Desde el exilio del desierto

La lucha de un refugiado saharaui por difundir, a través de las telecomunicaciones, la realidad de su pueblo.

Desde el exilio del desierto
Carlos Cazurro

Son las diez de la mañana y Azman Hafed saca de su bolsillo un puñado de llaves. Abre la puerta de una caseta de adobe en la que han colocado un cartel con la palabra “internet”. En su interior se obra el primer milagro del día, conectar el desierto a la aldea global.

Azman siempre sonríe, incluso cuando el siroco cubre de arena y tiñe de naranja todo el material. Entonces busca cables, reinicia equipos, se fuma un American Legend, añora los 1.500 kilómetros de costa del Sáhara Occidental, sus temperaturas más suaves, y despliega esa paciencia tatuada en su pueblo.

Azman abre ventanas al mundo desde los campamentos de refugiados saharauis en Argelia. Durante una semana al año lo hace desde Dajla, el más alejado de todos ellos, en lo más profundo de la hamada, el desierto de los desiertos. Donde ni la vida parece posible, él y otros muchos vencen a lo imposible. El proyector de cine del FiSáhara ilumina el cielo estrellado y varios routers luchan contra los elementos para que nuestras crónicas puedan ser enviadas. Es como si la vida le fuera en ello a Azman. Sufre con cada corte en la conexión, padece nuestros nervios, siente como propia nuestra inquietud por no llegar al informativo: “Mi arma actualmente son las telecomunicaciones. Saber que gracias a mi labor podéis contar nuestra realidad. Es mi forma de contribuir a aliviar el sufrimiento de mi pueblo”. Pero su trabajo va más allá, cruza un muro sembrado de minas para acercar a familias separadas desde hace cuatro décadas. Él, que durante once años no pudo hablar con la suya, a la que dejó atrás sin haber cumplido la mayoría de edad en 1975, el año en el que entró Marruecos en el Sáhara Occidental y él salió para no regresar.

Azman Hafed abre ventanas al mundo desde los campamentos de refugiados saharauis. Carlos Cazurro

La sala de internet se cierra a las dos. Es imposible soportar las temperaturas de más de 40 grados, el viento abrasador, la arena que lo inunda todo. Fuera de las jaimas y de las casas de adobe tan solo permanecen las raquíticas cabras que apenas se alimentan de plástico y basura. A resguardo, las familias saharauis se reúnen para comer su dieta basada en productos de la ayuda internacional. Latas de atún, pasta, patatas, cuscús, cebollas, alguna verdura y pan (este sí, local). Una insuficiencia alimentaria que provoca en sus hijos anemia, desnutrición y problemas de crecimiento, que se suman a enfermedades infecciosas relacionadas con el agua que en Dajla se almacena en tanques mal conservados.  

Dajla cuenta ahora con un hospital pero en él no se realizan intervenciones quirúrgicas. El campamento más cercano está a 200 kilómetros y un todoterreno hace las veces de ambulancia. Cuatro médicos se reparten los turnos. Estudiaron en Cuba, en Venezuela, en España… Pudieron quedarse en el extranjero pero regresaron. Al igual que hizo Azman.

Son las once de la noche y Azman busca en su bolsillo el puñado de llaves. Sonríe al escuchar a lo lejos las risas de los más pequeños que, por primera vez en su vida, disfrutan de una película en pantalla grande. Hoy hemos enviado nuestras crónicas y se siente satisfecho, cierra la puerta con orgullo. Sabe que hoy una madre habrá hablado con su hija, un abuelo habrá conocido a su nieto a través de una pantalla. Y un día más, dormirá en el exilio, separado de los suyos, bajo las estrellas que pueden observarse desde un lado y del otro del muro. Porque el cielo no conoce de fronteras y su trabajo, el de Azman, tampoco.

Azman Hafed desde la sala de internet donde conecta los campamentos de refugiados saharauis con el resto del mundo. Carlos Cazurro

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