El comandante con el que Kapuscinski se fue al frente

Entrevista con el portugués Joaquim António Lopes Farrusco, que combatió con los comunistas angoleños

El comandante con el que Kapuscinski se fue al frente

“Es un destacamento condenado al exterminio, para él no existe salvación”, escribía el reportero polaco Ryszard Kapuscinski sobre un grupo de hombres agotados y mal armados en el peligroso frente sur de Angola, en 1975. Al mando de aquel destacamento casi temerario, que afrontaba la amenaza de las tropas sudafricanas, había un joven portugués: el comandante Farrusco.

Han pasado más de 40 años y Farrusco sigue vivo.

Está sentado en el vestíbulo del Cine Ideal de Lisboa, de espaldas a una pared con fotos en blanco y negro tomadas durante la guerra de Angola. Viste un abrigo negro y un sombrero de fieltro que no se quitará durante toda esta entrevista: apenas unos segundos para frotarse la cabeza y ponérselo de nuevo con rapidez. Desde fuera llega de vez en cuando el ruido del tranvía que pasa por la Rua do Loreto, en el Barrio Alto de Lisboa.

Joaquim António Lopes Farrusco está vivo, y ni siquiera él se lo explica del todo. Esquivó muchas balas hasta que la suerte le falló: un proyectil lo alcanzó y le destrozó un pulmón durante una emboscada cerca de Matala, en el sur de Angola, en octubre de 1975. La colonia, a punto de proclamar su independencia de Portugal, estaba sumida en el caos: la administración lusa se desintegraba, muchos blancos huían y combatían por el poder tres movimientos armados.

El general Farrusco ante el Cine Ideal de Lisboa. Joana Linda

El portugués Farrusco luchaba del lado del Movimiento para la Liberación de Angola (MPLA). Recuerda la hemorragia tras el balazo, y que apenas podía respirar cuando lo llevaban camino del hospital de Lubango: llegó prácticamente muerto, le dirían luego los médicos. Más de cuatro décadas después, Farrusco, de 70 años, toma café mientras rememora aquella guerra, que se prolongaría hasta 2002 y se convertiría en uno de los conflictos más largos y sangrientos de África. 

Si a Farrusco, hoy general de tres estrellas, le preguntan cuál es su patria, responderá “Angola” sin dudarlo. En Luanda ha construido su hogar tras dedicar media vida al MPLA, y en Angola tiene ocho hijos fruto de dos matrimonios. Estos días ha vuelto a Portugal para asistir al estreno de Un día más con vida, la película de Raúl de la Fuente y Damian Nenow basada en el libro homónimo de Ryszard Kapuscinski, en el que narra su experiencia en la guerra de Angola.

El largometraje —que mezcla animación con entrevistas y secuencias de imagen real— recoge el caos en Angola en las semanas previas a la proclamación de su independencia, el 11 de noviembre de 1975, y narra el encuentro entre Kapuscinski y aquel combatiente portugués en las filas del MPLA. El polaco fue el único reportero extranjero que consiguió viajar al frente sur. Allí confirmaría la invasión de Angola por parte de tropas sudafricanas y conocería a un joven militar idealista y comprometido con la causa de la izquierda angoleña: Farrusco. 

PETRÓLEO, DIAMANTES Y GUERRA FRÍA

—Posiblemente esa foto la saqué yo.

La imagen es de octubre 1975 y muestra a Kapuscinski posando al lado de un grupo de combatientes angoleños armados, la mayoría muy jóvenes. Está colgada en la pared del Cine Ideal como parte de una pequeña exposición de imágenes del archivo del reportero polaco con motivo del estreno de la película.

—Esta foto está sacada en Matala [sur de Angola] con mi gente. No recuerdo bien todas las caras —mira la imagen con atención— porque en aquel momento tenía cerca de cien hombres. Kapuscinski me dejó la cámara para sacar algunas fotos.

Otra de las imágenes muestra a un Farrusco cuatro décadas más joven, con barba y abundante pelo negro debajo de una gorra estilo Che Guevara. Esa imagen sí la sacó Ricardo, el nombre de pila que usaba Kapuscinski en Angola. El general Farrusco define al entonces corresponsal de la Agencia de Prensa Polaca (PAP) como una persona “modesta y humilde”.

—No se me presentó con un posicionamiento de izquierdas o de derechas en términos políticos. Se presentó como un periodista que quería saber cómo y dónde estaban las fuerzas sudafricanas, qué estaban haciendo. No me preguntó por la UNITA, ni por el FNLA.

Joana Linda

Aquellos eran los años de la Guerra Fría, y la suculenta Angola —con su petróleo y sus diamantes, su café y su algodón— era un campo de batalla en el que se enfrentaban los dos bloques: la URSS y Cuba apoyando al Movimiento para la Liberación de Angola (MPLA); y Estados Unidos, Sudáfrica y el resto de sus aliados respaldando a los derechistas Frente Nacional para la Liberación de Angola (FNLA) y Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA).

Las tres facciones (MPLA, FNLA y UNITA) habían combatido a los colonizadores portugueses, pero cuando Lisboa acordó dar la independencia a Angola —tras la Revolución de los Claveles de 1974, que acabó con la dictadura de Salazar en Portugal— empezaron a combatir por el poder: se abrió una sangrienta guerra civil que duraría hasta abril de 2002.

Los días previos a la independencia fueron de caos, confusión y movimientos estratégicos. Las tropas sudafricanas invadieron el país por el sur, con la intención de tomar Luanda para apoyar al FNLA-UNITA. Fue entonces cuando Cuba decidió intervenir enviando tropas a Angola en apoyo del MPLA, que controlaba la capital. 

—El papel de Cuba fue importantísimo: si no fuera por las fuerzas cubanas, no habríamos conseguido mantener Luanda y proclamar la independencia. Ellos [los sudafricanos] habrían tomado Luanda.

La intervención de Cuba en aquel país a 11.000 kilómetros de distancia, bautizada como Operación Carlota, supuso el mayor despliegue de un país latinoamericano en otro continente. En los 16 años de apoyo militar al Gobierno del MPLA intervinieron de forma rotatoria cerca de de 377.000 militares cubanos.

—¿Fue aquella invasión de Sudáfrica el momento más duro que vivió en la guerra?

—El más duro que había vivido hasta entonces. Luego pasé otros mucho más difíciles, también con los sudafricanos. Invadieron Angola dos veces: la primera en 1975, antes de la independencia, en noviembre. La segunda vez fue en agosto de 1981. La invasión de agosto fue rechazada porque sus fuerzas no fueron capaces de combatirnos. Estábamos muy organizados: teníamos unidades clásicas, y armamento como el suyo para poder luchar.

Farrusco habla a veces con emoción y entonces le brillan los ojos; a veces su voz y sus gestos recuperan la autoridad militar y su mano golpea la mesa para dar énfasis a sus palabras. Su portugués natal lo mezcla con un español con fuerte acento cubano, heredado de aquellas tropas enviadas por Fidel Castro para apoyar al movimiento por el que él dio media vida y por el que algunos en su país le tildaron de traidor.

‘ANGOLA É NOSSA!’

El propio Farrusco había sido, años antes de la independencia, uno de esos militares encargados de mantener a raya al MPLA: fue movilizado y enviado a Angola con el Ejército portugués a finales de la década de 1960, poco después de cumplir la mayoría de edad.

—A mí me mandaron para combatir a los angoleños. Para combatir y matar, para defender Portugal. Y yo me fui cantando aquella canción de Salazar, Angola é nossa! —dice, y empieza a cantarla—. Llegamos en el buque Vera Cruz al puerto de Luanda. Salimos del navío los que nos quedábamos en Angola, porque la otra mitad iba para Mozambique [también colonia portuguesa en la época], y directamente subimos a un tren.

En aquel tren el joven Farrusco vio una imagen que, asegura, marcó el que sería su rumbo en Angola: un niño descalzo, con la ropa rota y cara de hambre corría al lado del ferrocarril, que iba muy despacio. Después aparecieron más chavales. Todos corrían detrás del tren pidiendo una moneda o un trozo de pan.

—Y pensé: ¿Estos son los terroristas? ¿Esta es la gente que hace frente al Gobierno portugués? ¿Esta es la gente a la que venimos a combatir?

La imagen le recordó a su propia infancia. Nacido en 1948, Joaquim António, el menor de nueve hermanos, había crecido sabiendo lo que era el hambre. Eran los tiempos que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, la pobreza era extrema y la situación en su pueblo natal de Mora, pésima. Su propia familia era “gente con mucha honra pero poco dinero. Mejor dicho, ningún dinero”, dice.

Empezó a trabajar el campo con diez años. A la escuela acudía con el estómago vacío pero la mente despierta y, sabiendo las dificultades que atravesaba su familia, su maestro —el profesor Pinheiro, recuerda Farrusco casi seis décadas después— se ofreció a costear su educación. Pero sus hermanos mayores se negaron: al Farrusco niño lo necesitaban más en el campo que en la escuela. Así que el pequeño dejó las aulas.

Después llegaría una mudanza a Lisboa, el servicio militar y la misión en Angola. Con las filas portuguesas estuvo en comisión de servicio dos años, durante los que no consiguió quitarse de su cabeza a aquel niño desnudo que corría al lado del tren.

Su primer contacto con el comunista MPLA fue poco antes de concluir su comisión de servicio: Farrusco había ingresado en un hospital militar a causa de un accidente. No sabe si fue azar o destino, pero allí se cruzó con Eugene Fonseca, un angoleño hospitalizado por apendicitis. El dolor impedía a aquel joven —negro en un hospital militar de blancos— moverse solo, y fue Farrusco quien aquellos días lo acompañaba para que pudiera hacer “sus necesidades menores y mayores”.

Aquel gesto de camaradería daría paso a una amistad que marcaría su futuro. Una vez fuera del hospital, Eugene y sus familiares tardaron pocas semanas en revelar a Farrusco que formaban parte del movimiento clandestino para la revolución contra los colonizadores.

—Era una cuestión de principios: la lucha de un pueblo para liberarse de la opresión. No se puede negar: la opresión de los portugueses contra los angoleños, contra los africanos, era fuerte. No llegaba al punto del apartheid en Sudáfrica, aquella era una locura muy grande, pero era algo parecido.

DE NETO A LOURENÇO

El comandante Farrusco, dibujado en la película 'Un día más con vida', basada el libro homónimo de Kapuscinski.

El comandante Farrusco finalizó sus dos años de servicio militar pero no regresó a Portugal: decidió quedarse en aquel país que luchaba por su independencia y donde no le faltó trabajo como operario en fábricas de ciudades como Benguela y Lubango. Mientras tanto, militaba en comités clandestinos del MPLA, que entonces seguía una ideología marxista-leninista.

Las armas no las volvió a tomar hasta 1974, cuando en Lubango una delegación provincial del MPLA fue tomada por los rivales del FNLA. Cuando lo supo, Farrusco se enfureció y organizó, con éxito, el contraataque armado para recuperarla. Aquello fue el inicio de su participación militar en las filas del movimiento.

El 11 de noviembre, el día que la colonia portuguesa proclamó su independencia, Farrusco estaba herido de gravedad por aquella bala que le atravesó el pulmón.

—Ese día lo recuerdo como el peor momento de mi vida. Herido de muerte, prácticamente en coma, preso de guerra en la enfermería-prisión. Si se pusiera usted en mi lugar… Sin poder hacer nada, sin poder salir, sin brindar. Una impotencia total. Solo quedaba llorar.

Desde aquel hospital escuchó el discurso del primer presidente de la Angola independiente, el médico y poeta Agostinho Neto, fundador del MPLA. Este movimiento consiguió retener el Gobierno en medio de la cruenta guerra civil y en los años posteriores.

—Agostinho Neto era un humanista. Era una persona muy, muy responsable. Todos nosotros aprendimos a ser patriotas con él.

A Neto, que murió en 1979, le sucedió José Eduardo dos Santos, a su vez del MPLA: gobernó de forma ininterrumpida durante 37 años, hasta septiembre de 2017. Bajo su Gobierno, Angola —el segundo mayor productor de crudo de África— intentó emprender la reconstrucción tras una guerra civil que dejó al menos 800.000 muertos. Pero también escaló rápidamente puestos en la lista de países más corruptos del mundo.

—En la época reciente Dos Santos fue muy individualista, estuvo muy dedicado a la cristalización del poder. Pero en un tiempo más remoto —opina— Dos Santos fue un presidente que organizó la sociedad, creó infraestructuras. Después de la guerra se hicieron muchas infraestructuras de forma rápida, y probablemente mal, pero era necesario hacerlas con urgencia.

Dos Santos se retiró finalmente tras las elecciones de septiembre de 2017, en las que obtuvo la victoria su heredero político, Joao Lourenço, también del MPLA. “Una persona impecable, que no esconde sus errores ni nada de lo que pretende hacer”, sostiene Farrusco.

Sin embargo, cuando se le pregunta si la Angola de hoy es la que él soñaba, el general Farrusco niega con la cabeza.

—No. Nunca, jamás. Veo las ciudades construidas en la época de Dos Santos, con miles de casas que aún no han entregado al pueblo, a las personas que las necesitan. Esas personas no tienen poder de compra: eso está mal. ¿Puedo decir que este es el país que yo soñé? No. Yo soñé con un paraíso.

Luanda, la capital, es hoy una de las ciudades más caras del mundo. Más de la mitad de la economía angoleña depende del crudo, que le supone miles de millones de dólares al año, pese a lo cual el país tiene enormes bolsas de pobreza extrema y una de las tasas de mortalidad infantil más elevadas del planeta.

EL PRECIO DE LA GUERRA

—¿Valió la pena?

—Valió la pena. Creo que en el futuro Angola va a ser un gran país. Llevará tiempo, pero va a ser un gran país.

Valió la pena, insiste, pero su implicación en el conflicto dio un bofetón a su familia: en 1992, su hijo mayor fue asesinado por la UNITA. Tenía apenas 18 años y no estaba metido en política. Fue, dice el general, porque sabían que era su hijo.

—Era el niño que estaba en el pueblo de su madre cuando conocí a Kapuscinski —cuenta con tristeza.

Cuando Farrusco conoció a Kapuscinski acababa de ser padre de aquel pequeño, pero todavía no había podido ir a conocerlo. Esa escena aparece en la película Un día más con vida:

“Ha nacido mi primer hijo en Lubango —cuenta el personaje de Farrusco a Kapuscinski cuando se encuentran en el frente sur—. Grande y fuerte, me cuentan. Soy un padre muy orgulloso. Todavía no le he visto, igual no lo veo nunca. Pero ¿sabes qué, polaco? No tengo miedo a la muerte. No siento ningún temor”.

Contra todo pronóstico, el general Farrusco ha sobrevivido a su hijo asesinado y ha llegado a ver una Angola en paz, aunque algunas heridas sigan abiertas por el conflicto.

—La sociedad está reconciliada verbalmente, con palabras, pero no creo que sea algo profundo. Quien era de la UNITA es de la UNITA, y quien era del MPLA es del MPLA. Pero si la juventud es inteligente, no habrá otra guerra.

Si se le pregunta por el relato que ha llegado a nuestros días sobre aquel conflicto, opina que en general no fue una guerra bien explicada.

—Portugal no la conoce, y fue colonizador, participante. Se niega a conocer la verdadera historia porque ve solo su parte. Miran su ombligo, no el del otro.

El relato de Kapuscinski y la película que ahora se proyecta, fruto de diez años de trabajo, pueden ser un importante instrumento de consulta, dice el general, para acercar un episodio histórico de la guerra, la invasión sudafricana y el envío de tropas cubanas.

El largometraje incluye fragmentos de entrevistas a varias de las personas que vivieron ese episodio, entre ellas el propio Farrusco: “Soy una persona realizada. Puse una piedra en la construcción de esta nación llamada Angola”, asegura en la cinta.

Concluye nuestra entrevista y Farrusco se levanta con energía. Estos días la película lo ha devuelto a primera línea de un frente diferente, el de la prensa. Ha sido una conversación larga.

“Es mejor hablar de paz que de guerra”, dice antes de alejarse.

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