Ni las leyes nacionales o internacionales, ni las normas básicas de civismo o la Constitución de su país, ni desde luego la democracia, son límites para Donald Trump. El propio presidente de Estados Unidos ha asegurado al New York Times que no se siente condicionado más que por “su propia moral”. Y como carece de ella, el resultado es evidente: un presidente sin límites, impune y desatado en la persecución de sus ambiciones autoritarias dentro de Estados Unidos e imperialistas en el exterior.
Pero haríamos mal en quedarnos en la inmoralidad, indecencia y crueldad de Trump, atribuyendo a una sola persona los desastres de su presidencia o la tragedia que empieza a vislumbrarse en el horizonte. El líder de MAGA, el mayor movimiento fascista de nuestro tiempo, cabalga sobre el apoyo de casi 80 millones de votantes y la cobertura (in)moral de un ejército global de cheerleaders que ha otorgado estatus de gurú infalible a una persona que reúne todos los defectos de la naturaleza humana.
Jennifer Lederman Friedman, neurocientífica de la Universidad de California San Diego, explicaba con acierto el momento que vivimos en un artículo: “El mayor peligro no es un líder único, sino una deriva moral colectiva: la capacidad humana de deshumanizarse cuando las normas se derrumban. Los líderes no inventan esta oscuridad; la desatan”.
Algunas de las preguntas que se hace Friedman son urgentes: ¿qué ha ocurrido para que una parte importante de la sociedad estadounidense y del resto del mundo haya normalizado y aceptado el abuso, la corrupción, el autoritarismo, la indecencia o la crueldad como formas de gobierno? La maldad intrínseca de los tiranos es obvia y fácil de analizar. Más alarmante es el proceso que lleva a masas de ciudadanos ordinarios a adaptarse a los comportamientos de estos líderes, cuando no a apoyarlos con una militancia irracional.
La muerte de Renee Nicole Macklin Good retrata la debacle moral a la que asistimos. La mujer, de 37 años y madre de tres hijos, fue asesinada por los agentes antinmigración de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés) durante una redada en Mineápolis (Minesota). Los vídeos difundidos muestran a una mujer desarmada que trata de huir de una escena en la que no es sospechosa y es ejecutada a sangre fría por un agente.
La reacción inmediata de Trump y su Gobierno fue culpar a la víctima. Y, a continuación, hordas de opinadores, supuestos periodistas, representantes políticos y ciudadanos asumieron la mentira como propia. Pero más allá de la distorsión de los hechos y la propaganda, lo preocupante fue la manera en la que la mujer asesinada fue deshumanizada. Ya no era una ciudadana estadounidense o una madre: a ojos de millones de personas se había convertido en enemiga de Trump y, por lo tanto, había recibido su merecido.
No importa cuántas veces la historia nos muestre adónde nos lleva cruzar esa frontera hacia la debacle moral colectiva: siempre hay una próxima vez. En Estados Unidos hay esbozos de resistencia. La única esperanza es que esos brotes crezcan lo suficientemente rápido para levantar un muro que detenga el avance de la exuberante irracionalidad de nuestro tiempo. Dando por imposibles a los ya abducidos, solo queda esperar que los que hoy miran a otro lado con indiferencia, por cobardía o interés, despierten y den un paso al frente para evitar otro viaje de la humanidad al infierno.