La nueva victoria de Erdogan en Turquía

Repasamos, con las 5W, las claves de unas elecciones que consagran el régimen presidencialista “marca Turquía”

La nueva victoria de Erdogan en Turquía
Emre Tazegul / AP

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, obtuvo la victoria en las elecciones del domingo con algo más del 52 % de los votos. Su triunfo en las urnas, tras un duro combate electoral las semanas previas, refuerza aún más los poderes ejecutivos del mandatario. Explicamos a través de nuestras tradicionales 5W qué hay detrás de está victoria y qué supone para el país euroasiático.   

Who?

Cansado, con las bolsas bajo sus ojos más hinchadas que nunca pero el rostro satisfecho por el deber cumplido, Recep Tayyip Erdogan se dirigió a sus seguidores a altas horas de la madrugada del lunes desde el balcón de la sede de su partido en Ankara. El público ondeaba la enseña de la media luna y la estrella tras esperar durante horas a su líder. Horas en las que habían celebrado el triunfo en los comicios presidenciales del domingo en Turquía echándose a las calles de las principales ciudades del país tras toda una tarde y buena parte de la noche encerrados en casa, sin despegarse del televisor para seguir el escrutinio como si se tratase de una tanda de penaltis en la final de la Copa del Mundo.

-Hemos luchado contra vándalos y traidores. Hemos salvado juntos nuestro país, nuestra bandera, nuestra llamada a la oración, nuestra libertad, nuestro honor frente una panda de golpistas. (…) ¡El vencedor de estas elecciones es la democracia! ¡El vencedor es Turquía, y la nación turca! ¡Los ganadores son todos los oprimidos del mundo!

Erdogan aparecía cansado y no eran sólo las horas. Tras haber votado en Estambul, su ciudad natal, no voló a Ankara, como es habitual, sino que se refugió en la Mansión Huber, la residencia presidencial a la orilla del Bósforo, para esperar y descansar. Hasta que se hizo patente que había logrado la victoria no se dispuso a regresar a la capital turca.

No solo estaba cansado por el viaje. También por la batalla. El combate electoral vivido en Turquía durante las últimas semanas había sido muy duro. Lanzó un órdago y ganó, volvió a ganar. Como en las elecciones de 2002, 2007, 2011, 2015. Como en los referendos de 2007, 2010, 2017. Como cuando se plantó ante la intervención de los militares en 2007 o ante el intento de golpe de Estado de 2016. Como cuando ordenó mano dura contra la rebelión de los jóvenes de Gezi en 2013. Quizás esta última fue una de sus victorias más costosas.

En una reunión durante la campaña electoral, que fue grabado y filtrado a los medios, Erdogan pedía a los cargos de su partido que pusiesen toda la carne en el asador: “Esto no está hecho. De las encuestas no sacamos la conclusión de que esté terminado”. Frente a la fuerza que solía transmitir en anteriores ocasiones, en los mítines previos a estos comicios se vio a un Erdogan más espeso y a la defensiva que nunca. Incluso uno de sus colaboradores cercanos confesaba a este periodista sus temores a un mal resultado. Se daba por seguro que, para obtener la reelección como presidente, sería necesaria una segunda vuelta.

Erdogan ha asumido tantos riesgos que ya cada vez siente menos el peligro, y cada riesgo que asume es mayor. Tira los dados y, como siempre termina por ganar, cree que hay una causa, que es la “justicia divina” la que guía esos dados. No lo sabe, no puede saberlo, pero cree saber que es así.

Sin embargo, no puede evitar la duda, nadie puede evitarla: ¿Y si esta vez no? Por eso el cansancio.

Finalmente pudo respirar, triunfó el destino, el destino de su nación. De ahí la satisfacción.

No fue fácil pero ganó. El 52,5% de los electores turcos votaron por él. La otra mitad del país, en contra.

What?

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, saluda a los seguidores del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) en Ankara, Turquía, el lunes 25 de junio de 2018. Presidency Press Service/AP

Recep Tayyip Erdogan, que dirige Turquía desde hace más de quince años, obtuvo el domingo 24 de junio la reelección como presidente con una mayoría suficiente para hacer innecesaria una segunda vuelta. Pero esta vez es diferente: tras la aprobación, el año pasado, de una reforma constitucional en una consulta en la que venció el Sí por un estrecho margen, el país euroasiático deja atrás décadas de democracia parlamentaria para convertirse en un régimen presidencialista “marca Turquía”, en palabras del propio mandatario. En modelos presidencialistas como el de Estados Unidos el poder legislativo tiene extensas herramientas de control al Ejecutivo, que van desde la potestad de autorizar o no el nombramiento de embajadores hasta la facultad de bloquear el presupuesto y provocar el cierre de la Administración. Sin embargo, en el caso turco, el nuevo sistema -aunque es cierto que refuerza la separación entre el Ejecutivo y el Legislativo- detrae a este último numerosas prerrogativas para poner coto al Gobierno. Así, Erdogan asumirá los cargos de jefe de Estado y de Gobierno (desaparece la figura de primer ministro) y podrá gobernar mediante decreto-ley con más facilidad que anteriormente.

Por si fuera poco, la reforma constitucional del pasado año modificó el sistema de designación de los miembros del principal órgano rector de la Justicia, y los jueces y fiscales ya no tendrán voz en su elección, sino que serán el presidente y el Parlamento quienes lo harán.

Where?

“¡No podéis pasar dentro! Tenemos orden de que no entréis”, dice un agente de policía a la entrada de un colegio electoral. “Solo pueden pasar los enviados especiales, no los periodistas residentes”, asegura otro agente en otro colegio. “Solo pueden entrar los periodistas residentes, no los enviados”, afirma un tercero. El estado de emergencia que rige desde el fallido intento de golpe de Estado de 2016, que otorga amplios poderes a gobernadores y prefectos para establecer restricciones, sumado a la kafkiana y mastodóntica jerarquía burocrática turca, convierte a los funcionarios turcos en pequeños sátrapas que dan órdenes e imponen prohibiciones aleatorias y a veces contradictorias.

Pero los problemas de los periodistas el día de los comicios son solo una nota al pie en el clima de represión con el que se ha llegado a las urnas. En los últimos dos años, más de 50.000 personas han sido detenidas, más de 100.000 empleados públicos purgados, más de 150 periodistas encarcelados, casi dos centenares de medios de comunicación clausurados, más de un millar de asociaciones prohibidas, una decena de diputados puestos entre rejas, entre ellos Selahattin Demirtas, que concurrió desde su celda como candidato a la presidencia por el partido de la izquierda prokurda HDP.

“La campaña electoral no se disputó en igualdad de condiciones, el presidente y el partido gobernante disfrutaron de ventajas indebidas. Incluida una cobertura abrumadora de los medios públicos y privados”, escriben los observadores internacionales de la OSCE en su informe preliminar sobre las elecciones turcas: “El restrictivo marco legal pone trabas a la libertad de los medios e induce a la autocensura, y el estado de emergencia ha sido utilizado para limitar aún más esa libertad. Los medios audiovisuales más populares están afiliados al Gobierno, algo que se refleja en su cobertura electoral. El partido gobernante y el actual presidente recibieron una mayor cobertura y más favorable, también en los canales de televisión pública, limitando a los votantes el acceso a una información equilibrada sobre las diferentes opciones”.

Según un estudio del Consejo Superior de Radiotelevisión, el ente público TRT dedicó durante la campaña 181 horas a informar sobre Erdogan; 15 horas al principal candidato opositor, el socialdemócrata Muharrem Ince; 3 horas a la candidata opositora Meral Aksener (derecha nacionalista); 1 hora al candidato islamista contrario al Gobierno, Temel Karamollaoglu, y 32 minutos al kurdo Demirtas. Incluso Dogu Perinçek, un exmaoísta extremadamente nacionalista y cada vez más cercano a Erdogan, recibió más tiempo (38 minutos) pese a que sólo le votó el 0,2 % del censo. También el Huda-Par, una  diminuta formación kurda de ideología fundamentalista que apoya al presidente turco, tuvo más difusión: una hora.

When?

En su último mitin de campaña, el candidato opositor Ince subió al estrado con una patata y una cebolla pinchadas en un palo. Los cientos de miles de simpatizantes presentes lo jalearon. Estos dos productos tan básicos en la cocina turca llegaron a superar las 7 liras el kilo (1,3 euros) pocos días antes de las elecciones, tras experimentar un incremento de precio de casi el 50 % en apenas un mes.

Muharrem Ince, candidato presidencial del principal partido opositor de Turquía, pronuncia un discurso en una manifestación en Estambul el 23 de junio de 2018. Oliver Weiken / AP

Desde el inicio del año, la lira turca ha perdido un quinto de su valor respecto al dólar y al euro, encareciendo las importaciones, empezando por el petróleo, lo que hace más costosos todos los demás productos. El Gobierno no ha parado de repetir que la economía va bien, y es cierto que el PIB turco ha registrado uno de los mayores incrementos del mundo: 7,5% en 2017. Pero algo tiene que ir rematadamente mal para que una tasa de crecimiento tan alta no se refleje en el bolsillo del ciudadano. La respuesta es que el desarrollo económico se basa cada vez más en la construcción y cada vez menos en la producción (Turquía, una potencia agropecuaria, se ha visto obligada a importar carne, trigo y lentejas en los últimos años), en créditos baratos otorgados por el Estado para fomentar el consumo y la concesión de hipotecas, y en subvenciones que van a parar a las empresas cercanas al reis Erdogan. El alza de precios (superior al 11 %) hace que el ciudadano de a pie no note ninguna mejoría, más bien al contrario.

Esa fue la principal razón del adelanto electoral: los comicios estaban previstos para noviembre de 2019 pero el Gobierno no podía permitirse seguir inyectando fondos para mantener artificialmente la cifra de crecimiento. Ni que las palabras de Erdogan, por ejemplo asegurando que asumiría un mayor control del Banco Central, continuaran hundiendo la lira.

En el aspecto político, quien forzó la convocatoria fue Devlet Bahçeli, líder del Partido de Acción Nacionalista (MHP), una formación de extrema derecha que, desde hace dos años, ha ejercido de aliado de Erdogan, contribuyendo con sus diputados y su electorado a la aprobación de la reforma constitucional presidencialista. Además de celebrar las elecciones antes de que los problemas económicos se convirtieran en una verdadera crisis, el objetivo de Bahçeli era evitar una sangría de votos a causa de la escisión vivida en el seno de su movimiento: numerosos cuadros y militantes del MHP lo abandonaron en protesta por su apoyo a Erdogan y conformaron el Partido Bueno (IYI). Bahçeli y Erdogan se reunieron, cambiaron las leyes y la normativa electoral, forjaron una coalición y convocaron los comicios en el plazo más corto que les permitía la Constitución: dos meses. Había que pillar desprevenida a la oposición para asestarle un golpe definitivo.

Pese a la falta de tiempo y a su tradicional división, las formaciones opositoras supieron reaccionar. El Partido Republicano del Pueblo (CHP), el principal rival de Erdogan, nombró a un candidato carismático como Ince, que convocó a cientos de miles de personas en sus mitines, superando en asistencia a los del presidente turco por primera vez en dos décadas. Cuatro partidos forjaron una alianza para las legislativas que se celebrarían el mismo día y la ilusión se apoderó de quienes no simpatizan con Erdogan. Las encuestas, además, indicaban una pérdida de apoyo a la formación islamista del presidente turco. “Aunque gane Erdogan, esta será la última vez que sea el favorito”, explicaba el director de una empresa de sondeos.

Why?

Pese a las condiciones extremadamente favorables para una victoria islamista, el electorado quedó prácticamente dividido en dos, reflejando la polarización que suscita en Turquía la figura del presidente turco. Pero Erdogan evitó el descalabro.

La razón hay que buscarla precisamente en el MHP. “El verdadero voto oculto era el del MHP”, escribía en el diario Cumhuriyet al día siguiente de las elecciones el columnista Kadri Gürsel, uno de los muchos que se enfrenta a penas de cárcel por sus artículos. Toda la prensa turca ha coincidido en señalar al movimiento ultranacionalista como el “gran ganador de las elecciones”. Sin apenas hacer campaña y liderado por un anciano sin garra como Bahçeli, el MHP obtuvo el 11 % de los votos en las elecciones parlamentarias, prácticamente la misma cifra que en los anteriores comicios.

Esto no quiere decir que no hubiese fuga de votos desde este partido de extrema derecha a su escisión, el IYI, igual de nacionalista que su matriz pero menos religioso y más moderado. Hubo transferencia de votos y fue considerable: pero especialmente en las zonas costeras del oeste y el sur del país, donde los votantes son más laicos. En el conservador y religioso interior de Anatolia, el MHP no sólo conservó sus votos sino que además sirvió de red de salvación para Erdogan. El votante que decidió dar un toque de atención al gobernante Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) por la mala situación económica votó por el MHP en lugar de dar el paso y apoyar a la oposición. Así, el AKP, que en noviembre de 2015 obtuvo casi el 50 % de los votos, cayó más de siete puntos el domingo. Además, según la opinión de los expertos en demoscopia, sin el apoyo del MHP, que no presentó candidato a las presidenciales, Erdogan probablemente tampoco habría logrado la reelección como presidente en primera ronda, teniéndose que arriesgar a una segunda a la que la oposición concurriría unidad en torno a un sólo candidato.

Devlet Bahceli, el líder del opositor Partido de Acción Nacionalista (MHP), llegando al congreso de su partido en Ankara el 18 de marzo de 2018. Burhan Ozbilici / AP

Esto hace que, a partir de ahora, Erdogan dependa de un partido de extrema derecha -sus 49 diputados serán clave en el Parlamento porque el AKP ha perdido la mayoría absoluta- y le tendrá que devolver los favores prestados en forma de concesiones. Por ejemplo, mano dura contra la minoría kurda. Por ejemplo, un par de ministerios y una vicepresidencia del Gobierno. Por ejemplo, designar a sus militantes al frente de ciertas instituciones del Estado (la Policía siempre ha sido un objeto codiciado por el MHP). “Ya desde que empezaron a colaborar hace un año, los burócratas del MHP han ascendido en la Administración”, se quejaba un periodista cercano a la facción más liberal del AKP poco antes de los comicios: “En la televisión pública, por ejemplo, hay uno que se pasea siempre acompañado de hombres armados”.

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