Un presidente y su mujer secuestrados por otro presidente.
Manifestantes, miles, masacrados bajo la impunidad de un apagón tan oscuro como las ghabas de los ayatolás.
46 muertos por un tren descarrilado. El ruido, los bulos, la bilis de después.
Pistoleros asesinando a activistas en nombre de la Casa Blanca.
Especuladores jactándose de los rascacielos que levantarán sobre las fosas comunes de Gaza.
Estrenar año así,
sin saber
dónde mirar
que no se acumulen
montañas de
cadáveres,
indecencias,
mentiras
infamias,
vilezas.
Abrir la agenda,
planificar encuentros,
imaginar proyectos,
soñar
qué queremos
haber hecho
en febrero,
marzo,
verano
y, otra vez,
Navidad.
Echar a andar el año así,
tristes, desfondadas,
aturdidos, desorientadas,
tanteando el aire en busca de asideros
para adentrarnos en esta nueva era,
un lenguaje para nombrar
lo que nos deja sin habla,
un código que nos sacuda la parálisis,
que nos saque del ensimismamiento,
que nos conduzca del pensamiento a la acción.
Y, entonces, escuchar un canto que nos enraíza la piel al alma,
una melodía que nos acompasa respiración y pulso,
un poeta que resucita la palabra para entregárnosla.
La delicadeza fortaleciéndonos el espíritu,
la piel erizada como escudo ante la crueldad,
la belleza guiándonos para hermanar ética y estética,
el arte enseñándonos a ver la esperanza,
recordándonos cómo se ejerce,
con disciplina,
como una responsabilidad:
el vecindario alertando con silbatos de la llegada del ICE,
el pueblo de Adamuz socorriendo a las personas heridas,
la diáspora iraní clamando lo que ya no podrán decir sus muertos,
las voluntarias que recogieron más de medio millón de firmas
para que España reconociese como ciudadanas a las vecinas y vecinos migrantes,
el movimiento de solidaridad con Palestina rompiendo, cada día,
el manto de silencio con el que se quiere ocultar
el año tres de genocidio en Gaza.
Millones de personas anónimas haciendo lo que pueden con lo que tienen.
Veámoslas: son la esperanza de nuestro tiempo.
Cuidémoslas, con delicadeza, la forma de relacionarnos que hilvana
la convivencia de la diversidad y la cooperación desde la pluralidad de ideas;
un modo de atención que abre en flor nuestros sentidos para comprender
que la emoción de un verso es también un resorte para la acción:
asumir que no hay forma más plena de estar en el mundo
que defendiendo la ternura, la justicia, la paz y la dignidad.
Hacer que, pese a todo, merezca la pena seguir siendo humanos.