Brasil: ¿de democracia racial a nido del odio?

Claves para entender el ascenso del ultraderechista Jair Bolsonaro

Brasil: ¿de democracia racial a nido del odio?
Leo Correa / AP

La extrema derecha gobernará Brasil. Un defensor de la tortura con historial de declaraciones homófobas, machistas y racistas gobernará el quinto país más poblado del mundo. El 55% de los votantes de Brasil, cerca de 58 millones, apoyaron a Jair Bolsonaro contra los poco más de 47 del progresista Fernando Haddad, líder de un Partido de los Trabajadores (PT) herido por el mayor escándalo de corrupción de la historia. Entre votos nulos, blancos y abstenciones, unos 42 millones no apoyaron a ninguno de los dos.

Aún tocado por la puñalada que recibió en campaña, Bolsonaro dio su primer discurso como electo en un vídeo casero grabado en el salón de su casa. Habló de “pacificación” del país en un tono más moderado del habitual, pero, con la Constitución en una mano y la Biblia en otro, arrancó su discurso citando a Dios. Exultantes, centenares de sus seguidores lo vitoreaban en la puerta del bloque donde vive en Río de Janeiro y otros miles salieron a las calles en clima festivo entre fuegos de artificio.

¿Cómo ha llegado un país conocido por su alegría y su diversidad a votar movido por el odio?

Fotos de manos por las que se filtran rayos de sol, como en una propaganda de Testigos de Jehová. Medias verdades escritas con mayúsculas y signos de exclamación. Propuestas superficiales como “invertir en equipamientos y tecnología” de seguridad o una sola página con letra enorme para explicar el combate contra la corrupción reduciéndolo a “aplicar las diez medidas sugeridas por la Fiscalía”. A la rudimentaria presentación de Powerpoint que registró como programa electoral Jair Bolsonaro le falta contenido. No fue esa su baza, sino la ira contra el PT de los expresidentes Dilma y Lula, el discurso del odio y su llamada al orden. 

La izquierda, manchada de corrupción y a veces falta de autocrítica, lanzó sus últimos aullidos de dolor alertando de sus parecidos con Hitler. ‘Brasil por encima de todo. Dios por encima de todos’ era su lema electoral, sospechosamente parecido al ‘Alemania por encima de todo’ del himno del III Reich. También lo es su odio visceral al comunismo, los homosexuales y las minorías. La izquierda se echa las manos a la cabeza. Le acompaña en la vergüenza y el miedo parte del centroderecha racional, igualmente corrupto, incluso algunos de los que ayudaron a derribar en 2014 al gobierno de Dilma Rousseff. Otra parte de la derecha calla, tal vez esperando alianzas postelectorales. 

El mundo se pregunta cómo ha llegado a este escenario el país de la diversidad, el país donde menos se podía esperar, mientras se desmorona lo que ya muchos llaman “el mito de la democracia racial”. ¿Cómo ha pasado Brasil de ser la viva imagen de la alegría a un nido de odio?

La semilla

Lula mira cómo Rousseff espera para atrapar una camiseta lanzada por uno de sus seguidores. Agosto de 2014. Andre Penner / AP

Junio de 2013. Dilma Rousseff afronta la recta final de su primer mandato en un escenario plácido, con la aprobación de más de la mitad de los brasileños. A un año del Mundial, sin embargo, una masa crítica empieza a cuestionarse que el torneo deje el legado social prometido cuando Lula celebró que el país de moda se convirtiera en su sede y también en la de los Juegos de 2016. Una protesta local de un movimiento a la izquierda del gobernante Partido de los Trabajadores (PT) enciende la mecha de las —hasta entonces— mayores protestas de la historia de la democracia brasileña: la demanda de un transporte público gratuito en Sao Paulo.

Las imágenes de represión policial hacen que las marchas se multipliquen por el país, con más de un millón de personas pidiendo, sobre todo, menor corrupción y que los impuestos se traduzcan en mejoras para una educación y una sanidad pública aún precarias. La derecha conservadora, la izquierda burguesa  y parte de las clases populares e incluso jóvenes rabiosos de la periferia encapuchados tras la marca del Bloque Negro se unen para exigir avances y, a veces, la salida de la presidenta. Esas mismas divisiones, el desgaste de las calles, la falta de un horizonte y algunas concesiones de Rousseff acaban por difuminar las marchas, en lo que muchos interpretan como un paso de madurez a celebrar por una democracia que aún no tiene treinta años. Pero los mensajes de dos ‘Brasiles’ contrapuestos y cada vez más politizados empiezan a expresarse con una nitidez parecida a la de los tiempos previos a la dictadura militar.

El historiador y educador José Eustáquio Romao, que a sus más de 70 años fue detenido cinco veces por su militancia izquierdista durante el régimen militar, ve similitudes: “Como ahora, el golpe se dio entonces cuando parecía que estábamos más cerca de los avances sociales y de una democracia más amplia”. Y diferencias: “Aquellos militares eran mucho más reservados en su discurso. Bolsonaro ha dicho que su error fue torturar y no matar, este fascismo es mucho más desvergonzado. Lo único bueno que tiene su auge es eso: todo se vuelve más cristalino, menos gelatinoso, la gente empieza a quitarse la máscara y a mostrar su lado más racista. El odio ya existía, Bolsonaro solo es un canal para expresarlo”.

Jair Bolsonaro era en junio de 2013 un diputado más conocido por sus salidas de tono que por su capacidad de liderazgo, poco más que un bufón que agitaba con bravuconería las anecdóticas manifestaciones que pedían una intervención militar. En ningún caso se sumó a las marchas de junio, y casi nadie auguraba que podría convertirse en un líder, apoyado solo por una minoría de fascistas declarados. Sus comentarios homófobos, no obstante, ya empezaban a despertar la curiosidad de medios internacionales y el periodista norteamericano Stephen Fry lo entrevistó poco después de que un niño de catorce años homosexual fuera asesinado en el país con más asesinatos homófobos del mundo. Bolsonaro negó que se tratara de un crimen de odio y aseguró que “el 90% de los homosexuales que mueren lo hacen en locales de prostitución y de consumo de drogas” sin ningún rigor, como acostumbra, al tiempo que aseguraba que la educación sexual que promovía el Gobierno estimulaba la homosexualidad en los niños. “Ningún padre está orgulloso de tener un hijo gay” o “No gustar no es lo mismo que odiar… A ti no te gustan los talibanes y al pueblo brasileño no le gustan los homosexuales” fueron algunas de sus frases, tan desconcertantes como la carcajada malévola con la que cerró la entrevista.

Un simpatizante de Bolsonaro con un rosario durante un acto de campaña en Brasilia. 21 de octubre de 2018. Eraldo Peres / AP

Nacido en 1955 y criado en El Dorado, pequeño municipio del interior de Sao Paulo, Bolsonaro era un niño obstinado, sociable e inteligente que quedó fascinado en su preadolescencia por una intervención militar en su ciudad. Desde entonces, decidió que quería hacer carrera en el ejército y se sacrificó para ello, e incluso llegó a mencionar a algunos de sus amigos que se convertiría en presidente de Brasil. Su petición pública de mejoras salariales en el ejército, cuando ya era militar, y la acusación de que habría preparado pequeños ataques con explosivos desde dentro del cuerpo —después fue absuelto— fueron sus primeras apariciones en la escena pública y las que le dieron impulso para, execrado por gran parte del ejército, meterse en la política, primero como edil en Río de Janeiro y más tarde como diputado, función que ejerce desde 1991 y que ha desempeñado en nueve partidos diferentes. Su relevancia política ha ido de la mano del crecimiento de la decepción con una clase política cada vez más corrupta y de un discurso del odio contra el comunismo, las minorías, los gais, los activistas y las mujeres. Un discurso que ha conectado con las clases medias, que se han visto amenazadas por unas clases populares legitimadas a alzar la voz durante los años de gobierno del PT de Lula y Rousseff, que gobernó desde 2002 hasta el impeachment que en 2016 dio la presidencia a Michel Temer, del PMDB.

La fama de Bolsonaro ha crecido al mismo ritmo que ha ido soltando frases de odio a lo largo de los años. Cuanta más indignación ha despertado entre los políticos tradicionales, más personas se han unido al carro de un discurso que, por reaccionario y nítido, muchos han considerado “honesto” y “sincero” en un país acostumbrado a los juegos de máscaras y maquillaje para esconder las verdades más crudas. Sus frases explican mejor quién es. “Sería incapaz de amar a un hijo homosexual. Prefiero que un hijo mío se muera en un accidente a que aparezca con un bigotudo por ahí”. “Si veo a dos gais besándose, les doy una bofetada”. “Mis hijos no tendrían una novia negra porque han sido bien educados y no son promiscuos”. “No voy a dejar ni un pedazo de tierra para indígenas y quilombolas [descendientes de esclavos]”. “Voy a acabar con el activismo”. “El error de los militares fue torturar y no matar”. “Vamos a fusilar a la petralhada [expresión despectiva para los votantes del PT]”. “Los petistas o se van fuera o irán a la cárcel”. Esta última frase la espetó en plena recta final de campaña, cuando había rebajado un poco el tono, aunque nunca se retractó de sus declaraciones.

El vencedor de estas elecciones tiene además tres hijos que ocupan cargos públicos y defienden las mismas ideas que él. Eduardo es diputado en la cámara, Carlos edil en el municipio de Río de Janeiro y Flavio es ahora senador. Para él, “la familia tradicional y los valores conservadores como la religión o el derecho a propiedad, la meritocracia y el respeto a la vida” son algunos de los ejes de la política familiar. Flavio, como su padre y sus hermanos, insiste en que luchan “contra la tentativa de implantar el comunismo” de la izquierda del PT y cree que “la sociedad brasileña es conservadora y quiere orden”. El mayor de los hermanos, además, asegura que Bolsonaro “es auténtico y quedará comprobado que las ideas hoy defendidas por Trump y que contaminan positivamente diversos países siempre fueron defendidas por él”.

La transexual Julyanna Barbosa con puntos en la cabeza tras haber sido atacada. Nova Igacu, Brasil. 12 de octubre de 2018. Leo Correa / AP

Corrupción

“El PT fue desmontado por la campaña contra él y por su falta de reacción. Ha sido un fracaso de comunicación. Siempre que se ha destapado un caso de corrupción, lo ha condenado con dureza, pero cuando era contra él, ha visto una persecución en su contra. Bolsonaro ha sido más audaz e innovador y ha ganado en los grupos de Whatsapp”, dice el filósofo y politólogo Renato Janine Ribeiro, que fue ministro de Educación con Rousseff. En ese contexto, añade, “el discurso del odio viene de la desesperación, de personas que no ven una salida y buscan una vía más o menos mágica, que no tiene ninguna posibilidad de hacerse efectiva desde un punto de vista real”.

El candidato Haddad, heredero de Dilma y Lula, con quien fue ministro de Educación, había pasado a la segunda vuelta en contra de los pronósticos iniciales gracias en parte al voto de la izquierda más convencida y de las clases más desfavorecidas —especialmente en la Región Nordeste del país—, que todavía agradecen las políticas asistencialistas y la cantidad de oportunidades, hospitales, escuelas, pozos de agua y todo tipo de estructuras para vivir dignamente que los gobiernos de Dilma y Lula desplegaron. Los mandatarios redujeron de manera drástica el analfabetismo y, de la mano de un buen ciclo económico, ayudaron a sacar a 36 millones de personas de la pobreza y reducirla un 75 %, según cifras de la ONU. Pero su partido está malherido desde que en 2014 se descubrió el mayor escándalo de corrupción de la historia del país.

El caso lava-jato (autolavado) arrancó al desvelarse, en marzo de 2014, que un puesto de lavado de coches era utilizado por el cambista de divisas del mercado negro Alberto Yousseff para blanquear dinero. Cuando se descubrieron sus transacciones ilegales, se empezó a desvelar una trama corrupta en torno a la petrolera estatal Petrobras, primero, y a las principales constructoras del país, después, que acabó salpicando a centenares de altos cargos políticos, entre ellos algunos miembros del Gobierno de Rousseff y al propio Lula, ahora en la cárcel por haber comprado una segunda residencia con los favores de un empresario. Algunos cálculos de la Policía Federal brasileña hablan de 8 billones de reales (1,8 billones de euros al cambio actual) desviados por la trama corrupta en el uso ilegal de fondos para amañar contratos de obra pública, más que el Producto Interior Bruto de Brasil en 2015, que era de poco más de 5. Los cargos políticos amañaban contratos para luego repartirse con los empresarios los costes inflados de las obras públicas. El escándalo tuvo también tentáculos en países como Perú o Colombia, donde ha habido importantes políticos detenidos. Después de años de crecimiento económico, el escándalo desprestigió a las grandes empresas brasileñas y aceleró un decrecimiento que acabó derivando en una profunda crisis económica, que se refleja hoy en un desempleo del 12 %.

A las elecciones de octubre de 2014 se llegó ya con el país partido en dos. Rousseff ganó por una escasa diferencia del 3% de los votos a Aecio Neves en segunda vuelta y, en cuanto asumió, se encontró con una oleada de protestas históricas con millones de personas repartidas por la geografía, ya con tono claramente anticomunista y conservador. En las de Río participaba Bolsonaro, sin muchos vítores pero con nulos rechazos a pesar de su discurso a favor de los militares.

Manifestantes exigen el 'impeachment' de Rousseff en una marcha en abril de 2016. Andre Penner / AP

Después de unos Juegos Olímpicos que sirvieron como paréntesis festivo a la insatisfacción política, los diputados brasileños se aliaron para tumbar a Dilma Rousseff en un impeachment sin argumentos legales en el que diputados demostradamente corruptos la acusaron a ella de serlo. Sobre el vicepresidente que asumió el cargo tras el cese, Míchel Temer, también pesan sospechas de corrupción. No hay un partido tradicional que se salve y a Bolsonaro lo presentan como un verso libre y única alternativa, aunque ha compartido partido con muchos corruptos. En una de las votaciones del impeachment, Bolsonaro homenajeó a Carlos Brilhante Ustra, uno de los militares más sanguinarios de la dictadura y encargado directo de las probadas torturas a Dilma Rousseff cuando era una guerrillera comunista. A ese golpe militar, Bolsonaro lo suele denominar “revolución democrática”.

Tradición y seguridad

El votante de Bolsonaro ha acabado concluyendo que la clase política está toda manchada de corrupción y que hace falta un revolcón, algo diferente, por incorrecto o peligroso que parezca. No suele defender abiertamente estas posiciones agresivas —aunque crecen las agresiones a gais y votantes de Haddad durante la campaña electoral—, sino que se escuda en su odio al PT y a la corrupción, así como en los valores tradicionales y en la mano dura en seguridad, porque entiende que es el único líder fuerte que se salva de los escándalos. Muchos, incluso, lo votan como mal menor. Como Maka Basilio, un pequeño empresario negro criado en la favela de Rocinha, de Río de Janeiro, que en el primer turno votó al progresista Ciro Gomes. “Bolsonaro dijo una frase que se refleja en las favelas: ‘El ser humano respeta a lo que teme’”, defiende Basilo, que explica cómo los traficantes de su favela han ejercido durante años su autoridad para evitar que se cometan otros crímenes.

En lo que respecta a seguridad, los ejes de Bolsonaro son dar carta libre a una de las policías que más mata en el mundo (más de 5.144 de los 63.880 homicidios de 2017), y facilitar la tenencia de armas a los que él llama “ciudadanos de bien”. “En un principio, el hecho de que la gente se arme va a costar unas muertes, hasta que los criminales entiendan que si salen a robar pueden no volver”, defiende Basilio. La violencia fue, sin duda, la gran olvidada de los gobiernos de Dilma y Lula, que no han conseguido ni de lejos coordinar un plan efectivo contra el narcotráfico armado ni frenar una violencia policial heredada de la lógica militar de los agentes desde la dictadura. Contra eso, la mano dura de Bolsonaro es una solución temida por la inmensa mayoría de expertos en seguridad, pero es, para algunos, una vía de cambio a la desesperada.

Asentamientos en Rocinha. 28 de septiembre de 2017. Silvia Izquierdo / AP

“Si el PT hubiera sido sensato, se habría retirado de las elecciones y habría apoyado a otro partido”, dice Basilio, quien lamenta que Río se haya convertido “en una postal de la violencia en el mundo”, lo cual ha afectado a su negocio turístico. “Lo que los electores de Bolsonaro esperan es que se enfrente a la corrupción y arregle la violencia. Es la política del miedo, pero es que Haddad tiene una agenda oculta que me asusta más. Odia a la clase media y quiere controlar a los medios de comunicación, cambiar la Constitución a favor de la izquierda. Es una propuesta meramente ideológica”. El odio a cambio del odio. Bolsonaro expresa su odio a las minorías y muchos de sus votantes lo abrazan como respuesta al odio a las clases medias que ven en las políticas asistencialistas del PT.

Fatinha Silva, vecina de Basilio en la favela, opina lo contrario. A su hijo lo mató un policía y no entiende cómo sus vecinos pueden apoyar la propuesta de Bolsonaro. “Aquí en las favelas la matanza va a ser libre. A Bolsonaro no le gustan los pobres. Aquí dará aval para matar”, lamenta. “Cuando oigo a gente que lo va a votar, intento ir a la mía y no hacerles caso”, se resigna.

Además de por su firmeza en el discurso contra la corrupción y por una política más dura en seguridad, Bolsonaro ha calado entre los brasileños por su visión tradicional, moralista y religiosa, que le ha llevado a poner a Dios en en el centro de su lema de campaña. Sergio Souza, funcionario de Manaus convencido de su voto, resume sus motivos: “El primero es que es honesto y no tiene problemas con la Justicia. El segundo es que está a favor de la familia tradicional. El tercero es que necesitamos leyes más severas. Los bandidos reinan en nuestro país y pagamos muchos impuestos. No es verdad todo lo que se dice de su homofobia, son los medios quienes intentan destruir su imagen”, defiende a pesar de los incontables vídeos que circulan por internet. “Creo en Dios y hace un tiempo escuché a una mujer profetizar que Dios haría unas transformaciones muy grandes en el Gobierno debido a la corrupción. Tú puedes no creer, pero yo creo en la acción de Dios y llegó la hora de que actúe a través de Bolsonaro”, dice. Como respuesta, las redes se llenan estos días de imágenes de Jesús en la cruz mezcladas con palabras de Bolsonaro a favor de la tortura.

Aunque el ultraderechista es católico, se bautizó simbólicamente en la religión evangélica, que ha crecido en los últimos años a ritmo vertiginoso en Brasil y ya cuenta con 43 millones de fieles, un 22 % de la población. Los valores religiosos más conservadores se han convertido en una gran baza para el exmilitar. La evangélica neopentecostal es una religión sin estructura vertical donde cada templo tiene libertad y, en ese contexto, hay incluso parroquias que abominan de la ultraderecha y la homofobia, pero son muchos los pastores que condenan con fuerza la homosexualidad e incluso llaman al odio. Y los principales líderes evangélicos del país expresaron su apoyo a Bolsonaro, incluido Edir Macedo, antaño aliado de un Lula que acabó convenciendo a ricos y pobres de que no era una amenaza comunista para el país cuando arrasó en las elecciones de 2002.  

Evangelistas en una misa antes de las elecciones en Brasil. Ian Cheibub / AP

Su gobierno, como del de Rousseff, fue de hecho una especie de adaptación tropical a la socialdemocracia que nunca generó grandes conflictos económicos con las empresas y surfeó en la ola del intervencionismo, los altos impuestos y la robustez de la empresa pública, sin amenazar a un libre mercado que incluso se benefició del brutal aumento del poder adquisitivo de las clases populares. Pero el destape de la corrupción ha servido para que muchos saquen el odio que ya llevaban dentro y otros muchos lo estrenen por la decepción. Aunque la frustración con el PT tiene que ver con la corrupción, los votantes más extremistas de Bolsonaro culpan de paso a todas las minorías, indígenas, gais o negros y activistas que parte de la clase media ve como beneficiarios de ayudas excesivas. Por eso han abrazado también un discurso económicamente liberal, con un candidato a ministro que habla abiertamente de privatizarlo todo y de recortes en los derechos de los trabajadores. “A diferencia de Trump o Le Pen, Bolsonaro no es nacionalista con la economía, y muchos están votando contra sus propios derechos”, advierte Janine, exministro brasileño.

Entre el “todo menos el PT” y el “no va a llegar a hacer todo lo que predica”, los votantes menos radicales y convencidos de Bolsonaro se han armado de valor para depositar una papeleta con el nombre de un ultraderechista en la urna. Con las fake news propagadas contra el PT a través de Whatsapp, investigadas porque podrían suponer una forma de financiación ilegal de su campaña por empresas privadas, Bolsonaro se hizo más fuerte. La idea, aún vigente, de que durante la dictadura brasileña no había corrupción —tampoco había mecanismos para detenerla— o la de que fue menos violenta que otras de la región —a pesar de una comisión que en 2014 desveló centenares de torturas— también ha ayudado a abrir el camino a un Gobierno ultraderechista en Brasil, un país cuya marca ha ido durante muchos años asociada a la alegría, el carnaval, la libertad, la diversidad, el mestizaje y la falta de tapujos y prejuicios.

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