Los atentados silenciados de Pakistán

Un ataque suicida mata a 72 personas en un parque infantil. Detrás de atentados como este se esconde una de las campañas terroristas más salvajes de los últimos años.

Los atentados silenciados de Pakistán
Diego Ibarra Sánchez

Al menos 72 personas han muerto y 300 han resultado heridas en un ataque suicida perpetrado en un parque infantil en el que los cristianos estaban celebrando el domingo de Pascua en Pakistán.

El atentado terrorista ha tenido lugar en la ciudad oriental de Lahore, en la frontera con la India. El ataque ha sido reivindicado por Jamatul Ahrar, un grupo en la órbita del movimiento talibán pakistaní. Muchos de los muertos son mujeres y niños.

Hasta aquí, el lenguaje frío de las noticias para explicar un acto de terror que desde hace demasiado tiempo es cotidiano en Pakistán. Hasta aquí, las acostumbradas palabras que tecleamos para describir una realidad incomprensible y lejana: la de una campaña salvaje que ha sido ignorada a nivel internacional pese a matar a estudiantes, mujeres, deportistas, cristianos, chiíes, suníes, sufíes e incluso ministros. En Pakistán.

Esto es lo más escalofriante. En 2015, se registraron en el país 625 atentados, que mataron a 1.069 personas. Lo más duro es que muchos medios, entre ellos nosotros, lo interpretamos como un dato positivo: las muertes a causa de atentados bajaron un 38% respecto al año anterior.

Estas son solo algunas de las claves, a través de nuestras habituales 5W, que explican la ola de atentados que sufre Pakistán desde 2007. Por aquel entonces, la atención mediática era escasa, pero la muerte de Osama bin Laden en 2011, la salida de las tropas internacionales del vecino Afganistán y la irrupción de Estado Islámico han hecho que esa parte del mundo se evapore de la memoria colectiva.

WHO

El público está familiarizado con los talibanes afganos y con su difunto líder, el mulá Omar, pero no con el movimiento talibán pakistaní (Tehrik-e-Taliban Pakistan, en urdu), una amalgama de grupos yihadistas que organizó, desde su nacimiento en 2007, una de las campañas terroristas más violentas de este siglo. Sus objetivos más frecuentes han sido las minorías religiosas (chiíes, cristianos, ahmadíes), el Ejército de Pakistán y todo tipo de objetivos civiles.

WHAT

Partidos de voleibol, escuelas, universidades, parques, mezquitas, hoteles… e incluso el cuartel general del Ejército. Los grupos en la órbita talibán pakistaní —no necesariamente con los mismos intereses que los talibanes afganos— han matado de forma indiscriminada y brutal. Han organizado asaltos con rehenes, una estrategia terrorista cada vez más en boga, y han puesto en jaque al Estado.

WHEN

El punto de inflexión fue el asalto a la Mezquita Roja de Islamabad, ordenado por el dictador Pervez Musharraf en 2007. Después vino el asesinato de la ex primera ministra Benazir Bhutto, y el caos. Ese año hubo 1.503 ataques y 3.448 muertos. En 2008, 2.577 ataques y 7.997 muertos. En 2009 el terrorismo tocó techo: 3.816 ataques y 12.632 muertos. Eso supone una media de más de diez atentados y 34 muertos al día. Muchos más muertos que en Afganistán. Un Bruselas cada día.

WHERE

Las zonas con mayor presencia talibán son las más afectadas, además de la provincia de Baluchistán. Pero no es la primera vez que Lahore, la populosa Karachi o la protegida capital, Islamabad, han sido atacadas. No hay lugar seguro en Pakistán.

WHY

Como siempre, esta es la pregunta más difícil. Los grupos radicales suníes han lanzado una cruel campaña contra los chiíes, secta minoritaria en Pakistán. El Ejército de Pakistán, acusado durante años de dar alas a los grupos islamistas para tener más influencia en Afganistán, ha visto ahora cómo el bumerán se gira en su contra. El Estado se ha derrumbado, sin una identidad nacional que sirva de pegamento para cerrar las grietas.

Pero a ningún analista se le escapa que la guerra afgana es la que marca el ritmo. La invasión estadounidense después del 11-S propició un exilio talibán al vecino Pakistán. Desde entonces, la semilla yihadista no ha hecho más que crecer, en un terreno ya fértil: el que vio nacer a los muyahidines en la década de 1980, aquellos que lucharon contra la invasión soviética con el apoyo financiero de los servicios secretos estadounidenses y saudíes.

Tras la salida de las tropas internacionales de Afganistán, la violencia repuntó en el país, a la vez que remitía, discretamente, en Pakistán. Un ciclo de violencia que se transforma y se reproduce. Son demasiados años de guerra, yihadismo, intereses geoestratégicos y partidas de ajedrez en el tablero de Asia Central.

La paz está lejos.

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