba su preocupación por el futuro que les esperaba en caso de que lo hicieran:

—Para nosotros sería horrible. Vivimos aquí desde hace diez meses. ¿Cómo puedo pensar en volver ahora a una tienda? No podemos empezar otra vez desde cero. 

La casa donde Mina, su marido y la pequeña han vivido en los últimos diez meses es una cabaña de madera con una sola estancia amplia, limpia y luminosa, con una cama de matrimonio y una cuna para la niña. En la pared hay muchas fotografías, peluches y una guitarra española del marido. El ambiente alrededor es de serenidad: árboles, un campo donde juegan los niños, espacios comunitarios. La joven afgana nos cuenta que huyó de su ciudad, Kunduz, cuando tenía apenas 15 años. Sus padres, ultraconservadores, no querían que contrajera matrimonio con el que hoy es su marido, así que ambos desafiaron a sus familias y se marcharon juntos a Irán.  

—No querían que viviera libre, no querían que aprendiera idiomas, que tuviera una educación. Me fui porque quería una vida libre, tomar mis decisiones, elegir. Vivir una vida normal con mi marido.

Tras un periplo de cuatro años en Irán, donde nació su pequeña, decidieron intentar el viaje a Europa y llegaron a Lesbos desde Turquía, como tantos otros miles, en una patera. Pasaron diez meses en el campo de Moria —“todo el mundo sabe que era el infierno”, dice—, y allí le ocurrió “algo muy malo”. No quiere dar más detalles, pero a raíz de aquel suceso la trasladaron con su marido y su hija a Kara Tepe, un campo gubernamental para personas vulnerables y, solo un día después, a Pikpa. 

—Aquí encontré dignidad y humanidad. Hay una comunidad, hablamos, festejamos… como humanos.

 cerrar a finales de año. Unos días después Mina me envía fotos de su nuevo destino: solo muestran dos camastros de hierro y un colchón sucio de gomaespuma amarilla recubierto con una manta gris. 

Más allá de un centro de acogida, Pikpa se había convertido en un símbolo de solidaridad e integración, la evidencia de que existe una vía replicable para dar una acogida digna y humana siempre y cuando haya voluntad política. Las autoridades argumentan que el centro ocupaba un terreno público y que ahora esta zona se utilizará para el beneficio de la comunidad local. Las numerosas críticas de oenegés y movimientos humanitarios no han servido para que el Gobierno griego dé marcha atrás.

EL NUEVO CAMPO

Solo la urgencia de la situación parece explicar que alguien decidiera levantar un campamento para refugiados pegado al mar, en una explanada golpeada por un viento feroz, totalmente expuesta al frío y las lluvias que azotan Lesbos en invierno. Después de que Moria quedara reducido a cenizas, el Ejército griego levantó en un tiempo récord —poco más de una semana— este nuevo campamento provisional para realojar a las miles de personas que se habían quedado sin techo, por precario que este fuera. 

El sucesor temporal de Moria es un antiguo campo de tiro militar. Está a los pies de la colina conocida como Kara Tepe (colina negra, en turco), muy cerca del otro pequeño campo para gente vulnerable que lleva ese mismo nombre y al que han sido trasladadas temporalmente Mina y el resto de las personas de Pikpa. Antes de colocar las hileras de grandes tiendas blancas, hubo que hacer una barrida para retirar posibles minas y granadas del antiguo campo de tiro. Las primeras lluvias torrenciales, a principios de octubre, dejaron al descubierto la precariedad del lugar elegido para dar abrigo a miles de hombres, mujeres y niños: tiendas totalmente encharcadas, pequeños y mayores cubiertos de barro, el viento soplando con dureza mientras las personas refugiadas trataban de afianzar los plásticos para que no salieran volando. Aparte de las tiendas, no hay prácticamente nada más. 

—No hay baños en condiciones. No hay agua corriente. No hay duchas. Hay problemas de electricidad, solo tenemos electricidad por la noche. La situación es una catástrofe. 

Una catástrofe, insiste Vondo Tsakala, un congoleño procedente de Kinshasa que lleva casi un año en la isla. Nos lo cuenta en el aparcamiento de un supermercado Lidl que está a cinco minutos a pie del nuevo campo. Es un miércoles de finales de octubre, y la mayoría de los clientes que hacen cola en las cajas son personas del nuevo campo, a las que se permite salir en horarios establecidos. En las inmediaciones hay grupos de distintas procedencias —de África, de Oriente Medio, de Asia— que prefieren dejar escurrir el tiempo en este aparcamiento en vez de entre la precariedad de las tiendas de campaña. Los coches pasan a toda velocidad por la carretera pegada al campo, y por los arcenes hay un desfile interminable de familias, grupos de mujeres, de chavales jóvenes, parejas, personas solas. Muchos son de Afganistán, aunque también hay quienes han huido de Siria o de lugares como la República Democrática del Congo, como el propio Tsakala, o Somalia. A finales de octubre a las personas que viven en el campo aún se les permitía salir de forma organizada. Unas semanas más tarde, a principios de noviembre, el Gobierno griego declaró el confinamiento en todo el país para frenar la pandemia de coronavirus. 

Esto ha supuesto aplicar un sistema muy controlado de salidas de los refugiados: solo se permite salir a un número reducido y por horas limitadas con vistas a cubrir sus necesidades básicas (comprar comida o medicamentos, ir al médico o acudir a servicios públicos). Según datos de Acnur, la primera semana de noviembre había 21 casos positivos de coronavirus detectados en el campo, todos ellos aislados en una zona de cuarentena. 

Todos aquellos refugiados con los que hablamos subrayan las deplorables condiciones en el interior del nuevo campo, algo que también han denunciado distintas oenegés. A la solicitud de visitar su interior, la administración del campo nos responde con un no rotundo.

—No se puede vivir así, al lado del mar. Es provisional, pero ya son dos meses. Y hay niños. ¿Cuánto tiempo va a durar? De cara al invierno… 

Vondo Tsakala deja la frase en el aire. A unos metros del congoleño, un grupo de mujeres espera el autobús de línea en el arcén. Al lado, dos taxistas griegos empiezan a discutir a gritos. Una afgana sentada en el bordillo les mira y menea la cabeza.

—Peleas dentro, peleas fuera…

Y hace un gesto con las manos a los lados de la cabeza para indicar que se la están poniendo como un bombo. Luego se levanta y sale corriendo para alcanzar el autobús. Ella no vive a los pies de Kara Tepe, sino en una casa compartida que ha encontrado en uno de los pueblos cercanos: quienes se lo pueden permitir han buscado otros techos que, por destartalados que estén, ofrecen mejores condiciones que el nuevo campo.

Las autoridades griegas han asegurado que este operará hasta verano o principios de otoño de 2021. Para entonces, prevén que esté en funcionamiento una nueva estructura “cerrada y controlada” en el centro de Lesbos, a decenas de kilómetros de cualquier gran población: en la práctica, un campo de aislamiento alejado de la sociedad civil, de la mirada de los periodistas, de la ayuda de las oenegés.

TENSIÓN Y XENOFOBIA

– Al principio era una crisis humanitaria. Ahora es una crisis política. 

La semana anterior al cierre de Pikpa, Efi Latsoudi, su impulsora, nos recibe en el campamento. Es consciente de la inminencia del desalojo, que a su juicio tiene el objetivo de concentrar a todas las personas distribuidas en distintos centros para refugiados de la isla en uno solo: el gran campo de emergencia levantado tras el incendio de Moria. 

– Es la implementación de la política europea. Tratan de tener a todas las personas concentradas en un gran campo que se llama de primera acogida, pero que está muy lejos de tener condiciones de acogida. 

Latsoudi critica las políticas que dieron lugar al hoy arrasado campo de refugiados de Moria y sus lamentables condiciones: hacinamiento (hasta 20.000 personas llegaron a estar en un lugar pensado para 3.000), inmundicia, insalubridad, inseguridad. Estas políticas, dice, han alimentado además la tensión en la sociedad local, la xenofobia y el racismo.

De hecho, continúa, una buena parte de la sociedad de Lesbos se opone a los planes de las autoridades, anunciados en febrero, de construir un nuevo centro de detención en la isla. 

– No porque estén en contra de la detención, sino porque no quieren ninguna interacción con refugiados. Esto se ha convertido en algo muy importante a nivel local, y muy, muy peligroso.

Para ella, el cierre de Pikpa responde a la “política cruel” del Ministerio de Migración que busca cerrar todos los campos de acogida alternativos para concentrar a todas las personas en un lugar sin condiciones dignas. Una política de “disuasión, devoluciones en caliente y detenciones” que los llevará a todos a un campo como el que sustituye, al menos temporalmente, al de Moria.

LAS OENEGÉS

A pocos minutos a pie de la colina de Kara Tepe se encuentra el almacén de la oenegé danesa Team Humanity, que trabaja en Lesbos desde 2015. En la entrada espera un nutrido grupo de personas, la mayoría mujeres con niños. Al atravesar la verja un voluntario apunta sus nombres, les toma la temperatura y se asegura de que todos lleven mascarilla. La sensación de espera del exterior contrasta con el ajetreo en el interior: sobre una fila de mesas hay bolsas con productos básicos de higiene, desde jabón a compresas o pañales. En otra mesa más pequeña hay juguetes y cuadernos escolares. El centro lo ocupan palés con montañas de ropa que se reparte entre los refugiados. Arezo Amri –afgana, 15 años, zapatillas Converse negras, pantalón, chaqueta y mascarilla del mismo color– es, como casi todos los voluntarios, residente en el nuevo campo. Va de un lado a otro sin parar, toma ropa y la mete en una bolsa, abre cajas mientras otro compañero le mete prisa, atiende a quienes llegan, hace una carantoña a un niño. La distancia entre el Kara Tepe y este lugar la recorren cada día entre 200 y 300 personas para recoger ayuda, explica Arezo.

La adolescente habla de las lamentables condiciones en las que vivían en Moria, donde pasó casi diez meses con sus padres a la espera de los papeles que les permitieran ir a Alemania a reunirse con su hermano mayor en la ciudad de Hamburgo. Cuenta que pasaban los días hacinados, que había peleas por las noches, que la gente se volvía loca por la situación. Pero no tiene duda. 

– El nuevo campo es peor.

Tras el incendio de Moria, Team Humanity trasladó su almacén a las inmediaciones del campo de emergencia. Como el resto de las oenegés que trabajan en Lesbos, esta organización ha tenido que sortear la creciente hostilidad de la administración y de los propios vecinos (en la isla circula incluso la teoría conspirativa de que fueron las oenegés las responsables de quemar Moria para hacer negocio con la reconstrucción). En este escenario, el Gobierno endureció el pasado abril los requisitos para el registro y actividades de un tipo de oenegés: aquellas que se dedican a “asilo, migración e integración social”. En Lesbos, eran casi todas. 

Este movimiento no llegó del todo por sorpresa: si en los últimos años parecía que la narrativa contra las oenegés se había endurecido, en febrero el viceministro griego de Migración no dejó ninguna duda, al describirlas como “sanguijuelas” surgidas de la noche a la mañana “para tener acceso a la financiación de la UE”. Ahora, las condiciones impuestas por Atenas impiden, en la práctica, que las oenegés de nueva creación se dediquen a asistir a migrantes y solicitantes de asilo al no poder cumplir los requisitos burocráticos. En Lesbos siguen trabajando aquellas que tienen la antigüedad, la capacidad y la paciencia necesaria para afrontar el laberinto burocrático que se les exige. 

HARTAZGO Y CONTROL

—Tienen que ir a un sitio mejor. 

En un amplio despacho municipal que mira al puerto de Mitilini, el asesor del alcalde, Tasos Balis, defiende el traslado de las personas que estaban en Pikpa. Dice que responde a las directrices del Ministerio de Migración y que el objetivo es que todos, incluidos los más de 7.000 hombres, mujeres y niños que están en el nuevo campo de emergencia levantado tras Moria, puedan estar en un sitio mejor. 

—Si dices que solo una parte debe estar en un lugar mejor, es como admitir que el resto debería estar en el lodo. Todos deberían ir a un sitio mejor cuanto antes. 

Balis no diferencia entre más o menos vulnerables: para él, deben irse todos. A un sitio mejor, pero irse. Dice que la gente de Lesbos está cansada de la situación, que no ha habido apoyo de Europa o del resto de Grecia para descongestionar la isla.

—Por supuesto que todos intentaban ayudar a la gente en la crisis, a refugiados y migrantes. Pero de algún modo, después de los primeros dos años, como locales también tuvimos grandes problemas. Tuvimos que respaldar con nuestros propios recursos situaciones que eran realmente insostenibles para un municipio pequeño como el nuestro.

El asesor del alcalde dice que, en el pasado, desde Atenas hubo “muchas promesas y palabras bonitas”, pero que solo en los últimos seis meses se han dado, por primera vez, pasos en la dirección que ellos reclamaban. Se refiere a las políticas del Gobierno del partido conservador Nueva Democracia, liderado por el primer ministro Kyriakos Mitsotakis. Poco después de llegar al poder, en verano de 2019, Mitsotakis aseguró que haría una gestión “más eficiente” de la migración y un control de las fronteras más estricto que el de su predecesor, Alexis Tsipras y su partido Syriza. Además de en las patrullas aéreas o la presencia policial, esto se refleja en los números. Solo en la última semana de octubre del año pasado llegaron a las islas del Egeo desde Turquía un total de 2.370 personas; en la misma semana de este octubre han llegado solamente diecisiete, aunque esto se debe en gran medida al repliegue fronterizo debido a la pandemia. 

En el campo de Moria llegó a haber cerca de 20.000 migrantes y solicitantes de asilo. Ahora —como resultado de la agilización del proceso de asilo y de los traslados a la Grecia continental y a otros países de la UE— en el nuevo campo son algo más de 7.000, dice el asesor del alcalde.

El hartazgo de la población al que se refiere Balis toma forma en las palabras de Manolis Kseroudakis, dueño de un pequeño establecimiento de gyros frente a las aguas del puerto. El olor a carne asada lo envuelve todo en su pequeño local, mientras la televisión emite imágenes desde Atenas del ingreso en prisión de los líderes del partido neonazi Amanecer Dorado, recién ilegalizado.  

—Al principio éramos muy positivos con los refugiados. Pero las cosas cambiaron a finales de 2016. Hubo saqueos, problemas de seguridad.

Kseroudakis, de 48 años, dice que el Gobierno de Mitsotakis “ha empezado a cuidar mejor de las fronteras”, a controlar el flujo migratorio y a dar poco a poco papeles para que la gente pueda salir de Lesbos. Coincide con Balis en que las 7.200 personas que están en el campo de emergencia levantado tras el fuego de Moria deben irse a un lugar mejor. El nuevo campo está ubicado en un antiguo campo de tiro en el que “el viento te lleva”, dice.

—No creo que la gente pueda resistir el invierno allí. Esas tiendas se van a desplomar, no hay manera de que no sea así. En enero no quedará nada allí. 

LAS CENIZAS DE LESBOS

Las historias de los migrantes y solicitantes de asilo llegados a Lesbos en los últimos cinco años se pueden medir en toneladas métricas: 16.000. Es el peso de miles y miles de chalecos salvavidas y restos de botes de goma amontonados en una explanada cerca de la localidad de Molivos, en el extremo norte de la isla: es la zona más próxima al litoral turco, por lo que al principio la mayoría de los barcos llegaban aquí. El cementerio de chalecos es uno de los lugares más fotografiados por los periodistas que van a Lesbos. Hay chalecos como el que llevó la adolescente Arezo Amri, como los que llevaron la Mina, su marido y su hija, como el que llevó el congoleño Vondo. Aun desgastadas por la lluvia, las montañas de despojos anaranjados recuerdan el éxodo de decenas de miles de personas y reflejan el papel de Lesbos en la ruta migratoria, igual que el campo de Moria daba medida de la pasividad de la Unión Europea. Y, como Moria, este cementerio de chalecos quedará reducido a la nada en poco tiempo: las autoridades han aprobado un proyecto por 210.000 euros que prevé trasladarlos al vertedero central para su eliminación.

Sin este cementerio, los principales testimonios de la emergencia en el mar en 2015 y los años siguientes serán los relatos de sus habitantes. Relatos como el de Paris Laoumis, dueño del restaurante y hostal To Kyma, muy cerca del pueblo de Skala Sikamineas. Paris recuerda cómo los botes llegaban todos los días, cómo las personas que trataban de alcanzar Europa se lanzaban al agua cuando estaban cerca de las costas, cómo a veces en los barcos había más niños que adultos, cómo los vecinos les ayudaban, les daban ropa seca, intentaban conseguirla de otros pueblos cuando no era suficiente.

—Pero han pasado muchas cosas con la situación en la isla y la gente está cansada, no quiere hablar más. A veces dicen: ¿Qué pasa? ¿Dónde está Europa, dónde está el Gobierno para hacer algo por nosotros? Porque es muy difícil. Hace cinco años que estamos en esta situación. 

Del antiguo campo de Moria no queda apenas nada. Sobre la tierra ennegrecida por las llamas resisten algunas estructuras de hierro, esqueletos de edificios frente a los que hace solo dos meses las personas esperaban en filas interminables: filas para comer, filas para ducharse, filas para tramitar sus documentos. En la entrada, un policía está apostado para controlar el acceso y nos prohíbe sacar fotos —unos días más tarde, en nuestra segunda visita, una patrulla nos echará directamente del lugar sin contemplaciones—. La cabina de un retrete portátil está volcada ante la que fue la entrada principal, con el techo blanco derretido como la cera de una vela y la taza apuntando hacia el suelo. Se ven botellas de plástico, algunos trozos de tela enganchados en una alambrada, un contenedor quemado con una pintada emblemática de Moria que dice “movement of freedom”, gatos por todas partes. 

Los olivos al lado del campo están totalmente carbonizados. Las ramas apuntan al cielo como cables negros.

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