“El petróleo es una causa más probable de conflictos internacionales que el trigo”, escribía Simone Weil ya en 1937. Las palabras de la activista y filósofa francesa siguen reverberando en la actualidad como un aviso de la obsesión, dependencia y adicción al crudo que tiene Occidente, al igual que el resto del mundo. El último caso es Venezuela, cuyo subsuelo contiene más de 300.000 millones de barriles de crudo, según la Organización de Países Exportadores de Petróleo, que la Administración Trump estima esenciales para el futuro de Estados Unidos. Ese es uno de los motivos fundamentales por los que Washington ha bombardeado Venezuela y ha sacado en una operación militar a su presidente, Nicolás Maduro, del país.
Este ataque ya puede leerse como un intento por controlar el equilibrio energético global. El propio Trump fue quien desveló tras el ataque a Venezuela que su objetivo primordial son las reservas petrolíferas venezolanas, las mayores del planeta. Pero ya lo había dejado entrever en varias ocasiones.
El pasado 17 de diciembre, en la base aérea Andrews, afirmó: “Hay que recordar que nos quitaron todos nuestros derechos sobre el petróleo. Lo queremos de vuelta. Nos los quitaron ilegalmente”. Se refería a unos combustibles fósiles que, dada su situación geográfica, pertenecen legítimamente a Caracas. Unos días después, el subjefe de gabinete de la Casa Blanca, Stephen Miller, fue más allá y calificó la nacionalización del crudo venezolano, que se llevó a cabo en la década de 1970, como “el mayor robo registrado de riqueza y de propiedad estadounidense”. ¿El motivo? “Fuimos quienes creamos la industria petrolera de Venezuela”. Unas palabras que luego Trump repitió durante la conferencia de prensa tras la operación militar en Venezuela.
Actualmente, el petróleo representa alrededor del 88% de los 24.000 millones de dólares de los ingresos por exportaciones del país donde nació Simón Bolívar. Los productos relacionados con la producción del petróleo, como los petroquímicos, representan buena parte del resto, según datos del mismo medio. Es decir, que el oro negro ha conseguido engrilletar el futuro de Venezuela, devolviéndola así a un estado de dependencia exterior cuya fuerza compite con el cordón umbilical colonial que el libertador venezolano cercenó en el siglo XIX.
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