Sin lugar para sepultarlos

La odisea para enterrar a muertos musulmanes en Italia durante la pandemia

Sin lugar para sepultarlos
Cinta Fosch

El cadáver de la madre está en el salón desde hace varios días. Yace en un rincón, dentro de un ataúd enchufado a una aparatosa máquina para mantener el cuerpo refrigerado. A ratos, Hira Ibraim, la hija, de 23 años, lo mira. Lo mismo hacen su hermano, de 20 años, y su padre. El ruido de la máquina conectada a una toma eléctrica es imperceptible. A veces, almuerzan y cenan en el salón, con la mirada anestesiada para domar la angustia entre las cuatro paredes de su casa de Pisogne, en la región italiana de Lombardía. Es el mes de marzo e Italia afronta uno de los momentos más duros de la pandemia de coronavirus.

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A Dzenifer Ibraim, la madre, la muerte se le vino encima a los 46 años. 

—El 6 de enero la llevamos a urgencias por un fuerte dolor de estómago. El 15 nos comunicaron que tenía un tumor en el intestino y metástasis en el hígado y los pulmones. El 20 la operaron, pero no hubo suerte. Terminada la operación, nos dijeron estaba en situación terminal. 

Estamos a finales de mayo y Hira Ibraim, bibliotecaria en el centro cultural de Pisogne, repasa los detalles sobre la muerte de su madre. Su cadáver pasó una semana en un ataúd en el salón de su casa hasta que sus familiares pudieron darle sepultura en un cementerio musulmán.

La mujer murió el 18 de marzo, 17 años después de haber desembarcado en Italia desde su Macedonia natal y dos meses y tres días después de que le diagnosticaran su cruel enfermedad, ajena al virus que en ese momento colapsaba hospitales y centros sanitarios de su segunda patria.

—Mi mamá falleció a las diez de la mañana. Al mediodía la lavamos como establece el rito islámico, y a las cuatro de la tarde finalmente el empleado de la funeraria la pudo poner en un ataúd. Pero no había sitio en las cámaras mortuorias disponibles, la dejaron en casa.

—¿A la espera de qué?

—Queríamos repatriarla a Macedonia. Una funeraria incluso llegó a decirnos que era posible. Pero luego se supo que no. Así que estuvo una semana en un ataúd en casa. No sabíamos dónde enterrarla, pues en el pueblo no hay espacio para sepultar a los musulmanes y no fue fácil encontrar ayuda. Luego pasó dos días más temporalmente en un cementerio local. Finalmente, gracias a la intervención de una asociación, la pudimos enterrar en el cementerio musulmán de Brescia. Fue una excepción, pues la norma general prevé que se sepulten solo las personas residentes.

Si la pandemia alteró de forma dramática los ritos funerarios en todo el mundo, en Italia sacó además a luz situaciones que estaban en un segundo plano. Por la escasez de plazas específicas para musulmanes en cementerios italianos —hasta marzo pasado, había solo 56 parcelas de este tipo en toda Italia, según las asociaciones musulmanas— y la voluntad de que fueran enterrados en su tierra natal, muchas familias de esta religión solían repatriar a sus fallecidos a sus países de origen, para que allí fueran sepultados siguiendo los ritos musulmanes.

Ilustración de Cinta Fosch

Pero la covid-19 y el cierre de fronteras detuvieron en seco estas repatriaciones. Y los muertos empezaron a acumularse, sin que pudieran recibir sepultura con la inmediatez que establece la costumbre islámica. Esta situación hizo que las comunidades musulmanas abrieran una batalla para obtener nuevas parcelas en los cementerios italianos. 

No hay cifras precisas sobre el número exacto de musulmanes que viven en Italia. Los datos más recientes del Instituto italiano de Estadísticas datan de 2015 y no incluyen a los musulmanes de nacionalidad italiana, mientras que otras fuentes dan estimaciones que van desde el millón y medio hasta los más de dos millones. En uno de los últimos estudios sobre la cuestión, de 2017, el centro de investigación sociológica Pew Research Center calculó que el colectivo estaría integrado por 2,8 millones de personas: el 4,8% de la población italiana. 

Hira dice que aún lidia con el recuerdo de las dificultades para enterrar a su madre. Y también confiesa que el clima está algo tenso en casa. Su hermano no está de acuerdo con que se hable públicamente del tema. Hira también recela, pero dice que aun así ha decidido hablar.

—Yo soy muy creyente y pienso que todo ocurre por algo.

—¿Qué quieres decir?

—Esto ha sido muy doloroso, pero creo que ayudará a nuestra comunidad. Antes no se hablaba del tema y ahora sí. Enterrar a los muertos respetando ciertas reglas es importante para los musulmanes creyentes. Entre las normas, hay que colocar el cadáver sobre el costado derecho y con la cara mirando hacia La Meca, la ciudad más importante para el islam. También pienso que si la hubiéramos repatriado, mi mamá estaría muy lejos de mí, mientras que ahora la tengo a 40 minutos de distancia.

La Unión de Comunidades Islámicas de Italia (UCOII), organismo que agrupa a distintas asociaciones de esta religión, contabiliza al menos 300 personas musulmanas fallecidas en lo que va de pandemia en Italia, y sostiene que la mayoría ha tenido algún tipo de dificultad para ser enterrada.

El problema no ha pasado desapercibido. En abril, la propia Conferencia Episcopal italiana emitió una nota de cuatro páginas, con una lista de recomendaciones dirigidas a las autoridades. “Sería una señal de solidaridad a las comunidades musulmanas (…) reconocer de manera efectiva el derecho a la libertad religiosa”, escribió el departamento para el Ecumenismo y el Diálogo Interreligioso.

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—Diecinueve días —me dijo Klaid la primera vez que hablamos.

—¿Diecinueve días? 

—Ese fue el tiempo que nos llevó encontrar un sitio para el cadáver de mi abuela.

No es que lo quisieran: no encontraron otra opción. Es de noche, último día del Ramadán, cuando el barbero albanés Klaid Ferizoviku, de 32 años, acepta hablar. Ya han pasado algunas semanas desde que su abuela falleció. En su familia, como en la de Hira, también hubo reticencias a que compartiera el doloroso momento que supuso la muerte de la anciana. Incluso ahora, durante la entrevista, Klaid habla despacio mientras recorre en su memoria los días transcurridos desde entonces. La abuela, Myzejen Harizi, murió en un hospital del norte de Italia en abril, en pleno pico de muertes por la pandemia. El deseo de sus familiares era que fuera sepultada en algún espacio habilitado para enterrar a los musulmanes. Pero ese lugar no existía en Fiume Véneto, el pequeño pueblo de la región de Friuli Venecia-Julia (noreste de Italia) en el que su familia vive y trabaja desde hace dos décadas.

—Cuando pedimos ayuda a nuestro Ayuntamiento y a otros cercanos, no nos atendieron. ¿Por qué tratar así a una muerta?

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Cuando Klaid llegó a Italia, lo hizo con su abuela. De la Albania empobrecida y lastrada por la rebelión que sembró el caos en 1997 aún recuerda los disparos que zumbaban en el aire y que él oía desde la ventana de su casa en Durrës, a orillas del Adriático. El primero en emigrar, en una época en la que los albaneses veían en Italia una tierra de promesas, fue su padre. El mismo camino siguieron luego su madre y su hermano, y finalmente, a finales de 1998, les tocó a él y a su abuela paterna, Myzejen: Klaid la describe como una mujer sencilla que tuvo una vida atribulada y se dejó el lomo en sus quehaceres desde muy joven. Veintidós años después, toda la familia —salvo un hermano que hace 11 años se mudó por amor a Piacenza, en Lombardía— sigue viviendo en Fiume Véneto, el pueblito de provincia de 11.000 habitantes en el que la anciana fue feliz, dice su nieto, antes de enfermar.

Todo pasó muy rápido. A las ocho de la tarde del 9 de marzo, la abuela mataba el tiempo mirando telenovelas turcas en el sofá, cuando de repente alzó la voz para quejarse por un fuerte dolor de cabeza. Luego descubrirían que había sido una hemorragia cerebral. Los siguientes minutos fueron una carrera contrarreloj que imposibilitó cualquier pensamiento lúcido sobre lo que estaba a punto de ocurrir.

Llamaron a la ambulancia, la ambulancia llegó, se la llevaron. Nadie pensó que esa pudiera ser la última vez que la veían físicamente. Pero un día después del ingreso de Myzejen, el Gobierno italiano decretó el confinamiento, activó los protocolos para pandemias y, para frenar el contagio, restringió el acceso a los acompañantes en los hospitales. Así, sola, la anciana estuvo un mes en el hospital de la ciudad de Pordenone. Durante aquellas semanas sus familiares llegaron a pensar que se podría recuperar, pero no fue así. Myzejen Harizi falleció el 10 de abril a los 86 años, sin que su familia pudiera despedirse en persona. “Quién sabe qué pensó en sus últimos días, si pensó que la habíamos abandonado”, se apena Klaid.

Cuando la anciana murió, sus familiares se preguntaron enseguida qué hacer. Al no haber espacio para los musulmanes en el cementerio local, contactaron al cercano cementerio de Udine, sin éxito; luego al de Marghera (Venecia), que argumentó que no podía aceptar el cuerpo al estar fuera del lugar de residencia de la familia. También pensaron en repatriar el cuerpo a Albania, tal como la propia anciana había pedido en alguna ocasión. Pero como en el caso de Dzenifer Ibraim, en la Italia bloqueada por el virus tampoco la repatriación pudo ponerse en marcha. 

Las autoridades municipales de Fiume Véneto, una coalición de centroderecha integrada por la ultraderechista Liga —el partido liderado por Matteo Salvini, que ha hecho del rechazo a la inmigración irregular su tema estrella—, fue más allá. En un acta del Ayuntamiento, fechada el 16 de abril y al que esta periodista tuvo acceso, comunicó su negativa a habilitar parcelas específicamente dedicadas a fallecidos con cultos “distintos al católico”.

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Algunos días después, Yassine Baradai, uno de los responsables de la UCOII, telefoneó a Filippo Zangrandi, alcalde de Calendasco: un pueblo de 2.400 habitantes a más de 340 kilómetros de distancia de Fiume Véneto. “Le expliqué la situación dramática que estaba viviendo esta familia”, cuenta Baradai. Tras ponerse en contacto con el Ayuntamiento de Fiume Véneto y comprobar la veracidad de la historia que le habían contado, Zangrandi, —que pocos días antes había permitido la sepultura de otra mujer musulmana en su municipio—, aceptó.

“Emití una ordenanza municipal urgente para autorizar el entierro lo antes posible. Me pareció gravísimo que, en medio de una emergencia como la que vivíamos, esa mujer no encontrarse un lugar donde descansar”, cuenta este alcalde de 37 años, que lleva apenas un año en el cargo tras haber sido elegido con una lista cívica de centroizquierda.

También pasó algo para él inesperado. “Casi nadie me criticó. Y eso que vivo en una zona donde el apoyo a la Liga es bastante alto”, cuenta Zangrandi. “Tal vez porque aquí la gente sufrió la pandemia muy de cerca. Hubo muchos muertos”.

Myzejen fue enterrada el 29 de abril en la parte trasera del pequeño cementerio de Calendasco, cerca de sus campos de maíz y bosques de álamos. En su tumba, solo se leen unas pocas palabras grabadas en una placa de metal, con un error ortográfico en la primera vocal del apellido: “Herizi Myzejen. Nacida: 16.03.1934. Fallecida: 10.04.2020. Pordenone. Islámica”.

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Siete de la tarde del lunes 1 de junio. Una semana después de pedir información, tras tres correos electrónicos y dos llamadas telefónicas, el Ministerio italiano del Interior finalmente envía un mensaje sobre el problema de espacios para los fallecidos musulmanes en Italia. Dice que ha habido “un constante seguimiento del problema durante la emergencia epidemiológica para asegurar una digna sepultura a los ciudadanos no católicos, cuyos restos no podían ser repatriados a sus países de origen”. También subraya que la legislación en vigor, que se basa en una ley del 10 de septiembre de 1990, establece que los alcaldes de cada uno de los cerca de 8.000 ayuntamientos que hay en Italia tienen la facultad de autorizar la existencia, en los cementerios que administran, de parcelas para enterrar a personas de cultos distintos al católico.

En la actualidad no existe ningún acuerdo entre el Estado italiano y las asociaciones musulmanas para resolver la cuestión. El Ministerio de Interior argumenta que esto se debe a que “las organizaciones (musulmanas) de mayor importancia carecen de personalidad jurídica”, si bien hay “conversaciones constantes” para que estas entidades presenten los estatutos necesarios para ello.

Un cuarto e-mail, en el que pido información sobre otras preguntas no respondidas, no tiene contestación alguna. En paralelo, frases del mismo correo del Ministerio del Interior aparecen también al día siguiente en artículos de los diarios italianos que han empezado a interesarse por el tema. 

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Alessandro Ferrari es profesor de Derecho Eclesiástico en la Universidad de Insubria (Lombardía) y lleva estudiando el islam en Europa desde 1996. También ha sido miembro, entre 2008 y 2017, de la comisión del Ministerio del Interior que estudiaba la transformación de las asociaciones islámicas en entidades reconocidas legalmente por el Estado italiano. La actual legislación transalpina considera el reconocimiento legal un requisito esencial para firmar acuerdos que reglamenten la vida de los musulmanes en el país.

Sin embargo, con el cambio de Gobierno en 2018 y el ascenso al poder de la ultraderechista Liga durante el primer Gobierno de Giuseppe Conte (junio de 2018-septiembre de 2019), la actividad de esta comisión fue suspendida y aún no se ha retomado. “Nos han congelado”, explica Ferrari. “El problema es que si no logran ser reconocidas como sujetos jurídicos, las asociaciones islámicas no tienen posibilidad alguna de alcanzar un acuerdo con el Estado italiano”, subraya.

No obstante, Ferrari cree que el problema originario radica en la ausencia en Italia de una ley orgánica sobre la libertad de culto. Un tema sobre el que se debate sin éxito desde la década de 1970. En las últimas tres décadas se han presentado varias propuestas de ley, pero ninguna ha logrado luz verde. 

“Esta es la explicación técnico-jurídica, pero hay otra”, dice. “En Italia aún no se ha digerido la idea de que un musulmán pueda ser sepultado en el territorio nacional. [Los musulmanes] todavía son vistos como huéspedes que están de paso. Hay cierta dificultad en entender una diversidad cultural que ya existe. Y esto a pesar de que las segundas generaciones ahora están envejeciendo”.

Yassine Lafram, presidente de la UCOII, la organización que mayor seguimiento ha dado al problema de las sepulturas durante la pandemia, habla de la carga que supone esta situación. 

“No tener un acuerdo único, claro y nacional, nos obliga a negociar con cada alcalde y depender de su sensibilidad humana y orientación política. Y el resultado es el que conocemos”.

Lafram explica que uno de los argumentos esgrimidos por el Gobierno estos años para justificar la ausencia de un acuerdo bilateral es la división de los musulmanes. 

“Sin embargo, es solo una excusa. ¿Sabe que el Estado italiano firmó dos acuerdos bilaterales distintos con los budistas, pues ellos también están representados por dos comunidades?”. 

Hasta la fecha, cuando las autoridades italianas han querido realizar algún pacto con las comunidades musulmanas, han llamado como interlocutores, además de a la UCOII, a la Comunidad Religiosa Islámica italiana (COREIS), la Confederación Islámica Italiana (CII) y al representante de la Gran Mezquita de Roma, el único con personalidad jurídica. Este ha sido el caso de un acuerdo del pasado 16 de mayo para establecer un nuevo protocolo anticovid para la reapertura de los centros de culto islámico.

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Ilustración de Cinta Fosch

Pese a las dificultades, en las últimas semanas ha habido señales de que algo se mueve, explica Lafram. En lo que va de pandemia se han abierto una veintena de nuevas parcelas para musulmanes en cementerios, lo que ha llevado el total de 56 a 76. Pese a ello, hay regiones en las que no hay ni una sola plaza para fallecidos musulmanes, como la isla de Cerdeña o Campania, la región donde se encuentra Nápoles; y otras que tienen solo un espacio para toda la comunidad, como Véneto, Apulia, Calabria o Umbría. El UCOII ha presentado otras 200 solicitudes en busca de más espacios y espera que al menos una parte puedan ser aceptadas.

También el profesor Ferrari es optimista. 

“Creo que Italia está llegando a una madurez en su relación con esta comunidad. Me atrevería a decir que, poco a poco, aumenta el conocimiento mutuo”.

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Por la lejanía que le separa de la tumba de su abuela y el desconfinamiento en curso en Italia, Klaid aún no ha podido volver a la tumba de su abuela tras su traslado a Calendasco, hace más de un mes. Solo ha vuelto su hermano Faton, que vive a 15 kilómetros de distancia de ese cementerio. En unos días habrá una pequeña conmemoración en honor de la abuela en Fiume Véneto. Faton también estará. 

—Eso sí, tendré que viajar más de tres horas para llegar hasta la casa de mis padres, casi en el confín con Eslovenia. Allí está toda nuestra familia y todos nuestros amigos —dice.

Hira, en medio de la desescalada, también ha podido visitar por primera vez a su madre en el cementerio de Brescia. Pero la joven bibliotecaria de Pisogne todavía siente frustración e impotencia. 

—Es como si no pudiera controlar la situación. Ojalá esto —dice sobre la decisión de compartir su experiencia— pueda ayudar a otros.

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