Yemen: lo que las cifras no explican

El fotoperiodista Pablo Tosco ha documentado una guerra que persiste desde 2015 y que afecta a más de 24 millones de personas

Yemen: lo que las cifras no explican

En el macabro ránking de catástrofes humanitarias, Yemen lleva años ocupando el primer puesto. Esos listados del horror se apoyan sobre cifras aún más punzantes: más de 24 millones de personas (casi el 80% de la población del país) necesitan ayuda humanitaria urgente, una de cada dos personas está a un paso de la hambruna, más de la mitad de la población no tiene acceso a agua potable, el 50 % de las infraestructuras sanitarias está dañado o destruido, al menos tres millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares, dos millones de niños no van a la escuela. Datos tras los que se encuentran las historias de Fátima, Asma o Rami que el fotoperiodista Pablo Tosco (Córdoba, Argentina, 1975) ha querido resaltar con su trabajo. “Las cifras documentan la tragedia pero no la explican”, apunta.

Yemen se lleva desangrando desde 2015, cuando comenzó un conflicto entre su Gobierno —con el apoyo de la coalición de países del Golfo que lidera Arabia Saudí— y los rebeldes hutíes, conocidos como movimiento Ansar-Allah. En febrero de 2020, Tosco viajó a Yemen para documentar con Oxfam Intermon un conflicto ya enquistado. En su recorrido desde Adén, la capital de la zona sur, hasta la comunidad pesquera de Khor Omeira, en el oeste del país, el fotoperiodista documentó la situación de las personas que han huido de sus casas empujadas por la violencia para acabar en un limbo atemporal con forma de asentamientos informales o de campos de refugiados.

El foco de su cámara quiso centrarse en recoger los testimonios de quienes sufren la guerra. Su periodismo, influido por los más de dieciséis años trabajando con organizaciones humanitarias como Oxfam, es una búsqueda constante de los relatos, de las personas.

Una de las imágenes resultantes de aquel trabajo documental, la protagonizada por la yemení Fátima que abre esta galería, obtuvo este año el primer premio del prestigioso World Press Photo en la categoría de Asuntos Contemporáneos. “Es muy estimulante y conmovedor ver cómo la historia de Fátima trasciende gracias a un premio como este y cómo se han generado diálogos alrededor de la imagen”, contó Tosco en la charla El fotoperiodismo no cambia el mundo, lo revela, celebrada en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) con motivo de la exposición World Press Photo

A través de estas fotografías comentadas por él mismo, nos sumergimos en un conflicto que, como es habitual, tiene sus repercusiones más dolorosas en las personas que lo sufren directamente: la población civil.

Esta fotografía está tomada en Arish, un barrio de clase media en el suroeste de Adén que fue destruido por bombardeos aéreos. Estábamos investigando los efectos de estos ataques realizados en zonas civiles con armas vendidas por países europeos —y particularmente por España— a Arabia Saudí. Queríamos documentar el impacto de esa venta de armas en la vulneración del derecho internacional humanitario. Las milicias hutíes se habían concentrado en este barrio a las afueras de Adén, capital de la zona sur, y las fuerzas aéreas saudíes aprovecharon para bombardear y destruir todo pese a la presencia de civiles. No es un punto estratégico militar pero sí geográfico, ya que el barrio está situado en una de las entradas de la ciudad. Los combates entre ambos bandos fueron intensos.

La mujer que aparece en la foto es Reena, responsable en Oxfam de la protección de personas y buena conocedora del barrio. Supuestamente en la zona había restos de explosivos cuyos números de serie podían permitir trazar el origen y la fabricación del armamento. Formaba parte de una serie de pruebas que necesitábamos para acompañar el informe que denunciaría la comercialización de armas a países que están violando el derecho internacional humanitario.

Buscábamos sitios donde hubieran impactado esas armas salidas de las fuerzas aéreas saudíes y la alianza que lideran, pero también de los buques vendidos por el gobierno español a Arabia Saudí para ser utilizados en el conflicto de Yemen.

Con esta fotografía quería mostrar que hay niños y niñas que crecen con una normalización del uso de armas en la vida cotidiana, más allá de las milicias que disputan territorios y que están en el frente de guerra. El conflicto armado se prolonga en el tiempo y va calando en la identidad y conductas de la gente.

El nivel de suministros de armas en la zona es tremendo: casi podríamos decir que cada familia tiene un AK-47 en su casa, y muchos de los conflictos se dirimen de esta manera. La gente allí nos comentaba que, tras tantos años de convivir con un conflicto armado, hay una serie de dinámicas que se van enraizando en la sociedad. Hay una normalización en esa resolución de desencuentros particulares de una manera violenta.

Asma vive con sus cuatro hijos —tres niños y una niña— en una casa alquilada. Ella es modista y su marido soldado. El más pequeño se alimenta aún con leche materna pero la falta de nutrientes por la mala alimentación de la propia Asma hizo que la salud de su hijo comenzara a deteriorarse. Tuvieron que trasladarse al hospital regional para recibir ayuda. No era una UCI ni un gran centro donde pudieran diseñarle un plan nutricional, sino un centro de atención primaria donde recibir una ayuda muy básica.

Más allá de esa situación, con esta fotografía quería provocar una reflexión sobre los niveles de vulnerabilidad que existen incluso dentro de una sociedad oprimida por un conflicto armado. Tiene que ver con los recursos y con las desigualdades que se disparan en un contexto como este. Asma, por ejemplo, contaba con una red de apoyo que le permitió desplazarse hasta este centro, pero otras muchas mujeres no tienen capacidad para coger el autobús que las traslade o para mantenerse fuera de casa: solo comprar una botella de agua o un shawarma para alimentarse en la ciudad puede ser tres veces más caro que en su propia comunidad.

Me parece llamativo que, dentro del alto nivel de vulnerabilidad, Asma termina siendo incluso una privilegiada.

La mayoría de personas en este campo de Al Malika han huído de Taiz, una ciudad a media hora de distancia y cuya localización la ha convertido en estratégica porque está en la frontera entre lo que se ha convertido en el Yemen del norte y el del sur. Cuando la aviación saudí empezó a bombardear la zona, gran parte de la población huyó a campos como este. Nos contaban que muchos resistieron mientras los enfrentamientos eran en tierra —es decir, disputas de esquinas con morteros, armas ligeras o AK-47—, pero los ataques aéreos los condenaron. Ese cambio de ataque de tierra a aire es una muestra de la decisión política que pretendía terminar con las personas de esa comunidad.

En la imagen solo se ve el rostro de una de las mujeres porque fue la que nos dio autorización. Este fue precisamente otro de los desafíos: cómo narrar las historias protegiendo a sus protagonistas sin exponerles a ningún riesgo adicional por el hecho de que hubieran compartido su historia o aparecido en una fotografía.

Muchas de las personas que ahora conviven aquí huyeron de sus comunidades buscando primero refugio en Adén. Pensaban que la gran ciudad sería un lugar seguro, pero allí vieron que no había espacio para acoger a nadie más, así que se empezaron a crear unos asentamientos informales con plástico, papel, madera. Estamos hablando de asentamientos que tienen entre 5.000 y 10.000 personas. No tienen agua y por tanto tampoco letrinas o lavabos, por lo que la gente se ve obligada a hacer sus necesidades donde puede: eso provoca enfermedades respiratorias, digestivas. El estado de salud y emocional de la gente es tremendo.

Los niños llevan entre cuatro y cinco años en una especie de limbo del horror donde por supuesto no hay ni escuelas, ni centros recreativos, ni facilitadores socioculturales, ni nada. Los pibes y las pibas están por ahí, dando vueltas como almas en pena esperando la nada, sin ningún proyecto de futuro. Imagina la frustración que tienen los padres al ver así a sus hijos y no poder ayudarles. Se van convirtiendo en no-personas, perdiendo la inocencia de la infancia, las capacidades de aprendizaje, cognitivas, de relaciones sociales, de construir una sociedad, de ser ellos mismos, de tener una identidad. Nada.

Para mí estos asentamientos son pequeños quioscos de infierno en la tierra, donde la dignidad humana se va consumiendo.

La protagonista de esta fotografía es Fátima, una mujer con nueve hijos (seis niñas y tres niños) que tiene en la pesca su principal medio de subsistencia. Gracias a los ingresos obtenidos por la venta de pescado pudo comprarse su propia embarcación y desde entonces sale cada mañana al mar. Se levanta a las tres de la madrugada. A veces va acompañada de alguno de sus hijos y otras sola porque prefiere que dediquen las horas a hacer otras actividades. En el momento de la fotografía está con uno de ellos preparando las redes para iniciar su jornada laboral en Khor Omeira, una región pesquera al Oeste del país.

Su historia me interesó por lo representativo de la situación: mientras los hombres promueven las guerras, son las mujeres quienes intentan preservar la vida y sacar adelante a sus familias y comunidades. Para gran parte de las mujeres yemeníes de las zonas rurales se añaden las dificultades derivadas de la opresión que han sufrido a lo largo de su vida. Hay todo un catálogo: la mayoría son forzadas a casarse, lo que les impide continuar con su educación y las relega al espacio del hogar. Entran en un régimen en el que pierden toda potestad o legitimidad, su derecho a opinar, a desarrollarse como personas, a tener una representación en la vida pública, a ejercer sus derechos básicos.

El desafío fue documentar la historia de alguien cuyo rostro no puedes ver en ningún momento por cuestiones religiosas o culturales. Pero la generosidad de Fátima y el compromiso por romper el silencio al que están sometidas las mujeres la llevó a poner palabras a cada lucha diaria y a romper la rigidez de la sociedad que las oprime.

Este fue el momento en que por fin conocí a Fátima. Llegamos a ella a través de Reena. Quienes trabajamos en cooperación tenemos que hacer a veces el ejercicio de poner en valor determinadas historias que ayudan a explicar el contexto. A lo largo de mi vida he tenido el privilegio de conocer a muchas mujeres fuertes que eran capaces de echarse a la espalda a toda una comunidad y sacarla adelante. Es un tipo de perfil que por ejemplo he visto mucho en Latinoamérica pero, por influencia social, no es tan habitual en un lugar como Yemen.

Me di cuenta de que era importante la transformación que estaba generando Fátima en su comunidad por el mero hecho de atreverse a hacer algo en un país donde las mujeres viven en un régimen casi de “tutelaje”. Fue un aprendizaje enorme desarrollado a lo largo de los dos años y medio que dedicamos a preparar este viaje.

Habíamos estado preparando este encuentro durante tanto tiempo que me resultó espectacular esta primera visión de ella. Acababa de bajar del bote y parecía caminar sobre las aguas con un gesto de los brazos casi bíblico.

Yemen también es un país en guerra que está sirviendo de paso obligado para muchas personas migrantes y refugiadas que intentan llegar a Arabia Saudí. Es especialmente llamativo el caso del pueblo oromo, una comunidad perseguida en Etiopía que se juega la vida atravesando un país en conflicto para llegar a buscarse la vida en otro, Arabia Saudí, donde sistemáticamente se vulneran los derechos humanos.

Rompe el relato hegemónico de las rutas migratorias que pone en portadas de los periódicos las entradas a Europa y no otras que son mucho más peligrosas, salvajes e invisibilizadas.

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