El agravio de una isla

Fuego, política y dinero: demasiado para los 86.000 habitantes de Lesbos, prisión para miles de refugiados desde 2016

El agravio de una isla
Anna Surinyach

Esta cobertura forma parte de un proyecto con Ruido Photo bajo el título de Odio.

Ajeno al trajín de afganos y sirios arrastrando en cajas lo único que les queda, de camiones gigantes que llevan suministros al nuevo campo de Lesbos, de policías malhumorados que vigilan la zona, de periodistas en busca de la noticia, Nikos Psomadellis se concentra en la poda del pino de su jardín. Es el final del verano, el momento señalado para hacerlo. Está a unos treinta metros y no nos oye. Nos separa una verja de seguridad, la de su casa. 

Su vida y la de sus vecinos acaba de cambiar. 

Frente a esta carretera que sale del pueblo costero de Panagiouda, en la isla griega de Lesbos, ya no hay un campo de tiro del Ejército, sino miles de lonas instaladas en una lengua de tierra frente al mar: el asentamiento que sustituye, al menos de forma provisional, al que era el mayor campo de refugiados de Europa, el de Moria, a tan solo unos kilómetros de aquí, consumido por el fuego en la madrugada del 8 al 9 de septiembre.

—Soy de aquí, de la isla —dice Nikos cuando por fin advierte nuestra presencia y acepta charlar, aunque sin hacer ademán de abrir la puerta en ningún momento—. Es muy pronto para saber qué pasará, pero habrá problemas cuando la Policía se vaya de aquí. 

El nuevo campo frente al mar, que Nikos observa entre pregunta y pregunta, no gusta a nadie: no lo quieren los refugiados, que han acabado entrando en él con rostros derrotados; no lo quieren los vecinos, que prefieren que los refugiados se marchen de la isla. 

—Tengo campos de olivos, mi mujer es agricultora. Tenemos también tomates y verduras. Las olivas las vendemos y de ahí sacan el aceite —dice Nikos, que lleva una camisa blanca a rayas, pantalones cortos, gafas—. En el pasado los refugiados quemaron algunos de mis terrenos. Nadie me va a pagar una indemnización por eso. Ya habían provocado incendios, pero no como el de Moria. 

Lo dice varias veces: que quién le va a devolver lo que ha perdido. Le pregunto si culpa a las autoridades de lo que está pasando o si siente que su problema son las personas refugiadas que están atrapadas en la isla, sin poder ir hacia el destino que anhelan: el norte de Europa.  

—Claro que culpo al Gobierno, al primer ministro [griego], al sistema… Está todo controlado por el sistema. Me siento abandonado y engañado, dicen que van a llevarse a los refugiados en unos meses y no está pasando. Están trayendo más. La solución es llevar a los refugiados a otro lado. Me preocupa que en los próximos años sigan llegando. Nuestra isla es muy bonita, pero ha sido el campo de refugiados de Moria el que la ha hecho famosa. No le encuentro sentido a todo esto.

Vista del nuevo campo construido por el Ejército griego tras el incendio del campo de refugiados de Moria. 13 de septiembre de 2020.  Anna Surinyach

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Cuando llegué a Lesbos tras el incendio del campo de Moria, me apunté en la libreta una idea de crónica para escribir al final de la cobertura. ¿Cómo se siente la gente de la isla? No hacía falta demasiado reporteo para darse cuenta de que los ánimos entre los lugareños estaban caldeados, así que ensayé algunas hipótesis de partida. ¿Se ha roto la solidaridad en Lesbos? ¿La xenofobia ha crecido desde aquel lejano 2015, cuando miles de refugiados pasaron por aquí? ¿Europa ha conseguido que la población de Lesbos odie a los refugiados? ¿De qué está hecho ese odio, si es que se le puede llamar odio? 

Las campañas de odio buscan la polarización, la identificación de un enemigo común y la asociación de todos los males —de todos tus males— a ese enemigo. Se podía hallar eso en los gritos racistas a refugiados que cargaban con sus pocas pertenencias por la carretera —o en los ataques a refugiados que hubo en el pasado—, pero sobre todo encontré otra cosa: una maraña de resentimientos y agravios con tantos orígenes que al final todas las culpas se disolvían. 

Unos y otros me hablaron del Gobierno griego —este y el anterior—, de la crisis económica, de la policía, de las autoridades locales, de la gente que se enriquece con los refugiados, de los refugiados sirios que no son iguales que los afganos, de los refugiados afganos que no son iguales que los africanos, de las oenegés, de la Unión Europea, de Turquía, de la pandemia, de las guerras de Oriente Medio y Asia Central. Lesbos no es una isla desbordada por solicitantes de asilo, sino por demasiadas cosas contemporáneas que ni sus 86.000 habitantes ni el resto del mundo acaban de comprender. Lo raro es que Lesbos, una isla de un tamaño similar a Gran Canaria, no estallara antes. Hace falta mucho esfuerzo para montar un lío así. 

Aquí hay algunas pistas de cómo pasó. 

El nuevo campo construido tras el incendio de Moria está pegado al mar. Los refugiados fueron obligados a entrar en él. 13 de septiembre de 2020. Anna Surinyach

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Las olas rompiendo mansamente en la orilla. Los pinos mediterráneos, un velero en el mar, Turquía en el horizonte. Los mismos caminos, las mismas cuestas por las que miles de refugiados caminaban después de pisar suelo europeo por primera vez y desprenderse de sus chalecos salvavidas naranjas. Fue en verano y otoño de 2015. Europa aún tiene las imágenes en la retina: Lesbos era el primer paso en la ruta de los refugiados hacia el norte de Europa. ¿Las imágenes que despertaron la indignación y la solidaridad o las imágenes que anestesiaron a la opinión pública? 

Fue el año de la mal llamada crisis de los refugiados, porque quien entró en crisis fue Europa por su incapacidad para gestionar la llegada de más de un millón de personas, la mayoría de Siria, Afganistán e Irak. Muchas de aquellas imágenes, las de los botes chocando contra las pedregosas orillas, se tomaron aquí, en Skala Sikamineas, un pueblo que se volcó en la ayuda a los refugiados: unos voluntarios de la zona fueron incluso nominados en 2016 al Premio Nobel de la Paz. Un pueblo y una isla símbolos de la solidaridad —o también del sucio realismo, porque no era raro ver a griegos arramblando con los motores de las barcazas para venderlos en el mercado negro.

En aquel momento tenía sentido venir hasta aquí, pero ahora, en 2020, me siento casi mal por haberlo hecho. El norte de la isla: es como salir del ruido, como alejarte de lo que debe importarte como periodista. El interés mediático está en el nuevo campo construido por el Ejército tras el incendio de Moria, una hora en coche hacia el sur. ¿Estoy perdiendo el tiempo? Aquí no hay nadie. Bajamos la ladera y llegamos al pueblo, al hotel en el que nos quedamos hace cinco años, al café donde unos tomaban algo en la terraza mientras otros pasaban al lado caminando después de haber llegado en un bote hinchable a la isla. Seguimos el camino que corre paralelo a la playa. Recuerdo que aquí hablé en 2015 con un adolescente sirio que iba con una cámara réflex sacando fotos del viaje, que decía que quería estudiar en Europa, que criticaba los bombardeos de Siria y Rusia: fue cuando Rusia entró de lleno en la guerra. Y recuerdo que estos días he hablado con Adam, un fotógrafo afgano que también quiere estudiar en Europa, que no tiene cámara réflex, solo su móvil, que critica los atentados de los talibanes. 

Hay dos tumbonas en la playa, una de ellas con el respaldo desnudo. Una mesita redonda de madera mirando al mar, dos sillas de plástico, un taburete. Vamos al To Kyma —Tavern To Kyma / Rooms to Let / Restaurant, dice el letrero —, que en 2015 fue el centro de operaciones de una oenegé que nació allí y luego amplió sus operaciones de rescate al Mediterráneo Central: Open Arms. Una pensión-restaurante que fue punto de encuentro de tantas emociones, de tanta humanidad, de tanta ilusión, de tanto dolor. 

El pueblo de Skala Sikamineas, en el norte de la isla griega de Lesbos. Desde aquí se puede ver la costa turca. 18 de septiembre de 2020. Anna Surinyach
Grupos de refugiados tras llegar en barcaza a Skala Sikamineas, en el norte de la isla griega de Lesbos. 14 de octubre de 2015. Anna Surinyach

Palmeras. Un aparcamiento resguardado por una parra. Solo hay dos mesas del To Kyma ocupadas. Nos sentamos para comer. Pronto la terraza se vacía. La televisión está encendida, pero solo se oye el sonido de un refrigerador. En el mantel de la mesa hay un mapa de Lesbos. Cuando llegamos a los postres, hablamos con Theano Katakouzenou, que junto a su marido regenta el negocio, que tiene palabras bonitas para la gente de Open Arms, que dice que son familia, que se acuerda de la crisis de 2015, cuando justo enfrente de donde estamos no paraban de pasar personas embaladas hacia el centro de la isla.

—Antes de 2015 llegaban poco a poco, pero aquel año llegaron muchos. Llegaban, llegaban, llegaban. Todos en el pueblo los ayudamos. Luego llegaron algunas organizaciones. Ahora todo el mundo en Lesbos está cansado, sentimos que hemos estado ayudando durante años, pero que a nadie le importa la situación de la gente de aquí. 

El local tiene ya 20 años, y Theano dice que no viven del turismo, sino de la gente de alrededor que viene sobre todo a cenar. No tienen problemas económicos: este es su negocio familiar y salen adelante. Pero aunque no haya casi refugiados ahora en su zona —entre febrero y marzo hubo un pico de llegadas, pero luego se redujeron con la pandemia—, siente la misma presión psicológica que el resto del territorio. 

—Cada día lo mismo, lo mismo, lo mismo. Ayudamos, pero la isla es pequeña. 

Insinúa Theano que hay mucha gente interesada en que la situación siga así. Gente que se beneficia. Le pregunto que quiénes son. Tarda en contestar.

—Me siento muy pequeña comparada con toda esa gente grande.   

***   

En mayo de 2015, antes de aquel verano de decenas de barcazas llegando cada día a la isla, la Comisión Europea propuso un sistema de cuotas —un sistema que había usado con tantas cosas que no eran personas, como la leche— para repartir en países europeos a solicitantes de asilo que habían llegado sobre todo a Italia y Grecia, o que incluso aún no habían pisado suelo europeo. El objetivo no era muy ambicioso, al menos en relación con el número de llegadas: primero se habló de un total de 60.000 personas —luego de 160.000. 

Muchos países se negaron desde el principio a cumplir las cuotas, entre ellos España, que hacía lo posible para regatear plazas. También otros como Hungría o Polonia. Se abrieron viejas fallas en Europa. En el eje norte-sur, ya castigado por la crisis financiera que se desató en 2008, Italia, Grecia y España se quejaban del abandono del resto de la Unión, de ser los países adonde llegaban miles de personas sin que hubiera gestos de solidaridad. Un problema enraizado en el reglamento de Dublín, aún por reformar: la solicitud de asilo debe hacerse en el primer país europeo al que se llega. También se abrió una grieta en el viejo eje este-oeste, con países como la Hungría de Víktor Orbán enarbolando un discurso identitario, antiinmigración, pese a acoger a muy poca población extranjera. 

El politólogo Ivan Krastev dice que la crisis de 2015 fue un 11-S para Europa. ¿Cuánto tiempo durará el post 11-S? Sabemos que las fronteras se han cerrado en buena medida, pero no el trauma europeo: la reacción de la UE a la emergencia humanitaria tras el incendio de Moria ha sido proponer más expulsiones, reforzar más aún las fronteras y plantear un nuevo sistema de reparto de refugiados, esta vez voluntario. Si desde 2015 muchos países se negaron a cumplir con su parte, cuando las llamadas cuotas eran obligatorias, ahora no se esperan más esfuerzos, y menos aún en medio de la pandemia y del castigo económico que está suponiendo.

Agravio sobre agravio: la humillación de los refugiados, las disputas entre los propios refugiados, entre Bruselas y los Estados miembros, entre el norte y el sur, entre el este y el oeste. A principios de 2016 llegó el instrumento más importante de la política migratoria europea en el último lustro: el acuerdo con Turquía. Una pieza clave en su estrategia de externalización de fronteras, que también se practica con Marruecos y Libia. A cambio de 6.000 millones de euros, la Turquía de Erdogan se convertía en el guardián de la frontera oriental de la UE. Italia —a través de la ruta más peligrosa, la del Mediterráneo central— se convirtió entonces en el principal punto de llegada a Europa. Luego fue España. Luego Grecia otra vez. 

Mientras mirábamos a otro lado, la pequeña isla de Lesbos, de la cual solo quedaban las imágenes de botes y chalecos salvavidas de 2015, pasó de ser isla de tránsito a isla de exasperación para quienes buscaban refugio: los plazos se alargaban, unos languidecían durante meses en los campos, otros podían salir de las islas pero nunca de Grecia. Empezó la oscura leyenda del campo de Moria. 

Fue como si la ansiedad post-2015 de Europa se inoculara en las islas del Egeo. 

En la capital de Lesbos, Mitilini, donde vive un tercio de la población, me asomo a una farmacia regentada por Yorgos Pallis, que lleva una bata blanca, la misma barba hirsuta de siempre. Enseguida me reconoce. Nos vimos por primera vez en una visita que hice a la isla en 2013. Han pasado muchas cosas desde entonces. También a él le han pasado cosas. Su partido gobernó Grecia entre 2015 y 2019, año en el que ganó las elecciones la centroderechista Nueva Democracia. Él fue eurodiputado de Syriza durante los mismos años. 

Nos sentamos en una cafetería y hablamos largo y tendido: Pallis analiza lo que ha pasado en los últimos años. Cómo se llegó al incendio de Moria.

—Hasta el acuerdo entre la UE y Turquía, había miles de llegadas a Lesbos, pero el sistema de primera recepción y registro era organizado. 

Moria era el lugar al que llegaban entonces los solicitantes de asilo para recoger un documento —en realidad, una orden de expulsión que no se ejecutaba, que les permitía salir de la isla— y trasladarse al puerto de Mitilini, atestado de familias que esperaban que zarpara un ferri rumbo a Atenas. Pero pronto quienes llegaban se enfrentaron a una realidad diferente: se quedaron bloqueados. Moria empezó a desbordar sus límites. Se convirtió en un campo lleno de basura en el que malvivían multitudes. 

“¡Cerrad Moria! Aplastad el fascismo”. Unos kilómetros más adelante de este edificio, miles de personas acamparon tras el incendio de Moria. Anna Surinyach

El Gobierno de Syriza tuvo que lidiar con Moria. Pallis se guarda las espaldas y defiende la gestión: que había un programa para trasladar paulatinamente a algunos refugiados a la Grecia continental, que el número de personas aumentó de verdad cuando Syriza salió del Gobierno, en verano de 2019. Las cifras dicen que por aquel entonces había en Moria casi 11.000 personas hacinadas en un campo habilitado para 3.000: también dicen que en los meses siguientes se acumularon muchas más, hasta sobrepasar las 20.000, pero el Gobierno de Nueva Democracia aceleró algunas salidas y se llegó finalmente a las 13.000 que estaban en septiembre de este año, cuando tuvieron que huir del incendio. 

—Solo aplicábamos políticas europeas con rostro humano. Nada más. 

Moria se había convertido en una favela, dice Pallis, con criminalidad tanto dentro como fuera del campo. 

—El momento crítico fue el acuerdo con Turquía. Cuando la población local entendió que los refugiados se tenían que quedar aquí, se empezaron a crear grupos que mostraron la otra cara de la isla, una cara racista a veces, pero de pequeños grupos. Ahora tenemos que entender que, tras todos estos años, la gente de la isla está cansada de toda esta situación, de la policía, de las decisiones del nuevo Gobierno, de la pandemia. 

¿Y la crisis financiera? El exeurodiputado sostiene que la verdadera crisis económica está llegando ahora a Lesbos. Que es la primera vez que la va a sentir de verdad. Porque la llegada de los refugiados supuso “una inyección económica masiva”. Por lo que consumían, porque a la isla llegaron voluntarios y trabajadores de oenegés. La pandemia puso en aprietos a esas organizaciones, mucha gente se fue. Y el verano ha sido un desastre para el turismo.

—Todo se está radicalizando. Los refugiados escogieron también algo más radical para escapar de aquí [en referencia al incendio], porque iba a llegar el invierno e iba a ser otra vez lo mismo. La extrema derecha se ha vuelto más radical, porque la policía no la detiene. Hay bloqueos en la carretera [los hacen grupos organizados pero también vecinos] y la policía no hace nada. La población local cree que no vale la misma ley para ellos que para los refugiados. El Estado está en peligro en Lesbos. Como Estado. No hablo del Gobierno. Como Estado dentro de la Unión Europea. 

Le hablo sobre la paradoja de que los refugiados, los vecinos y los grupos xenófobos estén de acuerdo en algo: en que los refugiados tienen que salir de la isla. Me dice que no, que hay algunos sectores nacionalistas en la isla que no quieren que los refugiados sean trasladados a la Grecia continental, porque sería malo para el país. 

—¿Y entonces qué proponen? ¿Enviarlos de vuelta a Turquía? 

—Saben que es imposible. Ahora está cerrado [por la pandemia] —contesta el exeurodiputado.

—¿Entonces?

—Creen que no hay que dejarlos entrar. Que hay que matarlos. No era así en 2015. Lesbos era una tierra de solidaridad, pero tenemos que entender que si ves a un millón de personas en unos meses pasando a tu lado, no tienes nada que hacer. Lo aceptas, ayudas… Ahora no es así.   

***   

—Odio a los griegos —dice Abdel Karim, un sirio que tras el incendio de Moria se refugió en los olivares de alrededor, y que luego fue expulsado de allí—. La Policía vino con porras y nos echó. Tengo dos hermanos en Alemania. Pero no abren [las fronteras].

—Es todo muy difícil, está la policía, los fascistas que vienen y nos atacan… —dice Mohamed Haidary, que también fue desalojado de los olivares—. Por la noche tenemos miedo de los fascistas y de la policía. Siempre tenemos miedo. 

El destino final de los centenares que como Abdel y Mohamed se quedaron atrás, cerca de Moria, fue el nuevo campo construido por el Ejército junto al mar. Lo que no querían: un nuevo campo.

***

Mientras pasea a su hijo en carrito por las calles empedradas del centro de Mitilini, hablo con Grigoris Efstathiou, cocinero del bar Pi, que por su carácter abierto se convirtió en punto de encuentro de personas refugiadas, de voluntarios y de activistas. Trabajó también una temporada con la oenegé vasca Zaporeak, que hace distribución de alimentos en la isla. Nació y creció en Tesalónica, la segunda ciudad griega, vino por primera vez a Lesbos en 2001, luego se fue, y volvió en 2016. 

—Me pilló el momento de acuerdo entre la UE y Turquía. Al llegar, me topé con las primeras manifestaciones contra el acuerdo. 

Descontrolado, el campo de Moria empezó a crecer hacia los olivares de su alrededor. También creció la frustración de los vecinos. 

—Llego a entender su enfado, a lo mejor no lo comparto, pero también llego a entender el auge del pensamiento ultraderechista, porque no se deriva del problema actual de Lesbos, sino de la crisis económica de todo el país. El partido que representó este pensamiento, Amanecer Dorado, estuvo en el Parlamento, y es imposible que su influencia no haya llegado hasta aquí. 

Dice Efstathiou que, aunque el partido se desinfló, sus ideas siguen vigentes. 

—Es lo más fácil, enfadarte con el que tienes enfrente, y no pensar un poquito más en lo esencial. 

Tanto él como el exeurodiputado Pallis me hablan de la gente de la isla a la que le ha ido bien. Las tiendas que venden móviles, los almacenes con alimentos. Y todas las contradicciones aparejadas: que los mismos que ganan dinero tienen un discurso antiinmigración —una paradoja que también se puede ver en el campo español. 

—Incluso las instituciones pueden jugar este doble papel, el de decir por un lado que se vayan, que queremos retomar nuestra vida, y por el otro negociar con la UE para que llegue más dinero —dice Efstathiou mientras seguimos caminando.

Lo más fácil es la caricatura: de isla solidaria a isla racista. Poner el foco en los grupos xenófobos, divididos entre la órbita de Amanecer Dorado, gente que actúa con la connivencia de la Policía y colectivos de vecinos sin adoctrinamiento ideológico que sirven de tapadera moral para la retórica antiinmigrante. Pero lo que pasa con todo el resto, con la mayoría, tiene que ver con el agravio que siente por la gestión política y por el debilitamiento y la fatiga de los movimientos sociales. Reconoce Efstathiou que la fuerza solidaria ha vivido muchos altibajos, que hubo épocas en las que insufló más ilusión. 

—Parece que todo está montado, como si siguieran un guión para fortalecer esta frustración y causar más problemas, pedir más dinero y terminar siendo una noticia más potente.

Dice que no sabe si eso suena a teoría de la conspiración, pero que él lo ve así. 

No sé qué pensar. 

Un coche deportivo pasa por la zona de olivares a la que huyeron centenares de personas tras el incendio de Moria. Anna Surinyach

***

El acuerdo entre la Unión Europea y Turquía entró en crisis en febrero y marzo de 2020. El presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, abrió las fronteras y empujó a los refugiados en su territorio a que entraran en Grecia, por tierra y mar. Fueron semanas dramáticas en las que Grecia suspendió el derecho al asilo, hubo ataques en la isla de Lesbos contra refugiados, oenegés y periodistas. Todo lo que se acumuló desde 2016 saltó por los aires. Y entonces llegó la pandemia: el movimiento transfronterizo se aminoró, el campo de Moria fue confinado, se redujeron los ataques. Los solicitantes de asilo en Moria se convirtieron en prisioneros. Se redujo el contacto con la población local. Aumentó su frustración. Hasta el incendio de Moria. 

El fin de una era. 

***

Cuatro días después del fuego, Maria Leontis observa sentada una mole incinerada. Es su antiguo supermercado, su antiguo almacén. Con su marido regentaba una tienda pegada al campo de Moria a la que acudían los refugiados.

—El supermercado era pequeño, tendría unos 30 metros cuadrados, solo cinco personas podían entrar debido al coronavirus. El resto era un almacén, enviábamos suministros a hoteles, cafeterías… lo mismo que le vendíamos a los refugiados. 

Hay varios coches calcinados dentro de la estructura. Eran de su propiedad: coches de empresa. La pareja había comprado el terreno quince años atrás. Cuando Moria creció, reorientó el negocio a los refugiados. 

—¡Nunca hemos tenido ningún problema con ellos! Eran muy amigables. Nos llevábamos muy bien. 

Maria estaba en el supermercado la noche del fuego: dormía allí. 

—Vino un grupo con la cara tapada y martillos grandes y empezó a… Bum, bum, bum. Pensaba que nos iban a matar. 

Intento descifrar su gesto: una mezcla de indignación y frustración. Maria se queja de los bomberos: dice que al principio no hicieron nada. La policía acudió para sacarla de allí. 

—Les supliqué que no destruyeran el mercado, que era muy importante para la comunidad. No eran griegos, porque me dijeron cosas que no eran en griego. 

¿Fueron entonces refugiados? Dice que no lo sabe, que ella estaba dentro y no veía nada, pero que ellos solos no pudieron hacerlo: que vino gente de fuera. ¿Quién? No contesta. Adivino que se refiere al enemigo histórico, a Turquía, se lo pregunto aunque creo que no tiene sentido, y pone cara de que puede ser. 

Todo el mundo está confundido. 

Maria Leontis frente a su negocio consumido por las llamas durante el incendio del campo de refugiados de Moria. Anna Surinyach

***

El origen del fuego. Fue una de las preguntas que más repetí a todo el mundo. Las autoridades griegas culpan a grupos de solicitantes de asilo de quemar el campo de forma coordinada. Los disturbios comenzaron después de que las autoridades quisieran confinar en una zona especial del mismo campo confinado —y no fuera— a 35 personas que habían dado positivo en el test de covid-19: hasta septiembre, Moria no había registrado ningún caso, y la llegada del virus despertó la ansiedad. 

Cuatro afganos han sido formalmente acusados de provocar el incendio. El Gobierno griego dijo que el fuego era un chantaje de los refugiados. ¿Pero se puede atribuir algo así a 13.000 personas, coordinadas para poner en jaque a un Estado? Familias que lo perdieron todo, que no querían estar en Moria pero cuyas solicitudes de asilo quedaron en vilo. 

Algunos refugiados con los que hablé admitieron que grupos reducidos empezaron el fuego: unas comunidades culpan a otras. Otros refugiados lo niegan: fake news. Muchos dicen que también participaron grupos de fascistas. La mayoría coincide en que la policía no hizo nada para evitarlo. Casi nadie habla del virus.

—A los fascistas ya se les había visto prendiendo fuego en los olivares, y aquella noche lo hicieron, y salieron afganos y árabes de las tiendas y se enfrentaron, y luego vino la policía, y luego el fuego —recuerda Adam, un fotógrafo afgano que se refugió como tantos otros miles en una carretera litoral tras el incendio de Moria. 

—Dicen que los refugiados han quemado el campo, pero son los fascistas los que vinieron a quemarlo, yo los vi —dice Lida Shirzad, una pintora afgana y profesora de Wave of Hope, una escuela montada por los propios refugiados en Moria, de la que solo quedan cenizas.

Cada día es más difícil saber lo que pasó: se amontonan los recuerdos, las conspiraciones, las acusaciones. Como en todos los grandes acontecimientos, la verdad es un metal que pierde brillo con las capas espesas de la memoria, la propaganda y el interés. 

Solo una sensación parecía unánime: el campo tenía que arder.

***

Un pueblo griego llamado Moria es el que daba nombre al campo de refugiados. Está a unos dos kilómetros de las cenizas. Vamos al pueblo para saber qué piensan los vecinos. Cuando pasamos por sus calles con el coche de alquiler, un domingo al mediodía, todo el mundo nos mira. Aparcamos donde podemos y vamos al único lugar donde parece haber vida: unas cuantas tabernas abiertas y algunas tiendas. Nos miran más aún. Entramos en un comercio y nuestra traductora y fixer, Zina Sarelli, se dirige al hombre que hay en el mostrador. Dice que no quiere hablar: que en el pueblo solían hablar con los periodistas, pero que él ya está cansado de todo esto. En la siguiente tienda el resultado es el mismo. Vamos a una cafetería y la propietaria dice que muchos periodistas vienen aquí, que ella no quiere hablar, pero pregunta a sus clientes por si alguien se anima. Silencio sepulcral, solo roto por un griego con tres vasos de ouzo (anís) vaciados, que se llama Mario y que nos invita a sentarnos a su lado, que dice que ha vivido en Nueva York durante muchos años, pero que volvió porque esta es su tierra. 

—Han causado muchos daños. Han quemado el campo. Son tontos, porque comían y vivían gratis. Destruyeron todo. 

No está por la labor de hablar mucho más del tema. Prefiere recordar sus años en Estados Unidos: con Bill Clinton como presidente, dice, había trabajo. Con George W. Bush ya cambió la cosa. 

***

Moria, el campo de Moria, ya no existe. El nuevo campo, en teoría provisional, es el que está al lado de Panagiouda, en la costa. Nos acercamos a una cafetería en el puerto de Panagiouda. El propietario se llama Yannis Afentoulis: corpulento, camiseta azul oscura con el logo de Air Jordan. Pedimos unas limonadas. Es un bar de techo alto: pantallas de televisión, un partido de la liga alemana.

—Una vez rompieron los cristales y prendieron fuego a mi café. La policía investigó y me dijo que fueron los refugiados. 

Lo dice sin resentimiento, como quien constata un hecho ante el cual solo cabe resignarse. 

—Ha habido muchos fuegos. No hay seguridad, tampoco para ellos. Es mala reputación para la isla. Esto ha cambiado mucho desde 2015. 

La conversación se interrumpe una y otra vez: entran clientes que, según luego confirmamos, vienen a recoger cafés para llevárselos a los policías que hacen guardia al lado del nuevo campo, que se ve desde aquí. 

—Mucha gente ayudó a los refugiados al principio, en 2015. Fue un gesto voluntario. Muchos vecinos llamaban a la guardia costera para alertar de que había un bote en el mar y pedir que lo rescataran —dice Afentoulis entre pausa y pausa—. Yo también ayudé a los refugiados, les di comida. Pero después de que las oenegés comenzaran a ocuparse de ellos, no hay necesidad de que los locales ayuden. Si necesitaran algo, se lo daríamos. 

Se queja de que el fuego de Moria —que está a unos tres kilómetros, isla adentro— hizo que se interrumpieran los suministros para su bar. Dice que no es la primera vez que su negocio se ve afectado. 

—Creo que un buen número de refugiados puede repartirse entre países europeos. Así se les puede dar la oportunidad de trabajar, la oportunidad de tener una nueva vida, porque ahora no tienen vida, aquí son prisioneros.

***

Una familia afgana en la playa, a solo unos centenares de metros del nuevo campo construido por el Ejército. Anna Surinyach

Casi todos los días de nuestra cobertura en Lesbos pasábamos por la carretera, justo antes del nuevo campo, donde había algunas casas frente al mar. Allí fue donde hablamos con Nikos, el hombre que podaba un pino en su jardín ignorando el mundanal ruido al principio de esta crónica. Pero la vecina que más veces vi —sacando la basura, mirando qué pasaba en la carretera— fue una señora mayor llamada Despina. Quise hablar con ella desde el principio, pero solo lo hice casi al final, cuando ya nos íbamos, gracias a nuestra traductora Zina. La veo tras la verja azul de su finca, con sus gafas verdes de pasta, con su blusa negra, con su pelo teñido de rubio. Le llamamos la atención. Como su vecino, no me abre la verja: solo la puertecilla superior para poder charlar. 

—Vivo aquí sola. Tengo miedo, no me siento segura. Es una situación caótica. 

Parece que tiene ganas de hablar, de expresar lo que siente, pero no quiere ceder en su privacidad, dar más detalles, descubrirse. Comparte con sus vecinos, con los habitantes de la isla, un agravio que va más allá de la presencia de personas refugiadas. 

—Nos sentimos abandonados, mi familia es la única en la que puedo confiar. Yo solo cobro 350 euros de pensión, con eso tengo que pagar el agua, la comida, los medicamentos… Esperan que yo viva de eso. Es terrible que el Gobierno espere que vivamos con eso. Me siento más segura con mis hijos que con el Gobierno y la Policía. 

Le pregunto si alguien ha venido a contarle lo que está pasando enfrente de su casa, donde el campo no para de crecer. Me dice que no. 

—No está en nuestras manos decidir sobre esto. No es agradable salir de tu casa y ver esta situación. Eres un peón en sus manos. El Gobierno decide por nosotros. 

Apunto lo que dice en mi libreta.

—¿Un peón, como en el ajedrez? —le pregunto a nuestra traductora. 

—Sí, como en el ajedrez. 

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