“Nos sentimos obligados”

La comunidad musulmana en Barcelona se manifiesta contra el terrorismo y el racismo

“Nos sentimos obligados”
Santi Palacios

Mohamed no lo haría.

Mohamed dice que él no convocaría una manifestación solo de personas musulmanas para mostrar su repudio a los atentados de Barcelona y Cambrils.

—No lo haría, porque no me siento distinto a los otros.

—Pero nos sentimos obligados a hacer esto —dice su pareja, Samia—. Aun así hay gente que sigue cegada y no razona.

Samia y Mohamed, nacidos en Barcelona, dicen haber salido a la calle empujados por la presión social y los comentarios en redes sociales.

—Hemos salido para condenar esto —dice ella.

—Y para que no se nos acuse —dice él.

Llevan días escuchándolo. En la calle, en el gimnasio. Su mera presencia, sus rasgos físicos, son suficientes para que alguien a su alrededor diga: “Es que son todos iguales”. Y ellos se quedan callados. Tan solo escuchan.

Miembros de la comunidad musulmana se reúnen el día 19 en Las Ramblas de Barcelona para condenar el ataque terrorista. Santi Palacios

—No tenemos que pedir disculpas por algo que a nosotros no nos parece bien. Nosotros estamos en contra de esto y nos afecta muchísimo, como a cualquier persona —dice Samia.

Desde el principio, la comunidad musulmana tuvo claro que debía pronunciarse. Y que debía hacerlo rápido. La misma tarde del atentado en Barcelona, la Comisión Islámica de España emitió un comunicado en el que expresaba su “repulsa por el atentado terrorista”, “su pleno compromiso en la lucha contra cualquier tipo de terrorismo” y su deseo de que “los responsables de estos atentados puedan ser detenidos y llevados ante la justicia cuanto antes”.

La gente tampoco quiere esperar. El sábado por la tarde un puñado de personas se arremolinan en el centro de Barcelona. La concentración oficial está convocada para el domingo, pero los manifestantes quieren expresarse ya. Distribuidos en círculo, gritan y se desesperan. Las veinteañeras Raja y Ghada se interrumpen una y otra vez: se atropellan, basculan entre el castellano y el catalán.

—Yo creo que el racismo existe, pero esto ayuda a justificar a la gente que lo es. Es simplemente eso. Hay gente que siempre dice que no es racista, pero… Es una frase muy típica. Y el que lo era, ya lo era antes. Simplemente no lo decía porque queda mal.

—En Holanda, o en Francia, o en Bélgica, la gente estuvo con ellos (la comunidad musulmana) —opina Ghada—. No como nosotros aquí, ahora. Nadie está con nosotros. Nadie. Esto no pasó cuando ocurrió en Bruselas, en París. No tuvieron que salir los musulmanes a demostrar que no tenían nada que ver con esto.

—Venimos aquí para demostrar que el islam no tiene nada que ver con el terrorismo, y que nosotras somos musulmanas, y somos catalanas, y somos de aquí de toda la vida. Som catalanes i som musulmanes

—Hemos visto mucho odio por las redes sociales —dice Ghada—. Pero nosotros no somos como ellos. Somos musulmanes pero no somos terroristas.

Santi Palacios

El racismo está en boca de todos. Sheila cuenta que le llega sobre todo a través de redes sociales, de mensajes de gente que ni siquiera conoce y que le acusa de cosas que no entiende. Pero también percibe la xenofobia en algunas miradas por la calle, más habituales que de costumbre. “Porque llevo pañuelo”, dice. Sheila nació en España y se convirtió al islam tras casarse con un marroquí.

“HEMOS BAJADO LA PERSIANA”

Desde una Plaça de Catalunya que se vacía tras la concentración de repulsa al terrorismo, Nagma recuerda el día del atentado. Como cada día, su marido abrió la puerta de la joyería que regentan en carrer de l’Hospital a las cinco en punto de la tarde. Ella dormía en casa, muy cerca de allí. Se presentaba otra tarde tranquila de agosto. Una de esas jornadas tras el mostrador, solo interrumpida por el paso intermitente de los turistas y habituales que se dejan caer por esta zona del Raval.

De repente, el fondo de la calle escupió gritos. Nagma saltó de la cama justo a tiempo para ver llegar a decenas de personas corriendo, llorando, gritando. No entendía nada.

Santi Palacios

Nagma lleva veinte años viviendo en Barcelona y no es capaz de recordar una sensación parecida. Una mezcla de miedo, de impotencia y de confusión. La pareja empezó a ofrecer botellas de agua y a meter a gente en la tienda. Fue su primera reacción. Ambos seguían sin entender nada.

—Hoy hemos bajado la persiana. No queremos hacer negocio con la situación que sufrimos en nuestra casa.

Nagma es musulmana. Llegó desde la ciudad india de Calcuta hace dos décadas, y lo único que ahora tiene claro es la necesidad de “permanecer unidos”. Dice que, mientras la familia veía las imágenes del ataque, su hijo le preguntaba extrañado por qué decían que lo habían hecho en nombre del islam, si eso no se parecía en nada a lo que ella le había enseñado.

Al acabar un minuto de silencio interrumpido por los gritos de “No tinc por”, hubo abrazos espontáneos. También para Nagma y su marido, que sonreían agradecidos por el gesto.

Aún emocionada, Nagma piensa en el vacío que deben sentir las familias de las víctimas.

—Perder una vida es mucho, es mucho. Y el islam dice que quien mata a una persona, mata a toda la humanidad. Si esta persona realmente hubiera leído el Corán, no lo habría hecho. No es un musulmán. No es un humano. Es un loco.

El domingo la Plaça de Catalunya volvió a llenarse. Los convocantes eran esta vez un centenar de asociaciones y comunidades musulmanas que leyeron un manifiesto común ante las miles de personas allí congregadas. Un texto en catalán, castellano y árabe que pedía ayuda a las instituciones políticas para conseguir que los jóvenes en riesgo de ser captados por las redes de Estado Islámico “sientan que Cataluña es su tierra, de manera que sean capaces de rechazar cualquier mensaje radical o extremista”.

Bajo el escenario, en primera fila, una chica sostenía una pancarta:

“Nosotros también somos víctimas”.

Santi Palacios

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