El Sahel: todas las crisis del hambre

Pablo Tosco

La emergencia climática, la desigualdad, la violencia y la pobreza empujan a esta región africana al abismo de la inseguridad alimentaria

“Ninguna enfermedad, ninguna guerra ha matado más gente. Todavía, ninguna plaga es tan letal y, al mismo tiempo, tan evitable como el hambre”. 
El hambre, Martín Caparrós.

Sus cifras son pandémicas y su tasa de mortalidad supera a la de la malaria, el sida o la covid-19, aunque, a diferencia de estas, el hambre no es una enfermedad ni un virus. Cerca de 200 millones de personas se encuentran en contextos de inseguridad alimentaria aguda en el mundo y casi 3 millones de niños y niñas mueren cada año por desnutrición o causas derivadas. En el planeta existen los recursos necesarios para solucionarla, pero si continúa la tendencia actual el hambre seguirá siendo un fenómeno en constante aumento durante los próximos años.

En el trágico listado de países que sufren hambre repiten presencia año tras año los que integran la franja del Sahel, un cinturón de unos 5.000 kilómetros que atraviesa el continente africano desde el Atlántico hasta el mar Rojo. El último Informe Mundial sobre las Crisis Alimentarias revela que en 2021 más de 30 millones de personas en África Occidental y el Sahel afrontaban situaciones de crisis, emergencia o catástrofe alimentaria (los niveles más altos en la escala de inseguridad alimentaria).

El fotoperiodista Pablo Tosco (Córdoba, Argentina, 1975) ha dedicado buena parte de su trabajo en la última década a retratar el hambre en el Sahel. Comenzó en 2012 cubriendo para Oxfam Intermón la crisis alimentaria que asoló esta región africana. Más tarde llegaron nuevas crisis, como la de 2018 o la actual, esta última especialmente dura, si es que la hambruna en estos contextos admite algún tipo de graduación.

Explicar el hambre en el Sahel es hacerlo desde un prisma en el que convergen muchos factores: la escasez de alimentos, la crisis climática, el auge de la violencia, las migraciones forzadas, los Estados fallidos, las desigualdades sociales y de género o el impacto de las políticas económicas mundiales. A través de esta selección de fotografías comentadas por él mismo, Pablo Tosco hace un recorrido por las diferentes realidades que golpean el cinturón del hambre del Sahel.

Mauritania: la abundancia de la nada

Pablo Tosco

Con la mayoría de su territorio ocupado por el desierto del Sáhara, Mauritania vive sistemáticamente en la escasez. Esta foto está tomada en las afueras de Kaédi, una de las ciudades que se asientan a lo largo del río que marca la frontera natural entre este país y Senegal. En ella se ve cómo una mujer guía al ganado a través del desierto, en busca de agua y pastos. La imagen es una clara muestra de los desafíos que afronta el país, que apenas tiene terrenos agrícolas. 

Pablo Tosco

Mariam es agricultora y vive en las afueras de Kiffa, al sureste de la capital, Nuakchot. Junto a su familia, invierte todo su dinero en un pequeño terreno. Gran parte del cultivo lo destinan al consumo propio; el resto lo venden y con lo que ganan hacen frente a los gastos cotidianos, aunque cada vez la tierra les devuelve menos.

A Mariam la conocí durante un periodo de sequía que arrasó su plantación. Lo que tiene en la mano son tres mazorcas sembradas el año anterior. Dos de ellas están completamente secas: el maíz no consiguió crecer. La tercera creció pero no maduró lo suficiente, y el resultado son unos granos de maíz significativamente más pequeños de lo habitual. Mariam cuenta que antes las temporadas de lluvia eran regulares: comenzaban en junio y terminaban a mediados de octubre. Esto les permitía saber cuándo preparar la tierra y sembrar, pero hace tiempo que las lluvias no responden a esos ciclos. Ahora las precipitaciones son mucho más erráticas e imprevisibles y, en ese desconcierto, las plantas no logran sobrevivir. 

Pablo Tosco

Abdullah es pastor. Lo conocí mientras recorría parte de la frontera entre Mauritania y Senegal en busca de agua y pastos frescos. Los conflictos y la pérdida progresiva de zonas de pastoreo por la crisis climática le obligan a caminar cada vez más kilómetros. Sus travesías se alargan meses, y durante el trayecto puede cruzar varios países. Las rutas trashumantes solo las realizan los animales de mayor envergadura —vacas, camellos, corderos— porque son los únicos que pueden soportar las largas travesías por el desierto. Aun así, están en condiciones deplorables, sin apenas agua ni comida. 

Las reses que guía pertenecen a docenas de familias de su comunidad que le han confiado el ganado con la esperanza de que puedan encontrar pasto. Esta es una escena típica de la trashumancia en el Sahel, ya que organizar una caravana como esta conlleva aprovisionarse de agua y comida suficiente para los meses de travesía. Son recursos ya de por sí escasos, y sería imposible repartirlos entre todos los pastores

Senegal: la desertización del medio

Pablo Tosco

En Senegal, al sur de Mauritania, las sequías prolongadas y el avance del desierto del Sáhara están acabando con los cultivos en el norte del país. Fatou, Bintou, Amina, Dahle, Yamilatu, Fati y Sohkna son campesinas de la región de Galoya, en el noreste. La mayoría son mujeres cuyos maridos han emigrado a países vecinos en busca de trabajo. A cargo de varios hijos, ellas han decidido tomar las riendas de la comunidad y trabajar las tierras de sus maridos de forma colectiva.

Con este díptico quiero transmitir la unión y la cooperación entre estas mujeres, que están consiguiendo transformar la comunidad en la que viven. En la fotografía de la izquierda aparecen sentadas frente a un pozo seco. A la derecha, los primeros tomates del proyecto colectivo que iniciaron al quedarse solas.

Pablo Tosco

En esta foto aparecen dos de estas mujeres trabajando en una parcela en la que han sembrado tomates. Más allá de asegurarse una fuente de alimentación mínimamente estable, las mujeres han encontrado en la cooperativa un espacio que las empodera para luchar contra las desigualdades: las de género y también las económicas, políticas y sociales, todas ellas responsables de su sufrimiento. Ahora tienen la capacidad de decidir qué, cómo y cuándo cultivar. 

Burkina Faso: víctimas de la escasez

Pablo Tosco

Esta fotografía está tomada en la escuela primaria de Kaya, al norte de Uagadugú, la capital de Burkina Faso. Cada día, los niños y niñas recorren a pie unos tres kilómetros de promedio entre la ida y la vuelta desde sus localidades a la escuela. En estos centros no solo aprenden el currículo básico, sino también técnicas agrícolas para afrontar la crisis climática. 

En la imagen se ven las fiambreras con el almuerzo que llevan para desayunar, la comida fuerte del día. Si se cuentan los recipientes en el suelo es fácil darse cuenta de que no existe relación numérica entre las fiambreras y la cantidad de niños y niñas. Quienes llevan comida la comparten con los que no lo hacen.

Pablo Tosco

La crisis climática está dejando a millones de personas en una situación de total vulnerabilidad. Las lluvias erráticas no consiguen paliar los efectos de las sequías, cada vez más duras y persistentes. En los últimos años se están reportando muchos casos de campesinos que abandonan sus tierras de cultivo para trabajar en las minas de oro o migrar como jornaleros a países vecinos como Costa de Marfil. A esto se suma la violencia por parte de grupos yihadistas. La crisis de desplazamiento en Burkina Faso es una de las que crece con mayor rapidez en el mundo: de acuerdo con las cifras del Gobierno, el número de personas desplazadas internas llegó a 1,9 millones en abril.

En esta fotografía tomada en las minas de Gorom Gorom, en el norte del país, aparecen varias mujeres que filtran la tierra en busca de oro y piedras preciosas. Las condiciones de vida en las minas son de una precariedad extrema y el oro que se extrae es de baja calidad, pero los sueldos permiten al menos garantizar un plato de comida. Alrededor de las minas se generan toda una suerte de realidades macabras: desde los matrimonios forzados de menores, hasta la explotación sexual de las mujeres que trabajan allí.

Pablo Tosco

Fatih tiene 26 años y 4 hijas. No pudo ir a la escuela, así que todo lo que sabe —construir su casa, cultivar la tierra, criar animales— lo aprendió observando a otras personas. Vive gracias al sorgo y el cacahuete que cultiva en un pequeño terreno, aunque las últimas sequías amenazan su supervivencia y la de sus hijas. Hoy espera que la lluvia no sea un recuerdo de tiempos pasados. Enclavado en el corazón del África Occidental, Burkina Faso sufre un clima extremo y variable: en apenas unos meses, un mismo territorio puede enfrentarse a inundaciones y sequías.

La degradación de los recursos naturales por la crisis climática afecta especialmente a los medios de vida de las mujeres, más dependientes del capital natural que los hombres, que pueden encontrar más fácilmente un trabajo lejos del campo. Al no ser propietarias, las mujeres no pueden decidir sobre qué cultivar o cómo comercializar los cultivos cosechados, y si acceden a parcelas solo son pequeñas porciones de tierra para cultivar hortalizas para autoconsumo. 

Pablo Tosco

Pascaline nació cerca de la comunidad de Kaya, en el seno de una familia de tradición agrícola. Con la ayuda de sus padres y sus tíos aprendió a leer las nubes para saber si iban a traer lluvia; aprendió a desencriptar el sonido del viento para saber si pronto vendría lluvia o si era el harmatán, que es el viento de arena que arrasa y seca todo; y aprendió a comprender el comportamiento de los animales que, de alguna forma, anticipa la época de lluvias.

Pablo Tosco

Las milicias islamistas arrasaron la casa de Fanka Goumani, en Tombuctú (Mali). Como otras miles de personas, cuando estalló la violencia, a principios de 2012, Fanka tuvo que abandonar a su marido y sus hijos varones, que se quedaron en la ciudad. Los que tenían más recursos pudieron huir a Europa, pero la mayoría de malienses buscaron refugio en los países colindantes. Ella llegó junto a su hija pequeña a Mentao, una pequeña comunidad en el norte de Burkina Faso, donde residían otros 5.000 desplazados.

La fotografía muestra a Fanka construyendo la que será su casa a base de palos y algunas telas; con ella pretendo transmitir la tremenda vulnerabilidad de las personas que han huido de la violencia y tienen que vivir en mitad del desierto, sin apenas acceso a ningún tipo de servicio o recurso natural básico. Resulta impactante ver una estructura tan frágil como refugio de vidas tan vulnerables. 

Níger: en la encrucijada

Pablo Tosco

En la parte trasera de estas pickups viajan personas migrantes de origen subsahariano, en su mayoría procedentes de Nigeria, Costa de Marfil y Senegal, hacía la ciudad nigerina de Agadez. Situada en el borde del desierto del Teneré, en el Sáhara, Agadez es el punto desde donde parte el llamado “camino del infierno”. Miles de personas pasan aquí semanas enclaustradas en antiguos hoteles y residencias para turistas a modo de gueto, hasta que los traficantes consiguen recolectar el suficiente dinero para partir.

En estas camionetas se dirigen hacia el norte, hacia Marruecos, Argelia o Libia. Aunque a priori pueda parecer una ruta migratoria menos peligrosa que la que cruza el Mediterráneo, la OIM cree que podría ser una tumba de migrantes tan mortal como la del Mare Nostrum. Durante el trayecto, muchas personas caen de los vehículos debido al cansancio, las altas temperaturas y la escasez de agua y alimentos, y quedan perdidos en mitad del desierto, porque los traficantes solo paran para llenar el depósito de gasolina. Como fotógrafo, lo que suelo ver es la experiencia migratoria de los hombres, que de alguna manera es más visible. Pero hay toda una parte terriblemente oculta, invisible, atroz: el proceso migratorio de las mujeres. En su mayoría, las migrantes que deciden cruzar el desierto hacia el norte lo hacen a base de violaciones, abusos y maltratos que no se ven.

Pablo Tosco

En esta fotografía aparece Maimouna dando el pecho a modo de placebo para intentar calmar el apetito de su nieta, Kubi. Ambas fueron las únicas supervivientes de toda la familia tras la ocupación de su pueblo por el grupo terrorista Boko Haram. Imágenes como esta son recurrentes en zonas donde los niños solo tienen garantizada una comida al día. Níger es uno de los países con mayor índice de mortalidad infantil provocada por la malnutrición y desnutrición. La pérdida incesante de recursos naturales y el aumento de conflictos han provocado que más de dos millones de niños y niñas tengan necesidad de ayuda humanitaria.

En paralelo al pecho sin leche de Maimouna, también se suelen hervir piedras para engañar el hambre de los más pequeños. En las cacerolas no hay nada, solo piedras que repiquetean en el agua caliente, pero ayudan a los niños a pensar que al día siguiente tendrán un plato de comida que llevarse a la boca. 

Chad: un lago en extinción

Pablo Tosco

Uno de los mejores indicadores para explicar la crisis climática en el Sahel es la desaparición gradual del Lago Chad, que en otros tiempos se extendía hasta Argelia y Libia. En otra época, este lago estuvo considerado el sexto lago más grande del mundo, albergaba más de 130 especies de peces y los pescadores llegaban a capturar anualmente más de 200.000 toneladas métricas de pescado. Sin embargo, en las últimas seis décadas, su superficie ha retrocedido un 90% hasta cubrir menos de 1.500 kilómetros cuadrados que no satisfacen las necesidades de millones de personas que dependen de él. Además, el endurecimiento de la violencia por el control del territorio ha obligado a huir a muchos habitantes del lago.

Pablo Tosco

Hace un tiempo tuve la oportunidad de conocer a Mahammat, un pescador de las afueras de Baga Sola, comunidad que hace unos años estaba situada a orillas del lago Chad y que hoy se encuentra a 30 kilómetros de la costa a causa de las sequías. A medida que el lago ha ido evaporándose, los integristas radicales han incrementado los ataques para hacerse con el territorio.

Refugiado en la seguridad que le proporciona su aldea, alejada de las zonas donde operan los grupos armados, Mahammat prepara los anzuelos. Las incursiones al lago le obligan a caminar kilómetros adentro por el trecho seco; cuando llega a uo de los poblados cercanos a la costa coge las redes, busca su bote, que está flotando en algún punto del lago, y sale a pescar. Los ataques y la pérdida constante de agua no son el único problema de Mahammat, que admite que cada vez más cuesta encontrar peces. Además, ahora son notablemente más pequeños.

Pablo Tosco

Adoum Hassane y su mujer, Bande, caminan bajo un sol de justicia hasta el lugar donde está enterrado su hijo de seis años, a pocos metros de la choza de troncos, paja y cañas que comparten con el resto de su familia en el asentamiento de desplazados de Manara, junto a la población de Daboua, muy cerca del lago Chad. Bande se detiene, se arrodilla sobre la arena que quema y rompe a llorar: “Mi hijo murió de hambre”, dice Adoum, que acompaña a su mujer en el dolor. “Pasamos hambre, mucha hambre. Solo comemos una vez al día un poco de sorgo; hay días que ni eso”.

Pablo Tosco

Cuando llega la época seca a Mangalmé, en el sur de Chad, Achta, Maumouna y Aisha repiten el mismo ritual. Cada mañana antes del amanecer colocan una madera gastada sobre sus hombros, posan un cántaro de cerámica a cada lado y, con un perfecto equilibrio, caminan cinco horas hasta que encuentran agua.

Durante 6 meses al año, las tres mujeres rezan para que el agua llene las grietas de la tierra áspera. Tomé la fotografía de la derecha después de que la lluvia inundara cada rincón. El paisaje cambió por completo, y las tierras que antes quedaban cubiertas por capas de polvo y arena, ahora se habían convertido en lagunas y prados de yerbabuena salvaje.

Pablo Tosco

Haoua Ousmane fue una de las mujeres que huyeron después de que el grupo yihadista Boko Haram asesinara en 2018 a dieciocho personas de su aldea en un ataque durante el Ramadán. “No tenemos ni tazas para beber agua. Lo dejamos todo allí, llegamos con las manos vacías”, explica esta mujer, de 40 años y madre de ocho hijos. “Allí teníamos cabras y burros, y sembrábamos. La vida era buena, pero todo se perdió con la llegada de Boko Haram”, lamenta. Ahora subsisten con la leña que venden.

Nigeria: hambre y terrorismo

Pablo Tosco

Esta fotografía la tomé en el campo de desplazados de Muna Garage. Muy cerca de aquí está Maiduguri, el lugar donde el predicador islamista Mohammed Yusuf fundó en 2002 el grupo terrorista Boko Haram. Desde su fundación, el grupo yihadista ha matado a más de 37.000 personas. A los asesinatos, desplazamientos forzados, violaciones, secuestros y atentados se suma el hambre, la otra herida de esta guerra. Algunas de las personas desplazadas han encontrado refugio en comunidades que ya enfrentaban desafíos de supervivencia, lo que ejerce más presión sobre los escasos recursos locales. Pero la mayoría han quedado varadas en medio del desierto sin agua ni comida suficiente.

Pablo Tosco

La mujer vestida de rojo es Fátima. La conocí una mañana mientras esperaba en una fila para entrar al campo de desplazados de Muna Garage. Aquí viven aproximadamente unas 20.000 personas que huyeron de la violencia de Boko Haram. Las autoridades militares entrevistan a todas las mujeres que quieran acceder: les preguntan si tienen hermanos, maridos o familiares que estén alistados en algún grupo armado, o si han sido secuestradas, violadas o reclutadas como esclavas sexuales por las milicias. El proceso es largo, y a veces se puede prolongar varios días hasta que les permiten entrar.

Somalia y Etiopía: el agua que nunca llega

Pablo Tosco

En el campo de personas desplazadas de Gunagado, en el distrito etíope de Somali, Amina Ibrahim, de 50 años y madre de 12 hijos, lleva colgadas del cuello las llaves de su antigua casa. Son el recuerdo de sus tierras, antes que una sequía devastadora acabara con todo su ganado y se viera obligada a abandonar su hogar.

El Cuerno de África se enfrenta a su peor sequía desde la década de 1980. Las lluvias ya no responden a ningún patrón, los ríos y reservas de agua se han secado, los cultivos se han visto diezmados y el ganado, fundamental para la supervivencia de las comunidades dedicadas al pastoreo, no es capaz de sobrevivir en estas condiciones. 

Pablo Tosco

En este refugio construido a base de palos y telas amontonadas para protegerse del sol y la lluvia vive Amina. Está en el campo de Gunagado, uno de tantos asentamientos donde malviven cientos de personas que llegaron después de peregrinar varias semanas en busca de un lugar con acceso a agua y pasto para sus animales, objetivo que no consiguieron. 

Pablo Tosco

Alí arrastra sus chanclas por el desierto de Gunagado, al ritmo de cientos de camellos que su comunidad le ha confiado, en busca de pastos y agua para su supervivencia. Alí siempre fue un pastor trashumante: durante tres meses al año recorría las rutas tradicionales que proveían de agua y pastos frescos al ganado, pero ahora la sequía ha reducido mucho las áreas y el tiempo de pastoreo. 

La historia de Alí se repite por todo el Sahel, y muestra la organización de las comunidades para aprovechar al máximo los recursos naturales.

Pablo Tosco

Estos son los restos de uno de los camellos que no lograron sobrevivir a las duras travesías por el desierto que realizan junto a comunidades enteras que huyen de la violencia y la sequía. El aumento de las temperaturas, la escasez de agua, el incremento de la violencia, la irrupción de nuevos grupos armados y las políticas fallidas de los Estados están llevando a esta parte del mundo a los límites de su supervivencia. La crisis climática en esta región del mundo ha dejado a más de 15 millones de personas en una situación de total vulnerabilidad. 

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