La generación iraní que no tiene miedo

Un retrato de la juventud que protagoniza el mayor movimiento contra la República Islámica en décadas

La generación iraní que no tiene miedo
Ilustración de Cinta Fosch

Es primero de octubre. Sábado. Cae la tarde en el centro de Teherán. Las luces de neón de las tiendas se han encendido, el tráfico es más caótico que de costumbre y el ocaso hace más difícil identificar a quienes van dentro de los coches. Hoy, después de una semana extraña con dos días festivos en medio, ha comenzado un nuevo año académico en Irán. El regreso a las aulas también ha reactivado unas protestas que el gobernador de la provincia de Teherán —en uno de tantos movimientos erróneos del régimen durante las movilizaciones que sacuden el país— había dado por muertas tan solo dos días antes.

Masoumé*, traductora de 35 años, lleva desde el mediodía en las calles del centro de la capital iraní junto a Firuzé, una amiga escritora de 33. Han protestado con la cabeza al descubierto, han corrido para huir de las redadas policiales, han inhalado gases lacrimógenos, han estado cerca de ser capturadas por uniformados y agentes especiales vestidos de civil, los conocidos como lebos shakhsi. Pero, después de varias horas, el cansancio les ha superado. Han decidido seguir las protestas en coche, en un peregrinaje al que me uno.

“Solo ellas —en referencia a las personas más jóvenes— tienen esa energía”, reconocen con una gran sonrisa al señalar a través de las ventanillas a pequeños grupos de jóvenes que caminan por las aceras. Las dos apoyan la ola de protestas desencadenadas por la muerte a mediados de septiembre de Mahsa Amini, o Jina, el nombre kurdo con el que no pudo ser registrada en Irán. La joven, de 22 años, murió tras ser detenida por la llamada policía de la moral porque, según su interpretación, no cumplía las normas del vestir islámico. 

Cuando las circunstancias lo permiten, Masoumé y Firuzé hacen sonar el claxon, igual que decenas de autos que a esa misma hora dan vueltas por la ciudad acompañando a las personas jóvenes que caminan por las aceras, ondean sus velos —en caso de las mujeres— y cantan eslóganes como “Zan, Zendegi, Azadi!” (“¡Mujer, Vida, Libertad!”), que tiene su origen en una reivindicación de las revolucionarias kurdas. También se oye el grito de “¡Muerte al dictador!” que los jóvenes empezaron a utilizar cuando la represión de las protestas se hizo mayor.

Ambas coinciden en que, si bien la protesta empezó por Jina, por la imposición del velo, por la inseguridad que genera en las calles la policía de la moral, por los abusos contra el cuerpo de la mujer, ahora la generación de los jóvenes no quiere vuelta atrás: piensan que todo tiene que cambiar. “Quieren el fin de la República Islámica”, dice Masoumé, que tiene sus propias dudas sobre si ese debe ser el objetivo. “Solo la idea de cambio de régimen hará que la respuesta del Estado sea más brutal. Deberíamos concentrarnos solo en el velo [en pedir el fin de su imposición], en la desaparición de la policía de la moral; pero los más jóvenes no piensan lo mismo”, dice Firuzé, que se siente en la obligación de salir a la calle para acompañar a la juventud. “También lo hago por mi hijo pequeño. No quiero que tenga que pasar por lo que nosotros hemos pasado”, agrega. 

En otra conversación alejada de la tensión de la calle, Hassan, un contable de 33 años, relata una historia similar. Él también sale a apoyar a quienes protestan, también sabe que pone su vida en riesgo, que puede terminar en la cárcel con graves consecuencias para su vida laboral. Al mismo tiempo, teme el desenlace que puedan tener estas protestas: que la represión aumente y que esto lleve a una confrontación que se vaya de las manos. Y que dé aún más argumentos al Nizam (término que designa al sistema del régimen iraní) para acusar a los enemigos de Irán de estar detrás de las protestas. “Yo creo que debemos tener claro cuáles son nuestros objetivos, deberíamos buscar la manera de encontrar un camino pacífico para protestar. Pero esta generación que está en las calles es distinta, tiene mucha rabia. Están dispuestos a no parar y a no dejarse intimidar”, dice Hassan. Y añade que el régimen no escucha: vuelve a hacer oídos sordos a los reclamos de las personas jóvenes, a las que acusa de haber caído en la trampa del enemigo. 

El propio líder supremo de Irán, el ayatolá Ali Jamenei, repitió esta acusación este mismo lunes, cuando se refirió por primera vez a las protestas que comenzaron el 17 de septiembre. El máximo líder iraní expresó su pesar por la muerte de la joven, pero dijo que las movilizaciones estaban planeadas con antelación por “los americanos, los sionistas y los iraníes traidores que viven fuera del país”. Como ya ha sucedido en el pasado, el régimen piensa que el dolor y la indignación van a desaparecer con solo ordenar una investigación para esclarecer la muerte de Mahsa Amini y expresar su dolor por lo ocurrido. Tampoco entiende que la rabia de esa generación se gesta cada día como consecuencia de la represión de la que es testigo en las calles y a través de videos que, a pesar de las restricciones del internet, circulan por las redes. 

Mostafa Tajzadeh, actualmente en la cárcel por ser uno de los políticos reformistas más críticos con el líder supremo y las altas figuras de la República Islámica, aseguraba hace un par de años que las redes sociales habían quitado al régimen uno de los principales pilares de su represión: el monopolio de la información. Esta generación, mucho más que la que lideró las protestas de 2009 —en las que millones de iraníes tomaron las calles al sentirse “robados” en las elecciones en las que salió reelegido el radical Mahmoud Ahmadineyad—, creció en contacto con el mundo gracias a internet.

Ilustración de Cinta Fosch

No hay vuelta atrás

Masoumé toma varias calles que llevan del norte al sur de la ciudad. Los cinco sentidos están alerta. Las calles son un terreno minado: cualquier coche, pero especialmente las motos, representan un peligro. Somos cinco mujeres en el vehículo, conscientes de que precisamente por eso somos motivo de sospecha. Muchos amigos han recibido llamadas de las autoridades preguntando por las razones por las que su coche estaba en determinados lugares de Teherán a la hora de las protestas. Todas miramos constantemente a nuestro alrededor en busca de informantes. 

Estamos preocupadas, mas no así decenas de mujeres jóvenes que caminan por las aceras cercanas. Muchas van sin velo. Algunas lo levantan para ondearlo en el aire cuando pueden. Varias van en grupos solo de mujeres, otras con chicos. También hay grupos de hombres que caminan como si estuvieran de paseo. Según el periódico Javan, vinculado con la Guardia Revolucionaria (protectora del Nizam, el sistema), el 93% de quienes han salido a las calles son menores de 25 años.

Generaciones pasadas de mujeres han ido rompiendo barreras desde la instauración de la República Islámica en 1979: maquillarse, pintarse las uñas, subirse la gabardina que obligatoriamente las tiene que cubrir, tocar música en la calle, moverse en bicicleta —o en moto—; también dejar caer el velo hacia atrás hasta quedar con la cabeza descubierta, algo cada vez más frecuente no solo en las zonas de mayor poder adquisitivo de Teherán, sino en todos los sectores. Pero las más jóvenes se han atrevido a enfrentarse sin temor a las autoridades. No están dispuestas a ceder un centímetro en la búsqueda de sus derechos y de sus sueños. “Solo se vive una vez”, me decía hace poco Sara, una joven de 20 años con el pelo corto que ha participado en las protestas.

Una empresaria me contaba también cómo su hija de 18 años se niega a ponerse el velo en la calle, a pesar de la amenaza de la policía de la moral. “No atiende a razones”, aseguraba. Y un colega periodista destinado en otro país de la región me contaba con los ojos encharcados cómo su hija de 17 años ha decidido salir a la calle en Teherán. Él no se atreve a decirle que no luche por su futuro, pero al mismo tiempo teme que algo le pase. Lo mismo sucede en muchas familias.

 “Yo ya he vivido mi vida, al menos no dejemos que maten a los más jóvenes”, escribió en las redes Minoo Majidi, una madre de la ciudad de Kermanshah, en el oeste de Irán, antes de asistir a las protestas. La mujer fue asesinada el 20 de septiembre por disparos de la policía antidisturbios. La foto de su hija mirando fijamente a la cámara al lado de su tumba, con la cabeza rapada y su cabellera cortada en la mano derecha, se ha convertido en uno de los símbolos de estas protestas, a las que es muy difícil encontrarles parangón en las últimas cuatro décadas de Irán. 

Las protestas nacieron de la indignación, especialmente la indignación de las mujeres que, tras conocerse la muerte de Mahsa Amini, sintieron que era necesario decir bass´e: basta. Jina, procedente del Kurdistán, estaba de visita en Teherán cuando fue detenida por la Gashte Ershad, la policía de la moral. Posiblemente ella, procedente de una ciudad pequeña, se había enfrentado decenas de veces a la crudeza de los basiyis y fuerzas del Estado que tienen gran presencia en las áreas kurdas del país, pero no a esta policía de la moral que controla el vestir en las grandes ciudades. Una policía que, si bien ronda las calles desde hace varias décadas, ha pasado a convertirse en un tormento aún mayor para las mujeres desde la llegada a la presidencia de Ibrahim Raisi en agosto de 2021.

Desde entonces, cientos de mujeres han sido capturadas por transgredir, supuestamente, los cánones del vestir que busca imponer sin éxito la República Islámica desde hace 43 años. Su objetivo de educar a la población femenina desde su infancia para que ellas sean buenas mujeres religiosas y lleven con orgullo el velo ha fracasado; solo hay que caminar por las calles de las ciudades en Irán para darse cuenta. Muchas mujeres han asegurado que las razones para la detención son extremadamente arbitrarias y dependen del criterio de cada una de las mujeres que integran la policía de la moral, siempre vestidas con un chador negro que cubre cada centímetro de su cuerpo. “He sido testigo de cómo pegaban a las mujeres. No cuando eran trasladadas en la furgoneta, sino dentro de la propia comisaría. Fui testigo de cómo pegaban a mujeres que solo preguntaban por qué las habían llevado hasta allí”, me contaba días atrás, ya comenzadas las protestas, Faridé, una diseñadora que no teme caminar por la calle con su pelo teñido de azul al descubierto. 

Ella no es la única que ha presenciado esta brutalidad. Por eso, muchas mujeres —incluso religiosas— no creen la versión policial de que Jina murió de un ataque al corazón. No es la primera vez que el régimen ha prometido una investigación sobre un asesinato que luego cae en el olvido. El hospital que recibió a Jina difundió un comunicado en Instagram —que luego desapareció, como suele suceder con frecuencia en Irán– en el que aseguraba que la joven había ingresado con muerte cerebral. Sus familiares aseguran que Jina estaba bien de salud y que su cuerpo tenía moretones. Estas denuncias las han hecho a pesar de la fuerte presión de los agentes de un régimen que, como acostumbra en estos casos, ha intentado evitar que hagan declaraciones. Esta vez no ha tenido éxito.

Muchas mujeres han pasado por la situación bochornosa de ser capturadas en la calle y ser tachadas de “prostitutas” o de “desviadas”. La policía de la moral asegura que las detenciones están destinadas a que estas mujeres reciban un “curso de reeducación”, un argumento que solo deja en evidencia el fracaso de la República Islámica en su misión de imponer las normas de comportamiento islámico. Los estudiantes en Irán han tenido una educación primaria y secundaria en la que la religión marca sus vidas. Les han inculcado todos aquellos pilares sobre los que se ha fundado la República Islámica: desconfianza hacia el enemigo extranjero —muerte a Estados Unidos, muerte a Israel, muerte al Reino Unido—, adoración por el martirio y respeto por las normas del vestir islámico. En especial el velo.  

Ilustración de Cinta Fosch

La generación que toma las calles

“Esta nueva generación es diferente, sobre todo las mujeres. Tienen una valentía que yo no había visto antes. El régimen se niega a entender que ellas no están bajo su control”, insiste Masoumé durante nuestro recorrido por el centro de Teherán. Estas conversaciones sobre la desconexión del sistema con la juventud —y en general con la totalidad de la población— no son nuevas en Irán. Así lo recoge la antropóloga Narges Bajoghli en el libro Iran Reframe, ansiedades de poder en la República Islámica, basado en una investigación realizada tras las protestas de 2009. Durante esa investigación, la doctora Bajoghli fue testigo de la discrepancia de opiniones que se dieron entonces entre algunas voces del Nizam, incluidos los guardias revolucionarios, sobre cómo relacionarse con las nuevas generaciones. Algunos reconocían ya para entonces cómo el sistema había perdido la capacidad de comunicarse con un gran sector de la juventud, cómo había perdido la capacidad de venderles el relato de la Revolución Islámica y sus ideales. Muchos aseguraban que, si no eran flexibles, perderían el respaldo de la sociedad.

La versión opuesta, la que ha ganado durante estos años, aseguraba que a los jóvenes solo se les puede tratar con disciplina. “Si los castigan, entenderán que estaban equivocados”, decía esta semana el líder Jameini. El libro de Narges Bajoghli también plantea la división cada vez mayor que hay entre los dos grandes sectores de la sociedad: el que se rige por la ideología y defiende a capa y espada la República Islámica, y el resto, que busca llevar una vida tranquila, alejada de penurias económicas y de la represión de un régimen que busca imponer un modelo de vida estricto, incluso dentro de la vida privada, con el que muchos no comulgan. 

Según algunos analistas, el sector radical, el que defiende al Estado en las protestas y presiona para que no haya reformas dentro de la República Islámica, no sumaría 20 millones de personas en un país de más de 83 millones. Pero es esta minoría la que tiene el poder, como lo comprueban los jóvenes cada día. Un poder que se traduce en la presencia de la policía de la moral en la calle, el bloqueo de redes sociales como TikTok o Twitter, la prohibición de que las mujeres canten en solitario o vayan al estadio. Y, sobre todo, en la presión y el matoneo del que son objeto por parte de los simpatizantes o defensores del sistema, como los basiyis, esa fuerza militar y civil que se proyecta ante la sociedad como defensora ideológica y moral de la República Islámica. La juventud es testigo de cómo los basiyis, solo por su afiliación, tienen privilegios que ellos no tienen. Y cómo en muchas ocasiones ascienden más rápido, sin necesidad de buenas notas, solo por apoyar la República Islámica.

Desde 2009 se ha planteado que uno de los grandes problemas de la República Islámica es que ambos lados del espectro ideológico han dejado de comunicarse: los lazos se han roto. Esto se hizo aún más patente cuando el sistema erradicó del campo político al sector reformista, que tuvo su momento culmen durante la presidencia de Mohammed Jatami, entre 1997 y 2005. Este movimiento planteaba reformas dentro del marco de la República Islámica. Jatami gozó de enorme popularidad en el país durante años, hasta el punto de que el mismo sistema lo aisló: llegó a prohibir que su foto apareciera en los periódicos o sus declaraciones en la televisión. Hoy es un personaje que pesa poco, pues sus reformas ya no interesan a las personas jóvenes que están en la calle: muchas de ellas no habían nacido cuando Jatami gobernaba.

“La diferencia entre ellos [por los jóvenes de esta generación] y nosotros es que entonces teníamos más respeto a la autoridad. Teníamos más miedo. Pero no es así con esta nueva generación”, dice Firuzé, la escritora. Y reitera lo que otros integrantes de aquel movimiento me llevan recordando desde hace ya varios años: a la juventud iraní de hoy, y especialmente a las chicas, no las detiene ninguna amenaza. Ni ser detenidas una y otra vez por la cuestión del velo, ni terminar en la cárcel ni ser golpeadas. “Son ellas las que nos dan el valor para estar aquí”, agrega Firuzé. Ella, al igual que Rahi, forma parte de la generación que participó en el llamado Movimiento Verde en 2009. 

Aquella famosa generación fue considerada por años la más valiente que había nacido en Irán. La protesta que lideró fue un punto de quiebre para la República Islámica. Su brutalidad para reprimir las movilizaciones y su incapacidad para escuchar los reclamos de la población —que al comienzo solo pedía que se revisara el resultado de las elecciones, con el lema “¿Dónde está mi voto?”—, dejó al descubierto muchas de sus costuras. Hasta el punto de que miles de personas, incluidas muchas familias religiosas que hasta entonces habían apoyado el régimen, marcaron distancias con él. 

Muchos jóvenes de entonces y sus familias pagaron un alto precio por pedir sus derechos.

Miles resultaron encarcelados, más de un centenar fueron asesinados y muchos otros fueron perseguidos, expulsados de las universidades y en muchos casos, terminaron exiliados. Quien se erigió como líder político de aquella movilización, el ex primer ministro y entonces candidato presidencial Mir Hussein Musavi, todavía está en arresto domiciliario sin que jamás se le haya hecho un juicio.

Desde entonces me he encontrado con muchas familias que, si bien siguen siendo religiosas, se han alejado del Nizam. Dejaron de asistir a las oraciones de los viernes —mucho antes de que la pandemia obligara a cerrar los púlpitos durante meses—, y muchos no solo defienden la división entre religión y Estado, sino que están convencidos de que la injerencia de la religión —el islam chií en este caso— en la política ha alejado a un sector de la población de su fe. Creen que los abusos del sistema, incluida la violencia perpetrada por la policía de la moral, ha abierto una gran grieta en la sociedad, como se ha evidenciado en estas últimas protestas.

Masoumé entiende bien cómo ha funcionado este proceso dentro del sector religioso. Su padre es, hasta hoy, un hombre extremadamente religioso y leal al líder Supremo Ali Jamenei. A pesar de que ella va por la calle con el velo caído sobre los hombros, él nunca le ha permitido estar en su presencia sin la cabeza tapada. De hecho, Masoumé se cubrió con el chador negro de las mujeres tradicionales y religiosas durante más de veinte años, asistía a cursos donde le enseñaban a memorizar el Corán y llegó al extremo de considerar nocivo ver la televisión extranjera. Se casó en primeras nupcias con quien le señaló su familia: un hombre cuyo padre fue mártir en la guerra contra Irak y cuya familia era tan religiosa como la suya, o incluso más. Pero todo cambió en 2009. 

Maosumé, que en ese momento ya vivía un proceso que la alejaba de la religión y sus reglas —lo achaca al desencanto y la doble moral que vio en muchos practicantes que querían imponer en otros lo que ellos no practicaban—, fue testigo de cómo su familia política se distanció del régimen a raíz de la respuesta violenta a las movilizaciones de 2009 y su represión a cualquier clase de oposición política. Su suegra y sus cuñadas no aceptaron que el régimen matara jóvenes en nombre de la memoria de los mártires de la guerra. Tampoco que usaran el nombre de los mártires para justificar la imposición del velo, como sucedió entonces. Uno de los argumentos del sector radical es que los mártires de la guerra entre Irán e Irak habían dado su vida por defender el velo.

El debate

¿Se debe presionar a las mujeres para que usen el velo? Como en muchos aspectos en Irán, este es un tema donde también hay divisiones. En la ciudad de Qom, considerada el centro religioso del país, un grupo minoritario de ayatolás se han pronunciado en contra del uso de la fuerza para imponer el velo. 

Pero por otro lado están ayatolás radicales como Ahmad Alamolhoda, en la también ciudad religiosa de Mashad. Este religioso, representante del líder supremo en la provincia de Mashad y suegro del actual presidente, Ibrahim Raisi, ha impulsado desde hace tiempo una campaña de temor para imponer estrictas normas del vestir. Muchas mujeres se las saltan, a pesar del riesgo que corren. “No hay que esperar a que la policía actúe si ven a una mujer que no cumple las normas del vestir en el espacio público”, dijo en una ocasión el ayatolá. Las activistas han denunciado este tipo de declaraciones, que lo único que traen es mayor inseguridad para las mujeres. En la ciudad de Isfahán, por ejemplo, cuatro mujeres fueron atacadas con ácido en octubre de 2014 supuestamente por llevar mal el velo. Todo esto se daba en el marco de una campaña, liderada por los clérigos, que promulgaba la necesidad de defender el vestir islámico. “Hombres, ¿dónde está su dignidad? ¿Dónde está el hiyab de sus mujeres?”, gritaban en una protesta oficial decenas de mujeres vestidas con estricto chador.

En 2017, en una intervención inusual frente a un grupo de clérigos, el entonces general de las fuerzas Qods, Qassem Suleimani —que se había erigido como la figura más popular de la República Islámica—, hizo un llamado a la unidad del país en el que se refería específicamente al velo. “¿Por qué usamos constantemente etiquetas como ‘no velada’, ‘pobremente cubierta’, ‘reformista’ o ‘principialista’ (en alusión a los conservadores)?”, planteó. 

“No todos los hijos son iguales, pero es el padre el que los puede reunir alrededor suyo”, dijo Suleimani, e indicó específicamente a los clérigos que era su responsabilidad atraer a las mujeres etiquetadas como “veladas”, “pobremente veladas” y “sin velo”. Este reconocimiento de otro sector de la sociedad, de ese al que el régimen siempre evita nombrar, no pasó desapercibido dentro de la población. Dejaba en evidencia el debate que se vivía en el interior del Nizam. El general nunca más volvió a referirse al tema, al menos en público. Su asesinato en enero de 2020 por un dron estadounidense en Irak trajo uno de los pocos momentos de unidad que ha visto la Republica Islámica en décadas. Millones de personas salieron a despedirlo. El Nizam vio como seguidores y críticos cerraban filas en torno a la defensa del país. Pero este sentimiento duró poco: los guardias revolucionarios derribaron un avión con 176 pasajeros pocos días después. Aunque se disculparon y lo achacaron a un error humano, otra montaña de desconfianza volvía a levantarse entre el Régimen y la población.

Mona, una artista de la ciudad de Mashad, señalaba en 2021 que en ciudades tradicionales alejadas de Teherán hay mucha gente que puede estar en desacuerdo con las políticas del régimen y que incluso acusa a los gobernantes de corruptos, pero en cambio sí defiende el uso del velo. “Son tradicionales, gran parte de Irán lo es”, decía. Ella recordaba entonces que, antes de la Revolución, muchas familias no dejaban salir de sus casas a las mujeres ni las dejaban acudir a la universidad, porque consideraban que el espacio público era inseguro. No querían que se mezclaran con un gran grupo de mujeres que se vestían bajo los cánones occidentales. “Ahora la situación ha dado un giro total. Las que se sienten inseguras son las mujeres que quieren llevar un velo caído [sobre los hombros], una gabardina abierta o un pantalón apretado”. 

La falta de libertades en Irán no discrimina sexo ni género, pero las mujeres han pagado el mayor precio desde la victoria de la Revolución. Uno de los pilares sobre los que los clérigos fundaron la República Islámica fue la castidad de la mujer, ejemplarizada en su vestir pero también extendida a muchos otros aspectos. Su vida y su palabra valen la mitad que la de un hombre ante la ley. Su cuerpo pasó a ser prácticamente propiedad del Estado  y el velo se convirtió en uno de los pilares sobre los que se construyó este sistema, regido bajo la figura del Velayat al faqih (guardian de la jurisprudencia islámica): un concepto que tiene sus origenes en el islam chiita y que es fundamental para entender el sistema iraní actual. El líder supremo tiene la potestad de dirigir la nación mientras se aguarda la llegada del imam Mahdi —el duodécimo imam de los chiíes—, que según la creencia está oculto desde el año 874 d.C. 

Una generación tras otra ha pagado un alto precio por ello. 

*El nombre de Masoumé es ficticio para proteger su identidad

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