Lo último que me esperaba era una fiesta. En 2009 viajé al Chaco boliviano para escribir un reportaje sobre las comunidades guaraníes afectadas por el mal de Chagas, una enfermedad tropical que causa decenas de miles de muertes anuales, que se podría prevenir y tratar mucho mejor, que incluso se podría erradicar, pero que solo mata en países pobres: entonces no importa. Esperaba visitas duras, conversaciones amargas, pero llegué en domingo. ¿Y qué se celebra los domingos en cualquier pueblo de medio planeta? Un partido de fútbol.
Cuando viajamos a sitios que no conocemos, los periodistas solemos ver justo aquello que esperábamos ver. Por eso resulta tan estimulante que la realidad nos regatee y salga corriendo por donde no esperábamos: nos toca perseguirla, ya no nos vale la inercia. En la aldea de Boyuibe, aquel domingo, me encontré con dos equipos de mujeres perfectamente uniformadas y alineadas para la foto en un descampado de tierra con dos porterías de tubos oxidados. Casi todas eran madres jóvenes que criaban a sus muchos hijos, trabajaban huertas, cuidaban cerdos y gallinas, vendían comida callejera para sobrevivir. “En nuestra asociación impulsábamos proyectos contra el mal de Chagas y la pobreza, teníamos una abogada para apoyar a las víctimas de violencia machista, pero un día nos cansamos de hablar solo de nuestras tristezas”, me contó Margoth Segovia, directora local del Movimiento de Mujeres Indígenas del Mundo (Momim). “También nos queríamos divertir. Y decidimos jugar al fútbol”. La mayoría no había practicado nunca deporte. Algunas se entrenaban a escondidas del marido, otras recibieron palizas: cómo iban a dejarse ver en pantalón corto…
El entusiasmo fue más fuerte. Convencieron a mujeres de otros pueblos y organizaron una liga regional. Me tocó asistir al partido de Boyuibe contra Urundaiti, marcado por el jolgorio entre el público, algunas burlas masculinas teñidas de envidia y decisiones tácticas peculiares: el entrenador de Boyuibe pidió un cambio en el minuto 10. No se proponía transformar el 4-4-2 en un 4-3-3, es que un bebé berreaba en la banda y su madre centrocampista debía salir de la cancha para darle de mamar. La centrocampista tomó al bebé, se sentó y se lo llevó al pecho, pero no paraba de berrear. “¡Es que tengo la teta muy caliente y no quiere tomar!”, gritó la madre. “¡Por favor, señoras, quién tiene una teta fría! ¡Una teta fría para mi hijito!”. El partido terminó con victoria de Boyuibe (2-0) y con las jugadoras de ambos equipos persiguiéndose entre risas para lanzarse agua por el cogote.
Dos años después, veintidós jugadoras guaraníes se bañaron en la bahía de La Concha, en San Sebastián (País Vasco). Para casi todas era la primera vez que veían el mar; para todas, la primera participación en un torneo internacional: la Donosti Cup. En buena parte fue posible gracias a Xabier Azkargorta, el guipuzcoano que había entrenado al Espanyol, Valladolid, Tenerife o Sevilla en Primera División, y que en Bolivia era un héroe desde que en 1994 clasificó a su selección por primera vez en la historia para un Mundial. Azkargorta se fue de gira por las televisiones bolivianas con las futbolistas guaraníes, consiguió patrocinios para que volaran a Europa y decidió entrenarlas.
Durante sus entrenamientos en el campo de Hernani, me impresionaron las broncas que echaba Azkargorta a sus defensas cuando alguna se descolgaba de la línea de cuatro. Pensé que igual no hacía falta ponerse así… pero me di cuenta de que las jugadoras lo agradecían: el míster se las tomaba muy en serio, sin ningún paternalismo. Cuando perdieron 11-0 contra un equipo sueco, Azkargorta corrió por la banda protestando furioso porque el undécimo gol había sido en fuera de juego. Y al final del partido las guaraníes se arremolinaron en torno al árbitro para exigirle que en el acta no constara un 11-0 sino un 10-0.
Unos días después ganaron 6-0 a un equipo vasco. La delantera Lidia Galván, trabajadora en un vertedero, era la mayor del equipo (39 años), la que más hijos tenía (7) y la que más goles marcó (2). “Soy la reveterana pero me siento muy viva”, declaró al final del partido. “Hemos competido contra jóvenes de muchos países y no somos menos que nadie. Solo necesitamos prepararnos mejor”. De vuelta al Chaco, ampliaron su proyecto con una escuelita de fútbol para niñas.
Xabier Azkargorta murió el pasado 14 de noviembre en Bolivia, donde pasó sus últimos años. Entre sus logros, los obituarios ignoraron uno. Cuando las guaraníes ganaron su único partido en la Donosti Cup, las reunió y les dijo: “Chicas, clasificar a Bolivia para el Mundial fue el mayor éxito de mi carrera; pero la mayor alegría que me ha dado el fútbol ha sido esta victoria de ustedes”. Ellas lo abrazaron, lo besaron, saltaron y cantaron: “¡Te queremos, profe, te queremos!”.