En los círculos del poder económico y político de Tailandia no se habla de otra cosa. Vietnam va camino de superar al Reino de Siam como la segunda economía del sureste asiático en los próximos meses. Es lo que el primer ministro tailandés, Anutin Charnvirakul, ha descrito como “una pesadilla”. Para los tailandeses no se trata solo de números: está en juego el orgullo nacional.
Tailandia ha disfrutado durante décadas de una ventaja para convertirse en el destino preferido de turistas e inversores. Mientras el país ofrecía estabilidad y sonrisas, las naciones de su entorno lidiaban con genocidios (Camboya), guerras (Vietnam) o totalitarismos (Birmania). Sin apenas competencia, los tailandeses olvidaron prepararse para la posibilidad de que emergieran rivales de importancia.
Vietnam era visto como un competidor menor, incluso después de lanzar su apertura o Doi Moi en 1986. El régimen comunista abrazó el capitalismo, manteniendo la estructura autoritaria y el monopolio del poder, modernizó el país y siguió la estela china. El resultado es un boom imparable que ha transformado un país cuyo nombre sigue vinculado con la guerra, en gran parte gracias a Hollywood.
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