Los muertos que me habitan

En la costa de Túnez, los cadáveres que escupe el Mediterráneo son enterrados por un voluntario que piensa más en la muerte que en la vida

Los muertos que me habitan
Edu Ponces / RUIDO Photo

Esta crónica ganó el Premio Ortega y Gasset 2019 en la categoría de mejor historia o investigación periodística.

El proyecto The Backway de RUIDO Photo, Xavier Aldekoa y Agus Morales aúna este y otros textos y fotografías. 

Cuatrocientos sueños habitan el vientre de este antiguo vertedero. Cuatrocientos viajes, cuatrocientas rutas, cuatrocientos naufragios. Si tomamos altura —por ejemplo, desde la empalizada de basura y yerbajos que rodea el cementerio—, los bultos de tierra que señalan la ubicación de los cadáveres parecen olas que cabrillean, que se resisten a la quietud, que evocan la última escena, el último aliento.

La tierra está fresca, como si esta hondonada en medio de olivares hubiera sufrido la exhumación de cadáveres. ¿Para qué? Normalmente: para conocer a las víctimas de un fusilamiento, para buscar pistas que señalen a los verdugos de una masacre, para recuperar eso que llaman memoria histórica. Aquí no hay nada de eso, porque los naufragios en el Mediterráneo no son una guerra. Aquí no hay nada de eso, porque todo el mundo quiere olvidar, porque si los vivos no importan, ¿cómo van a importar los muertos? La tierra removida y el olor a muerte no son de exhumaciones, sino de enterramientos de náufragos que un abnegado voluntario de la Media Luna Roja lleva a cabo, sin recursos ni apoyo institucional, en la ciudad tunecina de Zarzis, a unos 80 kilómetros de Libia.

Pero ya no caben más sueños en este cementerio de apenas mil metros cuadrados.

—Ayer cavé los dos últimos nichos —dice Chamseddine Marzoug mientras hunde su mirada en los dos mordiscos que ha dejado la pala excavadora—. Necesitamos construir un cementerio nuevo.

Enfundado en un chaleco beis —el típico de un trabajador humanitario en África; en su caso raído, sin logo, siempre el mismo—, Chamseddine deambula por el cementerio. Es su creación, su símbolo, su espacio: no esconde el orgullo que le produce haber sepultado “dignamente” a náufragos cuyos familiares ya no buscan, a cadáveres que estaban destinados al fondo del mar o a fosas comunes, a sueños de una vida mejor que han sido escupidos en este patio trasero de la migración hacia Europa.

—Mira esta tumba —me dice—. Es la única que tiene nombre. Es de Rose-Marie, una nigeriana de 28 años. Sabemos su nombre, su edad y su historia porque salió junto a 126 personas en una barcaza desde Libia. Tuvieron problemas… todos sobrevivieron, menos ella. Dejó a un hijo atrás, en Nigeria. Se había separado y se fue con su nueva pareja para intentar llegar a Europa. Él está ahora en un albergue.

Piedras y algún ladrillo sostienen el bloque de cemento. En el centro, un hueco de tierra en el que una flor quiere ganar altura y belleza. En uno de los bordes, una flor artificial. Presidiendo el monolito, una discreta lápida de mármol: “Rose-Marie. Nigeria. 27-5-2017”.

La tumba de Rose-Marie, una nigeriana que murió en el Mediterráneo. Edu Ponces

Los demás no tienen nombre. Solo hay un montón de tierra coronado por un geranio, una rosa, una rama. En algún caso, un cartel con un número. “090617027”: la fecha en que se halló el cuerpo (9 de junio de 2017) y el número de cadáver encontrado ese año (27). Chamseddine me llama la atención sobre un pequeño promontorio pegado a otro más grande. Dos tumbas. Hay un coche de juguete sobre el bulto menor.

—Este niño tenía cinco años. Durante su vida no pudo jugar, por eso le he puesto un juguete en la tumba. Fue hallado junto a una mujer, e interpreté que era su madre. Por eso los enterré juntos, cabeza con cabeza.

Es probable que el niño no tuviera la oportunidad de entretenerse con juguetes, quién lo sabe. Pero el dato de la edad no es caprichoso: antes del entierro, llevan los cadáveres al hospital, y allí, a partir de los dientes o de otras partes del cuerpo, intentan al menos determinar la edad. Poco más se sabe de ellos.

—Solo sé que todas las personas que están aquí son subsaharianas.

—¿Y cómo puede haber tantos cadáveres, cuatrocientos, en este cementerio tan pequeño? —le pregunto.

—Hay algunas parcelas que son planas y en las que no se puede excavar. Y el cementerio tiene dos pisos.

El ladrido de los perros y el canto de los pájaros son los únicos sonidos alrededor.

—¡El cementerio tiene dos pisos! —repite Chamseddine—. Hay más muertos debajo. Pero tuve cuidado para que cada uno tuviera su espacio.

Los cadáveres que llegaban a la costa tunecina se enterraban durante la década de 2000 en cementerios musulmanes. Se acabó el espacio para ellos y en 2006 las autoridades habilitaron este terreno, donde los cuerpos se tiraban en fosas comunes que rodean lo que hoy es el centro neurálgico del cementerio: Rose-Marie, el niño y su juguete, el cadáver con número. Fue en 2011, tras el estallido de la revolución en Túnez, cuando Chamseddine se encargó del cementerio y pidió al Estado dar sepultura a cada náufrago por separado.

—Hay que darles dignidad —y esa será la palabra que más repetirá durante los días que pasemos juntos.

—¿Por qué no hay lápidas para todos los muertos?

—Quiero hacer todas las tumbas como la de Rose-Marie, pero se necesita dinero. Calculo que son 3.000 euros. Y para abrir un nuevo cementerio, hemos recaudado ya casi 13.000 euros, pero nos faltan 11.000 más. No estará lejos de este. Quiero que estén cerca, para que esto no se olvide.

Chamseddine señala un estadio de fútbol que está aproximadamente a un kilómetro de distancia. Es el campo del Esperance Sportive de Zarzis, de la Ligue 1: una gran plaza de paredes blancas. Justo al lado, antes se erigía un albergue para migrantes; ahora solo queda ropa, basura, un somier oxidado. Es allí, sobre el extinto centro de acogida, como si fuera un palimpsesto, donde el voluntario quiere construir su nuevo cementerio.

—Todos estos años trabajando aquí y nadie te ayuda. ¡Nadie!

Chamseddine es obsesivo: habla constantemente sobre los muertos, critica a Europa, busca culpables, reflexiona sobre la especie humana. A veces le cuesta caminar, porque se lesionó el tobillo asistiendo a una migrante y le tuvieron que colocar un implante de titanio. Pero nada lo detiene: su energía es infinita. Hoy riega las flores de la tumba con una botella de agua. También unos pinos plantados alrededor del santuario que apenas levantan un palmo del suelo. Proyectos de pino que forman un círculo mágico destinado, algún día, a cambiar el paisaje del cementerio. Cuento 52 pinos, aunque él dice que hay más.

Chamseddine es el cuidador del “Cementero de los desconocidos”, en Túnez. Edu Ponces

Ha plantado también una buganvilla para que, con el tiempo, trepe por el letrero azul en seis idiomas (árabe, francés, inglés, italiano, alemán y español) que nombra este espacio. “Cementerio de los desconosidos (sic)”, dice la versión en castellano. Junto a la cepa del cartel: palas, azadas, un cubo para el cemento. Y un poco más allá: una instalación artística con boyas blancas y negras que simbolizan la convivencia interracial; botellas de agua halladas en la orilla, plantillas, zapatos, sandalias impregnadas de arena. Un pequeño memorial posmoderno que tiene continuidad en otros lugares de Zarzis, esta ciudad pesquera de 75.000 habitantes a la que llegan recuerdos de algunos de los naufragios olvidados del Mediterráneo, una de las crisis que están definiendo el siglo XXI.

La ciudad de Chamseddine.

***

Un buque anfibio. Dos corbetas. Dos buques de patrulla con helicópteros. Fragatas. Dos drones. Aviones de reconocimiento aéreos. Más helicópteros. Ante los naufragios que se producían cerca de la isla de Lampedusa, el Gobierno italiano lanzó el 18 de octubre de 2013 la operación Mare Nostrum (“nuestro mar”: el Mediterráneo) con el objetivo declarado de “salvaguardar la vida humana en el mar” y luchar contra el tráfico de personas. Solo duró un año: Italia pidió apoyo económico a los países de la Unión Europea, pero no se lo brindaron. Desde finales de 2014, el dispositivo marítimo fue sustituido por sucesivas operaciones que tuvieron como principal objetivo la vigilancia y protección de fronteras, y no salvar vidas.

Fue uno de los capítulos de la historia que rebaten con más contundencia la teoría del “efecto llamada”: tras la suspensión de la operación Mare Nostrum, la migración no solo no paró, sino que hubo muchas más llegadas. Y mucha más muerte.

Porque el Mediterráneo podría ser una guerra. Sus números son de guerra.

En 2014, 3.283 personas desaparecieron intentando atravesar el Mediterráneo, según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). En Afganistán, la primera gran guerra del siglo XXI —y que aún continúa—, murieron 3.699 civiles, de acuerdo con la misión de la ONU en el país.

En 2015, 3.793 personas murieron en el Mediterráneo. En Afganistán, 3.545.

En 2016, 5.143 personas murieron en el Mediterráneo. En Afganistán, 3.498.

En 2017, 3.139 personas murieron en el Mediterráneo. En Afganistán, 3.438.

Este año, pese al descenso drástico de llegadas, ya van 1.549 muertes en el mare nostrum.

A Europa no le ha hecho falta construir un muro, como prometió Donald Trump en Estados Unidos: solo dejar que la gente se ahogue en el Mediterráneo a bordo de botes hinchables, pesqueros o pateras. Es la frontera más peligrosa del mundo, y también una de las más tecnificadas: los buques anfibios y las corbetas y las fragatas y los aviones y los drones y los helicópteros y los radares siguen ahí, pero están desplegados para proteger las fronteras europeas, no para asistir a los desgraciados que intentan llegar a sus orillas.

Quijotescos barcos de rescate fletados por oenegés —yates de lujo reconvertidos, buques de reabastecimiento— se lanzaron a rescatar a las miles, decenas de miles, centenares de miles de personas que habían quedado desamparadas. Algunas de las organizaciones humanitarias sufrieron una persecución judicial: se las acusó de tráfico de personas. Italia negoció un acuerdo para entrenar a los guardacostas libios —un eufemismo tras el que se esconden milicias, grupos armados, añicos del caos posgadafista— y evitar que salieran barcazas de sus costas. Surtió efecto, pero el golpe definitivo no llegó hasta la formación del nuevo Gobierno italiano, una coalición del Movimiento 5 Estrellas y de la xenófoba Liga Norte, cuyo líder, Matteo Salvini, asumió la cartera de Interior y prohibió que el buque Aquarius, con 630 rescatados a bordo, atracara en costas italianas. España acogió el barco.

“¡Victoria!”, escribió en Twitter Salvini. “¡Primer objetivo conseguido! #CerremosLosPuertos”.

Una barcaza abandonada en una zona del litoral tunecino conocida como cementerio de los barcos. Edu Ponces

Ha sido un lustro de muerte y de rutas que dibujan las heridas más recientes de esta parte del mundo. En 2015, cuando un millón de personas llegó a Europa y países como Alemania abrieron sus puertas, la ruta más transitada era la que pasaba por Turquía, Grecia, los Balcanes y el norte de Europa. La mayoría de los huidos eran sirios, afganos e iraquíes: tres de las peores guerras del siglo XXI. Los esfuerzos diplomáticos por cerrar la ruta y el acuerdo entre la UE y Turquía en 2016 (con 6.000 millones de euros de por medio) hicieron que las llegadas descendieran. Si entonces era Grecia el país que más refugiados recibía y el que más sufría la indiferencia y la falta de solidaridad del resto de la UE, después le tocó el turno a Italia: Libia se convirtió en la nueva plataforma de salida de barcazas. Para llegar hasta ahí se dibujaban dos rutas: una desde el cuerno de África (Somalia, Etiopía, Eritrea) que pasa por Sudán hasta llegar a Libia; y otra desde África Occidental (Gambia, Senegal, Mali, Nigeria, Níger…), que atraviesa el desierto del Sáhara.

Rutas de sed, explotación y violencia.

La ruta más occidental es la de Marruecos-España. Este año, por primera vez en el último lustro, el número de llegadas a España (casi 30.000) es superior a Italia o Grecia. Aunque no son exactamente vasos comunicantes, sí hay un desplazamiento de las migraciones hacia el oeste.

El plan europeo para cerrar fronteras, al menos a tenor de las cifras, está funcionando: de un millón en 2015 a 172.301 en 2017. El 6,4% de las personas que han cruzado el mar este año son tunecinas. Son la cuarta nacionalidad que más lo hace, solo por detrás de Siria, Irak y Guinea. Las salidas desde Túnez, desde la costa que aloja el cementerio de Chamseddine, han aumentado, pero aún están muy lejos de parecerse a las de Libia. Porque allí hay una estructura criminal que comercia con migrantes y refugiados y que permea a toda la sociedad, porque tras la caída del dictador Muamar el Gadafi se formaron hasta tres gobiernos en Libia. Y porque Túnez, una de las pocas buenas noticias de la Primavera Árabe, quiere mantener su relación privilegiada con la UE e intenta no permitir que salgan barcazas. Aunque no siempre lo consigue.

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—Llegué a Libia hace dos años, trabajaba para una compañía telefónica como limpiador y luego vendedor —me contó Ismail, un ghanés que conocí en un barco de rescate de Médicos Sin Fronteras en 2015—. Quería quedarme, pero ya no podía más. Allí nos tratan como a esclavos. Hay armas por todos lados, cualquier persona te puede golpear si no eres libio. A mí me pasó varias veces. Me robaron, me amenazaron, me golpearon. A plena luz del día.

—Vimos cómo violaban a mujeres y cómo quemaban a una —me dijo Fatou, una marfileña que conocí en un barco de rescate de la oenegé Proactiva Open Arms en 2017—. Quiero trabajar en Italia. ¡Nunca, nunca volveremos!

Y tantas y tantas historias y palabras que se repiten: de somalíes informando de situaciones de esclavitud, de nigerianos denunciando extorsión y palizas, de africanos rescatados que cuando ven acercarse lanchas libias, las de los guardacostas, amenazan con tirarse al agua.

Mejor la muerte que Libia, dicen.

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El mar no se lo traga todo: escupe fragmentos de la memoria del mar. Ropa, cadáveres y madera llegan a lugares insospechados como la playa de Zarzis, donde se respira un ambiente dominguero: niños alborotados, trajes de baño femeninos que no enseñan, burros engalanados, meriendas. Pero los objetos a la deriva emergen sobre todo unos kilómetros más al este, pasado el puerto, en unas aguas en las que los pescadores aún intentan faenar.

Algunos de los objetos relacionados con la migración atesorados en el Museo de la Memoria del Mar de Zarzis. Edu Ponces

El golfo de Zarzis es un vertedero de la migración. Un espacio fantasmagórico de la posguerra, del abandono, del fin del camino. El recordatorio de que, alguna vez, pasó eso, lo que todos quieren olvidar: el naufragio. Aquí se hallan barcazas que durante los últimos años salieron de Libia y las corrientes de agua arrastraron junto a cadáveres, ropajes y botellas de plástico. Días, semanas, meses después, dibujando una cronología indescifrable. Si cada cuerpo inerte flotando en el agua hablara, si cada pesquero a la deriva fuera interrogado, se podría escribir una historia reciente de los naufragios en esta parte del mundo: una historia de las batallas que miles de almas tuvieron que lidiar en alta mar.

Navegamos una milla adentro del golfo de Zarzis con Chamseddine y un pescador; él mismo, antes de activista, era pescador.

—A esto lo llamamos el cementerio de barcos —dice Chamseddine—. Los migrantes salen de Libia en estos barcos, son rescatados o a veces naufragan, y después llegan hasta aquí.

Nos abarloamos a un pesquero de unos quince metros de eslora. Aquí se pueden llegar a hacinar 400 personas, las que caben en el cementerio de Chamseddine. Pintura azul y verde turquesa desprendida, clavos oxidados, barandas desnudas: un resto arqueológico. Está volcado hacia la popa. La bodega —donde se suelen amontonar los que pagan menos, los desgraciados entre los desgraciados, los que no solo pueden morir ahogados sino también asfixiados por el calor o sufrir quemaduras a causa del gasoil— está inundada. Hay redes en una esquina: los pescadores han reciclado la embarcación, la usan como plataforma para faenar.

(Cuál es la historia de este barco. Qué año pasó. Hubo un rescate o un naufragio. Qué secretos guardan los mensajes que emergen aquí, meses después, como esa chaqueta empapada).

Pese a la distancia respecto a la costa, el agua no cubre y el fondo marítimo se mezcla con las decenas de barcazas que pueblan la zona: pesqueros varados, penetrados por rocas, pasto de la vegetación marítima.

El compost de la migración.

—Vengo a menudo para ver qué hay. Para ver si hay cadáveres.

Hoy solo hay barcos.

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Los náufragos que entierra Chamseddine son, obviamente, una parte ínfima de los muertos en el Mediterráneo. A veces los pescadores los avistan y avisan a protección civil. En 2017, llegaron a esta parte del litoral 80 cadáveres. Este año, hasta finales de junio, “una docena”, según Chamseddine. La mayoría de los que mueren en el Mediterráneo jamás volverán a ser vistos.

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Es un colectivo que conoce como nadie los movimientos migratorios, un colectivo al que todo esto le ha tocado de carambola, pero que es imprescindible para contar el drama del Mediterráneo. Los pescadores son aquí la metáfora de la vieja clase obrera, ahora trascendida por otro activismo. En agosto de 2017, coparon titulares porque enarbolaron pancartas contra el racismo y negaron la entrada a puerto del buque C-Star, fletado por el grupo xenófobo Defend Europe, que intentó durante algunas semanas entorpecer la labor de los barcos de rescate y exigirles que detuvieran el “tráfico ilegal de personas”.

Un piso discreto, de ambiente blanquiazul, aloja a la Asociación de Pescadores de Zarzis en medio de la ciudad. Fue fundada en 2011 para apoyar a los pequeños pescadores —seguridad social, acceso a la salud—, pero su primer objetivo, al menos según reza un cartel colgado en la pared, es la lucha contra “la inmigración ilegal”. Aunque los subsaharianos en esta ruta son mayoría, el número de tunecinos que intenta cruzar el Mediterráneo ha crecido en los últimos años, y en esta asociación hacen talleres para convencer a los pescadores de que no se vayan.

M’charek Sallahedinne, uno de sus miembros, señala una fotografía de pescadores colgada en la pared:

—Este se fue a Europa. Este también. Y este…

Le preocupa que los pescadores se marchen. Que su gente se marche. Recuerda que en una ocasión varios pescadores salieron en una pequeña embarcación hacia Sicilia, pero se desató una tormenta y él mismo tuvo que ir a rescatarlos.

—Muchas veces no pueden llegar, no llevan comida, hace mal tiempo… Intento convencer a la gente de que no lo haga.

—¿Por qué lo hacen?

—Lo que pasa aquí con la pesca es culpa de la UE. En 2006 el kilo de atún rojo lo vendíamos a 30 dinares (10 euros). Ahora, a 8 (2,6 euros). ¿A cuánto lo compras tú en el mercado, en tu país?

—Puede llegar a 20 euros el kilo.

Sallahedinne se lleva las manos a la cabeza.

—Mero, dorada, gambas, atún… ¡Esta es la zona de pesca más bella del mundo! La UE debe asumir su responsabilidad. El problema es el reparto de las zonas de pesca. Si esto sigue así, Túnez se convertirá en una nueva ruta hacia Europa. No queremos ir a Francia; queremos vivir mejor.

—¿Y usted ha pensado en largarse?

—Yo no puedo trabajar en otro sitio que no sea el mar. Soy pescador.

***

—Soy pescador —dice también Chamseddine, siempre orgulloso—. Amo la mar, pero ahora no puedo faenar. Tuve que vender mis dos barcos porque mi padre estaba gravemente enfermo, tenía un tumor. No había hospitales, fue maltratado… Murió en 2002. Con mi padre encontré tres cadáveres de migrantes en la costa. Sentí que esa gente, la que habíamos visto flotando sobre el mar, no tenía familia. Me enteré de que en Libia no los enterraban correctamente. Aquí tampoco… Ya tenía un nuevo objetivo.

***

El autor de la instalación artística con boyas y botellas en el cementerio es amigo —como casi todo el mundo en Zarzis, donde hasta los taxistas saben dónde está su casa— de Chamseddine. Se llama Mohsen Lihidheb: sombrero de paja, camisa de cuadros azules y blancos, pantalones de pana oscuros pese al sofocante calor, sandalias, un aire de dandi campesino. Su casa, a unos pocos kilómetros del cementerio, es un homenaje a los náufragos y a todo lo que escupe el mar. Su hogar es un museo: él lo llama “Museo de la Memoria del Mar”. En una sala tiene expuestos paquetes de tabaco desollados por las aguas, caracolas, brújulas de las pateras, botellas de vidrio con mensajes, y zapatillas, zapatillas, zapatillas.

—Empecé en 1993. Tenía 40 años. Empecé a recoger cosas del mar. Encontré zapatos de migrantes, sandalias. Desde entonces he hecho instalaciones para protestar contra lo que está sucediendo.

Muestra una foto de 2001: por aquel entonces, en la casa-museo había también una cabaña hecha con madera recogida del mar: Mohsen dice que quería imitar a Robinson Crusoe. Se define como un “antihéroe” y alardea de haber recolectado 26.820 objetos de la playa de Zarzis: un diploma del Libro Guinness colgado en la pared lo certifica.

—Para mí la migración es otro tema de la ecología: una tendencia.

La montaña de recuerdos que acumuló fue a parar a una sala mucho más grande que tuvo que cerrar. Ahora se conforma con la casa-museo, en la que guarda y expone una pequeña selección de todos esos objetos: el resto se perdió para siempre.

—No venía nadie: solo intelectuales y periodistas.

Mohsen Lihidheb, propietario del bautizado como Museo de la Memoria del Mar de Zarzis. Edu Ponces

Entre su bisutería marítima, que haría las delicias de cualquier museo contemporáneo europeo, hay mensajes en botellas que, aunque no están relacionados con la migración, contienen historia viva: declaraciones de amor que nunca llegarán a su destino, señales de socorro en alta mar desesperadas, promesas de suicidio.

En una de las repisas de la sala cuelgan de los cordones zapatos embrutecidos.

—Cada vez que vengo, muevo las zapatillas para rendirles tributo —dice mientras las golpea consecutivamente, como si fuera un monje tibetano.

—¿Y cómo sabe que son de migrantes o refugiados?

—Las encontré junto a ropa. La gran mayoría es de migrantes. Es imposible saberlo, claro está. Pero aquí todo es un símbolo, todo es un mensaje.

Afuera, en el jardín de la casa-museo, hay un círculo de objetos, una instalación parecida a la del cementerio, pero a gran escala. Le pido que me dé su exégesis artística. Me la da. En el centro hay una boya roja, “brillante”, que es Occidente, el objeto de deseo, el núcleo que te dice, según él: “Consume mis productos, pero no vengas”. Hay cascos de obrero: la mano de obra que trabaja para Occidente. Hay boyas que dibujan una especie de frontera, y cuyo simbolismo es literal. Hay chalecos salvavidas: de nuevo un símbolo obvio. Y en los arrabales de la galaxia, un remolino de sandalias: la gente que quiere llegar al astro nuclear. Un cartel contra las muertes en el Mediterráneo preside la instalación: “Basta harraga”. Harraga, en árabe, es “el que arde”, el que quema las fronteras: la palabra con la que se conoce en Túnez a los que se juegan la vida en el mar para intentar llegar a Europa. El rótulo se lee, según entiendo a partir de mi conversación con él, no como una crítica a los que deciden marcharse, sino como un grito: que la crisis del Mediterráneo se detenga.

***

—Cuando un pescador o alguien en la playa encuentra un cadáver, avisan a la guardia costera —dice Chamseddine, y hay pocas cosas que haga con más pasión que explicar su trabajo, su puesta en acción—. Entonces me llaman a mí para que prepare el coche y el material. El material que yo tengo: son mis recursos. Lavo el cuerpo en la playa y entonces llevamos el cadáver al hospital junto a la guardia costera. Allí muestro el cadáver… Los médicos, aquí, en el mundo entero, no están acostumbrados a ver un cadáver al que a veces le falta la cabeza. No es una persona que haya tenido un accidente hace cinco minutos. Si tiene cabeza, le miran los dientes, quizá averiguan la edad, el sexo, si es negro o no… Entonces, cuando las autoridades dan luz verde, llevo el cadáver al cementerio. Normalmente, busco lo que hay alrededor para… Tac, tac, tac.

Pronuncia estas onomatopeyas para hacer entender que prepara la tumba con lo que puede.

—Los cadáveres pesan mucho —se queja—. Lo hago yo solo, con ayuda de mi primo o a veces de otros. Los restos mortales van embolsados, con un número. Es la fecha y el número del cadáver.

***

Los vivos juegan a fútbol mientras están vivos.

Estamos en Médenine, a 60 kilómetros de Zarzis. Aquí hay un albergue gestionado por la Media Luna Roja al que van a parar los que no pudieron: los que zarparon de Libia, se desviaron hacia Túnez por el temporal y fueron interceptados por la guardia costera. También: los que naufragaron pero se salvaron. E incluso: los que vinieron a Túnez en avión y con visado y luego intentaron salir de aquí en patera, pero tampoco lo consiguieron.

Rey de la pista en el patio del albergue. Tres contra tres: el equipo que marque se queda, y que pase el siguiente. Las porterías son mínimas estructuras metálicas, y no falta el que se apoya sobre ellas para impedir en todo momento el gol y anular el espectáculo. Desde el edificio que se alza en el lateral del patio —sábanas tendidas, estampa de fútbol de barrio—, algunos migrantes se asoman desde el segundo y tercer piso para animar a los jugadores y para arbitrar.

—¡Eso no es falta!

El fornido Eric Dably golpea la pelota con furia, se lo toma en serio, porque es futbolista de verdad. Nació el 10 de enero de 1999. Se formó en la cantera del F.C. San-Pédro de Costa de Marfil: jugó un año en segunda división en otro club y otro año en primera, en su San-Pédro. Su registro anotador: cuatro goles el primer año, ocho el segundo.

Edu Ponces

—Un amigo me dijo que viniera a probar a Túnez. Cuando llegué, le di casi mil euros y desapareció con ellos —Eric se vio solo entonces en Túnez, y quiso abandonar África—. Me encontré a un tunecino que me dijo que podía ir a Europa. Le pagué otros mil euros. Fui a Sfax, en la costa, para salir en barco. Cuando íbamos a salir, la policía vino, nos detuvo y nos trajo aquí… Éramos cuatro o cinco subsaharianos, y el resto eran tunecinos.

Eso fue hace ocho meses. Ahora no sabe qué hacer.

Baks, de veinte años, tiene menos aptitudes futbolísticas, pero le echa mucha garra. Si Eric es el caso de un joven engañado que fue directamente a Túnez porque podía hacerlo con visado, Baks siguió la ruta trazada por los traficantes desde su natal Gambia hasta Libia, y ahora está fuera del tablero, en el limbo, en la desesperación.

—Fui a Libia e hice todo lo que pude para llegar a Italia. Todo. La policía me detuvo cuatro veces en Libia entre 2014 y 2018. He perdido mucho dinero: 5.000 euros. Por eso quiero volver a casa. Volver a Gambia. Lo decidí la última vez que me detuvieron.

—¿Te golpeaban en la cárcel?

—Si mi mente viaja atrás en el tiempo, pierdo los estribos. Te lo quitan todo, te desnudan, y cuando la ONU visita el centro de detención, entonces nos dan ropa, disimulan, hacen ver que nos tratan bien. La vida es dolor allí. Me enviaban a prisión y les pagaba para salir. Cinco veces intenté zarpar hacia Europa; todas fracasé.

En una de ellas, la guardia costera libia los detuvo. Iban 120 personas en una barcaza. Los libios les pidieron que saltaran al agua y nadaran hasta sus lanchas. Dieciséis personas perdieron la vida.

—¿Cómo es Gambia ahora? —le pregunta al fotógrafo que me acompaña, Edu Ponces, que hizo una cobertura hace unas semanas en África Occidental. Pregunta con los ojos iluminados, los mismos ojos con los que tantos migrantes preguntan sobre Europa.

Chamseddine, en contacto permanente con los subsaharianos, recibe a menudo vídeos de torturas y violaciones de los derechos humanos en Libia. Edu Ponces

Hace tanto tiempo que Baks salió, que ya no sabe cómo es Gambia.

En 2017, el presidente gambiano, Yahya Jammeh, se vio forzado a dimitir tras intentar ignorar unas elecciones de las que salió derrotado. Su caída puso fin a 22 años de dictadura.

***

¿Quiénes son refugiados, quiénes migrantes? ¿Merecen más unas personas que otras? ¿Es justo el verbo “merecer”? A cierre de 2017, había 68,5 millones de personas fuera de sus hogares a causa de la violencia, según el informe anual de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur). La mayoría de ellas, 40 millones, son desplazados internos: gente que huye de la guerra pero que ni siquiera ha salido de su país. No computan, aunque escapen de la violencia entre las pandillas y las fuerzas de seguridad, las miles de personas que huyen desde Centroamérica, atraviesan México e intentan llegar a Estados Unidos. Las llamamos “migrantes”. Los que sí huyen de guerras declaradas y solicitan el asilo, a menudo no lo reciben; el asilo es minoritario. ¿“Refugiado” es una palabra de consumo occidental? ¿Son refugiados los migrantes subsaharianos que se establecieron en Libia y huyeron del país cuando se desencadenó la guerra? Con la Convención de Ginebra en mano, sí, pero en las solicitudes de asilo que tramita Acnur —o los países implicados— pesa sobre todo el país de origen, que debe estar en guerra, se diría que en una guerra mediática: algunos países europeos, como Alemania, llegaron a deportar a afganos bajo el pretexto de que el país ya era seguro, aunque experimenta niveles de violencia mayores a los de una década atrás.

En esta costa de fantasmas, en las rutas que se dibujan en África, en los caminos que atraviesan México, las etiquetas “refugiado” y “migrante” cada vez tienen menos sentido: la realidad política y social del mundo contemporáneo es demasiado compleja como para separar por grupos. Hay pocas categorías puras entre los que migran. El discurso global está construido sobre la base de que quienes huyen de la guerra tienen más derechos de movilidad —aunque pocos— que quienes huyen del hambre.

En el cementerio de los desconocidos no se sabe quién escapó de una guerra, quién fue perseguido por su orientación sexual, quién buscó una vida mejor. O quién hizo todas las cosas a la vez. 

***

—Soy un ciudadano, un voluntario y un militante contra el racismo —dice Chamseddine, y aunque son grandes palabras, un mitin vibrante dirigido a un público imaginario, en su boca suenan entrañables y tranquilas—. Con los vivos y sobre todo con los muertos, que son los que entierro. A mis 56 años tengo problemas de salud, pero sigo siendo un militante que los entierra con dignidad, porque se merecen ser respetados, porque la vida ha rechazado a esa gente y es necesario que nosotros les demos sepultura.

***

Costa de mentes exhaustas. Costa de sueños desvanecidos. Costa de mil rutas, mil derrotas, mil caminos truncados. Farooq Belheeba, portavoz de 25 familias tunecinas de desaparecidos en el Mediterráneo, está de mal humor. Bigote, sudor, lamentos. Ha comprobado que sus palabras no trascienden, que hablar con la prensa no sirve para que la situación cambie. Por eso me da largas durante varios días, hasta que al final consigo hablar con él.

Estamos en el salón de su casa, cerca de la playa de Zarzis. Lo primero que hace es tirar sobre el suelo fotografías de carnet de los desaparecidos. Y empieza a hacer un repaso de la geografía tunecina, de los topónimos más cercanos a la frontera libia.

—Este es de Djerba. Médenine. Zarzis, Zarzis, Zarzis. Djerba. Zarzis. Son todos desaparecidos desde 2011. Yo mismo perdí a mi hijo, Abdalá. Su barcaza tuvo un accidente con un buque militar tunecino. Iban 120 personas. Se salvaron 97. Hallaron cinco cadáveres y los 18 restantes, hasta hoy, no sabemos dónde están. Mira la fragata, mira.

Edu Ponces

Me muestra una fotografía. Lo llaman por teléfono. Contesta de mal humor, habla durante unos minutos en árabe, cuelga.

—Queremos saber la verdad. Los responsables deben responder ante la ley. No lo perdonaré nunca, es imposible hacerlo.

Farooq tiene noticia de hasta 700 desaparecidos que salieron de las playas de Túnez. La noticia de un naufragio, por mucho que se ajuste a los datos que tenía la familia sobre la hora y el lugar de partida, no es la confirmación de la muerte. Algunos migrantes no contactan con su familia una vez llegan a Europa: Farooq dice que algunos padres que daban a sus hijos por perdidos han ido incluso a Italia y los han encontrado vivos. Son casos extraordinarios: a medida que pasan las semanas y los meses, los familiares saben que hay menos esperanzas de que sigan con vida.

—Todas las familias tienen derecho a ver el cadáver. No pueden pasar las fiestas como el resto de la gente. Yo sé que hubo un accidente con el barco de mi hijo, sé que murió… Pero mi mujer no lo acepta.

Vuelve a sonar el móvil. Farooq está cansado.

—Los europeos, con su pasaporte, pueden ir a todos lados. Nosotros no tenemos derechos. Aquí ni siquiera se identifican los cadáveres que se encuentran. Nunca. Necesitamos que nos ayuden.

***

La Berlingo blanca está aparcada junto al porche. Reluce en medio de la noche. Chamseddine la usó por última vez hace dos semanas.

—La tengo bien cerrada, los niños andan por aquí, y si el maletero se abre… Huele a muerto.

Es la casa de Chamseddine. Todo el mundo en la ciudad sabe dónde está la casa de Chamseddine. Un centro magnético, una improvisada base de operaciones humanitarias, un homenaje a la austeridad. Es mi última noche en Zarzis y esta es la enésima entrevista con él. Chamseddine antaño pescador, antaño taxista, antaño electricista; hoy voluntario de la Media Luna Roja, activista, enterrador de muertos. Hemos estado juntos en el cementerio de los desconocidos, en el cementerio de los barcos, en la asociación de pescadores, en el “Museo de la Memoria del Mar”, incluso en los cafés tunecinos viendo partidos de la Copa del Mundo, y siempre ha conservado su chaleco beis, siempre ha pronunciado la palabra “dignidad”, siempre ha recordado a los muertos.

Siempre guerrero, risueño, atormentado.

Chamseddine no habla: declama. Y ahora es su momento para decirlo todo. Para sentirse salvador, soñador, posible premio Nobel de la Paz.

—Vivo para los muertos. Hay organizaciones humanitarias que se preocupan por los vivos, pero no por los muertos. Si ayudas a los vivos, recibes donaciones, pero los muertos están muertos. ¿Quién va a dar dinero para los muertos? Si el mundo civilizado cree que existe la humanidad y dice que hay que ayudar a todos, ¡ayudemos a los muertos! Al menos, enterrémoslos con dignidad. ¿Vosotros no enterráis con dignidad a vuestros muertos?

—Sí.

—El cementerio es una declaración política para todo el mundo, no solo para Túnez. ¿Dónde está la igualdad? Entre México y Estados Unidos, entre España y Marruecos, en el desierto del Sáhara… hay gente que muere. ¿Por qué? ¿Por qué diferenciamos entre unos y otros? Somos la misma basura.

Doy un sorbo a mi té con menta. Sentado en el porche, echo una mirada a la Berlingo. Me llevo a la boca las avellanas que hay sobre la mesa, como si estuviera viendo una película: el discurso de Chamseddine.

—De formación soy electricista. Soy pescador, soy padre de familia. Pero nadie me ha formado para tratar los cadáveres. La práctica solo se puede hacer sobre el terreno. Hay otro amor por los muertos. El amor que sientes al ver un cadáver es un amor diferente. No hay nada que puedas hacer, pero yo tengo la valentía de lavarlos y enterrarlos. Me gusta trabajar sin guantes. Han pasado más de diez años y no tengo ninguna enfermedad.

En la casa viven ocho personas, entre ellas su actual mujer; antes, tuvo un divorcio. Una de sus nietas revolotea por el porche. Vuelve al interior: se nota que está acostumbrada a que su abuelo hable con periodistas.

—¿Por qué las tumbas no tienen al menos el número de cadáver? Hay alguna que sí lo tiene —pregunto.

Edu Ponces

—¿Y cómo las financio? —Chamseddine se indigna—. El número está allí, bajo tierra, en la mortaja. No puedo hacerlo todo. Hacen falta muchas cosas aún… Sueño con todo esto, hace años que sueño con muertos. Pero no tengo problemas psicológicos. ¿Por qué? Porque mi objetivo es la humanidad.

Chamseddine mira la luna. Dice que es de todos y que siempre está ahí. Me giro para comprobarlo. Esta noche se hace más presente que nunca: hay luna llena. Me pregunta cómo se dice en español.

—Luna llena. Lu-na lle-na.

—No podemos olvidarnos de las cosas antiguas. No podemos olvidarnos de la tradición, de lo antiguo. No podemos olvidarnos del cementerio de los desconocidos. Hay 400 personas enterradas.

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